Cáncer, política y capitalismo

Louis Proyect

14/09/2014

Después de trabajar durante 15 años en una serie de repugnantes instituciones financieras, en 1983  acepté con gran expectación un puesto como administrador de la base de datos del Memorial Sloan-Kettering Cancer Center (MSKCC). Al fin haría algo que estuviera más en armonía con mis valores políticos. En vez de usar mis habilidades para dejar constancia en las carteras de fondos de pensiones, crearía una infraestructura de datos para la atención al paciente.

Durante más de un año trabajé en el desarrollo de un modelo de base de datos basado en las relaciones “normalizadas” que trataba de eliminar redundancias y asegurar un soporte de confianza a la hora de realizar las solicitudes. Unos meses más tarde, cuando presenté el modelo a la dirección, supe que mi trabajo había sido en vano. El hospital había decidido comprar un programa a la compañía SMS, un programa considerado inigualable cuando llegó la hora de cobrar la deuda. Como pasaba muy a menudo, un ser querido se registraría en el hospital por un par de meses para recibir costosos y dolorosos tratamientos que concluirían con la muerte del paciente. Dado que los supervivientes con frecuencia mostraban cierta tendencia a ignorar las facturas astronómicas de aquellas inútiles actividades, el hospital decidió comprar un sistema que por lo menos fuera bueno cobrando insistentemente. Aquella decisión me dejó desmoralizado. Una vez más el dinero mandaba.

Cuando recibí una invitación para hacer una reseña de Second Opinion: Laetrile At Sloan-Kettering [“Segunda opinión: amigdalina en Sloan-Kettering”, NdT], un documental descrito como “la increíble y verdadera historia de un joven escritor científico del Memorial Sloan-Kettering Cancer Center que lo arriesgó todo para denunciar un fraude masivo relacionado con una esperanzadora terapia para el cáncer”, supe que no podía dejarlo pasar. (La película se estrena en Cinema Village en Nueva York el 29 de agosto y en Laemmle Music Hall en Los Ángeles el 5 de septiembre. Más tarde se estrenará a nivel nacional).

La película, dirigida por Eric Merola, se centra principalmente en el joven Ralph W. Moss, el escritor de asuntos científicos citado anteriormente que ahora tiene 71 años, y describe los sucesos que ocurrieron mientras trabajaba, con el mismo entusiasmo que yo traje hace ocho años, en el MSKCC a mediados de los 70. Como yo, Moss se desilusionó rápidamente, pero por otras razones.

Aunque yo no fui consciente en aquel entonces, mi primer encuentro con Moss fue cuando trabajaba en el MSKCC, a través de un libro que él escribió titulado The Cancer Industry [“la industria del cáncer”; NdT]. Como señalé en un artículo de mayo de 2012 sobre la compra del programa que hizo el MSKCC a SMS, el libro de Moss era una buena introducción a las fangosas realidades del tratamiento del cáncer bajo el capitalismo:

Cuando trabajaba en Sloan-Kettering, leí un libro estupendo titulado The Cancer Industry, que, junto con The Cancer Wars [“las guerras del cáncer”; NdT], es una lectura esencial para aquellos que usan el análisis de clase. Hasta el día de hoy recuerdo lo que el libro decía sobre la estancia de Hubert Humphrey en Sloan-Kettering. No tengo el libro a mano, pero estos párrafos de una reseña de 1990 deberían ser suficientes:

Entre las horribles historias de The Cancer Industry se encuentra la del senador Hubert Humphrey, a quien un equipo de cirujanos del Memorial Sloan-Kettering operó el 6 de octubre de 1976. Su cirujano compareció ante la prensa y las cámaras de televisión para anunciar que la operación había curado al senador, pero que a modo de medida preventiva, para “exterminar cualquier colonia microscópica de células cancerígenas que pudieran estar escondidas en el cuerpo, empezarían con un tratamiento de medicinas experimentales”. Moss describe así las consecuencias:

“En un año, el senador Hubert Humphrey murió. En ese corto periodo de tiempo se había transformado de un hombre vigoroso de mediana edad en una víctima del cáncer vieja, sin pelo y debilitada. El mismo Humphrey culpó a la quimioterapia… la llamó ‘botella de la muerte’ y al final se negó a volver al Memorial Hospital para el tratamiento”.

