Cataluña: De misiles y misales

Javier Pérez Andújar

14/05/2017

La manera reglamentaria en que Oriol Pujol sostiene su gorra es conmovedora, con el pulgar dentro y los otros dedos sujetando la visera. Una gorra no se coge de cualquier forma, y menos ante la autoridad. Por ejemplo (pero esto solo ocurre en la vida civil), delante de quien manda, las clases subordinadas bajan la cerviz y retuercen la gorra con las dos manos. Es el domingo 13 de noviembre de 1988, la mili obligatoria produce ya más objetores que gonococos, La Polla Records está en la cresta de la ola y lo celebra con un vinilo en directo. Ese mismo día el diario de más tirada saca una entrevista con el ministro de Defensa, Narcís Serra, donde asegura (y se destaca) que comprende que a los jóvenes "no les ilusione" pasar un año en la mili. 

En Santa Coloma, en el barrio de Can Franquesa (donde está pintada en medio de la montaña esa A gigante de anarquía, pero eso no tiene nada que ver), el domingo anterior las clases subordinadas habían apedreado el coche en que iba el padre, el esposo: Jordi Pujol, presidente de la Generalitat (desde que confesó lo de Andorra, se ha dejado de tratar de Honorable a los presidentes, en tal grado Pujol se ha cargado el prestigio de la institución). El hombre que le lanzó aquella piedra no llevaba gorra (ya quedaba para gente de campo), pero sí un suéter rojo, y así fue como lo identificaron. "El hombre de rojo", le pusieron. A los ricos cuando pasan se les tira piedras, siempre ha sido así. Tuvieron que ser los eternos parias de la tierra apisonada bajo los bloques en que vivían quienes arrojasen la primera piedra, pues entonces nadie era capaz de decir nada. Pero el silencio continuó. Claro que aquellos tipos de Can Franquesa tenían un pretexto: estaban tomándose un quinto tan tranquilamente y la comitiva va y les pasa por encima de los pies, como si no existiesen. ¡Un nuevo atropello! ¡Pues ahora se van a enterar! Entonces, en un arrebato de egolatría Pujol mandó parar y bajó del coche, y abroncó al hombre con una verborrea desquiciada, de loro ricachón enganchado al chocolate de Andorra. Los que nunca decían nada aplaudieron ese gesto de despotismo. Un banquero pisándole el cuello a un trabajador, y aún se dudaba en saber quién tenía razón. Se ha necesitado una crisis monumental, una escabechina, el hundimiento moral y social de toda una manera soportable de vivir, para que se proteste contra lo que significa este tipo de política hecha por banqueros.

Maragall, abroncado

Narcís Serra, antes de ser el primer ministro de Defensa socialista de la democracia, fue el primer alcalde socialista de Barcelona; pero acabará también haciendo vida de banquero, presidiendo la Caixa de Catalunya, y quizá su recorrido (o quizá todo lo que está pasando en esta fotografía) muestre en qué ha consistido la Transición. Pero en el momento de la foto el alcalde es Pasqual Maragall, que, más tarde, siendo Honorable, desveló en el hemiciclo del Parlament la existencia del 3%, y también se le atropelló, se le abroncó, y se le amenazó, como al hombre de Santa Coloma. A ninguno de los dos se le ha pedido perdón todavía; al uno por haber sido echado a los pies de los caballos, es decir, a las ruedas de los coches oficiales como el barro donde vivía, y al otro por haber sido desacreditado cuando todo el mundo estaba viviendo de créditos oficiales.

El militar que aparece en la imagen (el de carrera, no el recluta) es el capitán general de Catalunya, José Luis Carrasco Lanzós. Hace apenas un año que Serra le ha puesto en este cargo. Hay una foto de esa toma de posesión con Jordi Pujol departiendo con el recién nombrado campechanamente (no es un paria de Santa Coloma). Le sonríe y le aprieta el brazo como para tantear lo dura que puede ponerse la cosa. Aquel acontecimiento estuvo agitado, pues el puesto lo quería otro jefe militar y así lo soltó allí mismo delante de todo el mundo. Ruido de sables, cortejo de billeteras y rostros ávidos. ¡Viva mi dueño! Vuelta al ruedo de Valle-Inclán.

Sables y cirios

En la imagen de aquí arriba el frufrú de las damas al andar es ruido de pasos que llega por la galería de un convento. Viene Marta Ferrusola. La madre superiora vela por sus hijos, pues en la baza de espadas siempre se pierde algo. Recordemos que estamos en 1988, nuestro año dos de la OTAN. España es todavía un cuartel, y Cataluña una sacristía como siempre. Misiles y misales. Pero sables y cirios están llamados a entenderse. Como en el teatro de Brecht, como en los dibujos de Grosz, quien gana en todo esto es un banquero satisfecho y de cráneo limpio como un solar por especular. Este conjunto recibe el nombre de nación. 

La foto fue tomada el día de la jura de bandera de Oriol Pujol, el paso de la ITV de recluta a soldado. Los retratados se encuentran en la Gran Via, acuartelamiento de Lepanto. Ya hace cerca de veinte años que dejó de existir. Ahora se levanta sobre él la Ciutat de la Justícia, cuya construcción está bajo la sospecha de comisiones ilegales. Como si nunca ha existido nada, ni Gobierno, ni política, ni justicia, ni poder, salvo el 3%.

ha colaborado en los programas de televisión Saló de Lectura (Barcelona Televisió) y L’Hora del Lector (en TV3). Ha sido redactor jefe de la revista Taifa y ha escrito artículos para el fanzine Mondo Brutto y para el diario El País. El 11 de febrero de 2014 fue galardonado con el Premio Ciudad de Barcelona que concede el ayuntamiento de esta ciudad.
Fuente:
http://www.elperiodico.com/es/noticias/barcelona/barceloneando-con-javier-perez-andujar-por-una-foto-del-dia-de-la-jura-de-bandera-de-oriol-pujol-6035875