Brasil: En las periferias urbanas, countries para pobres

Claudia Bellante

20/04/2014



Desde hace cuatro años se multiplican en las periferias urbanas de Brasil los complejos habitacionales ideados para alojar a familias de clases bajas. Sólo en la zona oeste de Rio de Janeiro unas 10 mil personas viven en esos condominios levantados por el gobierno. Son como búnkeres, como countries para pobres, y sus habitantes provienen mayoritariamente de las favelas. La siguiente es una crónica de la vida en uno de ellos, el de Coimbra.

El condominio Coimbra es el último de una serie de seis bloques de edificios casi idénticos entre sí que se encuentran en la avenida Palmares, un camino rural rodeado de nada, en el municipio de Santa Cruz, en la zona oeste de Rio de Janeiro. Para entrar hay que atravesar un portón y ser reconocido por el portero, que apunta el nombre y el número de matrícula del visitante en un registro. A este tipo de construcciones en Brasil se les llama habitualmente “condominios fechados” (cerrados), pero por lo general están habitados por ricos que quieren mantener fuera de sus puertas los peligros reales o supuestos de la calle. Aquí, sin embargo, parecen jaulas, y los que viven dentro, casi como si fueran presos, provienen precisamente de esas calles tan llenas de precariedad, violencia e injusticia que hasta hace poco eran su hogar.

Llegamos a Coimbra un viernes a las seis de la tarde. Las farolas, entre un bloque y otro de edificios, ya están encendidas y emiten una luz tenue. El sol de invierno se pone temprano en Rio de Janeiro. Los niños juegan, gritan y hacen volar cometas, más populares que los balones de fútbol en este suburbio carioca. Fátima y María, dos mujeres negras, robustas y sonrientes, han terminado de instalar sus pequeños quioscos y están listas para calentar pizzas y freír pinchos de pollo. De postre ofrecen mousses de limón, frutilla y fruto de la pasión. María prepara cincuenta porciones todos los días, excepto los domingos, que es día de descanso.

Hemos venido aquí para tratar de entender cómo se vive en los nuevos complejos habitacionales que están surgiendo en los últimos años en las afueras de las ciudades brasileñas. Un millón de viviendas diseñadas para las clases bajas que el entonces presidente Lula decidió construir en marzo de 2009, cuando junto con la entonces ministra y hoy presidenta Dilma Rousseff puso en marcha el proyecto Minha Casa, Minha Vida, al que destinó unos 34.000 millones de reales.

De acuerdo con datos facilitados por la Secretaría Municipal de Vivienda, desde el principio de la operación en el municipio de Rio de Janeiro han sido planeadas 66.270 unidades (entregadas o en construcción). De este total, 33.363 corresponden a familias con un ingreso mensual de hasta 1.600 reales (720 dólares), y el 90 por ciento de ellas se encuentran en la zona oeste de la ciudad. Coimbra y sus quintillizos de cemento se inauguraron hace poco más de un año y son el resultado de esa operación.

Enemigos íntimos

Leandro Ferreira fue el primero en llegar a Coimbra, en mayo de 2012. Tiene 33 años y vive con Gabriela (25), madre de cuatro de sus seis hijos, tres varones y tres niñas. Los ocho comparten un apartamento compuesto, como todos los del condominio, por un salón, una cocina, un baño y dos dormitorios: 50 metros cuadrados en total.

Leandro es alto, muy delgado, los dientes y el rostro consumidos. Lleva unas trencitas que le cubren la frente, tiene ojos marrones y piel morena. Va vestido con un traje de baño azul, una camisa de manga larga descolorida y un par de chancletas negras.

Leandro es el síndico de Coimbra, el administrador. Se ocupa de recoger el dinero para los gastos comunes del condominio y de la organización del edificio. Pero, sobre todo, trata de mediar entre los vecinos, que a menudo se pelean. “Incluso cuando vivía en la favela estaba acostumbrado a manejar situaciones complicadas. Aquí trato de que todos estén de acuerdo, pero es difícil. Hay personas que vienen de diferentes lugares, controlados por comandos diferentes y a pesar de que ya no estamos en una favela siguen sintiéndose enemigos”, dice a Brecha.

