Cuba-EE UU: No hay ninguna deuda que pagar. Dossier

Julio Antonio Fernández Estrada

René Fidel González García

10/04/2016

No quiero saber nada de Industriales ni de Obama

Julio Antonio Fernández Estrada.

Existen al menos dos maneras de asegurar una vida de sufrimiento, ser industrialista y aspirar al socialismo democrático. Durante décadas los mitos y leyendas del periodismo deportivo cubano han inculcado en el pueblo la verdad de que el equipo de béisbol Industriales está lleno de jugadores inteligentes y que saben jugar muy bien a la pelota y que el estadio Latinoamericano es una olla de presión donde debe fundarse la hombría del pelotero de cualquier lado que aspire a triunfar en este deporte.

La realidad nos informa que los jugadores de Industriales no saben tocar bolas, no saben correr las bases, no pueden tirar strikes y son incapaces de ganar al equipo de Ciego de Ávila en los últimos cinco años.

Por eso no quiero saber de Industriales. Obama, por otra parte, no es el presidente de la República de Cuba. En Cuba no hay un presidente de la República desde 1976.  Nuestro sistema de gobierno no reconoce este cargo, porque preferimos hace cuarenta años ser más republicanos y democráticos y tener órganos colegiados donde uno solo no pudiera imponer su voluntad.

Obama dentro de un año tampoco será el presidente de los Estados Unidos, no será más el enemigo de los pueblos ni el terror del medio oriente. Los defensores de la democracia la última vez que miramos pensamos que el enemigo era Donald Trump, pero ha resultado ser Obama, o eso es lo que dice la prensa cubana, a la que no se debe llamar oficial, porque no hay más prensa reconocida por el Estado, que yo sepa.

El presidente Obama ahora nos sale hasta en la sopa, aquel plato que en las tradiciones culinarias que heredamos fue un entrante, pasó a plato fuerte en los 90 y desapareció en los 2000, junto al corazón de pollo y otros menudos.

Pero este caldo no ha sido cocido en la cocina del pueblo. Los alaridos que nos avisan de los engaños de Obama, que nos abren los ojos para que no seamos ingenuos ante los cantos de sirena del imperialismo, me ofenden a mí, que pienso como un obrero portuario o como un profesor universitario, que es lo mismo, o debe serlo en la verdadera democracia.

Me ofende porque nosotros el pueblo no nos acercamos a los Estados Unidos, soberanos como somos no conversamos durante más de un año en secreto con aquel gobierno ni invitamos al presidente Obama a Cuba, ni lo llevamos a hablar en vivo por la TV. Pero sí que podemos ser inocentes después y tragarnos lo que dice el presidente elegante, que camina como un dandy y parece que en cualquier momento comenzará a danzar.

Pero no, no nos tragamos nada. Nos alegramos porque entendemos que la historia ha cambiado, que algo ha pasado en nuestras vidas que no pensamos ver, que una relación de odio puede aminorarse. Que podemos demostrar nuestra gallardía en directo, para que hablen ellos y nosotros también, para que ellos propongan y nosotros también.

El pueblo se alegra, nos hemos alegrado sanamente, como cuando llega el día de los carnavales o revienta en el cielo una única bengala para celebrar el día que triunfó la Revolución.

El pueblo cubano pasa de ser el más culto y preparado políticamente del mundo en un editorial de la prensa o en un noticiario e inmediatamente nos convertimos en inocentes, proclives a ser engatusados por discursos bien leídos y frases peligrosas. Creo que a este tratamiento le llama la diplomacia cubana doble rasero.

Qué sabemos, nosotros, el pueblo llano. Que Obama no es comunista, que no ha sufrido nuestras penurias, que no conoce la vida de Antonio Maceo, que ha aprendido algunas oraciones de Martí. Que no es parte de nuestras angustias ni alegrías, que no sabe por donde pasa el P14 ni dónde se coge la moto que te lleva a Santa Ifigenia.