Moss fue contratado para trabajar en el departamento de relaciones públicas por su habilidad para escribir y su entusiasmo, pero tuvo una presentación inquietante. La misma semana que empezó en el centro, se llevó un golpe al descubrir que habían pillado a uno de los principales investigadores cometiendo un gran fraude. William Summerlin se convirtió en una superestrella del MSKCC después de anunciar al mundo que había terminado con éxito un experimento en el que trasplantó piel de un ratón negro a uno blanco. Dado que los ratones eran de especies diferentes y no había habido rechazo al trasplante, esto podría suponer grandes avances en el campo de trasplantes de órganos humanos. Cuando un asistente de laboratorio descubrió, completamente por accidente, que Summerlin había usado simplemente un marcador negro para dibujar un parche en el lomo de un ratón blanco, el hospital quedó por incompetente. Lewis Thomas, director del hospital, explicó que una “grave trastorno emocional” de Summerlin había potenciado el incidente. Yo lo habría llamado codicia.

(Debería añadir que Lewis Thomas no es una de mis personas favoritas. Es el autor de un ensayo llamado The Iks [“los iks”; NdT], en el que defiende que si esta sociedad cazadora y recaudadora viviera en la zona selvática de Uganda se convertiría en “una colección irreparablemente desagradable de criaturas dispersas y brutas, completamente egoístas y sin amor”. Al recordar el ensayo de Thomas que había leído en el instituto, el cineasta Cevin Soling viajó a Ikland para descubrir por sí mismo si esto era cierto. Basta decir que el ensayo de Thomas era tan falaz como el ratón pintado de Summerlin).

Por la misma época se llevaba a cabo en el MSKCC un experimento más serio. Un científico octogenario japonés llamado Kanematsu Sugiura, que había publicado 250 artículos a lo largo de su distinguida carrera, había empezado a tratar  ratones con amigdalina. La sustancia, también llamada laetril, se extraía de los huesos de los albaricoques. Sus hallazgos: los ratones que recibieron amigdalina mejoraron con las inyecciones. El cáncer no desapareció, pero podían vivir más que aquellos animales que no recibieron tratamiento. Aún más importante, los tumores no desarrollaron metástasis en los ratones con tratamiento. Sugiura, entrenado para ser prudente, pensó que el medicamento tenía un valor paliativo. La conclusión, huelga decir, es que se necesitaba más investigación.

Tan pronto como se corrió la voz de los experimentos de Sugiura y los jefazos del MSKCC supieron de ello, encargaron a Moss que los supervisara desde una perspectiva de las relaciones públicas, pero solo lo necesario para curiosear alrededor del investigador. Moss no solo falló en su tarea de detectar irregularidades, sino que también se indignó cuando supo que el hospital estaba convencido de que los experimentos de Sugiura tenían fallos y que la investigación debía ser abandonada.

Moss, convencido de que necesitaba ayuda externa para presentar el caso de los experimentos de Sugiura, se puso en contacto con Science for the People [“ciencia para el pueblo”; NdT], un grupo radical que surgió del movimiento estudiantil de la década de los 60. Moss trabajó con un médico activista llamado Alec Pruchnicki sin el conocimiento de sus superiores  y empezó a publicar un boletín llamado Second opinion que se distribuía fuera del MSKCC, como si se tratara de la «agitprop» antes de la era de Internet. El boletín pronto se convirtió en un elemento de referencia para cualquier queja relativa al hospital, incluyendo condiciones laborales y tratamiento del paciente.

Cuando el hospital convocó a la prensa para desvincularse de la amigdalina, Sugiura dijo que respaldaba tanto la decisión del hospital como sus propios descubrimientos. Cuando los reporteros le preguntaron cómo podía apoyar a la vez dos posiciones opuestas, se las apañó para defender con gracia su postura.

Nicholas Wade, un reportero del New York Times, critica al máximo en su último libro sobre la herencia genética critica al máximo el caso del ratón pintado. En un fascinante artículo de la revista Science del 23 de diciembre de 1977, no estaba dispuesto a subirse al tren de los anti-amigdalina, a pesar de que el periódico compartía la opinión de los jefazos y rechazaba los descubrimientos de Sugiura. Wade cita a Robert Good, jefe de inmunología del MSKCC: “de haber publicado aquellos datos positivos pero prematuros, habríamos causado una gran confusión. Los procesos naturales de la ciencia no se pueden concebir en esta especie de olla a presión”.

Poco después de ver el documental hablé por teléfono con Ralph Moss, y me impactó que no estuviera dispuesto a asumir la postura de activista pro-amigdalina aun cuando estaba obviamente convencido de que los experimentos de Sugiura eran válidos. El documental defiende alternativas a tratamientos costosos y con frecuencia tóxicos que enriquecen a la gran industria farmacéutica. Mencionó Avastin, un medicamento que generó 2,11 miles de millones de dólares en ventas en 2011. Aquello, añadió, suponía más que el PIB de muchos países. El espíritu de Science for the People sigue presente en la obra de Ralph W. Moss. Vea esta película para una explicación cautivadora de los conflictos entre el poder corporativo y el bien público.

