Cuando los regalos se hacen por amor

Manolo Saco

12/07/2009

Los regalos se ofrecen como muestra de cariño o para recibir algo a cambio. En las conversaciones grabadas por la policía entre Francisco Camps y Álvaro Pérez, el vicario en Valencia de la red empresarial montada por Francisco Correa, el presidente valenciano salía del armario para mostrarle un amor apasionado a su interlocutor.

"Te quiero un huevo" -le decía un tierno Camps- …"yo quiero que nos veamos con tranquilidad para hablar de lo nuestro… que es muy bonito". "Con el mío (refiriéndose a otro regalo) te has pasado veinte pueblos" le regañaba cariñosamente después Isabel, la esposa del president. Veinte pueblos de oro y brillantes, por lo menos.

¿Todo ello era amor verdadero o interesado? En ello debería centrarse la defensa de Camps, y dejarse de mentirijillas tontas. Tiene en sus manos la coartada perfecta y se pierde en cambio en explicaciones imposibles de creer, porque cuando se trata de amor apasionado, el sentimental pueblo español está siempre dispuesto a perdonar.

La anécdota de las anchoas de Revilla, mal traída por Rita Barberá (¡Señor, es la necesidad, y no la necedad, la que nos impulsa a decir tantas tonterías!) ha traído al debate nacional la urgencia de diferenciar institucionalmente entre un obsequio personal y un intento de soborno. En los Estados Unidos todo regalo institucional que supere los tres dólares de valor deberá pasar al Patrimonio Nacional. Aquí, en cambio, vuestra majestad el rey tiene un garaje repleto de los automóviles deportivos más caros y lujosos del planeta, obsequios de cada marca.

En el viejo periodismo se tenía como código de conducta el aceptar únicamente los regalos que se podían consumir, comer o beber, inmediatamente. Esa era la frontera entre la cortesía y el cohecho. Lo nuestro, como las anchoas de Zapatero, se nos pasaba enseguida haciendo un poco de régimen o durmiendo una buena siesta. Pero lo de Camps y lo del rey tiene delito, como decía mi santa madre.

Manuel Saco es un columnista habitual del diario Público.

Fuente:
Público, 9 julio 2009