Cómo enfrentar al Imperio

Arundhati Roy

03/03/2003

“Nuestra estrategia debe ser no sólo enfrentar al Imperio, sino también sitiarlo. Privarlo de oxígeno. Avergonzarlo. Burlarnos de él. Con nuestro arte, nuestra música, nuestra literatura, nuestra necedad, nuestra alegría, nuestra brillantez –y nuestra habilidad para contar nuestras propias historias–. Historias que son distintas de las que quieren que creamos tras un lavado de cerebro.”
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La autora, quien se refiere a sí misma como una “narradora de historias” sobre “la relación entre el poder y los que no tienen el poder, y el eterno conflicto circular en el cual están involucrados”, escribió la novela El dios de las pequeñas cosas (ganadora del premio Booker y traducida a más de 40 idiomas) y es activista política .
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ME PIDIERON QUE HABLARA SOBRE "¿cómo enfrentar al Imperio?" Es una gran pregunta, y no tengo respuestas fáciles. Cuando hablamos de enfrentar al "Imperio", necesitamos identificar qué quiere decir "Imperio". ¿Nos referimos al gobierno estadunidense (y sus satélites europeos), al Banco Mundial, al Fondo Monetario Internacional (FMI), a la Organización Mundial de Comercio (OMC) y a las empresas multinacionales? ¿O esa expresión abarca algo mucho más amplio?

En muchos países, del Imperio han brotado otras cabezas subsidiarias, algunos peligrosos subproductos –nacionalismo, fanatismo religioso, fascismo y, claro, terrorismo–. Todos estos caminan de la mano del proyecto de la globalización empresarial.

Déjenme ilustrar a qué me refiero. Actualmente, la India –la más grande democracia en el mundo– está a la vanguardia del proyecto de globalización empresarial. Su "mercado", de mil millones de personas, ha sido abierto a fuerza por la OMC. La "corporatización" y la privatización son bienvenidas por el gobierno y la elite india.

No es una coincidencia que el primer ministro, el ministro del Interior, el ministro de la Desinversión –los hombres que firmaron el acuerdo con Enron en la India, los hombres que están vendiendo la infraestructura del país a las empresas multinacionales, los hombres que quieren privatizar el agua, la electricidad, el petróleo, el carbón, el acero, la salud, la educación y las telecomunicaciones– son todos miembros o admiradores del RSS [Rashtriya Swayamsevak Sangh, NT]. El RSS es un gremio ultranacionalista hindú, de derecha, que abiertamente admira a Hitler y sus métodos.

El desmantelamiento de la democracia avanza con la velocidad y la eficiencia de un programa de ajuste estructural. Mientras el proyecto de globalización empresarial destroza las vidas de las personas en la India, la privatización masiva, las "reformas" laborales, echan a las personas de sus tierras y de sus trabajos. Cientos de campesinos empobrecidos se suicidan al consumir pesticidas. Los informes de muertes por inanición llegan de todo el país.

Mientras la elite viaja a su destino imaginario, a algún lugar cercano a la cima del mundo, los desposeídos descienden en espiral hacia el crimen y el caos. Este clima de frustración y desilusión nacional es el campo de cultivo perfecto, nos dice la historia, del fascismo.

Al fascismo, pasando por la “limpieza étnica”
Los dos brazos del gobierno indio han desarrollado la perfecta acción de tenaza. Mientras un brazo está ocupado vendiendo en cachos a la India, el otro, para distraer la atención, orquesta un aullador, ladrador coro de nacionalismo hindú y fascismo religioso. Lleva a cabo pruebas nucleares, rescribe los libros de historia, quema iglesias y derrumba mezquitas. La censura, la vigilancia, la suspensión de las libertades civiles y los derechos humanos, la definición de quién es un ciudadano indio y quién no lo es –sobre todo en lo que se refiere a las minorías religiosas– se han vuelto una práctica común.
El pasado marzo, en el estado de Gujarat, 2 mil musulmanes fueron asesinados en un pogrom (etnocidio) patrocinado por el Estado. Las mujeres musulmanas fueron los principales blancos. Las desnudaron y las violaron de manera tumultuaria, antes de quemarlas vivas. Los incendiarios quemaron y saquearon tiendas, hogares, fábricas textiles y mezquitas.

Más de 150 mil musulmanes fueron echados de sus hogares. La base económica de la comunidad musulmana fue devastada.

