Argentina: la infamia universal del capital

Adolfo Gilly

19/01/2002

Por su duración, por su radicalidad práctica, por su carácter casi totalmente urbano, por su despliegue de experiencia de lucha acumulada y por su extensión a múltiples ciudades en todo el territorio del país, la rebelión argentina casi no tiene precedentes, si es que alguno tiene.
La aparición a plena luz de la movilización y del discurso de los hechos de las multitudes urbanas, la reapropiación discursiva de la palabra "pueblo" en el lugar ocupado por el ambiguo sucedáneo "gente", el vaciamiento y la deslegitimación repentinos -pero largamente preparados en procesos y experiencias anteriores- de la política entendida como simulación y de la entera clase política como ocupantes y propietarios de la gran escena de la "democracia", son algunos de los rasgos de la novedad total de la situación en el país del sur. Esa novedad, sin embargo, viene de lejos. Ahora que sale violentamente a la luz, en muchos existe un miedo de mirarla porque temen que queden congelados sus antiguos modos y costumbres de pensar y explicar.
Aunque esto sea verdad, no es solamente un "modelo económico neoliberal" lo que tronó en Argentina. Si además miramos a lo que el pueblo hizo ante ese truene, las cosas van más lejos. Lo que quebró y se fundió es una parte, pequeña pero muy significativa, del circuito de la valorización global del capital. Definir la quiebra de la economía capitalista argentina como un cortocircuito del proceso global de valorización y de acumulación no es una metáfora demasiado lejana de la realidad.
En ese circuito global, controlado por los organismos y los centros de las finanzas internacionales, Argentina pasó de vitrina de lujo de las virtudes de la privatización, la desregulación y la apertura irrestrictas de la economía, a la categoría de fusible. Los centros rectores de las finanzas internacionales -el Departamento del Tesoro de Estados Unidos, su subordinado el Fondo Monetario Internacional y el Servicio Privado de Seguridad de ambos, más conocido como el Pentágono-, llegado el momento no realizaron la esperada (por sus socios argentinos) operación de salvamento y dejaron que el fusible cumpliera su función: que se fundiera para asegurar la continuidad del sistema.
Se trataba de dejar quebrar un sector considerado marginal, un país del fin del mundo, para escarmentar a quienes se resistieran a llevar hasta el fin en las relaciones sociales y en la política las reformas exigidas por el capital financiero. No habría contagio económico, decían, no habría debilitamiento militar estratégico y en una recesión siempre es bueno un saneamiento del capital por destrucción de sus sectores marginales u obsoletos: por ejemplo, Argentina.
Aquellos centros rectores ven al mundo como una red de intercambios de mercancías y de circulación de capitales, es decir, como una red de relaciones entre cosas y no de relaciones entre seres humanos. Por eso no podían alcanzar a imaginar cuál iba a ser la reacción de esa comunidad de seres humanos que viven en aquel lejano territorio y que se llaman "argentinos". No llegaron a sospechar la rebelión inminente de esa entidad que se llama "pueblo", que es el sujeto -no las cosas, no los capitales- de cualquier sistema económico imaginable. No contaron con "la economía moral de la multitud", como la llamaba E. P. Thompson, en cuyos marcos, agregaba, "la ética popular legitima la acción directa de la muchedumbre", no las negociaciones opacas de las elites políticas gobernantes.
En consecuencia, contra todas las disposiciones constitucionales y legales que sancionan la supuesta "inviolabilidad de la propiedad privada", el capital financiero, sus socios argentinos y los gobernantes de los partidos a su servicio realizaron una expropiación masiva de los ahorros y los salarios de ese pueblo, vaciaron las cajas y, en complicidad con los bancos extranjeros cuyas matrices se negaron a responder por el desfalco, se llevaron decenas de miles de millones de dólares de los ahorristas dejando las arcas vacías e imposibilitadas de devolver los pequeños depósitos. En una operación de delincuentes cercana a una escena del teatro del grotesco, en los días previos a la quiebra bancaria cientos de camiones blindados de transporte de valores se dirigieron en caravana a los dos aeropuertos de Buenos Aires para sacar por vía aérea su carga de billetes en dólares, llevándose consigo los depósitos de los ahorristas y precipitando la inminente quiebra.
Esta faz delictiva, depredadora y cínica del capital es la misma que se mostró en su mero centro mundial, Estados Unidos, con la quiebra de Enron, empresa estrechamente ligada a la elite gobernante del presidente Bush. Los grandes inversionistas y miembros del consejo de administración de Enron vendieron sus acciones en agosto pasado, sabiendo inminente la catástrofe, dejando que se convirtieran en humo fondos de jubilación de sus empleados, colocados en acciones de la empresa. Aquellos se llevaron los millones, éstos se quedaron sin ahorros y sin empleo.
