Brasil: las etapas de un golpe enmascarado

Gilberto Maringoni

Luiz Gonzaga Belluzzo y Gabriel Galípolo

22/04/2016

El 17 de abril pasado la Cámara de Diputados de Brasil abrió las puertas al proceso de destitución de la presidente Dilma Rousseff. Aunque el voto definitivo está en manos del Senado y que Dilma no está dispuesta a convalidar con su renuncia los chanchullos parlamentarios, el golpe está en marcha y Brasil vive momentos de grave y dolorosa crisis política y económica. El tema es analizado en los siguientes artículos de Gilberto Maringoni, Luiz Gonzaga Belluzzo y Gabriel Galípolo. SP


Tiene cara de legal y forma de legal, pero no pasa de un golpe

Gilberto Maringoni

Rápido. La Cámara consumó el golpe hondureño o paraguayo, según los gustos de cada feligrés.

No más tanques y tropas en torno al Palacio, sino un berenjenal confuso de acusaciones a la mandataria, envasado en flexibles lecturas de la Constitución. No más “cuarteleras alborozadas que van a molestar a los granaderos y provocar extravagancias del Poder Militar”, como decía el ex dictador Humberto Castello Branco (1897-1967). Las cuarteleras prefieren ahora molestar a los financistas y jueces, todo bajo el manto legal y avalado por “renombrados juristas”, la categoría de la hora.

Aunque el proceso sigue en el Senado, la suerte está echada: terminó el gobierno de Dilma. Mejor dicho: llegamos al final de 14 años de lulismo. Tenemos en el Palacio una presidenta que ya no dirige al país.

El gobierno será-  en pocas semanas - tomado por asalto por lo que hay de más pútrido y corrupto en la política brasileña. Sectores sin voto y sin ninguna condición para alcanzar el poder por una elección popular, se acuartelarán en el Planalto, en la explanada y en las empresas estatales y continuarán aplicando una versión dura del libreto que Dilma Rousseff ya venía adoptando, desde que tiró a la basura sus promesas y entró de cabeza en el programa de su adversario de 2014.

Es preciso denunciar el golpe para avanzar. Tan real como esta afirmación, es forzoso decir: sin apuntar opciones y errores cometidos, no se avanzará. No se trata de ir atrás de los culpables, sino de saber que la responsabilidad por los 7 a 1 no es de los alemanes, sino de nuestro propio equipo.

El PT construyó, a lo largo de los últimos 14 años, un mito. El de que es posible cambiar Brasil sin conflictos o rupturas.

Durante un tiempo de crecimiento económico – por factores externos- ese camino parecía factible. En una época de recesión, no más.

Austeridad

No habrá cambios de rumbo en un gobierno de Michel Temer. Ellas serán de ritmo e intensidad. En las condiciones actuales, eso constituirá una gran diferencia.

¿Cuál era el programa de Aécio (Neves) /1/, que Dilma eligió para gobernar? En rápidas palabras, hacía una lectura de que los crecientes déficits presupuestarios tendrían que ser solucionados con un tratamiento de shock. Habría un estallido inflacionario y la receta tendría que ser una trompada ortodoxa. Esto implicaría realismo tarifario en los precios administrados, austeridad presupuestaria, aumento de los intereses y todo el prospecto del manual neoclásico.

El ajuste que se lanzó al inicio de 2015 significó recortes de inversiones y financiamiento, quita de derechos a los trabajadores, encarecimiento del crédito y ajustes en el presupuesto público.

El recetario, al contrario de lo que se divulga, obtuvo un éxito espectacular. Nunca fue propósito del ajuste promover el desarrollo o cosa parecida.

 A través de él, se realineó el tipo de cambio, se redujo la actividad económica, se derrumbó el PIB, se privatizó más de 20 empresas estatales – en especial del sector eléctrico -, aumentó el desempleo (una de las piezas maestras para reducir los salarios) y se agravaron los conflictos sociales. Todo era perfectamente predecible, especialmente en medio de la mayor crisis capitalista planetaria de las últimas ocho décadas.

