Cuba: ¿Qué socialismo? El turno de los jóvenes

Fernando Luis Rojas

Carolina García Salas

et alii

30/11/2017

Carlos Lage Codorniú es ahora, con 35 años, doctor en Ciencias Económicas y trabaja en el Banco Central de Cuba, pero entre 2003 y 2005 fue presidente de la Federación Estudiantil Universitaria (FEU) en la Universidad de La Habana, y a partir de ese último año presidió la organización a nivel nacional hasta 2007. También integró el Comité Nacional de la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC) desde 2006 hasta 2009.

Gretel Rafuls Trujillo fue, además de Secretaria general del Comité Primario de la Unión de Jóvenes Comunistas, presidenta de la Federación de Estudiantes de la Enseñanza Media (FEEM); primero, en la escuela vocacional Lenin, y después en el nivel provincial de esa organización en La Habana. Actualmente tiene 28 años, es Licenciada en Comunicación Social por la UH, cursa una Maestría en Barcelona, donde reside, y es realizadora de la serie web Rega'os por ahí (Cubanos en Barcelona). Entre 2009 y 2013 fue diputada a la Asamblea Nacional del Poder Popular.

Oniel Díaz Castellanos es Licenciado en Biología (UH, 2004) y Máster en Relaciones Internacionales (ISRI, 2010). Tiene 36 años y es cofundador de AUGE, un equipo de desarrollo de negocios, que brinda asesoría estratégica al sector privado en La Habana. Entre 2002 y 2003 fue presidente de la FEU de la Universidad de La Habana, y en el nivel provincial en la capital (2004-2006). También tuvo responsabilidades de dirección en la UJC, donde ocupó el cargo de primer secretario del Comité Municipal de Boyeros (2008-2010) y fue miembro de su Comité Nacional hasta 2010.

Edmundo del Pozo Martínez es graduado de Derecho por la Universidad de La Habana y obtuvo el título de Máster en la Universidad Nacional Autónoma de México, país donde reside, y se desempeña como investigador de la ONG FUNDAR, un centro de análisis e investigación, especializado en temas de políticas públicas, transparencia, rendición de cuentas y derechos humanos. Entre 2002 y 2004 fue presidente de la FEU de la Facultad de Derecho de la Universidad de La Habana. Tiene 36 años.

¿Los jóvenes incluyen «el socialismo» en sus discusiones sobre el futuro de Cuba? ¿De qué socialismo se habla? ¿Existe una mirada generacional al proyecto socialista de Cuba?

Carlos Lage Codorniú: Desde mi percepción, marcada por los espacios en que me desenvuelvo, el socialismo no solo tiene un peso reducido en la discusión de la juventud sobre el futuro de Cuba, sino que tiende a ser cada vez menor. El signo de los jóvenes de hoy —o una amplia masa de ellos— es la preponderancia del proyecto personal. Lo individual se lleva el protagonismo, dejando el proyecto social como algo por lo que deben luchar otros. No creo que eso hable peor o mejor de los jóvenes, sino de la época que les tocó vivir.

Sin embargo, existen nichos donde aún pervive ese debate con bastante fuerza, lo cual tiene un tremendo valor en las condiciones actuales: acumulación de necesidades materiales, deterioro y agotamiento de estructuras políticas internas o modelos de socialismo externos y asedio de una cultura consumista y banal.

En ese debate, las identificaciones del socialismo son múltiples. En general, creo que cada parte trata de recalcar las faltas de las alternativas conocidas. En ocasiones se nota dispersión, insuficiencias (los temas económicos, por ejemplo, que son medulares) y polarización (con el peligroso tufo de ciertas posiciones sectarias). Pero todos ellos son caminos de aprendizaje que pueden ser útiles si no se pierde la capacidad para ayudar «realmente» a restaurar y llevar más allá de sus límites el proceso revolucionario que tanto nos ha costado.

Solo una revolución puede salvar la Revolución. Subvertir aquellas zonas del orden existente que caducaron supone objetivamente una «ruptura», y es la juventud quien tiene el ímpetu y la fuerza para hacerlo. Lo bello y difícil de un proceso que quiera llamarse revolucionario y socialista es que en esa «ruptura» radican los principales rasgos de continuidad con las generaciones anteriores.