Varias semanas después de ver Second Opinion, me empeñé en leer el último libro de George Johnson, "Crónicas del cáncer", para estar al corriente del pensamiento actual sobre la enfermedad. Como dije anteriormente, cuando trabajaba en el MSKCC, leí el libro The Politics of Cancer [“la política del cáncer”; NdT], de Samuel Epstein, un libro que vincula lo que por aquel entonces se consideraba como epidemia de cáncer con las toxinas ambientales, particularmente pesticidas. La esencia del libro es prácticamente la que Barry Commoner presenta en “El círculo que se cierra”, y además era flexible con mi posición marxista ante la indiferencia corporativa hacia nuestra salud y seguridad.

Aproximadamente diez años después de leer The Politics of Cancer, leí The Cancer Wars, donde Robert Proctor se retractaba de los hallazgos de Epstein. Aun siendo un hombre de izquierdas, Proctor advirtió a sus lectores que es muy difícil encontrar una correlación directa entre los contaminantes y el cáncer.

Con las advertencias de Proctor en mente no me sorprendió de todo el tratamiento de la cuestión medioambiental de Johnson. En el capítulo siete, titulado Where Cancer Really Comes From [“de dónde viene el cáncer en realidad”; NdT], Johnson reúne varias estadísticas como las que los tipos favorables a la industria repiten. Por ejemplo, estudios epidemiológicos concluyen que los casos de cáncer en la inmediata vecindad de Love Canal no eran mayores que aquellos casos registrados en el Estado de Nueva York, a pesar de que había un pico de defectos en los nacimientos.

En lo que respecta a la concentración de cáncer, como la supuesta epidemia de cáncer de mama en Long Island, Johnson concluye que se trata de “ilusiones estadísticas”. No es que Johnson niegue la conexión entre cáncer y medioambiente, sino es que esto es extremadamente difícil de demostrar.

Puesto que me he convencido, como la mayoría de la gente de izquierda, de que existe una relación entre los agentes carcinógenos en el agua, el suelo y el aire, y la incidencia del cáncer, le envié un correo electrónico a Johnson con mis preocupaciones y le comenté sobre un estudio de brotes de cáncer cerca de ríos muy contaminados en China. Mostrando una cortesía poco común entre los periodistas más consolidados, Johnson gastó parte de su tiempo en responderme:

Muchas gracias por su correo electrónico. Agradezco las amables palabras sobre mi libro. No había visto ese estudio en particular y lo apuntaré para leerlo. Por supuesto que muchos productos químicos industriales son cancerígenos, y parece muy posible que la concentración en el agua de China haya sido lo suficientemente alta y crónica como para afectar a la población en general a niveles que se sabe que causan cáncer en el lugar de trabajo. Clavado que abajo es muy difícil sin embargo, especialmente en los países en desarrollo donde los estudios epidemiológicos están recién comenzando. La mayor parte de la investigación en China parece concentrarse en la contaminación del aire y el cáncer de pulmón. Desde el enfoque de mi libro era sobre el cáncer en el mundo desarrollado, podría escribir una columna en el futuro comparando la situación con China, India, etc.

Es difícil argumentar sobre la contaminación —un indicador negativo—, pero igual de difícil es hacerlo con indicadores positivos. Los nutricionistas siempre nos están recomendando comer frutas y verduras, especialmente aquellas con propiedades antioxidantes como los arándanos y la col, pero nunca ha habido un estudio riguroso que relacione la dieta y el cáncer. Esto tiene mucho que ver con la imposibilidad de llevar a cabo un estudio demográficamente representativo de los efectos de una "buena" o mala alimentación. Puesto que el cáncer puede tardar muchas décadas en aparecer, el seguimiento de su origen y desarrollo es una tarea casi imposible.

“The Cancer Chronicles” fue una obra motivada en parte por la enfermedad de su esposa. Como ejemplo de la dificultad de establecer una relación unilineal entre la dieta y la enfermedad, Nancy Johnson era una fanática de la vida sana practicando ejercicio diario y comiendo una gran cantidad de frutas y verduras antioxidantes recomendadas por los nutricionistas. El capítulo cuatro comienza así:

Ella siempre comía sus verduras. Obsesivamente, parecía a veces. Desayuno, almuerzo, cena… durante todo el día mantenía el recuento mental. No importaba si eran las 22:30 de la noche, durante un episodio de Los Simpson o en medio de un DVD. Si no había consumido dos o tres raciones de verduras (un poco de verde, algo de amarillo) y tres o cuatro piezas de fruta, nueces o cereales—cualquiera de los alimentos que recomendaban los piramidologistas— ella pelaba una manzana o abría una bolsa de zanahorias.