Curiosamente, se cumplía allí la máxima neoliberal: no hay alternativas. Gobierno y oposición tienen el mismo diagnóstico y remedio. O, en el sentido común lulista, todos se pueden sentar alrededor de una mesa y llegar a un consenso sobre lo que es mejor para el país.

Hay un problema en ese razonamiento: puede ser ejecutado, pero no puede ser dicho. Durante la elección, se volvió para la campaña petista el programa que no se atreve a llamarse por su nombre, para usar eufemismo de Oscar Wilde para mencionar el amor entre los hombres.

Aécio y Dilma tenían en mente el mismo ajuste. Él lo anunciaba como la salvación, ella reprobó tal posibilidad.  Y ganó

Estelionato electoral

Tal vez todavía demore en caer la ficha de los petistas sobre la inmensa gravedad de aquello que quedó popularizado como “estelionato electoral”. Evalúan -pienso yo - que se trata de un problema, pero no tanto, porque Fernando Henrique Cardoso (FHC) hizo lo mismo en 1998. Prometió estabilidad y, poco después de asumir el cargo, hubo fuga de capitales, crisis cambiaria y aumento de la Selic /2/del 44.95%, en marzo de 1999.

El tucano cosechó una elevada tasa de rechazo a lo largo de su segundo mandato y perdió las elecciones de 2002. En tanto había una fuerza política que se consolidaba como nueva organizadora del sistema – el PT – la institucionalidad no fue sacudida.

O sea, que el partido de Lula comenzaba a cumplir el papel de nuevo vector alrededor del ordenamiento político, en torno del cual las disputas se articulaban.  Un papel análogo fue cumplido por el PMDB en la segunda mitad de los años 1980 y por el PSDB en la década siguiente.

En las elecciones de 2014 el cuadro era otro

Un año y medio antes, Brasil fue convulsionado por movilizaciones espectaculares. Sin comprender el malestar social que se diseñaba, las respuestas oficiales fueron insuficientes. Pero las movilizaciones expresaban en las calles un enfrentamiento entre la derecha y la izquierda, que saldría a la luz más tarde.

En 2014, tuvimos las más disputadas y politizadas elecciones presidenciales desde 1989, cuando Lula y Fernando Collor confrontaron armas en las redes nacionales. En la refriega que llevó a Dilma Rousseff a su segundo mandato, el diferencial fue sobre la independencia del Banco Central, el comportamiento de los principales medios de comunicación, el repudio al ajuste y a la pérdida de derechos. ¡Algo raro en términos mundiales!

Con un factor adicional: el enfrentamiento se dio sin que hubiese un nuevo vector organizador a la vista. A todos los efectos, el PT seguía cumpliendo ese papel.

La historia que siguió es conocida. Tres días después del cierre de las urnas, el Banco Central elevó la tasa de interés – contrariando el discurso desarrollista de campaña - varios personajes ligados a la derecha fueron nominados para los ministerios, medidas drásticas fueron anunciadas en la economía y la popularidad de la mandataria se derrumbó pronto en los primeros meses.

El electorado sintió que había sido engañado. Lo sintió en la cuenta de la luz, en el precio de la gasolina, en el aumento del desempleo y la caída de sus ingresos. Y ni siquiera recibió una explicación plausible para tan sorprendente desafección.

El estelionato fue equivalente a un torpedo disparado contra el principal pilar de la democracia: la legitimidad del voto. El elector escoge a partir de una expectativa, anclada en la prédica de los candidatos. Cuando se rompe la conexión entre el voto y la acción concreta ¿Cuál es el valor de las elecciones?

La acción petista descalificó no sólo su gestión, sino la propia práctica democrática. Y erosionó los principios del funcionamiento de la institucionalidad. Si la opción popular nada vale, se puede todo, vale todo.