Cuando habla de “comandos” Leandro se refiere a los grupos de traficantes que en Rio de Janeiro luchan entre sí por el control del mercado de drogas.

Leandro ha pasado toda su vida en un entorno difícil, abusivo, inmerso en la miseria y la degradación. “En Ciudad de Dios vivíamos en una choza en un área de la favela que con otras familias habíamos invadido. Solíamos llamarla ‘El cementerio’, porque los traficantes tiraban ahí los muertos. Creo que lo que la Prefectura ha hecho por nosotros dándonos una casa es algo bueno, aquí estamos mucho mejor que antes. Pero hay tantas cosas que todavía no funcionan...”, dice.

Vamos a dar una vuelta y probamos una de las pizzas hechas por Fátima y una mousse de fruto de la pasión de María. Los puestos de venta dentro y fuera de los condominios son los únicos lugares de reunión del barrio. No hay clubes, bares o restaurantes. Sólo una plaza, al final de la carretera, donde el viernes por la noche se organizan fiestas. La música, estrictamente funky, viene directamente de las grandes cajas que los chicos han montado en el maletero de sus coches.

Leandro nos lleva a ver un espacio de tierra entre un edificio y otro, cubierto de pasto y basura. “Estamos tratando de conseguir el permiso para organizar aquí un pequeño mercado donde la gente pueda armar sus quioscos y vender lo que produce: alimentos, artesanías... Aquí –dice señalando otro espacio abandonado– se iba a construir un centro médico, pero las obras están paradas. Si juntamos a todos los residentes de los nuevos condominios son casi 10 mil personas. Necesitamos un hospital, escuelas para nuestros niños y un centro de formación para adultos.”

Santa Cruz es un importante polo industrial de Rio, donde se concentran grandes empresas químicas y mecánicas que se van ampliando y buscan mano de obra calificada. “Muchos de nosotros en la favela siempre hemos sobrevivido con lo que encontrábamos. Y si un día no tenías suerte estaba el comedor popular donde se comía por un real. Aquí es diferente, ahora tenemos que buscar un empleo seguro para vivir, pero no estamos formados.”

Hervidero

El fin de semana Coimbra hierve de gente Las pocas tiendas instaladas a lo largo de la avenida Palmares están abiertas. Justo en frente de nuestro condominio hay un pequeño supermercado que vende de todo. “Aquí las cosas son más caras que en la ciudad –admite una señora–, pero no hay ningún otro lugar donde podamos ir para hacer la compra.”

Los jugos de frutas, que en Brasil se venden en cada esquina gracias a la abundancia de materia prima, aquí no se encuentran. Sólo el verdulero del final de la carretera, que abrió hace un par de días, promete que cuando haya limpiado y ordenado todo podrá hacer un jugo de naranja.

En la tienda encontramos a Waldomiro. Es un viejecito que lleva una gorra a cuadros de lana y grandes gafas. Vivía en Guaratiba, otro barrio de la zona oeste, pero mucho más cerca del mar y del centro de la ciudad. “Mi edificio fue demolido y, a cambio de mi casa, que valía 200 mil reales (unos 90 mil dólares), me han dado esto.” El suyo es el apartamento 204, en el segundo piso del bloque 02 del condominio Almada, al lado del Coimbra, cuyo precio de mercado es 50 mil reales. “Desde que llegué aquí hace un año se me hace difícil caminar, tengo que tomar cuatro medicamentos al día. Voy a seguir adelante sólo con la pensión, pero a veces no es suficiente: una caja de medicamentos cuesta 107 reales. Mis hijos vienen a verme raramente porque este lugar está lejos; yo me siento solo y me quiero ir. ¿Ustedes quieren comprar mi casa?”

