A 60 años de su detención: Wolfgang Harich, el reformador liquidado

Andreas Heyer

02/12/2016

 Wolfgang Harich en 1954 junto al ministro de cultura de la RDA,  Johannes R. Becher (combatiente en las Brigadas Internacionales en la Guerra Civil española), abriendo los llamados Diálogos Este-Oeste en Berlín Occidental. [Foto: picture-alliance / akg]

El coeditor de sus escritos póstumos, Andreas Heyer, narra las circunstancias trágicas que llevaron a la detención, condena y encarcelamiento, hace ahora exactamente 60 años, de Wolfgang Harich, el más original, brillante y creativo filósofo marxista de la segunda mitad del siglo XX.

Los primeros años de la República Democrática Alemana (RDA) estuvieron bajo el signo de la ruptura. Resulta incluso incómodo recordarlo. La guerra de Hitler había destruido Europa, incluida Alemania. Entre los portadores y los conservadores de la cultura alemana progresista, en el interior y en el exilio, había consenso en que debía hacerse todo lo posible para impedir para siempre la vuelta del fascismo. La guerra no podía ser ya nunca más un instrumento de la política.

Luego de 1945, el marxismo-leninismo no era una doctrina concluida y cerrada. Todo lo contrario. Los intelectuales en la zona de ocupación soviética que luego fue la RDA coincidían todos en que tenía que insuflársele vida para que pudiera seguir desarrollándose. Por eso a fines de los 40 y comienzos de los 50 se desarrollaron numerosos debates, a las veces fructíferos, hoy están largamente olvidados. En parte, desde luego, porque simplemente no encajan con la imagen de la RDA que se quiere dar.

Se discutía sobre la herencia cultural y humanista que el socialismo debía hacer suya. En 1949, por ejemplo, se produjo un intenso debate en torno al bicentenario de Goethe, cuyo punto culminante fue el discurso de Thomas Mann en Weimar. En los nuevos esfuerzos de refundación de la filosofía marxista participaban gentes como Ernst Bloch, Georg Lukács, Wolfgang Harich, Klaus Zweiling, Paul F. Linke y Günther Jacoby. Se desarrollaron en ese marco distintas controversias que llegaron a cobrar un enorme dinamismo.  Por limitarnos aquí a mencionar algunas, la que se libró en torno a la lógica y la que se dio sobre filosofía de Georg Wilhelm Friedrich Hegel, a la que Andrej Zdánov había tachado de “aristocráticamente reaccionaria”.

En esos debates se produjeron las primeras colisiones entre los representantes de la opinión oficial del Partido y las del pensamiento libre. En la discusión sobre la lógica, los filósofos impusieron su posición frente a la dogmática extremadamente necia del Partido (representada por Ernst Hoffmann), que apelaba a los trabajos de Stalin sobre la ciencia del lenguaje.

El Partido y la Seguridad del Estado observaban naturalmente muy de cerca los acontecimientos y sacaron sus propias consecuencias. En el ámbito de la cultura y la literatura, los controles y la reglamentación ya había producido daños bien visibles. Ahora, a mediados de los 50, también pretendía encorsetarse de manera análoga el libre y desinhibido intercambio de opiniones en la  filosofía.

Para 1956, se había elaborado un pormenorizado plan sobre el modo de organizar la vida académica, a fín de generar la oportuna conformidad. Había que informar previamente al detalle de cada simposio, de cada conferencia y de cada conferenciante, para su aprobación o desaprobación. Ni que decir tiene que a la historia le importaba un higo lo que hubiera pensado el Ministerio para la Seguridad del estado (MfS): siempre encontraba la forma de eludir lo dispuesto de antemano.

 

Los discípulos de Lukács

Wolfgang Harich, nacido el 9 de diciembre de 1923, formaba parte del círculo de personas descollantes en la reconstrucción cultural de Berlín. En los primeros años de posguerra trabajó como periodista y, a partir de 1948, como docente en la Universidad Humboldt de Berlín. Muy tempranamente, en la redacción de la Täglichen Rundschau –el diario oficial de la Administración Militar soviética— estableció contactos con los funcionarios culturales rusos y, tras comenzar como crítico teatral, se le encargó la organización de la sección de teoría y propaganda.