También sabemos que Obama no es un conservador de derechas, que es culto y bien estudiado, que sabe de Derecho Constitucional y por lo tanto de política, que su concepto de democracia es tan reducido como el de todos los gobernantes del mundo, que es un mulato en tierra de linchamientos a negros, que ha querido reducir la venta de armas en su país, que ha dicho al Congreso que las mujeres ganan menos que los hombres en su gloriosa democracia, que ha fundado ideas para defender a niñas en peligro, que no es un fascista ni un colonialista. Que se puede discutir con él.

La prensa- periodistas y otros- han exigido a Obama que debió pedir disculpas a nuestro pueblo por tanto dolor inflingido por los Estados Unidos a Cuba, durante tanto tiempo. Hubiera sido hermoso escuchar a Obama hablar de estas cosas. Pero solo creeré en la prensa cuando reclame lo mismo a los gobernantes europeos que pisan nuestra patria y a los que no se les llama nunca a disculparse por los crímenes del colonialismo, la esclavitud, la xenofobia, el exterminio de los pueblos originarios de América. Nunca he leído que, a la visita de un presidente de gobierno español a Cuba, la prensa libre le pida que se disculpe por los 8 estudiantes de medicina que asesinó España en 1871, al menos por ellos, que eran inocentes. Creo que a esto la diplomacia cubana le llama doble rasero.

Hablar tanto de Obama sirve, es su primer servicio, para no hablar de Cuba. Yo no he votado por Obama ni quiero, nuestro pueblo quiere hablar y sentir la emoción de la política cubana socialista, es decir, democrática, intensa, sin barreras, sin tabúes, la única que podría construir la primera baldosa de la calzada de la verdadera soberanía popular.

La visita de Obama ha desnudado la cultura política cubana, más bien la ha señalado, y muchos se han fijado entonces. ¿Por qué nuestro pueblo ha agradecido que el presidente norteño hable como un asere?, porque así hablamos, incluso cuando sabemos quién es Walt Whitman o Edgar Alan Poe. Y sobre todo porque nuestros políticos no hablan como el pueblo sino como ellos mismos. Por qué nuestro pueblo agradeció que se rompiera el protocolo y que el presidente invitado saludara al director de la banda de música en el Palacio de la Revolución. Por qué así somos, nos cayó bien el caminado de Obama, que viajara con su esposa y suegra, que mencionara a Michell cada dos palabras, que jugara dominó o lo intentara, que se quisiera parecer a la gente de aquí, un pueblo mestizo en toda su envergadura.

El pueblo de Cuba quiere saber qué comen nuestros políticos, si alguna vez van a una paladar, queremos saber cuántos C.U.C les quedan y qué gustos tienen, y si van a comprar las frazadas de piso rebajadas hasta fin de mes. Queremos saber si tienen suegras, si viajan con ellas o no se tratan. Si extrañan a sus seres queridos que se han ido del país porque no pudieron ser convencidos, como nosotros, de las bondades del socialismo. Queremos saber a qué escuelas van sus hijos, si asisten a las reuniones de padres y si ayudan a sus niños y niñas a hacer los trabajos de curso y las tareas de Educación Laboral.

Y si creen que nada de esto nos importa o no nos debe importar porque es la vida privada de los políticos, les digo que no estamos de acuerdo. Que nuestras vidas las hemos empeñado a este proyecto de sociedad diferente y queremos estar seguros que nuestros dirigentes la viven como nosotros. Que también gozan el socialismo y las fiestas en casa de amigos, que son humanos, que ríen y lloran y temen morir y dejar obras inconclusas e hijos desamparados, como nosotros.

En la democracia, la vida privada, si significa escapar del control popular, no es más que un crimen que los atenienses resolvían con ostracismo y que nosotros, más tiernos, resolvemos con desdén.

Cuando el pueblo vota, no lo hace solo por lo que dice la biografía, ya es bastante que votemos por el pasado. Queremos votar también por el más culto, la más buena, el más inteligente, la mejor oradora, el que mejor ha educado a sus hijos, el que tiene más familiares decentes, el que sabe hablar como la gente de Cuba, con corazón fino y lengua de metralla.