La pequeña propiedad privada capitalista ha ocupado un lugar central en la diversificación de las formas de propiedad y de gestión en el nuevo modelo. ¿Qué lugar le otorgan en una economía socialista? ¿Qué beneficios y retos significa? ¿Qué papel están desempeñando los jóvenes en estas nuevas formas?

Oniel Díaz Castellanos: Discrepo con respecto al supuesto «protagonismo» que se le atribuye a la pequeña propiedad privada dentro del proceso de reformas. Más bien, desde su propia concepción, se siguen evidenciando, en todos los niveles de la sociedad, prejuicios y nociones erradas. La señal más clara es la limitación de la iniciativa económica propia de los cubanos a un reducido listado de actividades «por cuenta propia», que negó desde el inicio la utilización —de una manera más efectiva— de la principal riqueza creada: su gente. No necesariamente el reconocimiento formal de la pequeña y la mediana empresa privada dentro del entramado económico nacional permitirá que se dé cauce libre a las actividades que se puedan realizar bajo esta forma. El Estado, en lugar de establecer una lista de actividades que pueden llevarse a cabo, debería consignar solo aquellas que, por interés nacional (justificado con razones de peso y no con prejuicios), no se pueden ejecutar.

En el contexto cubano, estos actores deberían tener un papel activo en la economía nacional. El Estado debe supervisarlos con tanto rigor como «cariño», en un binomio de amor/control que no tiene nada de antagónico. En la medida de lo posible, han de integrarse a las cadenas de valor que el país puede aportar a través de sus industrias nacionales estratégicas, que siempre deberán permanecer como patrimonio de todos. En el caso de estas empresas, el Estado tiene que manejarlas de manera eficiente y transparente. Controlará y combatirá la ineficiencia de los burócratas, así como luchará contra los egoístas y las miserias humanas de los que quieran lucrar sin consideraciones de ningún tipo hacia la sociedad y los grupos sociales desfavorecidos.

Los jóvenes, y una buena parte de los que son profesionales, han visto en las nuevas formas de gestión la oportunidad de construir un proyecto de vida en Cuba, ante la desesperanza que surge cuando, al graduarse, se insertan en el ineficiente y burocrático sistema empresarial estatal. En mis dos años de trabajo en el sector privado he conocido a decenas de ellos, llenos de pasión, esperanza y ganas de cambiar el país para bien. Yo soy uno de esos jóvenes. Algunos no piensan «a la derecha», otros sí. También los hay que no piensan, al menos en esas coordenadas. Pero todos tienen un factor común: el orgullo de ser cubanos y la terquedad de no emigrar porque sienten que esta es su utopía.

El emprendedor joven cubano que yo conozco es soñador y solidario. Piensa a Cuba con la misma fuerza con la que trabaja para mejorar sus circunstancias personales. Pero en ese empeño termina convertido en un «renegado». No hay seguridad jurídica ni reconocimiento desde el Estado para desarrollar actividades que vayan más allá de restaurantes y casas de alquiler. Muchos no soportan la inseguridad y las trabas que les impiden crecer. Por cada día que pasa sin cambiar este estado de cosas, se está cometiendo un crimen de lesa inteligencia para con el futuro del país.

Carlos Lage Codorniú: En un momento de muy bajo desarrollo de las fuerzas productivas, la pequeña propiedad privada se utiliza para movilizar recursos, generar nuevas fuentes de empleo y contribuir al desarrollo de la sociedad. Desde esta perspectiva, no creo que haya cuestionamientos esenciales sobre su necesidad.

El problema real es que ante los imperativos de revitalización de la estructura productiva de Cuba no solo se dará mayor espacio a la pequeña propiedad privada o cooperativa, sino también a grandes capitales (especialmente extranjeros).

Hay dos grandes peligros asociados a la existencia de la propiedad privada. Por un lado, una elevada concentración de capital puede incrementar los niveles de desigualdad y, a la vez, facilitar el surgimiento de poderes fácticos (en manos de unos pocos) con capacidad para influir en la economía (y la política) sobre la base de sus intereses. El problema no es la existencia de varias formas de propiedad, sino cuáles son los mecanismos que garantizan que esa diversidad no entre en conflicto con los objetivos de socialización de la riqueza que todos creamos.