No se trata sólo de un caso de "crony capitalism, american style" (capitalismo mafioso, estilo norteamericano), como con contenida y legítima ira lo llama Paul Krugman en su columna de The New York Times. Va más lejos. Se trata del modo de funcionamiento del capital en nuestros días, tanto en Argentina como en Estados Unidos. No son rasgos mafiosos, es su rostro verdadero, en el cual se confunden en un solo haz las operaciones financieras, la industria de armamentos, el narco y los negocios de la clase polìtica al servicio de ese funcionamiento.
Es significativa la lúcida percepción de las multitudes de Buenos Aires, Rosario, Córdoba y las demás ciudades argentinas. El objeto de su odio y su desquite no fueron Estados Unidos como país o su bandera como símbolo. Fueron los bancos y sus sucursales, sin hacer distinción entre bancos extranjeros y argentinos. Todos fueron atacados, sus vitrinas destruidas, sus computadoras reventadas contra el pavimento, sus papeles arrojados al viento. Algunos supermercados habían sido saqueados porque el pueblo no tiene qué comer: Muchos pagaron con la vida el atrevimiento. Pero de las sucursales bancarias nada había que sacar y nada se llevaron. No había en estas destrucciones ni pizca de vandalismo. Eran una expresión altamente política, pues no se equivocaba en el objeto de su ataque, de aquella "ética popular" que "legitima la acción directa de la muchedumbre", esa que Thompson vio en las multitudes inglesas del siglo XVIII y que, trasfigurada, reaparece cada vez que la ira del pueblo desborda a su paciencia.
El preciso objeto del odio fue el capital financiero en su representación material en las ciudades: las sucursales de los bancos que se habían robado el dinero de los que tienen poco, los ahorristas, y protegido el dinero de los que tienen mucho, los inversionistas (quienes invierten y ganan también con el dinero de los ahorristas obtenido a través de préstamos de esos mismos bancos).
Las consecuencias económicas de este desastroso cortocircuito del capital global en Argentina todavía no alcanzan a ser percibidas. La élite financiera mundial (de la cual forman parte los financistas argentinos), que no temía al contagio económico de la crisis (como llegaron a temerlo en la crisis mexicana de 1995), comienza ahora a percibir la amenaza del contagio social de la movilización sin precedentes de las multitudes urbanas argentinas.
Por otra parte, la pieza rota del sistema global no parece fácil de recomponer. Los bancos y las finanzas no funcionan porque tienen en sus cuentas o en sus arcas los símbolos materiales del dinero, sino porque a través de ellos y por la confianza en ellos manejan el dinero de los depósitos. Aunque volviera una apariencia de normalidad en el funcionamiento de los bancos, ¿cuántos argentinos van a volver a depositar allí sus salarios, sus fondos de jubilación, sus ahorros, el producto monetario de sus trabajos, sus privaciones y sus penas puesto al cuidado de esas instituciones para poder cubrir gastos futuros, planes de vida o desgracias imprevistas?
La quiebra del sistema financiero argentino no es un simple producto de los políticos corruptos y de los administradores incapaces, aunque ambas especies estén presentes. Es una expresión concentrada de la infamia universal del capital, de la crueldad impersonal de un sistema social que tiene su lugar ganado en la historia universal de la infamia.
La tragedia argentina, pero sobre todo la rebelión de las multitudes urbanas en este verano violento que vive el país del sur, incita y exige volver a pensar la vida y el futuro fuera de los marcos de ese sistema. No aparece visible una salida inmediata que no sea, como será, un precario remiendo de la expropiación de los pobres por los ricos y de los trabajadores por los financistas. Pero la rebelión y su experiencia, junto con el miserable fracaso de todos los políticos del régimen existente, requieren y permiten persistir en pensar, además de las urgentes medidas inmediatas, una sociedad y un mundo fuera de la relación de capital, como lo pensaron los socialistas de los dos siglos pasados, sin cuyos trabajos y cuya obra práctica la infamia del sistema no habría tenido los contenes que tuvo.
No es para mañana, ahora que urgencias inmediatas nos esperan. Pero el hechizo está roto, no ya en la teoría, sino en la acción práctica de esta fantástica rebelión de las ciudades.
El nuevo siglo no empezó el 11 de septiembre de 2001 con los atentados terroristas contra las Torres Gemelas donde murieron miles de trabajadores. Empezó antes, en julio de ese año, cuando en Génova la multitud organizada del trabajo italiano cercó a los Ocho Grandes encerrados en un barco de guerra. Esa acción simbólica se prolonga y se expande ahora en la acción práctica de las ciudades argentinas.
De Génova a Buenos Aires, las ciudades son nuestras. Atreverse otra vez a pensar y a imaginar el socialismo, la sociedad de los iguales y de los libres, contra esta barbarie sin sentido y sin piedad que es el mundo global del capital, es el mensaje que en este nuevo viento del sur puede leerse.

Fuente:
La Jornada 19 enero 2002