Como detener un plan fiscal amañado para los ricos

Sam Pizzigati

08/12/2017

La Tierra no se agita cuando los legisladores de Washington, DC ejercen una de sus habituales votaciones sobre la “reforma” fiscal. Pero a veces la historia cambia, y la próxima votación prevista sobre la versión del Senado del plan fiscal republicano podría ser uno de estos raros momentos en los que la historia realmente cambia a mejor.

En efecto, la situación de este año guarda un notable parecido con la épica batalla fiscal de 1932, una lucha ampliamente olvidada que preparó el escenario para una generación completa de creciente igualdad. ¿Podría repetirse esta historia? Verdaderamente, ya está recordando a ello.

Volviendo a 1932, tal y como ahora, los conservadores tenían una mayoría de bloqueo tanto en la Casa Blanca como en ambas cámaras del Congreso. Entonces como ahora, los ricos de EEUU deseaban cambios fiscales fundamentales que redujesen significativamente su ya de por sí reducida carga fiscal. Entonces como ahora, aquellos millonarios –y los políticos que subvencionaban– bosquejaban recortes fiscales para los ricos como nuestra única vía a la prosperidad.

Aquella prosperidad parecía increíblemente distante a comienzos de 1932. La nación se había hundido en la Gran Depresión, y el Gobierno federal estaba recaudando poquísimos ingresos de una economía tan asolada por la Depresión como para funcionar. Pero los nuevos ingresos que el Gobierno necesitaba tan desesperadamente, como los altos dirigentes republicanos y demócratas acordaron en Washington, no debían proceder de los ricos.

En noviembre de 1931, el portavoz parlamentario demócrata en el Senado, Joseph Robinson, de Arkansas, hizo entender aquél consenso con comentarios que el Washington Post denominó “tan conservadores como para sonar como una declaración del secretario del Tesoro, Andrew Mellon”, el multimillonario que pasó los años 20 orquestando recortes fiscales que recortaron la tasa fiscal más alta a las rentas más altas de EEUU del 77 al 25 por ciento. Robinson alertó al pueblo estadounidense contra cualquier tendencia que llevase a los más ricos de la nación a nuevas imposiciones fiscales significativas. Toda la gente seria está de acuerdo, explicaría el líder demócrata del Senado, en que el Gobierno solo podría recaudar de los ricos “sin desalentar la inversión y la producción.”

El demócrata John Nance Garner, de Texas, presidente de la Cámara de Representantes, insistiría en el mismo tema el mes siguiente. Puso encima de la mesa lo que el corresponsal en Washignton de Los Angeles Times calificaría de “leve azote” a sus colegas del Partido Demócrata, quienes tuvieron la osadía de sugerir aumentar los impuestos a los altos ingresos a los niveles de la Primera Guerra Mundial.

Unas semanas más tarde, otro dirigente demócrata, que ejercía como presidente de la Comisión de Hacienda de la Cámara de Representantes, Charles Crisp, de Georgia, continuaría los azotes. La nación no podría afrontar nunca su emergencia fiscal “clavando a los ricos”, informó Crisp a sus colegas. Los estadounidenses medios tendrían que “apretarse el cinturón” ellos mismos para hacer “sacrificios tremendos”. Un impuesto nacional a las ventas, o algún otro impuesto que exigiese “aguante” y “agallas” a todos los estadounidenses, iba a tener que ser recaudado.

La Casa Blanca del presidente Herbert Hoover estaba de acuerdo, en parte. Los oficiales de la Administración solicitarían al Congreso promulgar mayores impuestos federales sobre el consumo de muchas compras diarias, todo desde el tabaco hasta las llamadas telefónicas. Pero la administración republicana de Hoover no aceptaría un impuesto nacional de ventas. El subsecretario del Tesoro, Ogden Mills, que pronto se convirtió en secretario tras el cese de Andrew Mellon para pasar a ser embajador de EEUU en Gran Bretaña, solicitó al Congreso que en su lugar aumentase la tasa fiscal a los ingresos más altos de la nación del 25 al 40 por ciento.

¿Qué explica esta voluntad de la Casa Blanca para contemplar impuestos ligeramente más altos para los acomodados de EEUU? Hoover podría haber considerado más valiosa un poco de discreción política. Sería mejor un modesto aumento de impuestos para los ricos que el riesgo de una impredecible ira popular que un impuesto nacional a las ventas podría desatar.

Los líderes republicanos y demócratas en el Congreso no tenían ese tipo de temores. El calor que sentían venía del editor de periódicos William Randolph Hearst, el poderoso magnate de medios de comunicación que había emergido como el más ferviente defensor de la noción de impuesto nacional a las ventas.

Hearst no tenía un afecto filosófico particular por gravar las ventas. Tampoco ninguno de los ricos estadounidenses como él. Simplemente querían que el Congreso estableciera una alternativa a gravar los ingresos. Sus ingresos. Los estadounidenses, escribió Hearst en un editorial nacional de marzo de 1932, debían “realizar una cruzada sostenida por la mañana, por la tarde y el domingo contra el actual sistema bolchevique de impuestos a la renta.”

La mayoría del Partido Demócrata en la Comisión de Hacienda de la Cámara acataría obedientemente. Los legisladores repudiaron a la Administración Hoover y rechazaron cualquier aumento en el impuesto sobre la renta. En su lugar, aprobaron un impuesto nacional a las ventas que abarcaba casi todo, un impuesto específico del 2,25 por ciento sobre todo lo fabricado excepto los alimentos.

