Brasil: La reforma laboral nos lleva al fondo del pozo

Luiz Gonzaga Belluzo

03/06/2017

Los cambios en la legislación laboral intensificarán la inseguridad social y económica.

La victoria de Macron en las elecciones presidenciales francesas fue aplaudida con regocijo por los mercados financieros. El presidente electo promete una política económica de derecha y una política social de izquierda.

En el menú de la política económica “de derecha”, figura de modo sobresaliente la reforma laboral. El propósito de Macron es el mismo argumento utilizado por la patronal tupiniquim: modernizar las relaciones laborales para impulsar la competitividad y hacer frente a los desafíos de la globalización.

En los últimos 40 años, las prácticas financieras y las innovaciones tecnológicas que sustentan la competitividad de la gran empresa globalizada provocaron un terremoto en los mercados de trabajo. La migración de las empresas hacia las regiones donde prevalece una relación más favorable entre productividad y salarios abrió el camino para la disminución del poder de los sindicatos y el número de los obreros sindicalizados.

Asociados a la robótica, la nanotecnología y a las tecnologías de la información, los comandos de la financierización y los mandatos del “valor del accionista” desataron intensas irrupciones de reingeniería administrativa y de flexibilización de las relaciones laborales. El desempeño empresarial se tornó rehén del “corto-placismo” de los mercados financieros y de la reducción de costos.

El crecimiento de los trabajadores de tiempo parcial y a título precario, sobre todo en los servicios, fue acompañado por la destrucción de los puestos de trabajo más calificados en la industria.

 El incremento del subempleo y de la precarización endureció las condiciones de vida del trabajador. La evolución del régimen del “precariado” constituyó relaciones de subordinación en los trabajadores de los servicios, independientemente de la calificación, bajo las prácticas de la flexibilización de los horarios, que vuelven al trabajador permanentemente disponible.

El ex secretario de Trabajo de los Estados Unidos, Robert Reich, denunció el rápido crecimiento de los empleos precarios en el país de las oportunidades: “en la nueva economía ´maquiladora´, ´de punta´, o ´informal´, el resultado es la incertidumbre acerca de los ingresos y las horas de trabajo. Este es el cambio más importante en la fuerza de trabajo estadounidense a lo largo de un siglo y ocurre a la velocidad de la luz. En los próximo cinco años más del 40% de la fuerza de trabajo de los EE.UU. estará obligada a un empleo precario”.

Ya mencioné en un artículo anterior los libros The Jobless Future, de Stanley Aronowitz, y The Precariat, de Guy Standing.  

Aronowitz estudia las transformaciones del mercado de trabajo y establece la distinción entre trabajo y empleo. El trabajo para los remanentes se vuelve más duro y exigente y desaparecen los empleos seguros, de largo plazo. Están en extinción los empleos que proporcionan jubilaciones y pensiones, seguros de salud y otros. Con esos “privilegios”, desaparece la esperanza de una remuneración más generosa a medida que el trabajador avanza en la carrera.

Guy Standing hace una distinción crucial entre la habitual inseguridad de los asalariados y el surgimiento de una nueva categoría de trabajadores. Standing afirma que la falta de seguridad en el trabajo siempre existió. Pero no la inseguridad que significa la precarización. “Los integrantes de ese grupo están sujetos a presiones que los acostumbran a la inestabilidad en sus empleos y sus vidas”. 

De forma todavía más significativa, no poseen ninguna identidad ocupacional o narrativa de desenvolvimiento profesional. Y, al contrario del antiguo proletariado, o de los asalariados que están arriba del ranking socioeconómico, el precariado está sujeto a la explotación y a diversas formas de opresión por encontrarse fuera del mercado de trabajo formalmente remunerado.

Lo que distingue al precariado es su trayectoria de pérdida de derechos civiles, culturales, políticos, sociales y económicos. No tienen los derechos integrales de los ciudadanos que los rodean, están reducidos a la condición de suplicantes, próximos a la mendicidad, dependientes de las decisiones de burócratas, instituciones de caridad y otros que detentan el poder económico.

El problema es, principalmente, el de la inseguridad en la remuneración. Si hubiese políticas sensibles para garantizar, como por medio de una renta básica, podríamos aceptar la inseguridad en el empleo. La inseguridad ocupacional es de otra naturaleza, ya que buscamos desarrollar una identidad ocupacional y muchos gustarían hacer lo mismo.

El desempleo de largo plazo se acrecentó en los países centrales, sobre todo en Europa. En los Estados Unidos, proliferó la precarización del empleo, fuente de la caída de las rentas de los 40% más pobres y, por lo tanto, del aumento de la desigualdad.

Medidas como la nueva legislación sobre las tercerizaciones en Brasil intensificarán todas las formas de inseguridad social y económica. A esas fuerzas negativas, los desvalidos de la sociedad no pueden responder con la demanda por acciones compensatorias de otros tiempos, porque en los mercados globalizados crece la resistencia de los poderosos y privilegiados a la utilización de transferencias fiscales y previsionales, aumentando al mismo tiempo las restricciones a la capacidad impositiva del Estado. La globalización, al tornar más libre el espacio de circulación de la riqueza y de la renta de los grupos integrados y enriquecidos, desarticuló la vieja base tributaria de las políticas de bienestar, erigida en la prevalencia de los impuestos directos sobre la renta y la riqueza.

La acción del Estado, particularmente su prerrogativa fiscal, viene siendo rechazada por el intenso proceso de homogeneización ideológica de celebración del individualismo, que se opone a cualquier interferencia en el proceso de diferenciación de la riqueza, de la renta y del consumo efectuado por medio del mercado capitalista. La ética de la solidaridad es sustituida por la de la eficiencia y, de esta forma, los programas de redistribución de la renta, reparación de desequilibrios regionales y asistencia a grupos marginalizados encuentra fuerte resistencia dentro de las camadas “vencedoras y privilegiadas” de las sociedades.

No hay duda de que el nuevo individualismo tiene su base social en la gran clase media nacida de la larga prosperidad y por los procesos más igualitarios que prosperaron en la era de predominio del Estado de bienestar. Hoy el nuevo individualismo encuentra refuerzo y sustentación en la aparición de millones de “emprendedores” tercerizados y empobrecidos, criaturas de los cambios en los métodos de trabajo, que precarizan y, al mismo tiempo, esclavizan.

En una entrevista, ampliamente divulgada, un conocido tycoon de la industria brasileña defendió la reforma laboral del “negocio por encima de la legislación”. En sus elucubraciones, el empresario reclamó la supresión del horario de almuerzo para los trabajadores como fórmula para impulsar la productividad. La feliz criatura de la libre negociación debe manejar la máquina con la mano derecha mientras saborea un sándwich (de mortadela) con la izquierda. Que haya modernidad.

 Aparentemente, los brasileños viven una situación histórica en que la “gran transformación” ocurre en sentido contrario al previsto por Polanyi (1980): la economía trata de liberarse de los grillos de la sociedad. Las reformas laborales y previsionales sugieren que la sociedad está noviando con las hazañas de la economía del Mal-Estar.

La acción del Estado es vista como contraproducente por los bien exitosos e integrados, pero como insuficiente por los desmovilizados y desprotegidos. Estas dos percepciones convergen en dirección a la “deslegitimación” del poder administrativo y en la desvalorización de la política. 

economista, profesor del Instituto de Economía de la Unicamp, Brasil.
Fuente:
Carta Capital 24 de mayo 2017
Traducción:
Carlos Abel Suárez