¿Ayuda a la extrema derecha la displicente actitud de la izquierda hacia la enseñanza de conocimientos?  

Richard Russell

10/09/2017
“El 65% de los estudiantes de hoy tendrá empleo en puestos de trabajo que no existen todavía, de modo que deberíamos centrarnos en enseñar habilidades transferibles, antes que conocimientos desfasados y potencialmente inútiles”.
 
Nada que objetar a esto, ¿verdad? Pues, en realidad, sí. Como profesor de escuela primaria, lo que encuentro tan preocupante en ello no es que diputados [británicos] (Dan Jarvis, Tristram Hunt y Mary Creagh), dirigentes empresariales y especialistas académicos hayan repetido como loros esta estadística ad nauseam durante años, pese a que es casi por completo una invención, como dejó claro recientemente un programa de More or Less, en Radio 4 [de la BBC]. Lo que me preocupa es la variedad de pensamiento izquierdista que representa: que la enseñanza de conocimientos es de derechas, regresiva y superflua, y hay que resistirse a ella a toda costa.
 
De hecho, lo cierto es lo contrario. Hay que recibir el conocimiento con los brazos abiertos en nuestros colegios y en nuestra sociedad. Se trata del arma esencial con la que los progresistas pueden combatir una política regresiva.
 
Nada hay de malo en enseñar habilidades como las prescritas por el programa Opening Minds, de la RSA [Royal Society for the Encouragement of Arts, Manufactures and Commerce]: resolver problemas, razonar, debatir, pensar de modo creativo y crítico. Pero sin conocimiento, el pensamiento crítico resulta inútil. Si me pedís que considere cuáles son los equipos ideales para el juego de la Fantasy Premier League [sobre la Liga de fútbol inglesa, en el que participan más de cuatro millones de personas], podría escribir un ensayo en el que citase estadísticas y diera consejos razonados; pero si me mostráis varias obras de arte de valor incalculable y me pedís lo mismo, sacaríais poco de mérito substancial. Y si digo esto no es para darme la palmadita en la espalda por sucesivas victorias en mi Liga de fantasía, sino para señalar sencillamente que las habilidades mismas no son verdaderamente transferibles. Dependen de un elevado nivel de conocimientos.
 
Esto tiene consecuencias en el mundo real que van mucho más allá de lo que habría que enseñar en el colegio. Hubo asombro a ambos lados del Atlántico cuando se vio que el electorado no castigaba las mentiras de Donald Trump ni de la campaña a favor del Brexit. Pero cuando un reciente sondeo muestra que el 66% de los jóvenes piensa que el filibusterismo es un acto sexual, ¿disponen los votantes de bastantes conocimientos como para pensar críticamente acerca de lo que dicen los políticos? No es de extrañar que los “hechos alternativos” puedan ganar tanto terreno.
 
El conocimiento desempeña un papel crucial a la hora de debatir  – y con suerte cambiar la mentalidad – de aquellos que mantienen creencias racistas, intolerantes y en última instancia falsas. Sin algún conocimiento, sin cierta aceptación de los hechos, no somos otra cosa que gentes con opiniones distintas que nos gritamos unos a otros. Y es el conocimiento de una materia lo que permite a la gente pensar de modo crítico acerca de las afirmaciones divisivas y cínicas que hacen los populistas.  
 
Nada hay en esto de nuevo. Scientia potestas est – saber es poder – es una idea tan célebre que la conocen hasta quienes tienen poco de ello. Este juicio, que aparece por vez primera en un libro árabe del siglo X, se desprende también de estudios longitudinales como el Sondeo Nacional de Desarrollo Infantil (National Child Development Survey, NCDS, 1958), que muestran que las diferencias en la gente en su adquisición de conocimientos se ponen claramente de manifiesto en el resultado de sus vidas. El conocimiento es crucial en la lucha contra la desigualdad. Pero he visto de primera mano que – salvo en unas cuantas excepciones notables como David Blunkett y James Callaghan – la izquierda lo ha abandonado como prioridad.
 
La difícil relación de la educación progresista con el conocimiento es larga y complicada, pero se puede remontar a Jean-Jacques Rousseau, quien sugirió que enseñar conocimientos corrompía las virtudes innatas de los niños. No hay más que echarle un vistazo al Pink Floyd del “We don’t need no education. We don’t need no thought control” [“No necesitamos educación. No necesitamos control del pensamiento”] para poder ver de qué modo ha calado esa idea en la sociedad. Llegó a su apoteosis con la revision del programa nacional laborista en 2007, que se centraba explícitamente en las habilidades por encima de los conocimientos, y cuando se rebautizó el Departamento de Educación y Empleo como Departamento de Educación y Habilidades en 2001.
 