No obstante, el peligro fundamental está asociado a la propia continuidad del socialismo. En la práctica (más allá del discurso), la competencia entre socialismo y capitalismo se discute en el terreno de la e ciencia de las formas de propiedad. Unas y otras pueden convivir dentro de ciertos límites, pero la supervivencia del socialismo como sistema solo será posible si la propiedad social demuestra ser la más eficiente para la gestión de los medios de producción fundamentales. De lo contrario, el capitalismo se nos irá colando, poco a poco, a fuerza de pragmatismo.

Por desgracia, hay una percepción extendida de que el sector estatal es ineficiente por definición. Sin embargo, en las condiciones en que funcionan muchas empresas estatales (dualidad cambiaria, controles de precios, restricciones para el financiamiento y la compra de insumos, entre otras) muy pocas privadas podrían maniobrar. La cuestión no es si un emprendimiento es estatal o no, sino el ambiente en que este opera.

El gran reto está en la revitalización del sector estatal y la innovación mediante otras formas de propiedad social, a la vez que se potencian —y regulan coherentemente— los espacios que, en la coyuntura actual, la propiedad privada puede ayudar a transformar en beneficio de los objetivos de desarrollo económico y social.

¿Consideran que hay un giro a la derecha en sectores de la sociedad cubana? ¿Y en el caso de los jóvenes? ¿Qué significa ser de izquierda hoy en Cuba? ¿Y ser revolucionario?

Oniel Díaz Castellanos: Más que un giro a la derecha veo una disminución en el acompañamiento activo al proyecto de sociedad que comenzó en 1959. De este fenómeno quiero resaltar dos dimensiones —no mencionaré el bloqueo ni la historia de enfrentamientos entre Cuba y los Estados Unidos porque me preocupan más nuestros errores, que nadie arreglará por nosotros—: por un lado, el desgaste del pensamiento de izquierda en Cuba, que ha quedado prisionero de la poca capacidad de adaptación a nuevos escenarios, la ineficiente e incompleta democracia en los espacios de la sociedad civil, el Estado y el PCC; y por otro, para mí incluso más importante, la falta de prosperidad, en buena medida causada por no haber sido capaces de construir una economía que, además de sostener una política social alabada ya por el mundo entero, permitiera una modernización sostenida del país, y por ende una mejoría en la condiciones materiales de vida de todos los cubanos.

Cuba sigue siendo un país de gente mayoritariamente humilde y pobre a pesar de todo lo hecho. No creo en un «socialismo de pobreza». Si este sistema no logra llevar prosperidad a todos, democracia real, participación activa, control popular, se vuelve tan poco creíble como el discurso de los que, aún después de la crisis inmobiliaria de 2008, siguen diciendo que el mercado lo regula todo. Tantos años de dificultades económicas han abierto un espacio para que muchos se decidan a pensar que si la prosperidad, después de todo el sacrificio, no ha llegado «por la izquierda» llegará «por la derecha». Es en ese justo momento donde los patrones de ese tipo de sociedad se vuelven aspiraciones por las cuales se está dispuesto a emigrar cruzando desiertos y poniendo la vida en mano de coyotes. Y es una decisión humana, y hasta comprensible.

Hay que actuar. Es hora de que los jóvenes reciban o tomen los espacios del país. Hoy, ser de izquierda o revolucionario es ir de frente y al precio que sea contra los dogmas, y trabajar por hacer de la prosperidad un rasgo distintivo y tan esencial de Cuba como nuestra sempiterna voluntad por la soberanía y la independencia.

Edmundo del Pozo Martínez: No aprecio un giro hacia la derecha en la sociedad y la juventud cubanas, expresado en articulaciones políticas amplias que disputen el poder político al Estado socialista. Tampoco considero que el incipiente sector privado tenga actualmente esta apuesta. Sin embargo, hay manifestaciones sociales que sí comulgan con una cultura capitalista. Entre ellas, el aumento del clasismo, evidenciado en el surgimiento de una clase empresarial/ gerencial, no exclusiva de los negocios particulares, sino también de los estatales, con expectativas de consumo y actitudes de superioridad social.

