Debate sobre la Teoría Monetaria Moderna

Rolando Astarita

Eduardo Garzón

28/08/2018

Réplica a la crítica de Astarita a la Teoría Monetaria Moderna

Eduardo Garzón

El economista marxista Rolando Astarita ha escrito recientemente una crítica a la Teoría Monetaria Moderna (TMM). Con esta reflexión, planteada desde postulados marxistas, el autor impugna la concepción del dinero como deuda así como el impacto positivo que puede provocar en la actividad económica la creación y gestión del dinero por parte de las autoridades estatales. Con este artículo me propongo dar respuesta a los principales argumentos esgrimidos por Astarita con la intención de mostrar su debilidad frente a los planteamientos poskeynesianos y neochartalistas de la TMM.

El dinero entendido como relación social

El principal argumento utilizado por el economista marxista –que además gira en torno a la discrepancia más importante entre ambos planteamientos desde su punto de vista– es que “el problema con este enfoque [el de la TMM] es que pasa por alto que el dinero es una relación social”. Sin embargo, esta afirmación no tiene ningún sentido en tanto en cuanto todos los autores de la TMM hacen especial hincapié en que el dinero es precisamente una relación social. Otra cosa es que ellos no estén pensando en la misma relación social en la que piensa Astarita, pero eso no implica que conciban el dinero de una forma ajena a las interrelaciones que se dan en sociedades más o menos complejas. De hecho, creer que el dinero es un equivalente general y que está sometido a determinadas leyes económicas objetivas como hace Astarita resta precisamente dimensión social a su concepción. De ahí que el dinero es entendido incluso más como relación social desde planteamientos de la TMM que desde planteamientos marxistas.

Acorde a Astarita, la relación social en cuestión es “la que existe entre productores privados de mercancías, que se conectan a través de la compra y venta de sus productos. Al hacerlo, comparan sus mercancías en tanto valores, y por ello las reducen a “sustancia común”, encarnada en el dinero”. La mundialización de los flujos productivos y comerciales habría conllevado la confluencia de todos los valores parciales en un único equivalente general que vendría a estar representado por muchas monedas insertas en una jerarquía de activos en cuya cúspide se encontraría el oro.

En cambio, para la TMM el dinero es básicamente una unidad de cuenta para medir las deudas o compromisos de pago. Cualquier agente económico crea dinero cuando se compromete a aportar valor a otra parte y ésta acepta el compromiso. Los compromisos atañen siempre a dos partes: la que se compromete a aportar valor (el deudor) y la que acepta el compromiso (el acreedor). Visto así, parecería que el dinero es una relación bilateral más que social. Sin embargo, la naturaleza de esa relación varía en función de quién sea el que se comprometa a aportar valor. No es lo mismo que lo haga una persona o empresa cualquiera a que lo haga un Estado. En el ejemplo de Knapp que cita Astarita en su crítica se menciona una empresa de teatro que se compromete a preservar el abrigo del cliente durante la función. Esto es claramente un caso de creación de dinero de poco alcance, pues ese dinero sólo es útil para los usuarios del teatro que quieran guardar sus abrigos en el guardarropa (con el ticket del guardarropa no puedes adquirir valor en ningún otro sitio). Lo mismo pasa con los tickets para un concierto, con las fichas de un casino, con los billetes de tren, etc: es dinero que sólo tiene utilidad en el reducido ámbito que controla el emisor de ese dinero (la sala de concierto, el establecimiento del casino, los trenes de la empresa, etc).

Pero cuando el dinero es creado por un Estado la cosa cambia, porque el ámbito de influencia del emisor es ahora mucho más importante: alcanza a todos los ciudadanos que viven en el territorio que controla ese Estado y bajo la imposición de sus leyes. Ninguna persona ni empresa puede obligar a utilizar el dinero que crea (por ejemplo, la empresa de teatro no puede obligar a nadie a adquirir tickets de guardarropa); en cambio, el Estado sí puede hacerlo: al imponer la obligación de pagar tributos nominados en la unidad de cuenta que crea (por ejemplo, euros) fuerza a empresas y familias a obtener dinero estatal. Esta característica transforma por completo la naturaleza de una relación que inicialmente era bilateral (entre el Estado y el acreedor de su dinero) hasta convertirla en social: puesto que, para saldar las deudas tributarias con el Estado, todo el mundo tiene que utilizar el mismo dinero, la deuda del Estado se hace perfectamente transferible. Uno puede ofrecer el dinero estatal a otra persona a cambio de transferencia de valor puesto que sabe que esa persona lo aceptará, pues también lo necesita para pagar impuestos. Nace así el “dinero de uso general” gracias al poder coercitivo del Estado.

Esa transferibilidad de la deuda del Estado provoca que éste se convierta en deudor frente a todo aquel agente económico que acepte su dinero. Como el dinero estatal sirve para permitir todo tipo de prestación de servicios e intercambio de bienes en el territorio que controla el Estado, cualquier persona acreedora de él se convierte en acreedora frente a toda esa comunidad. El individuo que ostenta dinero estatal, aunque teóricamente es acreedor del Estado, es reconocido como un acreedor por cualquiera que le proporcione bienes a cambio de dinero estatal. Cualquiera que los acepte en pago se ofrece a sí mismo como el representante del deudor. En palabras del sociólogo Georg Simmel[1]: “el dinero es sólo un reclamo sobre la sociedad”. O como lo expresó Kapadia[2] con términos más actuales: “el dinero-crédito moderno es un reclamo sobre la riqueza nacional”. En consecuencia, el dinero de uso general, aquel que crea y gestiona el Estado gracias a su poder coercitivo, expresa una relación social clarísima que abarca al Estado y a toda la comunidad que vive bajo su poder y sus leyes.

Decía que esta concepción del dinero enfatiza más su carácter social que la visión de Astarita porque circunscribe su definición al organismo social correspondiente. Así, los vales de la cooperativa a los que hacía mención el economista marxista en su crítica funcionan como dinero, pero sólo sirven para el ámbito de influencia de su emisor. Lo mismo ocurre con los tickets de guardarropa, los billetes de tren, las fichas de casino, y las monedas estatales de los países. Todos los tipos de dinero que existen, sin excepción alguna, son compromisos de pago de algún agente económico, y la utilidad de ese dinero acaba donde acaba la influencia de su emisor. El dinero estatal también funciona de esta forma: al igual que nadie puede utilizar un ticket del guardarropa fuera de la sala de teatro en la que se encuentra el abrigo, nadie puede utilizar euros para comprar un producto en Japón porque es un territorio que se encuentra al margen del ámbito de influencia de la Eurozona. Para comprar ese producto japonés primero habrá que cambiar los euros a yenes, que es el dinero que emite la autoridad pública japonesa.

Esta definición es mucho más precisa y adecuada que la definición marxista. Nunca ha existido ninguna sustancia común o equivalente general. No hay ninguna cosa o activo o unidad de cuenta que vincule en exclusividad los valores de todos los productos que se intercambian en nuestro planeta. Animo al lector o lectora a que vaya a comprar un producto en la tienda de la esquina con una moneda extranjera o una onza de oro, a ver si es capaz de lograr su objetivo. El vendedor no sabe cómo comparar la moneda que siempre utiliza con las monedas extranjeras o el oro. El vendedor quiere euros, que es lo que controla, lo que sabe medir, lo que sabe que le va a servir en su entorno, lo que puede atesorar sin problemas… básicamente porque el Estado se compromete a respaldar su valor y utilización. Podría verse atraído por el oro, pero a priori no sabe cómo medir su valor -al contrario de lo que ocurre con los euros- y la transacción difícilmente tendría lugar de una forma rápida y cómoda. A eso no se le puede llamar equivalente general de nada, no juega ningún papel más allá del que puede tener como unidad de referencia para medir el resto de valores, algo que puede ser desempeñado por cualquier otra cosa. El dinero es una relación social que hay que circunscribir en la comunidad social, política e institucional en la que es creado; porque el dinero es creado por las autoridades públicas, no un elemento que se origina espontáneamente con los intercambios comerciales.