Paralelamente, trabajó para el sello editorial Aufbau-Verlag. Aquí se responsabilizó de ediciones de clásicos y de la herencia literaria y filosófica. Se puede mencionar, por ejemplo, la edición en 6 volúmenes preparada por él de las Obras de Heinrich Heine, que gozó de amplia difusión y reconocimiento en toda Alemania, porque por vez primera se presentaba al “Heine político”. Planeó e inició también publicaciones de Rudolf Haym, Immanuel Kant, Johann Wolfgang von Goethe y muchos otros representantes del mundo clásico burgués.

A través de sus diversas actividades en la Aufbau-Verlag, entró en intenso contacto con Ernst Bloch y Georg Lukács, así como con Georg Mende, Georg Klaus y muchos otros filósofos de la joven RDA. Trabajó estrechamente sobre todo con el marxista húngaro Georg Lukács; curó, editó y corrigió estilísticamente el alemán de sus libros. Surgió así una amistad que, como tantas otras cosas, se rompió en 1956. También en la editorial se percató de que la libre filosofía podía entrar en conflicto con la línea del partido. Y no, ciertamente, porque fuera falsa o revisionista, sino porque contradecía o iba a redropelo de algún que otro dogma del momento. Tuvo que bregar varios años antes de poder publicar en la RDA el libro de Lukács sobre El joven Hegel. Sus contactos con Lukács eran tan estrechos, que Bloch llegó a decir: “Ulbricht está teledirigido desde Moscú; Harich, desde Budapest”.

En la Universidad, su cercanía a Lukács lo puso en el foco de atención de algunos funcionarios del Partido. Así, en 1952, se acumularon las quejas por sus clases sobre Hegel, en las que seguía la interpretación lukácsiana del idealismo alemán. El reproche: hostilidad a Stalin, falsa valoración de materialismo e idealismo. Pero Harich sabía a los clásicos de su parte: “El idealismo inteligente está más cerca del materialismo inteligente que el materialismo necio” (Lenin). Gracias a la ayuda de sus amigos soviéticos, la cosa quedó en nada para él.

Con la insurrección del 17 de junio de 1953, la situación se tensó más. Junto con Bertolt Brecht, Harich fue uno de los pocos intelectuales que buscaron traducir el potencial de protesta que venía “de abajo” en reformas políticas tangibles. El plan de ambos, consistente en abolir la Comisión Artística Estatal responsable de un sinnúmero de tutelas, tiró para adelante. Además, en numerosos artículos periodísticos y conferencias, Harich se manifestó a favor de más reformas en la RDA, y muy señaladamente a favor de la libertad de prensa, de opinión y de información.

Al principio, no tuvieron consecuencias detectables para el joven filósofo esas varias confrontaciones con el Partido. A partir de 1952, se esforzó, con Ernst Bloch [y el lógico matemático Karl Schroter], junto a Kurt Hager y Klaus Schrikel –uno de sus archienemigos—, en la fundación de la Deutschen Zeitschrift für Philosophie [Revista alemana de filosofía]. El único órgano filosófico profesional de la RDA tenía –esa era la aspiración— que substituir a la revista teórica de la SED [Partido Socialista Unificado de Alemania], Einheit, como publicación central para las discusiones filosóficas. Harich se convirtió en redactor-jefe, y a partir de 1953 la revista se convirtió bajo su mandato en el foro principal de debate de los intelectuales de la RDA. Se desarrollaron sobre todo debates en torno a la lógica, a la filosofía de Hegel y a la filosofía de la física. Harich no se arredró ante ningún conflicto con el Partido. Cada entrega de la revista –esa fue su política— tenía que publicar “un Lukács”.

El discurso secreto de Jrushchov 

El año 1956 comenzó en el campo socialista con un aldabonazo. Entre el 14 y el 25 de febrero tuvo lugar el XX Congreso del PCUS, en el que  Nikita Jrushchov, el último día, a las 10 h de la mañana y a puerta cerrada buscó el radical ajuste de cuentas con Stalin. Durante meses se había ido preparando y reuniendo el material pertinente, y la sala, paralizada entre el horror y la consternación, vino a saber de los crímenes del antiguo secretario general. El ajuste de cuentas sacudió la cosmovisión y la autocomprensión de muchos marxistas y comunistas en todo el bloque del Este. La CIA intentó hacerse de algún modo con el discurso, lo que finalmente logró. Paralelamente, la propia Unión Soviética publicaba partes del informe. En la RDA pudo conseguirse el texto completo a través de los quioscos de periódicos de Berlín occidental.