Según el reglamento elaborado por el gobierno, las personas que reciben un alojamiento tienen la obligación de permanecer allí por lo menos cinco años, sólo pagando las cuotas del condominio. Después de ese tiempo se convertirán oficialmente en propietarios y podrán venderlo o alquilarlo, pero son pocos los que cumplen lo pactado.

“El 50 por ciento ya vendió a precio de banana –grafica Alinia, una habitante de Coimbra que en su casa ha montado una peluquería–. Llegué hace un año y ya tuve tres vecinos diferentes.” Alinia viene de Providencia, la favela más antigua de toda América del Sur, parcialmente “limpiada” para dar paso al proyecto de revitalización urbana Porto Maravilha. “Van a hacer un teleférico para los turistas”, explica mientras termina de secarle el cabello a Marcia, su vecina y clienta.

“Está prohibido trabajar en casa, lo sé, y si se enteran nos echan, pero ¿de qué otra manera vamos a comer? Antes ganaba 1.500 reales por mes (630 dólares), aquí lo máximo que puedo pedir son siete por un corte y 15 por un tinte. Los piojos a los niños se los curo gratis. En el condominio hay personas que padecen hambre.” “Nuestras heladeras son piscinas, en el interior sólo hay agua”, añade su amiga riendo. Marcia es empleada doméstica y desde que se mudó a Coimbra necesita el doble de tiempo para llegar a la casa de la familia para la que trabaja. Su salario es de poco más de 1.000 reales.

Alinia no es la única que ha transformado su alojamiento en una tienda. También lo ha hecho Lucieni, que vende maníes, papas fritas y meriendas. “Abro a las 8 de la mañana y cierro a las 11 de la noche, pero los clientes me vienen a llamar en cualquier momento.” Lucieni es de Penha, una comunidad dentro del Complexo do Alemão, un barrio compuesto por 14 favelas que se encuentra en la zona norte de Rio de Janeiro.

De otro complejo, Da Maré, que se desarrolló cerca del aeropuerto internacional, provienen Janaidas y Cidicley. Llevan 25 años casados y con unos amigos han organizado una barbacoa en el patio. Toman cerveza y comen salchichas asadas. Janaidas es feliz con su nuevo alojamiento: “Encontré trabajo en una empresa de limpieza en un condominio cerca de aquí. Me gusta Santa Cruz, es tranquila y no tengo miedo por mis hijos. No hay contrabandistas, se puede pasar todo el día fuera. Y la vida es más barata. En la favela la camioneta que los llevaba a la escuela me costaba 240 reales al mes (100 dólares), aquí voy a pagar 70”. Cidicley es carpintero en una empresa de construcción y se ha quedado en Da Maré. “Vengo a verla el fin de semana, pero no puedo vivir aquí. Es demasiado lejos, perdería mi trabajo si me mudara.”

Susana, una joven de 16 años, abandonó Salvador de Bahía para venir a Coimbra. Su hermano mayor, que se había trasladado a Rio hace años, fue admitido en las listas de asignación y cuando consiguió una vivienda su madre pensó que para ella la vida en la capital carioca iba a ser mucho mejor. Pero se equivocaba: “Desde que estoy aquí he dejado de ir a la escuela porque en los colegios de la zona no hay lugar para mí”, dice. “¿Has ido a la playa alguna vez?”, le pregunto. “No, está demasiado lejos y mi hermano no tiene tiempo para llevarme.”

Milicias y aislamiento

El Coimbra cumplió hace unos pocos meses un año de construido, pero ya parece estar en decadencia. En algunos barrios cercanos, por ejemplo Cosmos, hay gente a la que el gobierno le entregó una vivienda equipada. Aquí en Santa Cruz los apartamentos carecían no sólo de muebles, sino también de algunos retoques finales en pisos y ventanas. Las paredes de las partes comunes se están descascarando y muestran los signos evidentes del paso de cientos de niños que residen en el edificio.