Tipo de cambio de las monedas estatales

Pero esas comunidades políticas que crean su dinero no están aisladas en el planeta, sino que tienen multitud de relaciones económicas con otras, lo que conlleva que dos o más tipos de dinero estatal entren en contacto. Es ahí cuando los intercambios comerciales y otras transacciones internacionales juegan un papel crucial a la hora de determinar el valor de esas monedas estatales en comparación con otras, y cuando menos importancia tiene la prerrogativa estatal en creación y regulación de dinero. Podríamos decir que en el interior de las comunidades políticas el dinero funciona completamente como un compromiso de pago de la autoridad pública en cuestión (de forma que su control y regulación estatal es total), mientras que en el exterior de esas comunidades el mismo dinero funciona como un medidor de valor de los productos que se intercambian internacionalmente (de forma que su control y regulación estatal es mínima). Esa conjunción, que se materializa de forma distinta en cada economía, resulta mucho más útil y adecuada para analizar el valor de las monedas estatales y su interrelación con los flujos productivos y comerciales.

Por eso Astarita acierta cuando habla de que “las relaciones de cambio entre monedas no pueden, en el largo plazo, ser determinadas a voluntad por los gobiernos”. El tipo de cambio de una moneda con respecto a otra es determinado por el nivel de demanda cruzada que experimenten entre sí, lo que a su vez está explicado fundamentalmente por la estructura productiva, la inserción externa en la economía-mundo, y por los flujos de capitales financieros de las economías en cuestión. Una economía con una sólida estructura productiva, con una especialización exportadora potente, y una captación importante de capitales financieros (como por ejemplo la suiza) tendrá una moneda mucho más apreciada que una economía con débil estructura productiva, con poca capacidad exportadora y poca recepción de capitales. Pero ojo, porque el tipo de cambio de una moneda no es equivalente al valor que tiene en el interior de su economía ni al impacto económico que puede generar su circulación.

Por poner un ejemplo extremo pero sencillo: si un Estado inyectara 1000 nuevas unidades monetarias de dinero estatal en su territorio, y ninguna de esas unidades interactuara con el exterior (ya sea porque se utilicen para incrementar el ahorro de una familia, o para liquidar deudas con un agente interno, o para consumir un producto nacional, o para iniciar una inversión interna, etc), entonces el tipo de cambio de esa moneda no se habría inmutado pero en cambio sí lo habría hecho la actividad económica nacional. Este caso extremo raramente tendrá lugar pero sirve para comprender que no todo el dinero creado en el interior de un país tendrá repercusión en los tipos de cambio: siempre habrá una proporción que estimule la actividad económica interna sin impacto externo. También sirve para impugnar radicalmente que el valor de la moneda dependa de la reducción a sustancia común de los valores de las mercancías vendidas (y por lo tanto que dependa de otras monedas o del oro).

Al margen del apunte anterior, la constatación de que la inyección de nuevo dinero puede depreciar la moneda no es nueva ni pasa desapercibida por la TMM. Astarita afirma: “no existe la posibilidad de imprimir dinero para financiar cualquier nivel de déficit fiscal sin que, en algún momento, comience a ser testeada la convertibilidad de la moneda nacional con la moneda mundial”. Nadie niega eso en la TMM, y ningún seguidor fidedigno de la TMM propondrá nunca algo similar. Hacer hincapié en que un Estado soberano puede crear todo el dinero y evitar la quiebra siempre que quiera no quiere decir que sea deseable que lo haga en cualquier circunstancia. No hay que confundir descripción con prescripción. De hecho, en la TMM está profundamente estudiado el rango de maniobra que pueden tener los Estados soberanos, y siempre va a depender del poder que tengan cada uno de ellos a nivel internacional. Cuando Astarita asegura que “las monedas se articulan de forma jerarquizada” no está diciendo otra cosa que “los Estados se articulan de forma jerarquizada”. Por eso la moneda más sólida del planeta corresponde al Estado hegemónico en términos militares, económicos, tecnológicos, culturales, etc. Es el aspecto social del dinero del que hablábamos antes, que no tiene tanto que ver con la producción de mercancías sino con el poder que tiene su emisor para imponer la utilización de su moneda. Los países más potentes tienen más margen de maniobra para crear dinero sin que su moneda se deprecie, y los países más débiles tienen menos. En cualquier caso, es importante resaltar que la depreciación de la moneda no tiene por qué ser mala per se. De hecho, puede ser positiva para relanzar las exportaciones de bienes o servicios. Además, cabría tener tiempo para una discusión política y decidir si es preferible tener pleno empleo de calidad, una moneda depreciada y quizás algo de inflación, a tener una moneda fuerte y apenas inflación pero con una elevada tasa de paro y de precariedad como ocurre hoy día en casi todos los países.

El circuito monetario

Por último, cabe hacer una mención a lo que seguramente es el argumento más débil de la crítica de Astarita, y es su razonamiento en torno al circuito monetario. Acorde a su visión, crear dinero estatal no sólo tiene problemas de devaluación monetaria, sino que además “el gasto estatal es secundario, derivado”. Esta afirmación la respalda con el siguiente ejemplo: “Si el Estado paga a trabajadores para que entierren botellas con dinero, y luego las desentierren, ese trabajo es improductivo. No genera nuevo valor, ni riqueza material”. Lo cierto es que es difícil no ruborizarse al leer ese malintencionado ejemplo. Es una pena que haya que hacer hincapié en lo siguiente, pero allá vamos: el gasto público puede generar tanto o más valor y riqueza material que el gasto privado. ¿O acaso todo el sector de la sanidad, educación, dependencia y justicia -por poner sólo cuatro ejemplos- no crean valor o riqueza material? Quizás ese gasto no pueda ser considerado “productivo” en términos marxistas porque no genera plusvalía, pero lo que jamás podrá sostenerse es que no genere valor o riqueza material.

Pero no sólo eso, sino que el propio gasto del Estado puede impulsar un negocio privado y con ello terminar generando beneficios empresariales y plusvalía: por ejemplo, cuando un desempleado recibe una prestación por desempleo y la utiliza para comprar un producto a un vendedor privado. Para hacer beneficios las empresas necesitan que la gente les compre sus productos, y no conozco todavía a ningún vendedor que rechace a un comprador por llevar dinero creado por el Estado y que exija recibir dinero creado a través de endeudamiento. Astarita parece imaginar un mundo en el que todos los recursos económicos están a pleno rendimiento, las empresas contratando a todos los desempleados existentes y vendiendo toda la producción posible, de forma que en esas condiciones cualquier nueva inyección de dinero extra no tendría utilidad y recalentaría el sistema. Pero lo cierto es que los datos nos muestran economías con alarmantes niveles de desempleo, con abrumadores niveles de productos sin vender en el almacén y con una elevada capacidad productiva inutilizada. En este contexto, cualquier impulso en la demanda se transforma en nuevas ventas, empleo (especialmente si es a través de un Trabajo Garantizado), beneficios empresariales, e incluso en inversión privada, independientemente de que ese impulso provenga de nuevo dinero estatal o de endeudamiento. Recordemos que la gente no gasta todo lo que ingresa (tienen la curiosa manía de ahorrar) y que muchos gastan fuera de nuestros países, de forma que se produce un vacío de gasto en nuestra economía que conviene rellenar para aprovechar todas las capacidades productivas. Y como el gasto privado no lo rellena, lo tiene que rellenar el público.

En definitiva, el gasto público puede estimular la actividad económica tanto directamente a través de inversiones públicas como indirectamente a través de la financiación del consumo privado. Negarlo es negar la realidad. El error de Astarita consiste en pensar que todo inicio de la actividad económica debe provenir de un capitalista que “adelanta dinero”. Pero el dinero, al ser un compromiso de pago, es siempre un adelanto, y hoy día es el Estado el encargado indiscutible de dar los adelantos y de regular los que dan los bancos. Puede ser él perfectamente quien adelante el dinero.