El avance de la derecha

Al girar contra las bases sociales históricas del PT y perder su apoyo, Dilma se convirtió gradualmente en una presidenta de una enrarecida legitimidad. Entonces, a mitad del 2015, uno podía preguntarse “¿al final, a quién representa la Presidenta?”.

Las respuestas son encontradas. La tabla de salvación pasó a ser la de alegar los 54,5 millones de votos.

Pero el número da testimonio de una situación específica del día 27 de octubre de 2014. Asegura la legalidad del mandato, pero no expresa un proceso de pérdida objetiva de apoyo.

Es justamente ese punto, la pérdida de apoyo, lo que abre el espacio para la derecha.

Las fuerzas conservadoras no cambiaron. Siguen siendo elitistas, excluyentes y antidemocráticas como siempre lo fueron. Pero quedaron contenidas por más de una década mediante la altísima legitimidad de los Presidentes Lula (2003-20010) y Dima Rousseff, en su gobierno inicial (2011-2014). Esto garantizó que el pacto de convivencia, establecido en 2002, fuese mantenido.

Al percibir que el muro de contención, materializado por su representatividad social, fue implosionado por la propia mandataria y que la práctica democrática fue debilitada, la derecha avanzó en toda la línea ya sea en el Congreso, en los medios de prensa y en las calles.

Dilma aplica el programa de la derecha, pero no es totalmente confiable a la derecha. Ella puede entregar el Pré-Sal, formular la ley antiterrorista, sancionar la ley mordaza contra la izquierda en las elecciones, puede privatizar, financierizar, etc.etc., pero no basta.

Aparecieron dos problemas

El primero es la profundidad de la crisis. Con el final del súper ciclo de las commodities, no hay más excedentes para distribuir. Terminó el gana-gana para ricos y pobres y es necesario preservar los intereses de la parte de los de arriba. Esto se está haciendo vía recesión y desempleo.

Para ser más claro, terminó el pacto establecido en 2002, entre el PT y las clases dominantes. La Carta a los brasileños, en síntesis, decía: pueden gobernar, siempre y cuando no toquen nada de lo que es esencial.  De este modo, se preservó la política económica de FHC, no se tocó ni la Ley de Amnistía; los monopolios de los medios de comunicación, la propiedad de la tierra y las ganancias de la punta de la pirámide social quedaron intactas.

El segundo, ahora, para alcanzar estos logros, es esencial reprimir a los de abajo. Y esto, hasta ahora, el gobierno de Dilma no hizo, incluso por los vínculos históricos del PT con el movimiento popular.

En una situación de agudización de la lucha de clases, enfrentar a estos sectores es imprescindible.  Es urgente seguir el ejemplo de los Estados de São Paulo, Paraná y Goiás – gobernados por el PSDB-, donde un Estado de excepción informal ya está vigente.

El golpe de estado

Es en este contexto que aparece el atajo del impeachment , para dar el golpe que no se atreven a llamarlo por su nombre. Es por la manipulación de magistrados arribistas, instrumentalizando a la Policía Federal – frente a la omisión gubernamental - y usando a los medios de comunicación (financiados y prestigiados por la administración federal) que se llega al resultado 367 (votos a favor) 137 (en contra) en la Cámara de Diputados.

El golpe no vino de afuera de la coalición gubernamental, sino de su interior. No fue un choque clásico de oficialismo versus oposición, sino la expresión clara del agotamiento del Pacto. No fue un golpe en una noche de verano. Fue cuidadosamente construido por los dos lados.

La noche del 17 de abril de 2016 pasará a la historia como una infamia. La basura de la política se desgañitó en el micrófono para agradecer a Dios, a la familia (y la propiedad, podríamos decir) y canceló un tapetão /3/ institucional en la democracia brasileña. El problema de esta no es el hecho de ser joven y tierna. Es el hecho de ser una democracia de clase, en un país con enormes diferencias sociales. Por eso ella es inestable.