Mientras Gujarat ardía, el primer ministro indio salía en MTV promocionando sus nuevos poemas. En diciembre del año pasado, el gobierno que orquestó la matanza fue relegido con una cómoda mayoría. Nadie ha sido castigado por el genocidio. Narendra Modi, el arquitecto del pogrom, orgulloso miembro del RSS, ha comenzado su segundo periodo como gobernador de Gujarat. Si él fuese Saddam Hussein, por supuesto que cada atrocidad hubiera salido en CNN. Pero como no lo es –y como el "mercado" indio está abierto a los inversionistas globales– la masacre ni siquiera es un embarazoso inconveniente.

Hay más de 100 millones de musulmanes en la India. Una bomba de tiempo hace tick–tack en nuestra milenaria tierra.

Una obscena acumulación de poder
Todo esto para decir que es un mito que el libre mercado rompe las barreras nacionales. El libre mercado no amenaza la soberanía nacional, socava la democracia.
Conforme crece la disparidad entre los ricos y los pobres, la lucha por acaparar los recursos se intensifica. Para llevar a buen término los negocios más cercanos a su corazón, para corporatizar los cultivos que cultivamos, el agua que tomamos, el aire que respiramos y los sueños que soñamos, la globalización empresarial requiere de una confederación internacional de gobiernos leales, corruptos, autoritarios en países más pobres, para que pongan en práctica reformas impopulares y sofoquen los motines.

La Globalización Empresarial –¿o la llamaremos por su nombre?: el Imperialismo– necesita de una prensa que simule ser libre. Necesita de cortes que simulen administrar la justicia.

Mientras, los países del Norte endurecen sus fronteras y acumulan armas de destrucción masiva. Después de todo, necesitan asegurarse de que sólo el dinero, los bienes, las patentes y los servicios se globalicen. No el libre movimiento de las personas. No el respeto a los derechos humanos. No los tratados internacionales sobre discriminación racial o armas químicas y nucleares o emisiones de gases de efecto invernadero o cambio climático o –ni lo mande Dios– la justicia.

Así que esto –todo esto– es el "Imperio". Esta leal confederación, esta obscena acumulación de poder, esta distancia creciente entre aquellos que toman las decisiones y aquellos que las tienen que padecer.

Nuestra lucha, nuestra meta, nuestra visión de Otro Mundo, debe ser eliminar esa distancia.

Así que, ¿cómo resistimos al "Imperio"?

Las buenas noticias son que no vamos mal. Ha habido grandes victorias. Aquí en América Latina han tenido tantas –en Bolivia, tienen a Cochabamba. En Perú, hubo la sublevación en Arequipa. En Venezuela, el presidente Hugo Chávez se mantiene, a pesar de los mejores esfuerzos del gobierno estadunidense.

Y los ojos del mundo están sobre el pueblo de Argentina, que intenta rehacer un país de las cenizas de los estragos labrados por el FMI.

En la India, el movimiento contra la globalización empresarial adquiere impulso y está listo para convertirse en la única fuerza política real que se oponga al fascismo religioso.

En cuanto a los relucientes embajadores de la globalización empresarial –Enron, Bechtel, WorldCom, Arthur Andersen–, ¿dónde estaban el año pasado y dónde están ahora?

Y claro, aquí en Brasil debemos preguntar... ¿quién era el presidente el año pasado y quién lo es ahora?

El Imperio al desnudo
De todos modos... muchos de nosotros tenemos momentos oscuros de desesperanza y desesperación. Sabemos que bajo la bóveda en expansión de la Guerra contra el Terrorismo, los hombres de traje están trabajando duro.
Mientras nos llueven bombas, y los misiles surcan los cielos, sabemos que se firman contratos, se registran patentes, se extienden oleoductos, se saquean los recursos naturales, se privatiza el agua, y George W. Bush planea ir a la guerra contra Irak.

Si miramos este conflicto como una clara y abierta confrontación entre el "Imperio" y aquellos que oponemos resistencia a él, podría parecer que vamos perdiendo.

Pero hay otra manera de mirar las cosas. Nosotros, todos los que estamos aquí reunidos, hemos, cada uno a su manera, sitiado al "Imperio".