En resumen, la Teoría Monetaria Moderna aporta un marco analítico profundamente útil y riguroso para entender cómo funciona el dinero y cómo puede ser utilizado por los Estados para impulsar la actividad económica y mejorar el bienestar de la mayoría de la población. Aporta todo eso y nada más que eso. Ni ofrece panaceas, ni propone soluciones mágicas, ni detalla si hay que romper con el sistema capitalista o no. Es una herramienta poderosa cuyos efectos dependerán del uso que se le dé. Una herramienta que bien nos convendría utilizar desde la izquierda para combatir la enorme desigualdad que campa en nuestros países.

http://eduardogarzon.net/replica-a-la-critica-de-astarita-a-la-teoria-mo...

 

Respuesta

Rolando Astarita

La nota que publiqué de crítica a la Teoría Monetaria Moderna (aquí, aquí, aquí, aquí) fue respondida por Eduardo Garzón, “Réplica a la crítica de Astarita a la Teoría Monetaria Moderna” , http://eduardogarzon.net/replica-a-la-critica-de-astarita-a-la-teoria-monetaria-moderna/. En esta nota respondo a Eduardo Garzón.

Dinero, una relación social

EG comienza su crítica diciendo que, contra mi énfasis en que el dinero es una relación social, la TMM también sostiene que el dinero es una relación social, ya que expresa una interrelación entre personas al interior de la sociedad. O sea, mi crítica no tendría sentido.

Pues bien, tiene razón EG al decir que la TMM considera que el dinero expresa relaciones entre personas. Y de hecho, es lo que dije cuando me referí al bono de una cooperativa, al ticket de teatro, o cuando mencioné dones, regalos o dotes en sociedades primitivas. En todos estos casos están involucradas relaciones entre personas y, desde ese punto de vista, bien se puede afirmar que todas son relaciones sociales. En definitiva, si le doy un regalo a mi hijo, ese regalo también expresa una relación entre las personas de mi familia, y por lo tanto “es una relación social”.

Sin embargo, el problema es que con esa idea general de “relación social” no hemos ganado nada en el análisis de la naturaleza del dinero. Peor aún, lo hemos convertido en lo que Hegel llamaba un “universal abstracto”, esto es, un concepto de contenido tan general que no permite captar su naturaleza. En otros términos, si permanecemos en ese nivel no podremos entender la especificidad de la relación social expresada en el dinero. Este es el punto central de mi argumento en la nota, que lamentablemente EG no pudo registrar. Explicado con los ejemplos del ticket y el bono de la cooperativa, lo que afirmo es que estos expresan relaciones entre individuos que son cualitativamente distintas de la relación social que expresa el dinero. Y es esta diferencia específica la que nos saca de la generalidad abstracta (que lleva a la naturalización de las categorías teóricas, fenómeno habitual en la economía burguesa; para una discusión desde el punto de vista del método de este asunto, véase Marx, 1980, p. 284).

En otros términos, lo que el análisis debe subrayar es la diferencia específica que tiene el dinero, en tanto fenómeno social, con el ticket del guardarropa o el bono de la cooperativa. Es que si nos limitamos a decir que en todos ellos están involucradas relaciones entre personas, el dinero termina convirtiéndose en una generalidad carente de contenido. Se olvida así que es la expresión de una relación social específica, la que existe entre propietarios privados de mercancías. Esta es una particularidad social que ubica al dinero en un plano esencialmente distinto del que está ubicado el ticket de guardarropa, o el bono de cooperativa. Por eso, el énfasis de Marx en señalar que el dinero es una relación entre personas que son propietarias privadas de medios de producción y de mercancías. Algo que en absoluta ocurre con el ticket de guardarropa o el bono de cooperativa (o el regalo que entrego a mi hijo).

El problema con la TMM es que pasa por alto esta diferencia. Por eso, la afirmación de que el dinero es una relación social es meramente formal, no afecta al contenido real. De ahí que Knapp (1924) afirme que “el sistema monetario es un fenómeno administrativo” (p. 53). La naturaleza de la moneda se explicaría simplemente por las ordenanzas legales que regulan su uso (véase p. 2). Así, al Estado, creador del dinero, se lo concibe por fuera de la relación social determinante –la propiedad de los medios de producción. Pero la misma ausencia de contenido social se advierte en EG, cuando sostiene que lo que diferencia al dinero del ticket del teatro es que este último tiene “poco alcance”. O sea, la diferencia sería cuantitativa, no cualitativa. Por esta vía, EG hace desaparecer la especificidad del mercado y de la venta, la metamorfosis de la mercancía en dinero, el salto mortal de la mercancía, el momento de la validación, o no, del trabajo privado contenido en ella como trabajo social.

Solo al precio de “olvidar” estas cuestiones, se puede decir que la diferencia entre el dinero y el ticket de teatro, o al bono de la cooperativa, es meramente “de alcance”. Hace recordar a Adam Smith cuando decía que la división del trabajo al interior del taller se distinguía de la división del trabajo entre unidades productivas mediadas por el mercado por el hecho de que la primera se podía abarcar con la vista, y la segunda no. Mutatis mutandi, el error de EG es de la misma naturaleza metodológica.

Leyes objetivas y dimensión social

Vinculado a lo anterior, EG escribe: “creer que el dinero es un equivalente general y que está sometido a determinadas leyes económicas objetivas como hace Astarita resta precisamente dimensión social a su concepción”. O sea, según EG, afirmar que el valor del equivalente general esté determinado por leyes económicas objetivas, “resta dimensión social a su concepción”. Pero… ¿por qué debería ser así? EG no lo explica. Sin embargo, el tema tiene importancia para la crítica del fetichismo de la mercancía, o sea, del carácter cosificado de las relaciones sociales. Esto es, la crítica a una sociedad en la cual el mercado y el valor de cambio se imponen a los seres humanos como un poder objetivo, material, que no dominan. Esta idea atraviesa prácticamente toda la obra de Marx. Así, ya en La ideología alemana, Marx y Engels hablaban de la plasmación de las actividades sociales en un “poder material erigido sobre nosotros, sustraído a nuestro control, que levanta una barrera ante nuestra expectativa y destruye nuestros cálculos…” (pp. 34-35). La misma idea subyace a la crítica de la mercancía y del mercado que encontramos en su obra madura.

Aunque no puedo desarrollarlo aquí, dejo señalado el tema: la ley del valor se impone a los seres humanos con la fuerza de lo objetivo (como se impone la ley de la gravedad cuando a alguien se le cae la casa encima, véase Marx, 1999, cap. 1), a pesar de ser producto de las acciones de los mismos seres humanos. Por caso, cuando en una crisis se hunden los precios y los valores, y millones quedan en la calle, estamos ante un fenómeno que, si bien es social, no es gobernado conscientemente por las personas.

Por eso los marxistas decimos que acabar con la propiedad privada del capital es la condición para que los seres humanos tomen el control de sus vidas. Aunque, naturalmente, a la corriente poskeynesiana la cosificación de las relaciones sociales la tiene sin cuidado. De ahí que EG critique y rechace que los marxistas hablemos de esa objetivación de las relaciones humanas. Señalo también (lo desarrollo más adelante) que la objetividad social del valor es la razón última de por qué el Estado no puede decidir a voluntad el valor del dinero.

Algo de teoría e historia

Escribe EG: “Acorde a Astarita, la relación social en cuestión es ‘la que existe entre productores privados de mercancías, que se conectan a través de la compra y venta de sus productos. Al hacerlo, comparan sus mercancías en tanto valores, y por ello las reducen a sustancia común’, encarnada en el dinero”. La mundialización de los flujos productivos y comerciales habría conllevado la confluencia de todos los valores parciales en un único equivalente general que vendría a estar representado por muchas monedas insertas en una jerarquía de activos en cuya cúspide se encontraría el oro. En cambio, para la TMM el dinero es básicamente una unidad de cuenta para medir las deudas o compromisos de pago”.