Desobediencia

Resta a los demócratas la denuncia, la rebelión, la desobediencia civil y la lucha. Y la necesidad urgente de reconstruir no sólo la izquierda, sino un nuevo vector progresista.

La gran novedad fue la constatación de que existe una izquierda de masas viva y pujante. Tal vez los frentes surgidos en esta guerra – El Pueblo sin Miedo y Brasil Popular – sean embriones de un nuevo polo organizativo.

No nos engañemos: el gobierno Temer tendrá inmensas dificultades para estabilizarse. La crisis es profunda. Incluso usando el discurso de la “herencia maldita”, blandido por el PT hace más de una década, sin mejorar mínimamente la vida del pueblo, su ya escasa legitimidad irá por el desagüe.

En fin, es hora de lamer heridas.

Pero es urgente la necesidad de examinar los errores y las insuficiencias de este período. Solo así será posible avanzar y no sudar en una cinta caminadora, en la que se tiene la ilusión de correr sin salir del lugar.

 Notas:

1) Aécio Neves da Cunha, candidato a presidente por el PSDB para las elecciones de 2014, ex gobernador de Mina Gerais;

2) Selic, indicador de referencia establecido por el Banco Central para la tasa de interés; tapetão, de la jerga del mundo futbolístico, cuando un partido se pierde en el juego y se pretende ganar en el Tribunal.





Un puente hacia el pasado

Luiz Gonzaga Belluzzo y Gabriel Galípolo

Las neuronas de los impugnadores (impichadores) emiten certezas del maniaco obsesivo: todos los males terminarán con el fin de este gobierno.

Cosmopolitas desconectados del resto del mundo, reintroducen las recomendaciones que comandaban las políticas sociales y económicas desde los años 80 del siglo XX. Los remedios tienen la fecha de vencimiento ya vencida y, su caducidad, incluso ocurrió antes de la Gran Recesión de 2008.

La polarización entre el individualismo xenófobo de Donald Trump y el socialismo democrático de Bernie Sanders y las manifestaciones contra la reforma laboral, que tomaron las calles en Francia, atormentan al mundo desarrollado.

Estos desasosiegos se unen a los escándalos de los Panama-Papers, otrora encubiertos con el mote de “planeamiento tributario”, y las dificultades para desatollar a las economías de abundante plata, desaguada en los conductos del quantitative easing Son los acordes finales de una sinfonía inspirada en arreglos melódicos de los tempranos años 80.

La “reestructuración conservadora” preconizaba la reducción de impuestos para los ricos “ahorradores” y la flexibilización de los mercados de trabajo.

Los “reformistas” acusaban a los sistemas de tributación progresiva de desalentar el ahorro y debilitar el impulso privado a la inversión, mientras que los sindicatos insistían en “perjudicar” a los trabajadores al pretender fijar la tasa de los salarios fuera del precio de equilibrio.

 En los mercados de bienes, la consigna era someter a las empresas a la competencia global, eliminando cualquier política deliberadas de fomento industrial.

La liberalización de cuentas de capital permitía arbitrar geográficamente salarios, impuestos, tipo de cambio e intereses, desarticulando los nexos nacionales entre inversión, renta y demanda. La desregulación de los mercados de capitales contribuyó al estelionato o contabilidades de creatividad financiera, disfrazadas de instrumentos estructurados de financiamiento.

La crisis de 2008 surge de ese ambiente, obligando a los ya debilitados Estados a digerir activos financieros podridos, para desintoxicar los balances de los bancos. Una vez metabolizados, esos activos fueron convertidos en deuda pública, imponiendo dificultades adicionales a la gestión de la política monetaria y fiscal.

Los eufemismos del lenguaje económico no son capaces de ocultar a la opinión pública el verdadero significado de sus medidas: menos seguridad social y derechos para los trabajadores. Los mayores tienen que trabajar más años y reciben menos en su jubilación.