Lo que ocurrió después fue que los demócratas más importantes y su calculada oferta posicionaron al partido como un socio confiable para los ricos y poderosos de EEUU. Poderosos demócratas —como el financiero de Wall Street, Jacob Raskob— simplemente habían ido demasiado lejos. Los estadounidenses les harían retroceder. Organizarían la primera oleada política nacional contra la plutocracia desde que comenzó la Gran Depresión.

La oleada estalló casi como una cuestión de combustión política espontánea. Desde toda la nación, el estadounidense medio comenzó a bombardear las oficinas del Congreso con enojadas quejas sobre el previsto nuevo impuesto nacional a las ventas. Frente a este sorpresivo bombardeo, los demócratas de base en el Congreso redescubrirían repentinamente su descontento interior ante la asombrosa concentración de ingresos y riqueza de los Estados Unidos. Se unirían con el diputado de Nueva York, Fiorello LaGuardia, y otros republicanos progresistas de la Cámara para liquidar el impuesto nacional a las ventas por un impresionante margen de 223 contra 153.

En medio de gritos de "¡clavar a los ricos!" en el hemiciclo de la Cámara de Representantes, esta inesperada mayoría pasaría a elevar la tasa impositiva máxima del 25 por ciento en ingresos de más de 100 mil dólares al 63 por ciento en ingresos superiores a 1 millón de dólares. Las nuevas tasas de impuestos más altas, señala el historiador fiscal Elliot Brownlee, duplicarían la carga impositiva efectiva sobre el 1 por ciento más rico de los Estados Unidos.

El líder de la mayoría demócrata de la Cámara, Henry Rainey, no estaría feliz por nada de esto.

“Hemos dado un paso más en dirección al comunismo”, dijo a sus colegas de la Cámara, “que ningún otro país en el mundo ha hecho, excepto Rusia.”

Pero Rainey permaneció por encima de todo como un político inteligente. Vio con claridad que los estadounidenses apoyaban abrumadoramente impuestos más altos a los ricos de la nación, y que ahora sacaría lo mejor de una mala situación. La noche después de la aplastante derrota de la propuesta de impuestos a las ventas, se lanzaría en la radio nacional y situaría los nuevos impuestos sobre los ricos como un paso fiscalmente prudente para equilibrar el presupuesto federal. También haría lo posible por convencer a los estadounidenses de que los ricos ya se habían sacrificado lo suficiente.

Los legisladores en la Cámara, dijo Rainey a la nación, aumentaron los impuestos sobre la renta de los ricos “hasta el punto de ruptura”. Incluso “el defensor más violento de “clavar a los ricos” debería estar satisfecho”, diría el líder de la mayoría demócrata.

“Hemos clavado a los ricos, se lo aseguro”, repetiría Rainey al final de su discurso radiofónico.

De hecho, el remojo sobre los ricos había sido más un enjuague rápido. Los impuestos sobre los ricos de la nación se mantendrían, incluso después de los aumentos, sustancialmente más bajos que los tipos máximos vigentes durante la Primera Guerra Mundial. La mayor parte de los impuestos que generaría la nueva legislación fiscal surgiría de los impuestos especiales nuevos y aumentados, algunos sobre artículos de lujo como las pieles, pero la mayoría sobre los artículos de uso cotidiano como chicles o aceite lubricante.

Aun así, la lucha fiscal de 1932 marcó un punto de inflexión. Los ricos y sus políticos habían llegado a la medalla de bronce, un impuesto nacional a las ventas. El pueblo estadounidense los había abofeteado.

En Albany, la capital del Estado de Nueva York, un gobernador ambicioso tomó nota. Apenas dos semanas después del alboroto fiscal en Washington, Franklin D. Roosevelt, uno de los principales candidatos para la nominación del Partido Demócrata en 1932, comenzaría una notable serie de discursos que alinearon su candidatura honesta con el impulso popular de Estados Unidos contra la plutocracia.

En la primera de estas alocuciones, retransmitida el 7 de abril en Lucky Strike Hour de la NBC, se presentaría como el campeón del “hombre olvidado en la base de la pirámide económica” y acribillaría a los líderes políticos que “solo pueden pensar en términos de la parte superior de la estructura social y económica.”

Al mes siguiente, en un discurso de graduación en la Universidad Oglethorpe de Georgia, Roosevelt ofrecería un conmovedor llamamiento para una “experimentación audaz y persistente” para ayudar a las “millones de personas necesitadas.”

“Hagamos lo que tengamos que hacer para inyectarle vida a nuestro deteriorado orden económico”, explicaría el aspirante presidencial, “no podemos hacer que esta situación perdure por mucho tiempo a menos que podamos lograr una distribución más sabia y equitativa de la renta nacional.”

El New Deal había comenzado.

¿Podría una derrota de los planes fiscales del Partido Republicano señalar un nuevo levantamiento igualitario similar? Quizás. Pero primero tenemos que cumplir esa derrota.

escribe sobre desigualdad para el Institute for Policy Studies. Su último libro es The Rich Don’t Always Win: The Forgotten Triumph over Plutocracy that Created the American Middle Class, 1900-1970 (Seven Stories Press).
Fuente:
Inequality.org
Traducción:
Adrián Sánchez Castillo