Empecemos con el aspecto teórico, ubicándonos en el inicio del análisis de Marx, la forma simple del valor, lógicamente anterior a la aparición del dinero. Dos productores intercambian sus mercancías según cierta proporción cuantitativa. Marx (también Ricardo) demuestra que, al hacerlo, están comparando los tiempos de trabajo invertidos. De lo contrario, no hay manera de establecer una relación cuantitativa regular. He discutido largamente este tema en referencia a la teoría del valor de los austriacos, y remito a esas notas (aquí, aquí). Ahora digamos que por eso también, en la medida en que comienzan a repetirse los intercambios, los tiempos de trabajo tienden a imponerse como reguladores últimos de los valores de cambio (en el caso de la producción simple de mercancías esto también puede demostrarse teóricamente con un esquema sraffiano).

Pero vayamos al aspecto histórico del asunto. Siguiendo la doctrina cartalista, EG afirma que “… el dinero es creado por las autoridades públicas, no un elemento que se origina espontáneamente con los intercambios comerciales”.

Pues bien, según Marx, los intercambios surgieron, históricamente, en los puntos de contacto entre diferentes comunidades o sociedades. O sea, no ocurrió como dicen los economistas ortodoxos, desde Adam Smith al presente. Según Smith (1987), con la división del trabajo al interior de las sociedades ya se habría desarrollado el mercado y el dinero (véase cap. 4). La realidad es que en las sociedades en las que había propiedad común de la tierra y otros medios de producción, no existía mercado, y por lo tanto, tampoco dinero (entendido este como mediador entre propietarios privados). Marx señala este hecho, que es confirmado por antropólogos e historiadores, tales como Vilar, Amin, Godelier, Aglietta y Orléan (citados en la bibliografía). Graeber (2012), desde un enfoque cartalista, también sostiene que nunca se ha descrito una sola economía de trueque, y que toda la etnografía demuestra que eso no existió.

Sin embargo, sí hubo comercio a distancia (con un anacronismo, sería “mundial” o “internacional”). Y en este respecto, cobra gran importancia el comercio que hubo durante el segundo milenio y la primera parte del primer milenio a. C., en Mesopotamia, Egipto y Persia. Voy a tratar estas cuestiones históricas en otra nota, pero ahora me interesa señalar que esa “mundialización” de los flujos comerciales (no productivos) llevó efectivamente a la aparición del dinero. Lo cual significa que hubo dinero, plasmado en oro y plata, principalmente, antes de que el metal fuera acuñado por los Estados (véase, por ejemplo, Aglietta y Orléan). La acuñación metálica surgió después de que existiera el dinero, establecido a partir de las relaciones entre comunidades lejanas. Así, Aglietta y Orléan señalan que en el Mediterráneo, durante el primer milenio a. C, los activos y pasivos, eran contabilizados por instituciones financieras que hacían operaciones de clearing y pagaban con plata u oro el comercio de larga distancia. Estas instituciones financieras se encargaban también del intercambio de medios de pagos entre los Estados, los cuales tenían distintas tasas de conversión entre los metales (véase p. 216). La acuñación estatal surge luego, en los márgenes de este comercio. Vilar también señala que en los sistemas estatales de Egipto, Asiria y China, la moneda interior no jugaba rol alguno; pero sí se reservaba oro y plata para las transacciones exteriores.

De manera que hubo dinero antes de que haya mediado la actividad legislativa del Estado estableciendo emisión para pagar impuestos. Más aún, el cobro de impuestos (que en las sociedades campesinas en realidad eran rentas de la tierra) muchas veces se realizaba en especie, en tanto el soberano intercambiaba con otras comunidades utilizando el oro como dinero (véase Godelier, pp. 77-78). Además, el dinero metálico en esos intercambios “mundiales” figuraba como medida de valor, medio de cambio y medio de pago. A lo que debemos agregar su función como medio de atesoramiento. Por fuera y al margen de lo que podía legislar el Estado, el oro, o la plata, se impusieron como dinero “mundial”. Agreguemos que la circulación internacional de promesas de pago (la letra de cambio) recién se desarrollaría con el auge mercantil del Mediterráneo -centrado en Génova, Florencia, Venecia- a partir del siglo XIII (véase Aglietta y Orléan; también Dwyer y Lothian, citados en la bibliografía).

Además, a lo largo de siglos, la aceptación de monedas “a nivel mundial” estuvo muy condicionada a su composición metálica; véase, como ejemplos, las historias del solidus, o el dinar, después de la caída del imperio romano de Occidente (Vilar, Dwyer y Lothian).

La evidencia histórica es abundante, pero los cartalistas, y EG, siguen afirmando que el dinero es pura creación del Estado. Sin embargo, el propio Knapp (1924) reconoce que la tesis cartalista no puede explicar el uso de la pieza monetaria más allá de los límites del territorio del Estado, esto es, donde no rige la ley “nacional” (pp. 40-41); y que la forma cartal nunca puede ser efectiva “internacionalmente”, dado que cada Estado es independiente de los otros. Admite por eso que esta es una limitación llamativa en comparación con el metalismo (véase p. 41).

Ahora bien, si históricamente el dinero surgió en los intercambios a distancia entre comunidades, y el cartalismo admite que no puede explicar el origen del dinero “internacional”, ¿por qué EG insiste en que el enfoque cartalista es superior a la explicación histórica “a lo Marx”?

Crédito y dinero crediticio

Llevado por la idea de que el dinero es básicamente una unidad de cuenta para medir deudas o compromisos de pago, EG escribe: “Cualquier agente económico crea dinero cuando se compromete a aportar valor a otra parte y esta acepta el compromiso. Los compromisos atañen siempre a dos partes: la que se compromete a aportar valor (el deudor) y la que acepta el compromiso (el acreedor)”.

Aquí EG se está refiriendo a la creación de dinero escritural, o a lo que Marx llamaba monetización de créditos (véase, por ejemplo, Marx, 1999, cap. 3). Monetización que sirve para la circulación, pero está lejos de ser dinero. Para ver por qué, supongamos que el productor A vende a crédito a B la mercancía X en $100. B firma una promesa de pago en beneficio de A, a cambio de recibir X. Supongamos ahora que la promesa de pago de B es aceptada por el proveedor C de A, a cambio de mercancía Y. Aquí la promesa de pago ha funcionado como medio de circulación. Es “creación endógena de dinero” (anotemos que la naturaleza del asunto no cambia si A descuenta la promesa de cambio en un banco; es el tipo de dinero bancario que analizaron Steuart, la banking school, o Marx).

La cuestión central es, sin embargo, la siguiente: esa promesa de pago que circuló entre A, B y C, ¿es dinero? La respuesta de Marx (con la que acuerdo) es que no es dinero en la medida en que, en primer lugar, no es medida de valor. La medida son los $100. Pero en segundo término, tampoco es medio de pago, ya que al momento del vencimiento de la deuda B debe pagar en dinero “contante y sonante”. Y este dinero de alta potencia solo puede llegar a manos de B por la venta de la mercancía X. Esto es, no puede ser creado privadamente por B. Y en tercer lugar, el título de deuda tampoco puede ser medio de atesoramiento. De ahí que Marx sostenga que los créditos que circulan como medios de cambio deben distinguirse del dinero emitido por el Estado; o sea, de lo que hoy llamamos base monetaria (al pasar, uno de los errores de Ricardo, y de otros partidarios del enfoque cuantitativo del dinero fue no realizar esta distinción crucial).

De manera que es incorrecto decir, como hace EG, que “cualquier agente crea dinero cuando se compromete a aportar valor a otra parte y acepta el compromiso”. Lo que hizo B fue monetizar un “Yo te lo debo” (IOY, en inglés) a los fines de la circulación. Nada más.