En el bloque oriental se valoró la crítica a Stalin como el comienzo de una redefinición del socialismo, como un llamamiento a reformas y a cambios. Pero esa estimación resultó totalmente errada. Pues lo que hizo Jrushchov fue responsabilizar a Stalin de todas los fallos en el desarrollo del socialismo. De lo que se infería que, una vez muerto, no se precisaban mayores reformas.

En Hungría y Polonia hubo altercados y conflictos. Quien haya visitado alguna vez Hungría, sabe cuán cargado de patriotismo está el recuerdo de la insurrección de 1956 y hasta qué punto está esa insurrección ligada a la consciencia nacional húngara. Lukács fue parte del nuevo gobierno bajo Imre Nagy en Budapest y, tras la intervención soviética en noviembre, encarcelado por breve tiempo.

En Berlín oriental, el ministro de cultura Johannes R. Becher y la escritora Anna Seghers intentaron todo para ayudar al amigo común. Puesto que nadie tenía la menor idea de cómo le iba a Lukács en Budapest y del lugar exacto en que se encontraba, se decidió provisionar a Walter Janka con divisas y los oportunos papeles y enviarlo a Hungría para poner a Lukács a resguardo. El plan falló antes de que intentara siquiera ponerse por obra: Walter Ulbricht lo abortó.

Un Club Petöfi alemán

Esta breve anécdota muestra que también los intelectuales de la RDA estimaron mal la situación al creer que podían actuar sin mayores impedimentos. En la editorial Aufbau y en la redacción del semanario Sonntag se habían venido reuniendo en el curso de 1956 varias personas bajo la dirección de Harich, a fin de discutir posibles cambios en la RDA e, incluso, el modo de realizarlos. Se pensó, entre otras reformas, en la deposición de Walter Ulbricht y del gobierno. La situación histórica parecía favorable.

En julio puso Harich por vez primera negro sobre blanco sus ideas. Surgió como base de discusión y para uso propio el “Memorandum”, en el que plasmaba sus ideas de reforma del socialismo en la RDA. Además de eso, redactó también un “Vademécum para esquemáticos. Sobre la cuestión del ulterior desarrollo del marxismo”, un texto que tenía que aparecer en el cuarto número de la Deutschen Zeitschrift für Philosophie. Pero el textito fue retirado de circulación. Los filósofos Alfred Kosing y Matthäus Klein escribieron a Harich una carta en la que le comunicaban que, antes de publicarse, el Partido tenía que discutir sus tesis. A fines de julio, Lukács pasó sus vacaciones en el Harz. Coincidieron varias veces en Berlín y Lukács y Harich tuvieron vivas discusiones que confirmaron a éste en sus puntos de vista. Conversaciones parecidas tuvo también con Bloch.

Las siguientes semanas transcurrieron con distintas conversaciones y el trabajo normal en la editorial. En octubre, por ejemplo, Harich participó como orador principal en el gran Simposio Heine que tuvo lugar en Weimar. Se puede conjeturar que es por causa de su intervención que las actas del Simposio nunca llegaron a ver la luz.

A mediados de octubre se precipitaron los acontecimientos. El 25 al mediodía Harich se entrevistó en la embajada soviética con el embajador Georgi Puchkin para hablar del “Memorandum”. Las grandes esperanzas que él mismo, el subdirector del semanario Sonntag, Gustav Just, y el director de la editorial Aufbau, Walter Janka, habían puesto en la entrevista se vieron defraudadas. Porque el embajador Puchkin se puso del lado de Ulbricht y rechazó prácticamente todos los puntos de los planes presentados. En las semanas siguientes hubo nuevas conversaciones con representantes de la Administración soviética.

Decepcionado, Harich buscó entonces contacto con la SPD [Partido Socialdemócrata de Alemania] en Berlín occidental. Pero la SPD jugó desde el principio con cartas trucadas y lo derivó a su oficina en Berlín oriental, un nido de agentes, espías y sórdidos figurantes de toda laya y condición. A fines de los años 70, Willy Brandt pidió disculpas por eso al filósofo. El caso es que Harich había ocultado ese contacto a sus compañeros de conspiración: era demasiado consciente del peligro al que se exponía.

El 7 de noviembre, Ulbricht en persona invitó a Harich a una breve conversación. Criticó duramente los acontecimientos en Polonia y Hungría. Hoy resulta claro que, en aquel momento, Ulbricht estaba ya al corriente de las actividades de Harich, así como de los distintos círculos de debate que se habían ido formando en Berlín y otras ciudades de la RDA. Fue más que una mera advertencia cuando Ulbricht le dejó inequívocamente claro al filósofo que no toleraría y reprimiría con toda la dureza en Berlín un grupo como el círculo Petöffi en Budapest, el núcleo intelectual de la posterior insurrección húngara.