Además, lo preocupante está en que este modo de vida se proyecta e influye sobre el resto de la sociedad y en especial en los jóvenes, quienes lo incorporan como meta aspiracional. De ahí que la cultura capitalista va ya ganando terreno. Cuando se derrumbó el socialismo en la URSS no salieron las masas de trabajadores, los campesinos y la juventud soviética a defender el sistema, entre otras razones porque ya se había operado un cambio cultural hacia los patrones de vida occidental, que fue calando lentamente en todo el pueblo. En el caso chino, aunque el Partido Comunista sigue al frente del Estado, las grandes corporaciones estatales son dirigidas por altos burócratas que conducen la economía del país y que conforman una clase gerencial con altos ingresos y privilegios por encima de la mayoría del pueblo trabajador.

Esas tendencias no son un accidente, sino consustanciales al actual contexto económico y social del país. No se erradican con un editorial del periódico Granma, ni con consignas de la vanguardia dirigente. En primer lugar, debemos reconocer y aceptar la existencia de estas corrientes y someterlas al escrutinio público. Asimismo, a la mayor apertura de Cuba a la inversión extranjera vienen aparejadas grandes negociaciones y proyectos de desarrollo que es necesario transparentar y rendir cuentas a la ciudadanía, pues en la mayoría de los casos se involucran importantes recursos públicos. De lo contrario, puede emerger una burocracia corporativa estatal sobre la que no exista control popular. Un posible giro a la derecha en Cuba podría manifestarse más desde estas tendencias que por la aparición de grupos políticos que arrastren al pueblo a un cambio de modelo político.

Las trabas para generar un debate juvenil sobre estos temas obedecen más a una falta de voluntad política para impulsarlos que al desgaste de los términos «izquierda» y «derecha». Este es un fenómeno presente en la mayoría de los países, incluso con mayor profundidad que en Cuba, donde hemos vivido un proceso político en el que la fraseología revolucionaria es lo habitual y la institucionalidad está impregnada de toda una simbología socialista. Otro reto es la ausencia de una cultura de debate más civilizada e incluyente, donde podamos dialogar con la diversidad política y social de los cubanos, presente tanto en la Isla como en el exterior. No obstante, aquí contamos con excelentes capacidades profesionales, científicas y de experiencia social, que son una buena base para encarar cualquier tipo de discusión pública.

Un posible paso sería impulsar, desde las organizaciones juveniles, debates públicos en los centros educativos y laborales, en las universidades, en los barrios y zonas rurales. Recuerdo que, cuando las Brigadas Universitarias de Trabajo Social (BUTS), recorrimos casa por casa discutiendo con la población temas de primer orden. En ese entonces se levantaron estados de opinión que sirvieron para generar medidas de gran alcance social. Por tanto, no faltan experiencias de ejercicios de participación que pueden servirnos para afrontar discusiones de esta índole.

Por otra parte, es indispensable renovar los discursos y cierta retórica que a veces impide conectar con otras audiencias de jóvenes. En este sentido, los medios de comunicación deberían ser un canal sistemático de crítica y debate social donde los diversos intereses de la juventud tengan cabida y no un simple trasmisor de los logros de la Revolución. Frente a esta realidad, se han abierto otros espacios editoriales en blogs y redes de diversos tintes, que abordan muchas de las problemáticas no cubiertas por los medios estatales. Sin embargo, la reacción oficial ante las nuevas formas de comunicación y de periodismo ha sido contrarrestar y descalificar a quienes escriben en ellos, en lugar de plantearse cómo convivir y dialogar democráticamente con estas expresiones.

Ser de izquierda y revolucionario en Cuba es tener comprensión de la realidad compleja y cambiante en la que nos debatimos, cuando el capitalismo puede estar a la vuelta de la esquina si no somos capaces de reinventar nuestro proyecto social y sacudirnos de viejos lastres inmovilistas. En este difícil escenario, una actitud revolucionaria implicaría defender espacios más efectivos e incluyentes de participación y control popular, para encontrar soluciones más democráticas a los problemas públicos, así como para frenar las expresiones de autoritarismo, dogmatismo y unanimidad presentes hoy en la cultura institucional.