Los límites de la aceptación del dinero estatal

Escribe EG: “Ninguna persona ni empresa puede obligar a utilizar el dinero que crea (por ejemplo, la empresa de teatro no puede obligar a nadie a adquirir tickets de guardarropa); en cambio, el Estado sí puede hacerlo: al imponer la obligación de pagar tributos nominados en la unidad de cuenta que crea (por ejemplo, euros) fuerza a empresas y familias a obtener dinero estatal. (…) … puesto que, para saldar las deudas tributarias con el Estado, todo el mundo tiene que utilizar el mismo dinero, la deuda del Estado se hace perfectamente transferible. Uno puede ofrecer el dinero estatal a otra persona a cambio de transferencia de valor puesto que sabe que esa persona lo aceptará, pues también lo necesita para pagar impuestos”.

Pero esto no es así de hecho. El Estado puede decretar la obligación de pagar los impuestos en moneda emitida por él, pero por fuera de eso no tiene el poder para imponer que “todo el mundo” (dentro del país en cuestión) utilice el dinero estatal. Si el valor del dinero estatal está puesto en duda –como sucede cada poco tiempo en Argentina- la gente pagará sus impuestos en pesos argentinos, pero esto no impedirá que atesore en dólares (o euros); que cotice propiedades inmobiliarias en dólares (o euros); que establezca obligaciones en dólares (o euros). Cuando una vivienda se compra, en Argentina, al contado en dólares (y es una operación bastante común), el dólar cumple la función de medio de cambio (además de medida de valor), por fuera de lo que disponga el Estado. Incluso los defensores de la TMM han debido reconocer que en determinadas circunstancias esto es así. Pero entonces, ¿por qué EG no responde estos argumentos?

Las nociones de acreedor y deudor

EG parece tan entusiasmado con la idea de que el dinero es título de deuda, que nos dice que cuando alguien tiene dinero es un “acreedor”. Escribe: “El individuo que ostenta dinero estatal, aunque teóricamente es acreedor del Estado, es reconocido como un acreedor por cualquiera que le proporcione bienes a cambio de dinero estatal. Cualquiera que los acepte en pago se ofrece a sí mismo como el representante del deudor”.

Empecemos diciendo que, si bien teóricamente el dinero se presenta en el balance del Banco Central como un pasivo (contra un activo conformado por divisas, oro, o títulos públicos), de hecho no es un pasivo, ya que el Estado no está obligado a cambiarlo por su activo, en tanto no esté comprometido a la convertibilidad. Por eso, no es cierta la afirmación de EG de que “Todos los tipos de dinero que existen, sin excepción alguna, son compromisos de pago de algún agente económico”. El Estado que emitió dinero no tiene ningún compromiso de pago por el hecho de haber emitido ese dinero. Ni el poseedor del dinero tiene compromiso alguno por ser propietario de ese dinero.

La cuestión se ve más claro todavía cuando examinamos las categorías de “acreedor” y “deudor” que utiliza EG. Según EG, si A tiene $100 es un “acreedor” frente a B, propietario de la mercancía X. De esta manera EG ha reemplazado las categorías “comprador” y “vendedor” por las de “acreedor” y “deudor”. Pero en la realidad del mercado “comprador” no es homologable con “acreedor”; ni “vendedor” con “deudor”. Es que cuando A dispone de dinero para comprar, tiene “poder social general” en el bolsillo, encarnación de valor. B, a su vez, tiene valor “potencial” en X (es potencial porque tiene que realizarse a través de la venta). Pero por eso mismo B no adeuda a nadie; es propietario de una mercancía cuyo valor debe realizarse. A, por su parte, no es acreedor de nada; simplemente es propietario de dinero. Por eso en el mercado A y B se enfrentan como propietarios, uno de mercancía, el otro de dinero, no como acreedor y deudor.

En otros términos, la relación acreedor / deudor tiene un contenido muy distinto del que existe entre comprador / vendedor. Es que si A compra a crédito, pasa a ser deudor;  y B, que le vende a crédito, pasa a ser acreedor. Ya no estamos en la misma relación que antes. Diferencia que sirve para entender, por ejemplo, por qué Ricardo no acertó cuando sostuvo, en defensa de la ley de Say, que siempre que se vende es con el objetivo de comprar. Como observa Marx, cuando existe una deuda puede ocurrir que se deba vender no para comprar, sino para pagar. El tipo de constricción que tiene el deudor es entonces muy distinta de la que tiene el vendedor. Y el tema es de importancia para entender, por ejemplo, la dinámica de una crisis (cuando se liquidan mercancías a cualquier precio).

Sobre el valor del dinero

EG escribe: “Astarita acierta cuando habla de que “las relaciones de cambio entre monedas no pueden, en el largo plazo, ser determinadas a voluntad por los gobiernos”. El tipo de cambio de una moneda con respecto a otra es determinado por el nivel de demanda cruzada que experimenten entre sí, lo que a su vez está explicado fundamentalmente por la estructura productiva, la inserción externa en la economía-mundo, y por los flujos de capitales financieros de las economías en cuestión. Una economía con una sólida estructura productiva, con una especialización exportadora potente, y una captación importante de capitales financieros (como por ejemplo la suiza) tendrá una moneda mucho más apreciada que una economía con débil estructura productiva, con poca capacidad exportadora y poca recepción de capitales”.

Por supuesto, estoy de acuerdo con esto. Pero no es lo que dice la TMM. La TMM sostiene que el Estado tiene el poder de establecer el valor del dinero. Wray (2003), por ejemplo, dice que según el enfoque neo-cartalista la moneda toma su valor no de la mercancía “sino más bien de la voluntad del Estado de aceptarla para el pago” (p. 55). En Knapp (1924) leemos: “el dinero es una criatura de la ley” (p. 1); “la denominación de los medios de pago de acuerdo a las nuevas unidades de valor es un acto libre de la autoridad del Estado” (p. 24); “en los sistemas monetarios modernos la proclamación [por el Estado] es siempre suprema (p. 31). También nos dice que la “chartality” es simplemente el uso de acuerdo a la proclamación (p. 35).

A su vez Tcherneva (2005), rastreando en precedentes del cartalismo cita a Forstater, quien a su vez cita aprobatoriamente a Say y Mill diciendo que el papel moneda tenía valor porque el Estado lo admitía para el pago de impuestos (p. 8). También cita a Jevons cuando decía que el valor del dinero “era mantenido por la autoridad emisora” (p. 9).

Pero no se trata solo de estos precedentes. Apoyándose en Wray, Tcherneva escribe: “Los cartalistas sostienen que, dado que el dinero es un monopolio público, el gobierno tiene a su disposición una manera directa de determinar su valor. Recuerden que para Knapp los pagos con moneda cartal miden un cierto número de unidades de valor. Por ejemplo, si el Estado requiriera que para obtener una unidad de dinero de alta potencia una persona debe suministrar una hora de trabajo, entonces el dinero valdría exactamente una hora de trabajo. Como un monopolio emisor de la moneda, el Estado puede determinar lo que valdrá la moneda al establecer los términos en los que se obtiene el dinero de alta potencia” (p. 18).

No encuentro que otros representantes de la TMM hayan dicho que lo que dicen Wray, Knapp y Tcherneva sobre la capacidad del Estado de establecer el valor del dinero esté equivocado. Para que no queden dudas, repito: Tcherneva-Wray dicen que el Estado puede establecer a voluntad el valor del dinero, al establecer a voluntad el “valor de una hora de trabajo”. Esta es la idea que critiqué, al afirmar que ese valor se referencia con otras monedas, y por lo tanto con productividades relativas. Frente a esto, EG dice que tengo razón cuando afirmo que el valor del dinero no se puede establecer a voluntad, pero agrega que la TMM no dice que se establece a voluntad. Sin embargo, hemos visto que la TMM sí dice que se establece a voluntad. EG no puede desconocer esto. Entonces, ¿por qué dice algo tan manifiestamente falso?

