1917-2017. El porvenir de la revolución

Miguel Salas

30/12/2017

Las revoluciones son momentos
de arrebatadora inspiración de la historia.

(León Trotsky)


Para conmemorar el centenario de la revolución rusa de 1917 hemos seguido mes a mes los acontecimientos que sucedieron y analizando los diversos problemas políticos que tuvo que afrontar el movimiento revolucionario. La revolución rusa sigue siendo motivo de un gran interés, se han publicado innumerables libros, se han escrito miles de artículos, convocado actos, debates y congresos, porque es uno de los acontecimientos que ha marcado la historia contemporánea y continúa siendo una fuente de lecciones para quienes quieren transformar el mundo. Este aniversario ha servido también para repensar la actualidad de la revolución. En los ataques contra la revolución de 1917 se ha hecho un coctel imbebible entre la situación actual en Rusia, la degeneración estalinista o que toda la evolución histórica estaba ya en las ideas y práctica de Lenin y Trotsky, con el declarado fin de negar que sea posible un cambio social y político, un cambio de contenido revolucionario. Hemos intentado lo contrario: las causas de la revolución están dentro del sistema capitalista, ni son un sueño ni las inventamos.

La revolución se enfrentó a tareas inmensas, nada estaba escrito por anticipado. Sobre la base de las anteriores experiencias, sobre todo la Comuna de París de 1871 y la revolución rusa de 1905, los revolucionarios rusos tuvieron que emprender un camino hasta entonces nunca explorado: construir el socialismo sobre las ruinas de una larga guerra imperialista y una posterior intervención militar de los ejércitos imperialistas en la Rusia de los soviets. Hay que tener muy presente estos hechos para poder entender las posteriores dificultades del proceso revolucionario. Los capitalistas utilizaron toda la resistencia posible antes de ser derrotados. Lo más importante para ellos era mantener sus propiedades y beneficios, lo de menos todos los sufrimientos que pudieran causar al pueblo. Esa es la eterna lucha de clases de los capitalistas, aún hoy. Si la guerra imperialista entre 1914-1917 causó en Rusia más de 2 millones de muertos y unos 5 millones de personas heridas, la llamada guerra civil entre 1918-1923 causó alrededor de 9 millones de muertos. La producción industrial era en 1921 el 31% de la de 1913 y solo el 21% en la industria pesada. En ese mismo año, la extensión de tierra cultivada era sólo el 62% de la de 1913. Dejaron un país arrasado sobre el que hubo que empezar a construir la nueva sociedad. Trotsky escribiría en su autobiografía Mi vida: “Entonces no podía preverse si habíamos de seguir en el poder o íbamos a ser arrollados pero lo que desde luego era indispensable, cualesquiera que fuesen las eventualidades del mañana, era poner la mayor claridad posible en las experiencias revolucionarias de la humanidad. Más tarde o más temprano, vendrían otros y seguirían avanzando sobre los jalones que nosotros dejásemos puestos. Tal era la preocupación de los trabajos legislativos en todo el primer período”.

En pocos años el proyecto de construcción socialista demostró su superioridad sobre el capitalismo, tanto en el terreno del desarrollo industrial y agrícola como en el de los derechos y libertades, participación en el ejercicio del poder, reconocimiento de derechos de las mujeres, ambiciosos planes contra el analfabetismo, desarrollo de la cultura y las artes, etc. La previsión de los revolucionarios rusos contaba con el éxito de la revolución en los países más desarrollados para poder avanzar en la vía del socialismo y, sin embargo, la revolución en Europa no triunfó. Rosa Luxemburg escribió acertadamente: "En Rusia, el problema solo podía plantearse. No se puede resolver en Rusia, solo se puede resolver a nivel internacional". Sobre el fondo de una revolución aislada en un país destruido y atrasado fue surgiendo una burocracia que se impuso sobre las conquistas de la revolución y a la que Stalin representó. La victoria de la burocracia estalinista representó la degeneración política y social definitiva de las conquistas socialistas. Citando al poeta ruso Óssip Mandelstam, “lo que podría haber sido un amanecer se convierte en un ocaso”. La movilización popular y una sociedad colapsada económicamente acabó con el poder burocrático en 1989. Los procesos sociales no se desarrollan sobre una línea recta, se aceleran o se enlentecen, avanzan o retroceden. La revolución francesa acabó con la monarquía y la nobleza, pero años después se reinstauró la monarquía y fue necesaria otra revolución para volver a instaurar la república. Es evidente que el camino hacia el socialismo será mucho más complejo de lo que nos habíamos imaginado, pero no hay ninguna duda de que son las revoluciones quienes modifican el mundo y permiten que la humanidad avance en la mejora de sus condiciones de vida y en sus derechos. [Muchos balances y artículos de reflexión se han escrito en este centenario, de todos ellos recomiendo la lectura del escrito por Adolfo Gily y publicado en Sin Permiso http://www.sinpermiso.info/textos/los-destinos-de-una-revolucion]