Una actitud revolucionaria propugnaría la protección y mejoría de la justicia social alcanzada y la no regresión de derechos sociales fundamentales; abrazaría el reconocimiento de todos los derechos humanos y la ampliación de garantías para su defensa; combatiría toda forma de discriminación por motivos de género, raza, diversidad sexual, condición social, religiosa y otras; promovería una cultura y una educación críticas centradas en valores humanos y colectivos que atajen la superficialidad, el individualismo, el clasismo y el consumismo; impulsaría formas colectivas de gestión económica y limitaría al máximo los grandes patrones de acumulación privada y de monopolio estatal; abogaría por modelos de desarrollo amigables con los derechos de las personas y el medio ambiente, alternativos al extractivismo basado en la explotación acelerada de los recursos naturales y el aniquilamiento del planeta; aprendería de las experiencias de izquierda en América Latina y en todo el mundo, y les mostraría también su apoyo y solidaridad.

Precisamente en los sectores juveniles se han veri cado formas de organización y asociación que rompen las maneras tradicionales. ¿A qué se debe? ¿Cómo articular estos grupos juveniles y los que continúan militando o perteneciendo a organizaciones tradicionales?

Gretel Rafuls Trujillo: El desapego de no pocos jóvenes a la práctica política tradicional tiene que ver, desde mi punto de vista, con la excesiva institucionalización de organizaciones juveniles cuyo espíritu inicial era, precisamente, la promoción de cambios revolucionarios. Algunas —como la FEEM y la FEU— han vivido continuas crisis de liderazgo, asociadas a la falta de representatividad de sus dirigentes frente a su membresía, resultado de una «política de cuadros» vertical y de prolongados y desnaturalizados procesos de consulta.

Durante años, la UJC, llamada a constituir la vanguardia de la juventud cubana, ha dedicado mucha más energía al cumplimiento de rituales rígidos y estériles de funcionamiento, caracterizados por un excesivo «reunionismo», que a la indagación profunda de las problemáticas de los jóvenes, y el consecuente trabajo para su solución. No pocos han ido perdiendo progresivamente sus referentes, a partir de la carencia de interlocutores válidos para el diálogo. En lugar de vías y canales de comunicación, han hallado muros y oídos sordos en muchas instituciones. Ello se asocia a las tipicidades de la sociedad civil cubana, muchas de cuyas agencias sociales operan de manera altamente contaminada con prácticas burocráticas estatalizadas y carecen de la autonomía necesaria para ejercer la justa contraparte que el Estado y sus entidades necesitan para funcionar de forma equilibrada, según los principios de la democracia socialista.

Ello no significa, en modo alguno, que no exista en la sociedad cubana actual un grupo de jóvenes, principalmente universitarios, con deseos de implicarse en la práctica política de la esfera pública. Muchos de ellos se articulan, sin embargo, alrededor de iniciativas, proyectos y organizaciones que se mueven en los márgenes de aquellas otras cuasi «fosilizadas», dentro de las cuales ya han intentado cambiar cosas, sin obtener resultados. Ello tiene que ver con la frustrante sensación de invertir uno de nuestros bienes más preciados, el tiempo, en espacios de pseudoparticipación excesivamente formales y rígidos, diseñados para perpetuar el statu quo y no para perfeccionarlo.

Las redes sociales —Facebook en particular—, así como la blogosfera y los cibermedios alternativos, se han convertido en un escenario muy interesante de debate y confrontación desde la diversidad, que aporta evidencias de esos procesos de organización espontánea y consensos grupales. Resulta significativo que estas nuevas maneras de «militancia» no están reñidas con la pertenencia, en algunos casos, a otras organizaciones de las más ligadas al funcionamiento estatal. Otras, sin embargo, llegan a estos espacios noveles con altos grados de desgaste y tras haber experimentado sensaciones de derrota en sus intentos precedentes. La última opción está dada por quienes, como yo, hemos asumido el camino de la emigración, que, de cierta manera, cierra la página de la pertenencia a las organizaciones de siempre; pero también abre, desde las redes y el acceso a novedosas tecnologías, un campo inexplorado de posibilidades para aportar a la Cuba del futuro, desde distintos puntos del orbe.

La clave está en responder las siguientes interrogantes: ¿Qué país estamos construyendo? ¿Quiénes lo están construyendo? ¿Cómo? ¿Para quiénes? Cuando la respuesta es, en muchos sentidos, excluyente de las minorías y diversidades, entre las cuales se hallan los jóvenes y, de forma más evidente, la comunidad emigrada, el efecto es paralizante.