Obama no ha engañado a nadie en Cuba. Sabemos que el futuro será crudo, como siempre, y que habrá que luchar contra los que quieren cambiar a Cuba por un paraíso capitalista de grandes mercados y pobres y pobres. Obama no nos dará la felicidad, ni los que quieren repartir el país a grandes empresarios, ni la burocracia que no entiende al pueblo y se entiende en privado con gente que no conocemos.

La democracia es hermosa, como llegada y como viaje, por los caídos, y los que triunfan. Hace más de dos mil años que los enemigos del pueblo conspiran contra el poder de los pobres libres. Que Cuba sea del pueblo es una necesidad para ser independientes y no yanquis tropicales. Por eso necesitamos todo el poder y no solo un poco, todos los derechos y no solo algunos, todos los instrumentos jurídicos para defenderlos y no una selección, toda la libertad para hacer una constitución realmente nueva, que sirva para que el mundo nos respete y nos entienda.

Si hay que sufrir por la democracia lo haremos pero porque la lucha es placentera y porque somos el pueblo, sabemos llorar y nos contentamos con poco pan pero nunca con poca libertad. Quiero saber de Cuba, de qué vamos a hacer para salvar la nación, la decencia, la independencia y el sueño de vivir aquí. No quiero saber de Obama, ni de Industriales.

 

Calibán, el espejo y la política en Cuba

René Fidel González García

En Cuba, la reivindicación de la política es un imperativo. Contradictoriamente con los éxitos obtenidos por el actual equipo de gobierno cubano en el último año y medio, la reciente visita del mandatario norteamericano y la perfectamente estructurada finalidad política – también ideológica – de cada gesto, palabra y acto de los que aquí realizó junto a su sincronizado grupo de apoyo, son muy reveladores de esa necesidad.

No me voy a detener en ese caso ahora, pero un análisis de la intencionalidad y efectividad de los recursos políticos puestos en juego por ambas partes, no debería tratar nunca de las características de las personalidades involucradas.  

Lo que me interesa abordar ésta vez es que desde hace mucho tiempo, pero sobre todo en el último año, el debate dentro de la Revolución cubana ha girado – y desde muchos ángulos –  a una reflexión colectiva del valor de la política entre nosotros. Concurren por lo menos cinco elementos que explican esa centralidad más allá de las coyunturas:

1) una creciente comprensión del papel que dentro de una Revolución juega la política como forma de lograr involucrar en ella a las mayorías y alcanzar la definición, elaboración, consenso y consecución de sus metas.

2) la existencia de síntomas de disfuncionalidad política en el Estado, las instituciones y la sociedad civil cubana.

3) el abandono, agotamiento y anquilosamiento de muchos métodos y medios de gestión y comunicación  política.

4) la desconexión y desmovilización de segmentos poblacionales de la vida política y la irrupción de una exitosa matriz de pensamiento global contra hegemónico al Socialismo.

5) la urgencia de formar una cultura ciudadana que permita el despliegue y empoderamiento de prácticas y comprensiones republicanas, y el fortalecimiento del espacio público contra la paulatina legitimación, en los imaginarios y las prácticas sociales, del capitalismo.

La reacción a la reciente publicación en el diario Granma del texto A menos de un mes del Congreso del Partido, subraya algunos de dichos elementos y se incorpora a ese debate. A contrapelo de definiciones anteriores acerca de la realización de un proceso previo de amplia consulta popular, la inminencia del cónclave de los comunistas cubanos a partir de un diseño organizativo diferente, sorprende hasta a su propia militancia.

Para ninguno de ellos, pero sobre todo para la población que ha seguido con especial atención todas sus ediciones anteriores, se trata de una reunión formal. Nunca lo ha sido. Esa importancia ha estado conectada a la propiedad de ser el proceso más políticamente inclusivo y cabalmente crítico de todos los que se producen en Cuba.