Puede ser que no lo hayamos parado en seco –aún– pero sí lo desnudamos. Logramos que se le cayera la máscara. Lo hemos puesto al descubierto. Ahora está ante nosotros, sobre el escenario mundial, en toda su desnudez brutal, inicua.

Puede ser que el "Imperio" vaya a la guerra, pero ahora está en descampado –demasiado feo como para ver su propio reflejo. Demasiado feo como para reunir a su propio pueblo. Falta poco para que la mayoría de los estadunidenses se vuelvan nuestros aliados.

En Washington, hace unos cuantos días, un cuarto de un millón de personas marcharon para oponerse a la guerra contra Irak. Cada mes que pasa, la protesta adquiere más impulso. [El pasado 15 de febrero se manifestaron 250 mil personas en Nueva York, NT].

Antes del 11 de septiembre de 2001, Estados Unidos tenía una historia secreta. Secreta sobre todo para su propio pueblo. Pero ahora los secretos de Estados Unidos son historia, y su historia es de conocimiento público. Es la voz de la calle.

Hoy sabemos que cada argumento que se utiliza para escalar la guerra contra Irak es una mentira. La más absurda de ellas es el profundo compromiso del gobierno estadunidense por llevar la democracia a Irak.

Matar a personas para salvarlas de la dictadura o la corrupción ideológica es, claro, un viejo deporte del gobierno estadunidense. Aquí en América Latina saben eso muy bien.

Nadie duda de que Saddam Hussein sea un despiadado dictador, un asesino (cuyos peores excesos fueron apoyados por los gobiernos de Estados Unidos y Gran Bretaña). No hay duda de que los iraquíes estarían mejor sin él.

Pero, en todo caso, el mundo entero estaría mejor sin un tal señor Bush. De hecho, él es mucho más peligroso que Saddam Hussein.

Así que, ¿deberíamos de sacar a Bush a bombazos de la Casa Blanca?

Queda más que claro que Bush está determinado a ir a la guerra contra Irak sin tomar en cuenta los hechos –y sin tomar en cuenta la opinión pública internacional.

En su ofensiva de reclutamiento de aliados, Estados Unidos está dispuesto a inventar hechos.

La ofensiva del gobierno estadunidense es la charada con los inspectores de armas, una concesión insultante a alguna forma retorcida de la etiqueta internacional.

Es como dejar la "puerta del perro" abierta para los "aliados" de última hora o quizá para que crucen gateando las Naciones Unidas.

En la práctica, la Nueva Guerra contra Irak ha comenzado.

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¿Qué podemos hacer?

Podemos afilar nuestra memoria, podemos aprender de nuestra historia. Podemos seguir construyendo opinión pública hasta que se vuelva un rugido ensordecedor.

Podemos transformar la guerra contra Irak en una pecera de los excesos del gobierno estadunidense.

Podemos exponer a George W. Bush y Tony Blair –y sus aliados– como los cobardes asesinos de bebés, los envenenadores de agua, los pusilánimes bombarderos a larga distancia que son.

Podemos reinventar la desobediencia civil en un millón de maneras distintas. En otras palabras, podemos ingeniar un millón de maneras de convertirnos en un joder colectivo.

Cuando George W. Bush dice "o estás con nosotros o estás con los terroristas", podemos decir "no, gracias". Podemos hacerle saber que los pueblos del mundo no necesitan escoger entre un Malévolo Mickey Mouse y los Locos Mullahs.

Nuestra estrategia debe ser no sólo enfrentar al Imperio, sino también sitiarlo. Privarlo de oxígeno. Avergonzarlo. Burlarnos de él. Con nuestro arte, nuestra música, nuestra literatura, nuestra necedad, nuestra alegría, nuestra brillantez, nuestra pura persistencia –y nuestra habilidad para contar nuestras propias historias–. Historias que son distintas de las que quieren que creamos tras un lavado de cerebro.

La revolución empresarial colapsará si nos rehusamos a comprar lo que venden –sus ideas, su versión de la historia, sus guerras, sus armas, su noción de la inevitabilidad.

Recuerden esto: Nosotros somos muchos y ellos son pocos. Ellos nos necesitan más de lo que nosotros los necesitamos a ellos.

* Intervención de la escritora india durante el Foro Social Mundial, en Porto Alegre, Brasil, el pasado 27 de enero. Se publica con autorización de la autora.

(Traducción: Tania Molina Ramírez)

Fuente:
La Jornada 2 marzo 2003