Además, es claro que esta concepción está en la base de la idea de que imprimiendo dinero el Estado puede llevar a la economía al pleno empleo. En palabras de Tymoigne y Wray (2013): “El gobierno, monetariamente soberano es el monopolio proveedor de su moneda y puede emitir moneda de cualquier denominación en formas físicas o no físicas. Como tal el gobierno tiene una capacidad ilimitada de pagar por las cosas que desea comprar y cumplir los pagos futuros prometidos y tiene una ilimitada capacidad para proveer fondos a otros sectores” (p. 5) En el mismo sentido, Tcherneva escribe: “Para los cartalistas no es necesario utilizar el desempleo para combatir la inflación. Por el contrario, proponen una política de pleno empleo en la cual el Estado exógenamente establece un precio importante para la economía, que a su vez sirve de ancla para todos los otros precios… . Esta propuesta se basa en el reconocimiento de que el Estado no enfrente constricciones financieras operacionales, que el desempleo es un resultado de restringir la emisión de moneda, y que el Estado puede ejercer una formación de precios exógena (exogenous pricing) (p. 19).

Como puede verse, la mágica solución de acabar con la desocupación imprimiendo dinero se basa en la idea, crucial, de que el Estado puede establecer a voluntad el valor del dinero emitido. Repito, EG no puede desconocer esta tesis, ni pretender que la TMM no dice que el Estado tiene la facultad de establecer el valor del dinero. Y esta cuestión está en el centro de mi divergencia y crítica a la TMM.

El Estado no puede establecer a voluntad el valor del dinero

En oposición a la TMM, sostengo que el Estado no puede determinar a voluntad el valor del dinero estableciendo el valor al que retribuye la hora de trabajo. Es que el valor está determinado por los innumerables trabajos privados que se comparan en el mercado a través de las mercancías. Es por medio de esa comparación –que supone la competencia- que se establecen los tiempos de trabajo socialmente necesarios. Son socialmente necesarios porque están establecidos según las productividades medias, definidas por las tecnologías y las intensidades de trabajo relativas. Es absurdo pensar que el Estado capitalista puede sobreponerse a esta constricción material. De hecho, ni siquiera pudo hacerlo el Estado de tipo soviético, a pesar de la estatización casi completa de los medios de producción y la enorme maquinaria de planificación (burocrática) desplegada.

En segundo lugar, la idea de que el Estado es “monetariamente soberano” porque haya establecido la inconvertibilidad del dinero que emite es equivocada, ya que la convertibilidad se establece de hecho, con otras monedas o con el oro (al pasar, la revalorización del dólar en el último año se expresó en la caída del valor del oro, en un 12%, en los últimos 12 meses). Más en particular, la convertibilidad del peso argentino al dólar es una realidad cotidiana. Incluso cuando el gobierno kirchnerista quiso prohibir las transacciones cambiarias por fuera de las reguladas oficialmente, se estableció un mercado paralelo de facto. He presentado estos argumentos en mis notas. Lo cual conecta con lo explicado más arriba, a saber: es imposible que el Estado establezca, a mediano o largo plazo, a voluntad, la relación de cambio, en términos reales, al margen y por encima de las productividades relativas del trabajo en los distintos espacios nacionales. Por caso, el Estado argentino no puede “decidir” que una hora de trabajo industrial simple, promedio, en Argentina, genere igual valor que una hora de trabajo industrial simple, promedio, en Alemania, dadas las diferencias de tecnologías. Lo mismo se aplica a los diversos trabajos complejos. Subrayo, no hay poder estatal –por más que establezca que los impuestos se paguen en la moneda fiduciaria nacional- que pueda eliminar esas diferencias. Y si esto es así, no hay forma de que esas diferencias no se reflejen en el tipo de cambio, y en la inserción de la economía nacional en la división internacional del trabajo.

Sin embargo, con total desprecio por los datos, EG escribe: “Animo al lector o lectora a que vaya a comprar un producto en la tienda de la esquina con una moneda extranjera o una onza de oro, a ver si es capaz de lograr su objetivo. El vendedor no sabe cómo comparar la moneda que siempre utiliza con las monedas extranjeras o el oro. El vendedor quiere euros, que es lo que controla, lo que sabe medir, lo que sabe que le va a servir en su entorno, lo que puede atesorar sin problemas… básicamente porque el Estado se compromete a respaldar su valor y utilización”.

Pues bien, yo animo a EG a darse una vuelta por Argentina para que compruebe con sus propios ojos cómo funciona el asunto (y Argentina es uno de los países en los que la TMM ha concentrado su atención). EG nos dice que el vendedor quiere su moneda “nacional” (euros, si es España) porque “sabe” que el Estado “se compromete a respaldar su valor”. ¿Pero cómo “respalda” entonces el Estado argentino ese valor de la moneda fiduciaria, el peso? ¿Acaso pagando x cantidad de pesos la hora de trabajo? Esta sería la manera que según la TMM se fijaría el valor de la moneda. ¿Alguien se atreve a afirmar que esa es la vía por la cual el Estado argentino puede determinar el valor del peso?

La realidad es que, sin esperar a declaraciones del Estado, o a pagos de horas de trabajo, los vendedores en Argentina a cada momento están evaluando el peso mediante la comparación con el dólar. Pero no solo cuando venden, sino también cuando atesoran, o cuando establecen compromisos de pago a largo plazo. Incluso muchos empresarios asumen, como la cosa más normal, que gran parte de sus costos están dolarizados. Y la relación peso / dólar no es manejada a voluntad por el Estado. ¿Dónde queda entonces la idea de que el Estado puede fijar el valor del dinero por simple voluntad legislativa, o pagando horas de trabajo?

Lógicamente, lo anterior nos lleva a la tercera razón de fondo por la que la TMM naufraga, a saber, que las economías nacionales están indisolublemente vinculadas al mercado mundial, y por lo tanto la moneda no puede ser simplemente “nacional”. Por eso se equivoca EG cuando intenta establecer una muralla entre lo nacional y lo internacional. Escribe: “Podríamos decir que en el interior de las comunidades políticas el dinero funciona completamente como un compromiso de pago de la autoridad pública en cuestión (de forma que su control y regulación estatal es total), mientras que en el exterior de esas comunidades el mismo dinero funciona como un medidor de valor de los productos que se intercambian internacionalmente (de forma que su control y regulación estatal es mínima).”

De nuevo, ¿cómo se aplica esto a la Argentina? ¿De dónde saca EG que el control del gobierno argentino sobre la moneda es “total”? Tengamos presente que, según el enfoque poskeynesiano, el gobierno no puede controlar la cantidad de dinero. EG nos dice, sin embargo, que el gobierno tiene un control y regulación “total” del dinero. Por lo cual, si no controla la cantidad, tiene que controlar su valor. Pero cuando en Argentina los inversores, y luego los ahorristas, comienzan a desconfiar del valor del peso, corren al dólar, desvalorizando al peso, sin prestar mucha atención al “control total” del gobierno sobre el tipo de cambio. ¿Cómo encaja entonces la historia de la TMM, y de EG, en este escenario?

Más aún, en mi nota recordé que Tymoigne y Wray debieron admitir que en economías abiertas y pequeñas, no hay forma de emitir dinero como la TMM dice que en general se puede hacer. Y también admiten que en economías muy abiertas puede ocurrir que los residentes utilicen el dinero para otros propósitos que no sean los de pagar impuestos. Pero lo mismo sucede en una economía relativamente cerrada, como la Argentina. He presentado estas cuestiones, pero EG no las responde. Simplemente nos dice que en la zona del euro los vendedores aceptan euros sin problemas. Y con esto pretende responder a una crítica a la TMM centrada en la experiencia argentina. Como Argentina no le entra en su marco teórico, nos habla de un país en que rige el euro. ¿Qué sentido tiene todo esto?

El gasto estatal

Vayamos ahora al último punto, el gasto estatal. En mi nota critiqué la idea de que el Estado tiene capacidad ilimitada para pagar las cosas que quiere comprar. Mi crítica fue al circuito que plantea la TMM: Estado que entrega dinero a “Otros”,  que gastan, y luego el Estado recoge ese dinero. Expliqué por qué esa entrega de dinero no genera necesariamente valor, ni riqueza. EG no responde el argumento, pero escribe: “el gasto público puede generar tanto o más valor y riqueza material que el gasto privado. ¿O acaso todo el sector de la sanidad, educación, dependencia y justicia -por poner sólo cuatro ejemplos- no crean valor o riqueza material? Quizás ese gasto no pueda ser considerado “productivo” en términos marxistas porque no genera plusvalía, pero lo que jamás podrá sostenerse es que no genere valor o riqueza material”.