En El arte de ser ciudadano en Cuba, apunté hace muy poco tiempo que esa reunión ¨…será una holografía de lo que somos y podemos ser, de lo que queremos ser, pero no hay que olvidar que las finalidades de esa organización y su enorme influencia en la sociedad cubana, ha dependido sobre todo de su capacidad de interpretar el bien común y saber cómo alcanzarlo entre todos y con todos¨. Esa sigue siendo una expectativa válida. Como se sabe, no se juzga a una organización política por lo que proclama sino por sus actos.   

Es casi imposible saber hasta qué punto influirán en los próximos tiempos procesos de envejecimiento ético y cultural, diversos tipos de parálisis paradigmática, o de crisis de autenticidad política y social que se verifican en la sociedad cubana. Pero el condicionamiento de prácticas anteriores y recientes que involucran a los ciudadanos como espectadores consultados del trabajo de especialistas, o de representantes escasamente determinados por las opiniones, deliberaciones y juicios de sus electores, es en cualquier caso un serio límite para lograr que el resultado obtenido exprese y forje la conciencia de efectividad de la ciudadanía que tan cara le ha sido siempre a la Revolución cubana.

Esto es algo que señala, también, la importancia que hay que prestarle al cómo se alcanzan los consensos sociales y se produce la toma de decisiones, sobrepasados ciertos puntos de equilibrio entre las contradicciones sociales, políticas y económicas y la hegemonía de un proyecto.

No hay que subestimar en ningún modo la idoneidad de esas prácticas para funcionar, coaligados con otros factores, como estímulos aversivos de la política para sectores cada vez más importantes de la población. Tampoco su intrínseca susceptibilidad para ser explotadas como divergencias por otras alternativas ideológicas sobre todo cuando las antiguas capacidades y cualidades de un sistema para responder a las contradicciones, empiezan a ser parte de su desgaste.

Tal es un dato a tener en cuenta para la agenda del próximo año, en que las reformas de la Constitución y de la Ley electoral tendrán que ser procesos realizados políticamente de abajo a arriba, o difícilmente tomarán contacto e involucrarán a la sociedad cubana en su trascendencia real. Hay que entenderlo de una vez. No es una cuestión sin importancia.

La subestimación de la política ha sido un error que hasta hoy han pagado los grupos que han surgido y desaparecido a lo largo de más de medio siglo como excrecencias parasitarias de los esfuerzos estadounidenses por organizar una oposición a la Revolución en Cuba. Pero no es un expediente que parezcan seguir actores que ya empiezan a ser definidos como representantes de un nacionalismo de derecha y que, en la búsqueda de zonas de influencias, han experimentado en formas muy flexibles, creativas y mediáticas  de organizar proyectos que pretenden articularse a corto y mediano plazo como plataformas de reflexión y activismo político.

Alguna vez parafraseando a Horkheimer y Adorno he dicho que la prohibición de la imaginación política abrirá siempre paso a la locura política, pero la cuestión de fondo en Cuba estará siempre en comprender que una Revolución lo es sobre todo por su manera original y desafiante de pensar y transformar la realidad políticamente sin dejar indiferente a nadie. Tal cosa no ocurre a través de los informativos de la televisión y mucho menos en los negros tipos gráficos de los periódicos, tampoco con multitudes que creen que la política es sucia.

Para evitar que dioses y desvelos claven aquí sus razas, tal como nos dice Rodolfo Tamayo, el Calibán cubano - la mujer y el hombre que hace su destino en éstas tierras -  tiene que evitar a toda costa el drama de Macbeth: ver el futuro y no comprenderlo. Para ello tiene que mirarse en el espejo, reivindicar la política.

Doctor en Ciencias Jurídicas, profesor titular del Centro de Estudios de Administración Pública de la Universidad de La Habana, Cuba.
Doctor en Ciencias Jurídicas, profesor titular de Historia del Derecho en la Universidad de Oriente, Cuba.
Fuente:
www.sinpermiso.info, 10 de abril 2016
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