Hemos conmemorado el centenario de 1917 y parece como si la revolución no fuera hoy posible, como si se tratara de una cosa de otros tiempos, circunscrita al pasado. Los procesos revolucionarios no se improvisan ni son el resultado de un deseo, es el propio capitalismo y sus contradicciones quien genera las condiciones para la revolución, sea por una crisis económica, política o por la decisión de las masas trabajadoras de no poder soportar la miseria y la explotación. Marx y Engels lo analizaron en el Manifiesto Comunista: “Y así, al desarrollarse la gran industria, la burguesía ve tambalearse bajo sus pies las bases sobre las que se produce y se apropia lo producido. Y a la par que avanza, se cava su propia fosa y cría a sus propios enterradores. Su muerte y el triunfo del proletariado son igualmente inevitables”. La globalización capitalista representó un enorme proceso de concentración del poder económico en unas centenas de empresas multinacionales y la profunda crisis que sufrimos desde 2008 aún ha agudizado más ese proceso. Cualquier sector que se analice de la economía mundial o española sirve para mostrar esa tendencia intrínseca del capitalismo de acumulación del poder en cada vez menos manos a costa del sufrimiento de la mayoría. Por ejemplo, en 2008 las cinco mayores entidades bancarias españolas controlaban el 42% de los activos y créditos, en 2017 es el 72%. Esa es la razón objetiva por la que inevitablemente se acaban enfrentando los intereses de la mayoría con los de esa minoría capitalista, ahí está la base por la que en un momento u otro la acumulación de conflictos económicos o políticos da un salto y se convierte en un proceso revolucionario.

Sigue siendo actual el viejo debate en las filas del marxismo y del movimiento obrero sobre la inevitabilidad de la revolución. A principios del siglo XX, el marxista ruso Plejanov (que durante la revolución de 1917 se pasó al bando de los defensores de la guerra imperialista) polemizaba con el sindicalista italiano Labriola y decía: “La historia la hacen los hombres, cuya voluntad y conciencia se hallan condicionados por las relaciones sociales. […] Pero la ley fundamental de la evolución de todo sistema social consiste en que engendra su propia negación, o si se quiere, su modificación o infracción. Por lo tanto, si una clase determinada de hombres modifica un sistema, o, en otros términos, si dicho sistema se modifica bajo la influencia de la actuación sistemática de los hombres de una clase determinada, esto se produce, no porque los hombres se emancipen de la influencia de la ley fundamental de la evolución de dicho sistema, sino precisamente porque se someten a la misma”. En 1939 el debate seguía vivo y Trotsky escribe: “Marx no quiso decir que el socialismo vendría sin la voluntad y la acción del hombre: semejante idea es sencillamente un absurdo. Marx previó que la socialización de los medios de producción sería la única solución del colapso económico en el que debe culminar, inevitablemente, el desarrollo del capitalismo, colapso que tenemos ante nuestros ojos. Las fuerzas productivas necesitan un nuevo organizador y un nuevo amo, y dado que la existencia determina la conciencia, Marx no dudó de que la clase trabajadora, a costa de errores y derrotas, llegaría a comprender la verdadera situación y, más pronto o más tarde, extraería las necesarias conclusiones prácticas” (El pensamiento de Marx). El capitalismo engendra las bases materiales de su transformación, y de su desaparición, y las revoluciones son actos conscientes que se basan en esas contradicciones objetivas. Mucho tiempo ha transcurrido, muchas experiencias y procesos revolucionarios se han vivido y a pesar de las enormes dificultades no ha cambiado lo fundamental: el carácter explotador y depredador del capitalismo. El porvenir de la revolución está asegurado.