Pero no sólo eso, sino que el propio gasto del Estado puede impulsar un negocio privado y con ello terminar generando beneficios empresariales y plusvalía: por ejemplo, cuando un desempleado recibe una prestación por desempleo y la utiliza para comprar un producto a un vendedor privado”.

Que el gasto público puede generar más valor y riqueza material que el gasto privado, es indudable. Pero para esto es necesario hacer una discusión particularizada sobre en qué consiste ese gasto. Pero ese análisis es precisamente lo que falta en el circuito que plantea la TMM. ¿Por qué no se discute? Pues por la sencilla razón que la TMM, y EG, en esencia piensan que cualquier tipo de gasto estatal genera valor y plusvalía. Pero esto es equivocado.

Para ver por qué, tomemos el caso del desempleado al que se le entrega dinero para que consuma. EG dice, como acabo de citar, que ese desempleado, al comprar el producto al productor privado, termina generando “beneficios empresariales y plusvalía”. Pues bien, aquí hay casi más errores que palabras. En primer lugar, porque la compra en sí misma no genera beneficios ni plusvalía. La plusvalía (el beneficio incluido) se genera en el trabajo, no en la venta. En la venta simplemente se realiza la plusvalía. EG parece adherir a la vulgar tesis (que en realidad compartía Keynes) de que el beneficio surge por “recargo” en la venta. Es una tesis burguesa (pero el poskeynesianismo no es más que una suerte de socialismo burgués) destinada a encubrir la realidad de la explotación del trabajo. Pero en segundo lugar, y como expliqué en la nota, si el valor agregado contenido en la producción es $100, y los desempleados, merced a los subsidios, consumen $10, el valor agregado global no se habrá alterado. Por supuesto, para entender esto hay que empezar por comprender que el valor no se genera en la venta.

En segundo término, hay gasto estatal que no solo no produce riqueza material, sino que contribuye a su destrucción. El caso más claro es el gasto en armamento. Por eso el keynesianismo militarista de los Reagan y Bush no tuvo un ápice de progresista.

En tercer lugar, existe gasto estatal que no genera riqueza pero contribuye al sostenimiento del aparato estatal y represivo. Por ejemplo, el gasto en fuerzas armadas y de seguridad; o en la espesa red de burócratas que viven del Estado. Y en este tipo de gasto hay que incluir el destinado a mantener trabajo improductivo. Por ejemplo, el caso (ejemplo teórico) de un Estado que paga a trabajadores para que entierren y desentierren botellas con dinero. Una cuestión que se inscribe en la crítica más general de Marx al trabajo improductivo, defendido por los representantes más reaccionarios de las clases dominantes de su época (digamos, en la línea de Malthus; sobre la crítica de Marx al trabajo improductivo, véase Marx, 1975, t. 1).

En cuarto lugar, está, por supuesto, el gasto en salud y educación públicas gratuitas. Este gasto contribuye, en lo esencial, a la reproducción de la fuerza de trabajo, y en ese sentido abarata los gastos del capital en general. Pero por eso mismo debe ser sostenido con impuestos, esto es, con valor y plusvalor generado en el trabajo  productivo.

Por último, está la posibilidad de que el Estado produzca mercancías. En ese caso tenemos capitalismo de Estado, con producción de mercancías y plusvalía. Como escribe Marx en sus Glosas a Wagner: “Allí donde el Estado es el mismo productor capitalista… sus productos tienen el carácter de mercancías y poseen, por tanto, el carácter específico de toda otra mercancía” (Apéndice del tomo 1 de El Capital, edición FCE, México, 1964). Por supuesto, la TMM y EG no dicen palabra de estas diferentes determinaciones del gasto estatal. ¿Por qué? Pues para mantener la idea de que basta estimular el gasto estatal con emisión monetaria, sin importar su naturaleza (esto es, su relación con la generación de riqueza material y valor) para sostener el pleno empleo.

Por otra parte, es equivocado decir, como sostiene EG, que “cualquier impulso en la demanda se transforma en nuevas ventas, empleo (especialmente si es a través de un Trabajo Garantizado), beneficios empresariales, e incluso en inversión privada, independientemente de que ese impulso provenga de nuevo dinero estatal o de endeudamiento”. Esta tontería la he discutido largamente con economistas que defendieron en Argentina la política económica de los gobiernos K. Incluso hubo quienes sostuvieron que bastaba con estimular el consumo para que, por el principio de aceleración, hubiera alta inversión (véase, por ejemplo, aquí, aquí).

La realidad fue que esto en absoluto sucedió. Por ejemplo, los gobiernos K estimularon el uso de la electricidad –hubo fuertes subsidios a las tarifas, más una elevada venta de acondicionadores de aire, y otros equipos- y sin embargo la inversión en energía cayó. Más en general, hubo fuertes estímulos al consumo –a lo que se sumó , en los 2000, un ciclo alcista de los precios de las materias primas- y sin embargo la inversión, medida en términos de PBI, se mantuvo a los mismos niveles -débiles- que en los 1990. El problema de fondo es que en las sociedades capitalistas las decisiones de inversión están en manos de los propietarios del capital; y están condicionadas por las ganancias, y por el “clima de negocios” (subrayado por Keynes). Pretender que se puede pasar por alto esta restricción mediante el cómodo recurso de imprimir dinero es, para decirlo de manera suave, estar en las nubes del socialismo burgués. Como era estar “en las nubes” decir, como hizo la TMM, que los planes sociales Trabajar, implementados por el gobierno de Duhalde (2002-2003) eran un paso hacia el pleno empleo y el rol del Estado como “empleador de último recurso”. Esos planes fueron apenas un paliativo a los brutales padecimientos que sufrían los desocupados. No había por qué embellecerlos. Curiosamente, EG no dice palabra sobre este asunto, que traté en la nota que critica.

En cualquier caso, un análisis materialista nos ubica a un mundo de distancia de la receta de la TMM de que basta emitir dinero estatal para generar riqueza, o acabar con la desocupación.

Una propuesta “vende humo” y conservadora

En Argentina se dice que alguien está “vendiendo humo” cuando hace promesas falsas. Y una de las formas más comunes de sembrar estas ilusiones es con recetas basadas en la manipulación de la moneda. Para decirlo con todas las letras, con este cuento de que basta emitir dinero para acabar con la desocupación la TMM nos quiere “vender humo”. Es un planteo similar al de Proudhon, quien decía que bastaba con suprimir el interés para acabar con los padecimientos de la clase obrera. O de John Gray, quien afirmaba que había que emitir bonos trabajos, pero sin alterar las relaciones sociales existentes.

Pero además, la propuesta de la TMM es conservadora. Recordemos que incluso Keynes (1986), advirtiendo las dificultades que tenía la inversión en el capitalismo, llegó a sostener que “una socialización bastante completa de las inversiones sería el único medio de aproximarse a la ocupación plena” (pp. 332-333). Puede discutirse si una sociedad en la que la inversión esté “socializada” (¿y qué significa esto?) es todavía una sociedad capitalista. Pero de todas maneras, Keynes decía que era el único medio de llegar a la ocupación plena. Lo cual debería plantear una discusión sobre el contenido social y político de una medida de esa envergadura. Pero nada de esto se desprende del planteo de la TMM. Esta corriente ha reemplazado “socialización de inversiones” por “imprimir libremente todo el dinero que haga falta hasta llegar al pleno empleo”. Estamos en el keynesianismo bastardo, y del tipo más vulgar. Por eso, no es casualidad que se diga que “el valor del trabajo” lo puede establecer el Estado; que un ticket de guardarropa es, en esencia, igual al dinero; o que la ganancia y la plusvalía se generan en el mercado, por un simple acto de venta. No hay inocencia en estas afirmaciones. Son los condimentos necesarios para sostener que basta con imprimir dinero para acabar con el desempleo (al pasar, ¿por qué no también para acabar con la pobreza, o con las desigualdades sociales?).