Por años nos hemos dedicado más a restar que a sumar, a mirar más nuestras diferencias que nuestros aspectos comunes, a dividirnos que a hacer equipo. Es una verdad indiscutible que las expectativas que la Revolución ha creado en términos educacionales no se corresponden con la satisfacción de las necesidades materiales básicas para el desarrollo de un proyecto de vida en el contexto de subdesarrollo económico que tantas veces ha amenazado con extinguirnos. Pero el fenómeno no debe mirarse con reduccionismo. Existe una comunidad no despreciable de personas que han emigrado por causas asociadas a la autopercepción de estar siendo, de alguna manera, anulados por el concepto de masa. Es decir, en el transcurso de la historia del modelo social cubano hemos sido efectivos en la búsqueda de caminos colectivos; sin embargo, en nombre de ello hemos arrasado con no pocas individualidades.

Si nuestras organizaciones de siempre aprenden a asumir el lenguaje de estos tiempos, tendrán más posibilidades de sobrevivir. Si los estilos de conducción de los procesos son más dialógicos y participativos, más colectivos que personales, ganaremos ventaja sobre otras posibles filiaciones. Si perdemos la costumbre de etiquetar a todos según sus visiones del mundo, diferentes a las propias, resultaremos más atractivos y podremos reconquistar seguidores perdidos.

La participación de nuestra gente no puede continuar siendo nominal, de mera asistencia o, en el mejor de los casos, consultiva, sino decisoria a lo largo de los procesos íntegros, para generar transformaciones favorables y sostenibles, y hacer un proyecto de país consensuado con minorías y diversidades, con espacio para los cubanos que viven en Cuba y allende los mares.

Hay muchos aspectos en los cuales nuestro pensamiento debe abrirse y evolucionar. Lo contrario no se debe estrictamente a la singularidad política que, afortunadamente, nos ha investido en las últimas seis décadas, sino también, a toda una cultura ancestral de pocas aperturas, y al propio carácter restrictivo que impone la insularidad. Una gran responsabilidad en la facilitación de los diálogos intergeneracionales que han de ser cada vez más horizontales, corresponde al liderazgo histórico del país y las capas intermedias de dirección, en particular, a los órganos conductores del Partido.

En todo caso, la articulación debe producirse de forma natural, sobre la base del respeto y la colaboración, sin que medien estigmas de unos grupos respecto a los otros. Las organizaciones tradicionales deben continuar existiendo, en la medida en que sean capaces de atemperarse a las actuales condiciones del intercambio abierto y responsable de ideas. Las restantes iniciativas, fruto de una pluralidad más que necesaria, también deben mantener e incrementar sus espacios. Del sano debate democrático entre todas ellas saldrá una Cuba mejor, más diversa, más verdadera, que es, por demás, la única deseable, aunque no, lamentablemente, la única posible.

Edmundo del Pozo Martínez: La crisis profunda que vivió la sociedad cubana después de la caída del campo socialista impactó drásticamente en todos los estratos sociales. En particular, la juventud de aquellos tiempos —todavía más homogénea en cuanto a valores compartidos con el proyecto socialista— comenzó a vivir una alteración importante en sus expectativas y proyectos personales. El ideal de tener un trabajo o una profesión para vivir y realizarse socialmente dejó de ser un sueño para muchos y, en su lugar, se fue abriendo entre los jóvenes la filosofía de «la lucha» y «el invento». En consecuencia, estas generaciones se fueron diversi cando enormemente en cuanto a sus intereses y aspiraciones.

Este fenómeno se hizo más evidente en la generación que nació durante el Período Especial, que ni siquiera había experimentado las bondades y posibilidades del socialismo de décadas anteriores. Aunque el acceso a la salud, la educación, la cultura y el deporte seguían siendo derechos universales y gratuitos para toda la sociedad, ello le resultaba indiferente al joven común, que aspiraba a tener dinero en el bolsillo para disfrutar de otros niveles de consumo. Ni el discurso de las organizaciones políticas y sociales, ni el de los medios de comunicación, que en su mayoría apelaban al sacrificio y a la incondicionalidad acrítica a la Revolución, satisfacían estos anhelos.