En ningún modo hay que interpretarlo como si no existieran dificultades, al contrario, es tarea de los revolucionarios afrontarlas y resolverlas. El principal, el de la conciencia y organización de la clase trabajadora. Si lo comparamos con la revolución de 1917 o incluso con los años 30 del siglo XX, hoy existe una clase trabajador mucho más numerosa, muchísimas más personas que dependen para subsistir de vender su fuerza de trabajo, y también con mayor formación y conocimientos que en cualquier época anterior. Bajo el capitalismo la clase trabajadora es la única clase social que puede aspirar a dirigir al conjunto de la sociedad para avanzar hacia una sociedad solidaria, socialista. Pero la clase obrera está desorganizada, millones están en el paro, su trabajo precarizado, en la mayoría de los países desarrollados se han reducido las grandes concentraciones fabriles, los sindicatos de clase están debilitados y falta confianza en sus propias fuerzas. De hecho, alguna gente que se considera de izquierdas llega a teorizar que la clase trabajadora ya no puede jugar el papel histórico que se le asignaba como sujeto político revolucionario.  

Tampoco es una novedad. En otras épocas se llegó a acusar a la clase trabajadora de haberse aburguesado o adaptado al capitalismo, confundiendo a los dirigentes políticos o sindicales con las masas obreras, o sin tener en cuenta un proceso de agotamiento o el resultado de algunas derrotas. Algunos procesos de cambio de carácter municipalista o ciudadano expresan una movilización social y electoral interclasista en los que se combinan el carácter progresivo y radicalmente democrático con la dificultad para establecer relaciones claras entre clases aliadas. Cuando vemos que en la mayoría de Europa gobiernan partidos de derecha o aliados con sectores de la extrema derecha es la constatación de la falta de perspectiva política de las izquierdas. La lucha de clases es intrínseca con la existencia del capitalismo y el problema se concentra en que la clase trabajadora no tiene la conciencia y organización necesaria para ser una alternativa a la crisis capitalista.

Los procesos revolucionarios tienen sus propias leyes, ligados a la evolución del propio sistema capitalista y a la experiencia acumulada por las clases sociales, y, al mismo tiempo, son la expresión del tiempo histórico en que suceden. La guerra imperialista fue determinante en el estallido y posterior desarrollo de la revolución de 1917, como las condiciones de absoluta falta de libertades bajo la dominación zarista. Es imposible prever por anticipado las condiciones en que de nuevo pueda iniciarse un estallido revolucionario en Europa, por más que ahora parezca bastante difícil, pero sí que tendrá especificidades históricas y nacionales. Al objetivo general de que los medios de producción, financieros y de distribución pasen a ser controlados por la sociedad, algunas otras cuestiones seguramente tendrán un peso importante: la práctica de la democracia y la transparencia en las decisiones (como se expresó en el 15M); el papel de la mujer, no solo en cuanto a sus reivindicaciones, sino también en su lugar dirigente en los procesos políticos y la defensa de la naturaleza como elemento distintivo de la nueva sociedad solidaria y socialista. Como ya lo fue en la revolución rusa, el contenido europeo de un proceso revolucionario tendrá un peso decisivo, la internacionalización de la economía y la existencia de la Unión Europea obligará a tener muy en cuenta las condiciones internacionales, en negativo lo pudimos comprobar cuando se impusieron a Grecia las condiciones draconianas para evitar un proceso de cambio político y social.

Como hemos analizado a través de los acontecimientos de 1917, hay dos elementos también fundamentales para la victoria de la revolución: disponer de una organización política que eduque a los activistas y luchadores y tener una teoría que guíe la acción de las clases sociales oprimidas. Ambos aspectos están unidos. “Sin teoría revolucionaria no hay acción revolucionaria”, explicaba Lenin. El marxismo no está de moda, pero cuando estalló la crisis de 2008 se buscaban los libros de Marx para encontrar una explicación a una nueva crisis capitalista. Repensar la revolución para el siglo XXI exige pasar cuentas con el fracaso de la degeneración burocrática de la Revolución de Octubre en todos sus diferentes aspectos, en darle la vuelta a sus concepciones para levantar un marxismo como guía para la acción revolucionaria, en construir organizaciones democráticas para transformar la sociedad, no para adaptarse a ella y en unificar la teoría (el marxismo) con la acción y la organización de la clase trabajadora. Si el centenario de la revolución de 1917 nos ha permitido avanzar, aunque sea un poco, en esa dirección, ¡ha valido la pena! 

Sindicalista. Miembro del Consejo Editorial de Sin Permiso.
Fuente:
www.sinpermiso,info, 30 de diciembre 2017