De común acuerdo con el ministro para la Seguridad del Estado, Ernst Wollweber, Ulbricht había decidido permitir el planeado viaje de Harich a Hamburgo, a fin de seguir acumulando material contra él y sus “compañeros de conspiración”. El 26 de noviembre partió Harich para encontrarse, entre otros, con el editor del Spiegel, Rudolf Augstein y el periodista Hans Huffzky. Hubo, además de contactos personales, varios artículos de Harich en periódicos alemanes occidentales en los que quería exponer su posición.

La “Plataforma”

En noviembre empezó Harich a trabajar en su “Plataforma para una particular vía alemana al socialismo”.[1] Al comienzo, de manera tranquila y continua; a partir del 20 de noviembre, con creciente energía y, como él mismo escribió, “hasta altas horas de la madrugada” y “a vuelapluma”.

El programa es un bosquejo verdaderamente singular. El socialismo debía ir ligado con los derechos y libertades véterorepublicanos. Harich hablaba de un proceso de “democratización socialista”. Primero, según el autor, había que reformar la SED [el partido único gobernante]. Harich entraba en la valoración de distintos puntos: había que fortalecer la democracia interna del Partido, valorar al individuo, abolir los privilegios. Central era la elaboración crítica pública y radical de los fallos y errores del pasado, remontándose hasta el papel jugado por la KPD [el Partido Comunista de Alemania] en la República de Weimar. Había que restituir incondicionalmente la libertad de prensa y de información, y abolir cualquier censura. Como referencia orientativa podía servir Yugoslavia. (Brecht había prevenido a Harich en 1953 para que se abstuviera de esa analogía.)                                              

Las reivindicaciones de la “Plataforma” sólo permiten concluir una cosa: Harich negaba radicalmente la pretensión monopólica de poder y representación de la SED. Conclusión que vienen a confirmar sus exigencias de colaboración con la SPD o de abolición de instituciones represoras o conminatorias en las Universidades. La democratización tenía que abarcar todos los ámbitos, toda la vida social, económica y cultural, y la reforma no debía dejar piedra sobre piedra. Sonaba como una justificación retrospectiva del levantamiento de 1953 el que Harich no sólo exigiera el derecho de huelga en todas las empresas, sino que introdujera incluso la huelga general como medio político. La Federación Sindical Libre Alemana debía tener derecho a iniciarla, cuando quisiera imponer sus reivindicaciones contra el gobierno.

Todos esos cambios tenían que despejar el camino para lo que era la preocupación política central de Harich: la reunificación de Alemania. En eso anduvo comprometido durante toda su vida, hasta el final. En los años de la división de Alemania en [las cuatro] zonas [de ocupación], durante la existencia de los dos Estados y, finalmente, en el proceso de desplome de la RDA. Pero cuando Berlín volvió a ser una sola ciudad, tuvo que volver a pelear de nuevo: esta vez por una configuración justa de la unidad, por el mantenimiento de los logros de la parte oriental, contra las tendencias fascistas de la sociedad burguesa, por la justicia social y ecológica. Tras el “cambio”, se desempeñó como Presidente de la Comisión de Investigación Alternativa “Historia alemana reciente” precisamente en este sentido, y su nombre ha quedado hasta hoy asociado a su compromiso con la justicia y la verdad histórica.

Detención y proceso

El 29 de noviembre de 1956 al mediodía regresó Harich de Hamburgo. Pasó brevemente por la editorial Aufbau, en donde mantuvo varias conversaciones. Se encontró en su apartamento con su entonces compañera, Irene Giersch. Poco después, fue detenido, junto con ella.[2] Ya de anochecida comenzaron los primeros interrogatorios en la prisión de Hohenschönhausen. Ulteriores medidas fueron tomadas en toda la República. El 6 de diciembre fue detenido también Walter Janka. Muchos nombres hoy bien conocidos fueron alcanzados por esa ola de limpieza desatada por el Partido y la Seguridad del Estado: desde Ernst Bloch hasta Erich Loest. Las instituciones se pusieron a prueba a sí mismas, altos funcionarios ejercieron la correspondiente “autocrítica”, varios fueron a parar a la producción o huyeron a Occidente. Las elites culturales se vieron obligadas por Ulbricht a ser circunspectas hasta con sus prójimos más inmediatos. Apenas nadie, y desde luego no en público, se permitía ya llevar la contraria.

