Brasil: adiós, "voto bonito"

Maurizio Matteuzzi

01/10/2006

 

El “compañero” se ha convertido en un presidente normal. Domenica Luiz Inacio da Silva, el compañero Lula, de acuerdo con los últimos sondeos, será reelegido presidente del Brasil. Si no el primero de octubre, el 29, tras la segunda vuelta con el “socialdemócrata” Geraldo Alckmin, el ex gobernador del estado de Sao Paulo, candidato de la derecha, tan falto de carisma y de posibilidades, que se ha ganado sobre el terreno el nombre de chuchu, una leguminosa de todo punto insípida.

Pero el ambiente, aquí, en Brasil, es bien distinto del de octubre de 2002, cuando, el 6 y el 27, el ex dirigente de los metalúrgicos, carente de estudios y de un dedo que se dejó bajo la prensa de una fábrica de Sao Paulo, batió a José Serra, el delfín de aquel otro campeón “socialdemócrata” de la derecha neoliberal que había sido, en los ocho años en que moró en el palacio del Planalto en Brasilia, el presidente Fernando Enrique Cardoso. 53 millones de votos y el 61% para Lula; 33 millones y el 38% para Serra.

Entonces, como se decía, la esperanza había vencido al miedo. El miedo del salto al vacío, el miedo que tenía un nombre preciso y una ubicación geográfica vecina: la Argentina del neoliberal Carlos Menem y de su sucesor “socialdemócrata” Fernando de la Rua, con su trágico colapso económico, social y político de 2001.

Lula era la esperanza, Serra el miedo, y aquí, en Río, como en todo el Brasil, se respiraba una atmósfera de incontenible euforia. Lula, la esperanza, venció en 26 de los 27 estados de la república, dejando tan sólo para Serra, el miedo, el minúsculo estado nordestino de Allagoas.

No han pasado sino cuatro años desde entonces, y parece una eternidad.

Hoy, la euforia y también el miedo han pasado, y lo que domina la campaña electoral son la apatía y el escepticismo. Será también por una primavera austral que se abre paso trayendo a los cielos de Río de Janeiro nubes, arremetidas de lluvia y un frío al que los cariocas no están acostumbrados. Lo cierto es que en los famosos paseos marítimos de Copacabana e Ipanema apenas se ven caravanas de automóviles con toda la parafernalia de música y banderas desplegadas y pasquines con los rostros de los candidatos a presidente de la República, gobernador del estado, alcalde, diputados y senadores federales que el domingo tendrán que salir del sufragio de los 10.891.293 electores del estado de Río y de los 125.913.479 electores del inmenso Brasil. Se nota sobretodo la ausencia de los militantes y simpatizantes del PT –el Partido de los Trabajadores, del que Lula fue uno de los fundadores en 1980, y del que trata cada vez más de desmarcarse—, que hace cuatro años invadieron alegremente calles y plazas con sus camisetas, sombreros, pasquines y bandas musicales. El jueves al mediodía, no aquí, en Río, sino en Belo Horizonte, la capital de Minas Geirais, otro de los estados avanzados del sureste históricamente decisivo con sus 13,5 millones de electores, el mitin final de Lula ha reunido a tres mil personas.

Los repetidos escándalos en que se han visto implicados partido y gobierno en estos cuatro años –el último, estallado hace apenas diez días, tiene que ver con un asunto de dossiers— y que se han ido acercando cada vez más, sin llegar a tocarlo, al presidente Lula, han traído consigo un difundidísimo desencanto, una mortal sensación de que “todos los políticos son iguales”, lo mismo los de derecha que los de izquierda: ladrones, corruptos e impunes. El PT, el “partido de la ética”, no menos que los otros.

Desde aquel memorable primero de enero de 2003, cuando Lula se instaló en Brasilia, se han desvanecido muchas de las esperanzas –y de los miedos— que despertó el primer presidente de izquierda de la historia del Brasil (si descontamos el breve interludio de Joâo Goulart entre septiembre de 1961 y marzo de 1964, cuando, el 31, fue derrocado por un golpe militar). Se ha desvanecido, por lo pronto, la esperanza en una salida controlada del neoliberalismo que, gracias a los dos mandatos de Cardoso, había llevado al país al borde de la bancarrota. Pero eso es harina de otro costal.

Tras cuatro años con Lula, Brasil no es ya el mismo que antes. Ha cambiado –a mejor— su política exterior, tanto en el mundo como en América Latina. En el interior, la economía, aun cuando guiada con un acentuado continuismo, ha vuelto a marchar con un ritmo sostenido, a pesar de la política de austeridad (fondo)monetarista del ministro de finanzas, Antonio Palocci, el ex trotskysta converso al neoliberalismo, salpicado él mismo por un escándalo en marzo de este año. Tras la recesión de 2003, el primer año de mandato, la economía ha crecido año tras año, y también para 2006 –año electoral, y por lo mismo, de gasto fácil— las previsiones del gobierno hablan de un crecimiento de más del 4% del PIB. Lejos del ritmo chino, y aun argentino, pero positivo.

Pero no se trata sólo del famoso y enarbolado PIB, que a menudo engaña sobre las condiciones reales de un país. Según las cifras oficiales, entre 2003 y 2006, la desocupación ha caído, el ingreso real de los trabajadores, por vez primera en 10 años, ha subido, el salario mínimo –que al comienzo del mandato de Lula estaba entorno de los 60 dólares mensuales—ha sido elevado hasta alcanzar los 350 reales (unos 159 dólares o 127 euros), las obscenas desigualdades sociales han disminuido ligeramente, y sobre todo, la extendidísima pobreza, que golpeaba a 54 de los 185 millones de brasileños, se ha reducido un tanto.

Aquí está el secreto de la próxima victoria de Lula, el primer domingo, o el 29 de octubre.

Camino andando, Lula se ha dejado por la ruta a la misma clase media urbana que en 2002 había sido masivamente conquistada por su discurso de renovación radical (y ética) de la política. Pero ha conquistado a los pobres, que en Brasil son la gran mayoría. A pesar de que su programa de bolsa familiar para los núcleos más vulnerables ha decepcionado, tocado por la corrupción y las picardías partidistas, a pesar de que se trata más de un programa de asistencia que de superación estructural de la pobreza. Pero ha llegado donde quería llegar. Y ahora será el povâo, el pueblo en el sentido más plebeyo del término, y no las arrogantes elites de siempre, quien por vez primera decidirá con su voto. Los pobres, los trabajadores, los braceros Sin Tierra: lo ha confirmado Joâo Pedro Stédile, el dirigente histórico del MST [Movimiento de los Sin Tierra], a pesar de que la reforma agraria ha sido otra de las muchas esperanzas sacrificadas en el altar de la ortodoxia económica. Están todavía con él, con el compañero Lula: alguien que, por mucho que se haya repulido y refinado, tiene el mismo rostro que ellos.

Maurizio Matteuzzi es un veterano periodista y analista italiano especializado en España y América Latina que escribe regularmente en el cotidiano comunista Il Manifesto.

Traducción para www.sinpermiso.info: Leonor Març

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Fuente:
Il Manifesto, 28 septiembre 2006
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