Desbaratar los derechos universales de acceso a los servicios públicos. Mientras recomiendan estos “sacrificios”, los bien fornidos huyen con sus cuantiosas ganancias a los paraísos fiscales. El ayuno y los impuestos son para los pobres inmovilizados en los territorios nacionales.

En Brasil, los programas económicos y sociales de los impugnadores continúan prisioneros de los fracasos del pasado, que hicieron el Patropi de desbarrancarnos del ranking de las economías industriales y volver a la condición de economía primario-exportadora, como lo demuestra en su último artículo el economista Pierre Salama.

La industria de transformación, que en 1985 tenía una participación del 21% en el PIB, cayó al 17% del PIB en 2003 y 11% en 2014.

Las tasas reales de interés más altas del mundo durante casi todo ese período están asociadas a la inserción internacional de la economía brasileña. En 1994, la apreciación del tipo de cambio redujo la inflación mensual al 1%, pero amplió el componente que relaciona la formación de las tasas de interés con la expectativa de devaluación del tipo de cambio.

Por lo tanto, los tipos reales no pueden ser reducidos por debajo de ciertos límites exigidos por los inversores para adquirir y mantener en cartera un activo nominado en una moneda débil.

No es de hoy que inversores individuales nacionales operen como no residentes a través de los bancos en paraísos fiscales, los Mossack Fonseca nos dan vida.

Mientras engordan los retornos de los “inversores”, la combinación entre intereses elevados y tipo de cambio corroe a la industria, socaba la industrialización.

El Brasil de la desindustrialización reproduce la trayectoria de Père Goriot, el personaje de Balzac, que vendió su fábrica de pastas para enriquecerse con la deuda pública.

Murió arruinado en una pensión en compañía de Rastignac y Vautrin, después de ser esquilmado por sus hijas seducidas por la alta sociedad parisina.

La industria brasileña se hundió en las altas tasas de interés y el tipo de cambio apreciado. Ya la deuda bruta del sector público, que en 94 representaba el 30% del PIB y, en 2003, alcanzaba el 58%, mismo nivel presenta en el año 2014, pero salta en el año 2015 al 66 por ciento del PIB.

El desempeño de superávit primarios entre 1997 y 2014 fue incapaz de alterar esa dinámica, fuertemente influenciada por los costos de los intereses de la deuda pública, que trepan de 27 mil millones de reales, en 1994, al nivel de 500 mil millones en 2015.

A pesar de la desarticulación del sistema industrial, con repercusiones muy perjudiciales consecuencias para nuestra economía, las políticas sociales de los últimos años han promovido una mejora de la calidad de vida en una parte significativa de la población. El ingreso promedio del trabajador creció 14% entre 1993 y 2002, y el 58% de 2002 a 2014.

 La Pnad (Pesquisa Nacional por Amostra de Domicílios) estimaba, en 1995, que existían 22 millones personas extremadamente pobres en Brasil. Ese número se eleva a 26 millones en 2003 y cae a 8 millones en 2014. En 1995, el número de pobres en Brasil era de 51 millones. Subió a 61 millones en 2003 y cayó a 25 millones en 2014.

La sociedad brasileña ya no es la misma. Aunque los espacios de información y de formación de la conciencia colectiva estén ocupados por aparatos comprometidos con la fuerza de los más poderosos y controlados por la hegemonía de las banalidades del discurso del dinero y del poder de las finanzas, los millones que ascendieron socialmente en los últimos años no aceptarán retroceder pacíficamente a la posición en que estaban.

periodista, profesor de Relaciones Internacionales de la UFABC.
economista, profesor del Instituto de Economía da Unicamp.
profesor del departamento de economía de la PUC- Sau Paulo.
Fuente:
Carta Capital 18 y 19 de abril 2016
Traducción:
Carlos Abel Suárez