Entre el 7 y el 9 de marzo y el 23 y el 26 de julio de 1957 –las causas contra Harich y contra Janka fueron separadas— se desarrollaron los procesos contra el “grupo contrarrevolucionario de Harich”, en los cuales los acusados Harich, Manfred Hertwig, [el economista] Bernhard Steinberger, Walter Janka, Gustav Just, Heinz Zöger y Richard Wolf fueron condenados a largas penas de cárcel. A Harich le cayó la pena de prisión más alta, 10 años por “instigación al boicot”. Sus contactos con la oficina de la SPD en Berlín oriental fueron mantenidos en secreto como materia estrictamente clasificada. No cabe la menor duda de que fueron la causa principal de la elevada sentencia.

Quien lea los documentos que constan sobre el tiempo pasado en prisión, comprenderá toda la envergadura de esta radical ruptura biográfica. El muy leído filósofo y escritor fue cortado del mundo exterior, apartado de libros, discusiones y debates y expuesto a trabajos estúpidos. Sólo en 1963 pudo volver a leer un libro: La historia del Partido Comunista de la Unión Soviética (Bolchevique). Manual abreviado.[3]

Hay que recordar también que la SED hizo todo para borrar para siempre su nombre y su obra de la vida pública de la RDA. Así, por ejemplo, el volumen de las Actas del Simposio celebrado en Berlín en marzo de 1956 sobre “El problema de la libertad a la luz del socialismo científico”, en el que Harich había impartido una conferencia, inmediatamente después de salir de imprenta y en el arranque de su distribución fue laboriosamente retirado de librerías, ejemplar a ejemplar, y destruida la edición entera. El número 5 –correspondiente al mismo año— de la Deutschen Zeitschrift für Philosophie, en el que tenían que aparecer los importantes ensayos de Bloch y de Harich sobre Hegel, tampoco se publicó, substituyéndose, con retraso, a comienzos de 1957, por un número doble, el 5/6: pero ahora los autores eran Hager y Ulbricht. Un poco antes, Bloch y Harich todavía habían logrado evitar la programación –al viejo estilo del culto a la personalidad— de un número extraordinario en honor a Ulbricht. Ahora, el presidente del Partido lograría por fin con su bastón de mando y su séquito cortesano entrada en los honores de la filosofía tras el fin de la filosofía.

En diciembre de 1964 Harich salió de la cárcel un poco antes de cumplir toda la condena. Empezaba la segunda parte de su vida. La desarrolló, eso es seguro, con un fuerte compromiso con el marxismo en la RDA. Nunca perdonó a Ernst Bloch que huyera a Occidente y se dejara registrar allí como refugiado.

El Ministerio para la Seguridad del Estado y el Partido dejaron meridianamente claro al recién salido de la cárcel que nunca más podría volver a manifestarse sobre cuestiones políticas o filosóficas. Pero esa prohibición no la respetó mucho tiempo. Se había acumulado en él demasiada energía intelectual. Se ocupó de los temas que en los años 50 lo habían puesto en rumbo de colisión con el Partido. Fueron surgiéndole ensayos y monografías sobre Hegel, sobra la historia de la filosofía, sobre lógica. Escribía para las estanterías. Allí descansó finalmente también el gran manuscrito Contradicción y conflicto. Estudios sobre Kant, el hasta ahora más importante intento de configurar una teoría marxista del conocimiento. En esos escritos que sólo en estos últimos años han sido publicados póstumamente puede verse que Harich se mantuvo fiel a sí mismo. Como casi ningún otro texto escrito en la RDA, Contradicción y conflicto está atravesado por la voluntad de discutir de forma positiva, pero también claramente crítica con Engels y con Lenin. Sólo a través del debate sobre los errores cometidos por los “clásicos” sería posible, según Harich, elevar el marxismo a un estadio nuevo.

Casi 10 años después de su salida de la cárcel aparecieron otra vez libros y ensayos de Harich en la RDA: sus trabajos sobre el escritor Jean Paul y algunas pequeñas contribuciones. Otros manuscritos salieron de imprenta en Occidente, aunque Harich siempre trataba de publicarlos en la RDA. Sólo cuando todas las posibilidades se habían agotado terminando en fiasco, daba sus textos a imprenta en el extranjero.