Con la «Batalla de ideas» se intentó dar respuesta a estas problemáticas y se buscó movilizar a los grupos juveniles más marginados por la crisis de los últimos años. La dirección de la Revolución y las organizaciones de jóvenes desempeñaron un papel titánico, impulsando programas emergentes para formar trabajadores sociales, maestros, enfermeros, etc., y se les dio la posibilidad a jóvenes desvinculados del estudio o el trabajo de acceder a carreras universitarias en sus municipios. Si bien estas acciones rindieron frutos desde el punto de vista social, también provocaron distorsiones en la planificación económica e institucional. Con la llegada del gobierno de Raúl Castro, estas medidas se fueron desmontando paulatinamente y se echaron a andar otros tipos de estrategias económicas y políticas para enfrentar los desafíos del país.

En síntesis, la aparición de nuevas formas de articulación juvenil, pero también de desarticulación y fragmentación de la juventud cubana, obedecen en buena medida a los cambios experimentados con el derrumbe del socialismo en Europa del Este y a una inadecuada respuesta política para movilizar y canalizar sus nuevas aspiraciones. A ello se han sumado las tendencias operadas con la globalización neoliberal, a las que Cuba no es ajena, que han profundizado la desconexión con la política y la búsqueda de otros horizontes personales, espirituales y virtuales (las redes sociales) que no siempre convergen con un proyecto de nación y un compromiso social.

Un paso inicial sería partir del reconocimiento de grupos con otras motivaciones y objetivos dentro de la juventud de hoy, en el entendido de que el contexto social cubano es mucho más complejo y heterogéneo que en décadas anteriores. Por tanto, las organizaciones tradicionales deberían poder convivir con el entorno diverso de juventudes presentes en el país, sin pretender estigmatizar o suprimir estos colectivos como si se tratase de expresiones desviadas de la sociedad.

En ese sentido, con estos grupos podrían entablarse canales de diálogo sobre sus expectativas y problemáticas e incluso explorar posibles líneas de acción y colaboración. Otra posibilidad sería favorecer la creación de espacios para que los nuevos colectivos puedan expresarse, a rmar sus identidades y plantearse estrategias comunes. En caso de tratarse de grupos con propósitos antagónicos a los principios de las organizaciones tradicionales, se evitaría incurrir en actitudes represivas, de repudio o descalificación per se y se buscaría desafiar estas posturas desde el debate ideológico y público.

Por otra parte, debe reconocerse también una diversidad de tendencias dentro de las filas de la Juventud Comunista, la FEU, la FEEM, la FMC, los sindicatos y la militancia partidista joven. Algunas con posturas más ortodoxas, otras con visiones y actitudes más críticas e incluso grupos desconectados con los fines de estas organizaciones. Sin embargo, no siempre en los espacios internos se favorece el debate crítico y se busca «convencer» a los miembros que más cuestionan y disienten sobre los problemas actuales. En ocasiones, algunos jóvenes se han decepcionado y terminan por caer en la apatía, o han decidido salir de estas estructuras para enfocarse en metas personales o integrarse a agrupaciones distintas de las tradicionales.

Corresponde principalmente a estas organizaciones de finir el papel que deben desempeñar en los momentos actuales. Tales discusiones siguen dándose en sus asambleas y congresos. Sin pretender dar un recetario, en mi opinión resulta fundamental conectarse más con la realidad de hoy. Existe un conjunto de fenómenos que afecta e involucra a la juventud cubana, y que merece especial atención: los retrocesos en la calidad educativa, tanto de instrucción como de formación en valores básicos y cívicos; la desigualdad creciente; la profundización de las situaciones de marginalidad y pobreza con las actuales reformas económicas; el deterioro de las condiciones hospitalarias y de vivienda; las dificultades para el acceso, calidad y disponibilidad de alimentos, agua y transporte público. Y añadiría el aumento de una cultura de la superficialidad y clasista; el incremento de las indisciplinas sociales; la presencia cotidiana del machismo, el racismo y la homofobia; una pobre educación ambiental y de higiene urbana; la falta de una convivencia más democrática, plural y civilizada, que dé cuenta de la sociedad compleja y heterogénea que tenemos hoy. Sobre esto último es esencial incluir las miradas de diversos sectores sociales y de una sociedad civil que no se constriñe a las organizaciones tradicionales.