En el bloque 17 vive Gabriel. Es difícil no fijarse en él. Está apoyado en el alféizar de la escalera que conduce a su apartamento con un libro abierto. A su alrededor, la música y los ruidos habituales de un sábado por la tarde no parecen molestarle. Nos saluda con un movimiento de cabeza y nos invita a visitarlo. Si queremos saber cómo se vive en Coimbra él tiene mucho para contar, dice.

Gabriel tiene 37 años, pero parece más joven. Vive con María y la hija adolescente de ella. María es mucho mayor que él, con el rostro lleno de cicatrices, el pelo despeinado, y cuando llegamos se pone nerviosa. “No le gustan las visitas.” María murmura para sí misma y nos mira con recelo, pero Gabriel empieza a hablar y va directo al grano.

“Aquí está la milicia que controla y hace cumplir sus normas: no a las drogas, y si ve algunas las hace desaparecer. No toleran la violencia doméstica y los robos. Mantienen el orden, es verdad, pero vivimos con miedo, al igual que cuando estábamos en la favela.”

Le pregunto cómo hace la milicia para enriquecerse: “Cada familia tiene que pagar una cuota mensual. Unos 20 o 30 reales. Es como si fueran guardias privadas, pero si no pagamos nos amenazan de muerte. Nos vemos obligados a recurrir a ellos para obtener supergás y televisión por cable, y si queremos ir a cualquier lugar tenemos que tomar sus autobuses. No tenemos otra alternativa.”

El aislamiento es el principal mal que sufren los habitantes de la avenida Palmares. La calle principal, avenida Brasil, donde paran los autobuses de línea que llevan al centro, está a dos kilómetros de distancia. A pie, se tarda más de media hora. Desde Coimbra, que es el último de la fila, aún más. La Prefectura construyó los edificios pero no pensó en la necesidad natural de movilidad de los nuevos habitantes, por lo que la milicia se aprovechó de ello creando su propia flota de camiones, autobuses y motocicletas. Cada pasaje cuesta dos reales, y no hay descuentos.

Gabriel es de Niteroi, la ciudad que está al otro lado del mar y que se conecta con Rio de Janeiro por un puente de 13 kilómetros, el más largo de América Latina.

Se conoció con María en el barrio de Lapa, famoso por sus bares, clubes y vida nocturna. Ambos vendían maníes en un semáforo.

Gabriel no abandona su libro de Biología II. “Estoy estudiando porque quiero tratar de pasar el examen para funcionario público. Si en Brasil sos pobre y negro tenés que trabajar dos veces más.” Gabriel no tiene familia, sus padres están muertos y sus hermanos huyeron de la comunidad en la que vivían por problemas relacionados con la delincuencia. El sofá en el que nos sentamos a hablar está desgastado y cubierto de pequeñas barcas de madera. “Las hago para vender, cuestan 20 reales. Van muy bien.” María comienza a quejarse de nuestra presencia y Gabriel nos lleva hacia abajo. “Te voy a decir una cosa que nunca le he contado a nadie. Cuando era pequeño gané un concurso de idiomas organizado por la escuela. También se publicó un artículo mío en el periódico, pero no quise que se supiera. No quiero que descubran que soy inteligente. Prefiero que sigan pensando que soy un mediocre, así cuando al final lo haya logrado se sorprenderán y dirán: ‘Pero mirá este tipo, ¿quién se imaginaba?’” Me saluda y apunta en mi cuaderno de notas su correo electrónico: augustob612@hotmail.com. “Augusto es mi segundo nombre, mientras B612... ¿cómo que no sabés? Es el planeta de El Principito...”

El lunes regresamos a casa, a 60 kilómetros de Santa Cruz, en la Rio de Janeiro que todo el mundo conoce y de la que se enamora con tanta facilidad. La que da al océano, lánguida, abrazada y protegida por el Cristo redentor que nunca mira a los que están detrás de él.

Claudia Bellante es la corresponsal en Rio de Janeiro del semanario uruguayo Brecha

Fuente:
http://brecha.com.uy/, 17 de abril de 2014