El 15 de marzo de 1995 Wolfgang Harich murió en Berlín. Los largos años de cárcel habían arruinado su salud. Desde 2013 es ya finalmente posible estudiar a Harich desde distintos ángulos, porque sus “Escritos póstumos” se presentan en una edición completa.[4] Cuando su mujer le preguntó una vez qué pensaría si alguien planeara escribir su biografía, respondió: “No hay que escribir sobre mí. Hay que leerme, y entonces se verá qué queda finalmente de uno”.

NOTAS DEL T.:

[1] Hay traducción castellana de Àngel Ferrero en el número 8 de SinPermiso, correspondiente al año 2010, con el título ”El programa del ‘Grupo Harich’”.

[2] Irene Giersch fue (falsamente) acusada de trabajar para los servicios de inteligencia franceses en el Berlín ocupado.

[3] Lo que probablemente está sugiriendo Heyer es que este manual soviético es el único al que se le permitió acceso a Harich de entre los de la biblioteca de la cárcel de alta seguridad de Bautzen II en donde cumplió su condena. El traductor de esta nota ha oído muchas veces al propio Wolfgang Harich narrar las peripecias de su régimen de lecturas en los ocho años que pasó en prisión (seis de los cuales, en régimen de aislamiento total): sólo podía leer un libro a la semana, que se lo traía su madre (Anneliese Harich, née Wyneken): ese libro no podía ser ni de filosofía ni de cuestiones políticas, sólo ciencias naturales o historia de la literatura alemana. No podía acumular libros en la celda: al recibir, con la visita carcelaria de su madre, el nuevo libro, tenía que entregar el de la semana pasada. Aunque no es imposible que ese régimen semanal de lecturas sólo comenzara a ser operativo al cabo de unos años de reclusión.

[4] En la casa editorial Tectum Verlag de Marburgo, que está publicando (desde 2012) sus Obras Completas en una edición a cargo del autor de esta nota, Andreas Heyer y de su viuda, Anne Harich, en 8 volúmenes (el I y el VI están compuestos de dos tomos, y está en prensa el segundo tomo del primer volumen): Volumen I (1): Frühe Schriften. Teilband 1: Neuaufbau im zerstörten Berlin (Escritos tempranos. Tomo 1: Reconstrucción en el Berlín destruido), 624 páginas (2016). Volumen I (2): Frühe Schriften. Teilband 2 (Escritos tempranos. Tomo 2), en prensa. Volumen II: Logik, Dialektik und Erkenntnistheorie (Lógica, dialéctica y teoría del conocimiento), 784 páginas (2014). Volumen III: Widerspruch und Widerstreit – Studien zu Kant (Contradicción y conflicto. Estudios sobre Kant), 572 páginas (2013). Volumen IV: Herder und das Ende der Aufklärung (Herder y el final de la Ilustración), 628 páginas (2012). Volumen V: An der ideologischen Front. Hegel zwischen Feuerbach und Marx (En el frente ideológico: Hegel, entre Feuerbach y Marx), 816 páginas (2012); Volumen VI (1): Philosophiegeschichte und Geschichtsphilosophie – Vorlesungen. Teilband 1: Von der Antike bis zur deutschen Aufklärung (Historia de la filosofía y filosofía de la historia. Lecciones. Tomo 1: de la Antigüedad hasta la Ilustración alemana), 820 páginas (2015). Volumen VI (2): Philosophiegeschichte und Geschichtsphilosophie – Vorlesungen. Teilband 2: Vom Entwicklungsgedanken der Aufklärung bis zur Gegenwartskritik (Historia de la filosofía y filosofía de la historia. Lecciones. Tomo 2: De las ideas de desarrollo de la Ilustración hasta la crítica actual), 842 páginas (2015). Volumen VII: Schriften zur Anarchie. Zur Kritik der revolutionären Ungeduld und Die Baader-Meinhof-Gruppe (Escritos sobre la anarquía. Crítica dela impaciencia revolucionaria y el grupo Baader-Meinhof), 484 páginas (2014). Volumen VIII: Ökologie, Frieden, Wachstumskritik (Ecología, paz y crítica del crecimiento), 324 páginas (2015).

Traducción para www.sinpermiso.info: Antoni Domènech

 

es un filósofo y activista político-cultural berlinés, coeditor, junto con Anne Harich, de la obra póstuma de Wolfgang Harich
Fuente:
https://www.jungewelt.de/2016/11-30/067.php
Traducción:
Antoni Domènech
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