Frente a la anomalía sinsentido de que una persona con ese estilo de vida sea susceptible al cáncer, Johnson se embarca en un viaje que lo lleva por salas de conferencias y laboratorios de todo Estados Unidos, cuando no estaba acompañando a su esposa en sus frecuentes sesiones de quimioterapia. Su objetivo era entender la biología básica de la enfermedad más antigua de la humanidad.

De hecho, no es sólo nuestra. Los dinosaurios también sufrían cáncer. En un viaje al oeste de Colorado, Johnson visitó el lugar donde se descubrieron seis toneladas de huesos de Brontosaurus en 1901, y entre ellos se encontraba el hueso más antiguo conocido con un tumor. Usando una prosa pulida en una larga y distinguida carrera en el periodismo científico, nos informa sobre lo que vio:

Visto de frente, el fósil mide 6.5 por 9.5 pulgadas. Alojado en el interior de su núcleo había una intrusión, ahora cristalizada, que había crecido tanto que había invadido el hueso exterior. Bunge [un conservador de museo] sospechaba que era un osteosarcoma — él había visto el daño que el cáncer puede hacer a los esqueletos humanos, en particular a los de los niños. Con forma ovalada y el tamaño de una pelota de baseball ligeramente aplastada, el tumor se había convertido en ágata con el paso de los milenios.

El libro de Johnson es uno de los mejores sobre ciencia que he leído en mucho tiempo, tal vez en toda mi vida. Como le dije a los suscriptores de Marxmail, si me hubiera topado con un libro así cuando estaba en secundaria, probablemente me habría especializado en biología en el Bard College en lugar de hacerlo en religión (no tratéis de hacerme que explique esa elección.)

El libro de Johnson abarca desde la medicina hasta la física y de la física a la filosofía sin perder el ritmo. A riesgo de parecer una de esas personas que escriben las notas publicitarias en las cubiertas de los libros, yo describiría “The Cancer Chronicles” como un potente examen de la biología de las células humanas, incluyendo aquellas que mutan en la enfermedad más temida a la que nos enfrentamos.

Entre 2008 y 2012, tres hombres murieron de cáncer con apenas dos años de diferencia entre cada muerte. El primero en irse fue Peter Camejo, quien se encargó de ayudarme a entender lo que había salido mal con el Partido Socialista de los Trabajadores. Peter, que sucumbió a un linfoma, atribuía su enfermedad a los contaminantes a los que había estado expuesto a lo largo de toda su vida.

El siguiente en partir fue Harvey Pekar, el autor de cómics que me convenció para trabajar en un libro de memorias con él. Peter Camejo era un personaje en ese libro de memorias, así como varios otros coloridos personajes que conocí durante toda mi vida en la política y en la bohemia clandestinidad. Al igual que Peter, Harvey murió por un linfoma o, al menos, por culpa de su organismo debilitado por la enfermedad.

Finalmente, dos años más tarde, me enteré de la muerte de Alexander Cockburn. Alexander era una especie de continuación de Peter. Cuando dejé el movimiento trotskista en 1979, tenía la intención de dejar de lado la política y volver a la vida bohemia de mi juventud. En un intento por mantenerme al día sobre la clandestinidad en Nueva York, comencé a leer el Village Voice. Pero los únicos textos que me impresionaron fueron las columnas semanales de Alexander Cockburn atacando a los peces gordos y poderosos. Fue su escritura lo que me llevó a volver a la política, la única maldita cosa en la que soy bueno.

Cuanto más se entrelazan nuestras vidas con Internet, y, en particular, con las redes sociales, más cerca nos sentimos de la gente, aunque nunca nos hayamos visto en persona. En los últimos años, he estado al lado de la cabecera, de forma virtual, con dos personas por las tengo un enorme respeto. Usando Facebook para apoyar y ventilar,Ed Douglas y Kristin Kolb han mantenido a sus amigos al corriente de su encuentro con enfermedades que amenazan la vida. Además ambos han sido capaces de recaudar fondos a través de Internet, una necesidad ante la falta de atención sanitaria adecuada en los Estados Unidos. Ed, miembro fundador del New York Film Critics Online —grupo del que he formado parte desde hace 15 años, desarrolló un caso agudo de leucemia hace unos años que, finalmente, requiere un trasplante de médula ósea. Afortunadamente, ahora está en remisión y le va bien. Kristin, una distinguida colaboradora de CounterPunch, está pasando por la fase final de la quimioterapia para tratar el cáncer de mama. Nosotros, los que contribuimos y leemos CounterPunch ofrecemos nuestro apoyo para que consiga superar esta dura prueba.