En definitiva, la TMM procura ocultar las verdaderas relaciones sociales existentes –que no pueden no ser de explotación- en las que se basa la civilización actual. Su propuesta, además de ser mistificadora (“vende humo” en el lenguaje popular argentino), es profundamente conservadora.

Bibliografía citada:

Aglietta, M. y A. Orléan (1990): La violencia de la moneda, México, Siglo XXI.
Amin, S. (1986): El desarrollo desigual, Barcelona, Planeta –Agostini.
Dwyer, G. P. y J. R. Lothian (2003): “International Money and Common Currencies in Historical Perspective”, Federal Reserve Bank of Atlanta Working Paper 2002-7.
Godelier, M. (1971): Teoría marxista de las sociedades precapitalistas, Barcelona, Estela.
Graeber, D. (2012); En Deuda. Una historia alternativa de la economía, Barcelona, Ariel.
Keynes, J. M. (1986): Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero, México, FCE.
Knapp, G.F. (1924): The State Theory of Money, Londres, Macmillan.
Marx, K. (1975): Teorías de la plusvalía, Buenos Aires, Cartago.
Marx, K. (1980): Contribución  a la crítica de la Economía Política, México, Siglo XXI.
Marx, K. (1999): El Capital, México, Siglo XXI.
Marx, K. y F. Engels (1985): La ideología alemana, Buenos Aires, Pueblos Unidos.
Smith, A. (1987): Investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones, México, FCE.
Tcherneva, P. (2005): “The Nature, Origins and Role of Money: Broad and Specific Propositions and their Implications for Policy”, Working Paper Nº 46, Center for Full Employment and Price Stability, Kansas City.
Tymoigne, E. y L. R. Wray (2013): “Modern Monetary Theory 101: A Reply to Critics”, Working Paper 778, Levy Economics Institute of Bard College.
Vilar, P. (1982): Oro y moneda en la historia (1450-1920), Barcelona, Ariel.
Wray, L. R. (2003): “L’approche post-keynésienne de la monnaie”, Théories Monétaires Post Keynésiennes, Economica, Paris.

https://rolandoastarita.blog/2018/08/19/debate-sobre-la-tmm-respuesta-a-...

Teoría Monetaria Moderna y curanderismo social

Rolando Astarita

En el escrito “La izquierda necesita aprender  de la Teoría Monetaria Moderna”,  http://eduardogarzon.net/la-izquierda-necesita-aprender-de-la-teoria-mon..., Eduardo Garzón escribe:

“Desgraciadamente la inmensa mayoría de los pensadores progresistas –incluyendo especialmente a los economistas– han absorbido hasta la médula las falsas creencias liberales en relación a la naturaleza y funcionamiento del dinero, y esto hoy supone un enorme lastre a la hora de vislumbrar un modelo económico alternativo al actual. (…) La Teoría Monetaria Moderna es la cura que necesitamos para romper los esquemas que nos han impuesto y poder idear y desarrollar un proyecto económico más justo. ¿A qué se debe que la izquierda ande tan perdida en este tema? A que no es verdaderamente consciente del radical cambio que el sistema monetario mundial experimentó en 1971”.
Es que a partir del desmantelamiento del sistema de Bretton Woods,sigue Eduardo Garzón, “los Estados pueden crear su propio dinero sin ningún tipo de obstáculo técnico, sin ningún tipo de límite”. Además, existiría una proporción exacta de creación de dinero por parte del Estado que llevaría al pleno empleo, sin inflación: “La cantidad de dinero creado a través de gasto público debe ser la adecuada que permita que todas las empresas vendan al precio actual los bienes y servicios que pueden producir. Ni más ni menos. Crear menos dinero de este nivel produce desempleo y desinflación (es lo que le ocurre a la economía española y a la Eurozona), y crear más de este nivel produce inflación”.

O sea, a partir de que el gobierno de EEUU eliminó la convertibilidad oficial del dólar al oro, en 1971, se habría podido sostener de forma permanente el pleno empleo mediante el simple y sencillo trámite de emitir dinero. No solo durante los períodos “normales” de acumulación del capital, sino también durante las recesiones o depresiones. Por ejemplo, durante las crisis de México y Argentina en 1994-1995; Tailandia, Indonesia y Corea del Sur en 1997; Rusia, 1998; Brasil, 1999; Argentina y Turquía, 2001; durante la recesión mundial de 2007-2009; en las crisis posteriores de Grecia, Irlanda, España, Portugal, Italia; en Brasil desde 2014-2015, no habría habido desocupación si se hubiera hecho caso a las recomendaciones de Eduardo Garzón y sus compañeros neo-cartalistas. ¿Y qué tal poner en práctica ya mismo, y con carácter de urgente, la receta en Venezuela? Receta heterodoxa para gobierno heterodoxo: imprimir dinero. ¿Cómo no se nos había ocurrido antes?
Pero hay más todavía: si las crisis capitalistas son de sobreproducción, y si el Estado puede generar todo el poder de compra que desee, no habría razón para la misma crisis. A condición, claro está, de que la política monetaria esté dirigida por algún experto neo-cartalista. Por esa vía, el Estado podría acabar con las contradicciones de la producción mercantil: la contradicción mercancía / dinero; valor de uso / valor; trabajo concreto / trabajo abstracto; trabajo privado / trabajo social. Y se haría realidad el sueño de “superar gracias al incremento de los medios de circulación, las contradicciones que emanan de la naturaleza de la mercancía…” (El Capital, t. 1, p. 148, nota).

De manera que durante los últimos 50 años hemos vivido en medio de absurdas e inútiles tinieblas. No habíamos caído en la cuenta de que, a partir de 1971, basta con imprimir dinero, en su justa y aristotélica proporción, para que se haga la luz en el sistema capitalista. Por eso, ya no hay razón objetiva para las angustias del desempleo o las crisis económicas. Todo es cuestión de convencerse de las tesis cartalistas. Esta es la buena nueva que se anuncia al género humano desde las altas cumbres del pensamiento “heterodoxo”. ¿Cambios sociales profundos? Tonterías de mentes colonizadas por el neoliberalismo. Incluso hablar de contradicciones sociales es propio de personas a las que les atrasa el reloj mental. ¿Acaso no dijo Knapp que el sistema monetario es un asunto de administración estatal? ¿Y no tiene el dinero el mismo contenido social que un ticket de guardarropa? Además, ¿no ha dicho la TMM que el Estado puede determinar, mediante otro acto administrativo, el “valor del trabajo”?
“El tránsito a la utopía es obra de un instante”, decía Engels en referencia a las reformas monetarias que recomendaba un tal Rodbertus, centradas en un “bono trabajo” (véase el Prólogo a Miseria de la filosofía). Aunque en los tiempos post Bretton Woods, ni siquiera es necesario mentar el trabajo. Después de todo, dinero y tickets de guardarropa siempre se pueden emitir en las cantidades necesarias, y con mínimo trabajo.

Pues bien, la realidad es que todo esto no tiene el menor fundamento científico. Por eso sostengo que el marxismo debe meter el bisturí de la crítica en este curanderismo social. Es que, igual que los viejos “curanderos sociales” que “prometían suprimir, con sus diferentes emplastos, las lacras sociales sin dañar al capital ni a la ganancia” (de nuevo Engels, prólogo a edición inglesa del Manifiesto Comunistas, 1888), la TMM propone una receta “vende humo”, que llevará a un callejón sin salida a los movimientos o partidos de la izquierda que la adopten.

https://rolandoastarita.blog/2018/08/22/tmm-y-curanderismo-social/


[1] Simmel, G. (1907), The Philosophy of Money, London: Routledge (1978), p. 177.

[2] Kapadia, A. (2018): “Solving the wrong problem: Bitcoin misunderstands money”, en Livemint, 8 de enero.

 

Es profesor de economía en la Universidad de Buenos Aires.
Economista.
Fuente:
Varias