A pesar de las limitaciones económicas y el vigente bloqueo norteamericano, las organizaciones juveniles deben ser capaces de enfrentar críticamente estas problemáticas desde la premisa martiana «con todos y para el bien de todos». Si hemos sido capaces de tener un diálogo de altura con el adversario histórico en temas de toda índole, es fundamental que se traduzca esta práctica a nivel interno, si es que aspiramos a rearticular la hegemonía y los consensos del proyecto socialista.

Desde el punto de vista individual, ¿qué lugar ocupa un futuro socialista en Cuba para sus perspectivas personales?

Gretel Rafuls Trujillo: Hasta hace cinco años nunca había pensado en emigrar, simplemente no concebía la idea de vivir fuera de Cuba. Con la graduación de la Universidad y las limitaciones de la vida como trabajadora surgieron las primeras disyuntivas. Debo reconocer que en ello tuvo un peso no despreciable la confrontación de ciertos conflictos no bien canalizados, durante mi período como dirigente universitaria. Siempre digo que lo que más ha marcado a mi generación ha sido la ruptura entre el socialismo que palpamos cuando comenzamos a pensar con cabeza propia, y el más equitativo, y también más utópico, en que nos educaron.

Inicialmente, viajé para cursar estudios de Maestría. Con el tiempo me fui involucrando en nuevos proyectos de crecimiento profesional, casi siempre conectados con Cuba, y descubrí que, poco a poco, estaba construyendo un camino de vida del otro lado del océano. Estar lejos ayuda a justipreciar muchos temas: lo que hay de virtud, y desde luego, lo que ha de avergonzarnos. Pero nunca olvido que todo lo que soy se lo debo a ser cubana, y a haber nacido en esta y no en otra era de mi país.

No suelo decir que me he quedado a vivir fuera de Cuba. Siempre prefiero pensar que estoy de paso, y que en cualquier momento, cuando las circunstancias económicas y profesionales del país devuelvan patas al suelo la pirámide, volveré. De lo que se trata no es de tener que regresar, sino de nunca permitir irse del todo.

Tengo amigos en todas partes. Algunos «insiliados» en Cuba, totalmente desconectados de toda dinámica social o política que les comprometa. Muchos otros me critican, me reclaman desde las dos orillas. Probablemente yo haría lo mismo en sus circunstancias. Para la mayoría, la muerte de Fidel fue un detonante muy ilustrativo. Debería estar prohibida la desmemoria sobre lo que era Cuba antes y lo que ha sido después. No permitamos nunca que el mercado nos carcoma la espiritualidad de la nación, que es lo que nos salva y nos redime a la vez.

Cuba vive el momento más complejo de su historia revolucionaria, donde se juega el todo por el todo. Cuba es también cada cubano o cubana que no vive en su geografía, pero que se levanta cada día con ganas de hacer algo por los suyos y defender con orgullo su origen. Conozco muchos cubanos distantes que quieren ser parte de los actuales y venideros cambios, porque Cuba será siempre el único lugar al que perteneceremos.

Carlos Lage Codorniú: Una y otra cosa confluyen. El socialismo nace en la familia porque es, ante todo, un proyecto ético y humanista. Quien no pueda desplegar en su casa una profunda vocación de amor al prójimo, no puede hablar en nombre del socialismo.

Tengo el privilegio de pertenecer a una familia y tener amigos de unos valores y unidad excepcionales. Mi mayor perspectiva en la vida es que mis hijos beban de esos valores y los reproduzcan. Sueño, simplemente, con que mi país se parezca a mi familia.

Nota

1. «¿Qué socialismo?» es una serie de entrevistas que comenzó a publicarse en marzo de 2016, en el canal Catalejo del sitio web de la revista Temas. Hasta ahora han aparecido las realizadas a Narciso Cobo y José Luis Rodríguez, economistas; José Luis Martin Romero, Juan Valdés Paz y Mayra Espina, sociólogos; Georgina Alfonso, investigadora, y José A. Fernández Estrada, jurista. Disponible en http://temas.cult.cu/que-socialismo/.

Investigador. ICIC Juan Marinello.
Periodista. Centro de Investigaciones Psicológicas y Sociológicas (CIPS).
Fuente:
http://www.temas.cult.cu/sites/default/files/articulos_academicos_en_pdf/11%20Rojas-Garcia.pdf