Si el origen del cáncer y su cura definitiva son todo un misterio, no puede decirse lo mismo de la necesidad de una atención adecuada y asequible. Si no fuera por la generosidad de los amigos y admiradores de Ed y Kristin, su travesía habría sido mucho más difícil.

Mike Marqusee, otro colaborador de CounterPunch desde hace mucho tiempo, tomó la sabia decisión de trasladarse a Gran Bretaña en 1971, donde la atención médica es gratuita.

En la época en que empecé a leer “The Cancer Chronicles” de Johnson, me enteré de que Marqusee había estado lidiando con mieloma múltiple durante un número de años. Recientemente escribió un libro donde habla de su enfermedad, así como sobre la medicina socializada en Gran Bretaña. Disponible en OR Books, The Price of Experience: Writings on Living with Cancer [“el precio de la experiencia: escrituras sobre vivir con cáncer”, NdT] es, al mismo tiempo, una historia personal y un análisis muy agudo sobre los beneficios de la medicina socializada —como cabría esperar de un marxista veterano.

Se habrán dado cuenta de que en el párrafo anterior me refiero a que Marqusee estaba "lidiando" con el cáncer en lugar del término manido "luchando". Como era de esperar de un activista contra la guerra (Marqusee formaba parte del comité directivo de la Stop the War Coalition en Gran Bretaña), para Marqusee las metáforas militares tienen poco sentido. Escribe:

Los obituarios habitualmente nos informan que alguien ha muerto "después de una valiente batalla contra el cáncer." Evidentemente, nunca vamos a leer que alguien ha muerto "después de una batalla patéticamente floja contra el cáncer." Pero una cosa que he llegado a apreciar desde que me diagnosticaron mieloma múltiple (un cáncer en la sangre) hace dos años es lo irreal de ambas nociones. Sencillamente no es así.

El énfasis en la "valentía" y el "coraje" de los pacientes de cáncer implica que si no puedes "superar" el cáncer, pasa algo malo contigo, alguna debilidad o defecto. Si el cáncer crece rápidamente, ¿es tu culpa? ¿Refleja una cierta falta de fuerza de voluntad?

Como uno de los personajes de Sicko, de Michael Moore, que vive en un país libre de la suciedad de las grandes farmacéuticas y de la industria de los seguros, Marqusee describe un sistema que está orientado a los que necesitan las personas en lugar y no a los beneficios privados. Durante todos los años que ha estado recibiendo tratamiento en Barts, como se conoce habitualmente San Bartolomé, un hospital de Londres, fundado en 1123 (!), nunca ha tenido que pagar un centavo. A pesar ser gratuito, el tratamiento ha sido similar al ofrecido en algunos de los hospitales punteros en Estados Unidos.

Pero las mismas fuerzas que nos han impuesto el Obamacare están conspirando para privatizar y/o reducir el nivel de los tratamientos en Gran Bretaña. Mostrando el mismo sentido de solidaridad que el boletín de Ralph Moss buscaba impregnar en los trabajadores y pacientes del MSKCC hace casi 40 años, Marqusee escribe y nosotros concluimos:

Espero que el personal de Barts resista este ataque a sus empleos, y a los servicios esenciales para mantener la vida que proporcionan. A menudo parece que Barts solo sobrevive por su buena voluntad. Han sido golpeados por un descenso constante de los salarios reales, y hay un triste pesimismo entre la mayoría, lo que no ayuda a la distribución irregular de los sindicatos en el Trust. Lo que es vital es que entiendan que lo que está ocurriendo ahora no se trata de un fracaso de Barts; es una manifestación de la crisis general en el NHS, una crisis provocada por los recortes, la fragmentación y la privatización, y que sólo puede ser enfrentada mediante un movimiento de masas que obligue a una reorientación radical de la política gubernamental.

Louis Proyect es un conocido marxista que escribe en el blog louisproyect.org y hace reseñas de películas para CounterPunch.

Traducción para www.sinpermiso.info: Carmen Municio Díaz y David Torres Pascual

 

 

 


Fuente:
http://www.counterpunch.org/2014/08/29/cancer-politics-and-capitalism/