La aversión de la izquierda a la educación basada en el conocimiento resulta, por supuesto, complicada, pero el papel de la teoría postmoderna es incuestionable. El constructivismo social ha ganado comprensiblemente mucho terreno en la izquierda. Es esta idea de que lo que sabemos, y lo que es el conocimiento, está inherentemente ligado al contexto en que se “conoce” y, por tanto, el conocimiento, los hechos mismos, cambian a medida que se altera el tiempo y el contexto social. Es un concepto que contribuye a buena parte del análisis histórico y contemporáneo.  
 
Pero como con tantas cosas, una crítica válida e importante ha quedado mermada por un juego de sociedad como el del telegrama [una frase que transmitida de boca a oído acaba irreconocible y confundida]. La usan demasiados, con una comprensión demasiado escasa del concepto, para desechar todo conocimiento y cualquier hecho como algo en cierto modo maleable, abierto al debate, tan subjetivo como cualquier opinión. Cuando la izquierda lleva cuestionando abiertamente durante tanto tiempo qué constituye un “hecho”– por nobles que sean las intenciones – no ha de sorprender que la extrema derecha se haya lanzado sobre esa idea con intenciones de una mayor malignidad, dejándonos con poca cosa para combatirla.  
 
Me desespero cada vez que un padre me pregunta por qué enseñamos conocimientos cuando los niños pueden simplemente entrar en Google. Si no se hubiera echado a un lado el conocimiento, ¿estaríamos tan dispuestos a festejar a políticos que son o pretenden ser bufones desinformados e iletrados? Y no voy a mencionar nombres, pero hay uno que rima con Horace Bronson [Boris Johnson]. Sin esta degradación del conocimiento, ¿habrían encontrado tan fácil los políticos demagogos y manipuladores difamar a los expertos en años recientes?  
 
Y es esta marginación del conocimiento la que contribuye a la peligrosa tendencia de refutar y rechazar las fuentes tradicionales de información. Mientras que hay mucha gente de la izquierda que celebra esto como prueba de pensamiento crítico, cuando se combina con un rechazo cada vez mayor de la importancia del conocimiento, te quedas en cambio con lo contrario: un enorme grupo de gente que está dispuesta a aceptar hechos alternativos que se ajusten a sus actuales creencias. Nada tiene de sorprendente que haya habido un aumento de las teorías conspirativas, desde que no se estrellaron aviones contra las Torres Gemelas el 11 de septiembre a los que creen que la tierra es plana. Todo está ahí para quien quiera aprovecharlo. En sociedades en las que está limitado el acceso a los datos – ya sea por parte del Estado o por deseo del propio populacho – la desinformación peligrosa puede circular descontrolada.
 
Por fortuna, tal como señala el psicólogo Daniel Willingham, la gente quiere creer lo que es verdad. Si bien todos tenemos el sesgo de aceptar cosas que se ajustan a nuestras creencias y rechazar las que no, la duda  – instrumento clave de la derecha – no puede más que florecer cuando disponemos de conocimientos insignificantes. Cuando dudamos de las cosas, el temor, la conformidad social y la dinámica de grupo pueden utilizarse para influir en nosotros y manipularnos. Pero cuando esto ha de competir contra niveles abrumadores de conocimiento, estas cosas tienen bastante menos ascendiente.  
 
La política educativa en el Reino Unido y los Estados Unidos ha dado enormes pasos positivos en relación con el papel del conocimiento. En ambos países, reformas que se basan intensamente en el trabajo de E.D. Hirsch han tratado de asegurar la fortaleza de un programa rico en conocimientos. En el Reino Unido, el pionero fue, por supuesto, Michael Gove [político conservador británico], aunque acaso se le haya escapado la ironía de proclamarse adalid de esto y denigrar luego cada tanto a los expertos.  
 
No podemos, en tanto que educadores progresistas, definirnos simplemente por oposición a las cosas. Cuando creemos que algo es cierto, cuando se basa en evidencias y va a traer mayores niveles de igualdad, tenemos que decirlo. Antes de que me denuncien como hereje mis colegas de la NUT (National Union of Teachers, sindicato de enseñanza británico), permítanme dejar claro que discrepo de la política educativa de los conservadores en infinitas cuestiones, y su enfoque respecto al conocimiento debería ser más matizado. Pero tenemos que reconocer que, al vindicar y deleitarnos en el valor del conocimiento, podemos hacer retroceder la marea del extremismo. Esto exigirá que actúe la sociedad en su mayoría, y no sólo profesores como yo. En nuestras escuelas, en los medios y en nuestros hogares tenemos que asegurarnos de que el conocimiento sea considerado de  nuevo como herramienta clave para el enriquecimiento y el progreso. Sólo si rinde homenaje al conocimiento puede triunfar en las urnas una política progresista.
es profesor de Matemáticas de educación primaria, radicado actualmente en Barcelona tras enseñar en Londres durante siete años.
Fuente:
 The Guardian, 4 de septiembre de 2017
Traducción:
Lucas Antón