Del Tratado de Detroit a Goldman Sachs

Alejandro Nadal

25/04/2010

El viernes pasado la Comisión de Valores de Estados Unidos (la Securities Exchange Commission, SEC) abrió una investigación por fraude en contra de Goldman Sachs, el banco de inversiones más importante de Wall Street (y del mundo). La acusación está relacionada con la comercialización de valores respaldados por hipotecas basura, como las que generaron la crisis financiera de 2008.

La inculpación tuvo resonancias telúricas en los mercados financieros. No es para menos. Goldman Sachs (GS) maneja cifras de negocios astronómicas y hasta hace poco era centro modelo de innovación financiera mundial. Hoy múltiples sospechas pesan sobre GS, comenzando por su posible complicidad en disfrazar el verdadero monto de endeudamiento de la economía griega.

GS es el producto de la transformación estructural de la economía estadunidense a lo largo de los últimos 60 años. Es la cristalización del espíritu del neoliberalismo: invertir y operar en el espacio financiero, donde una gallina mítica llamada especulación pone sus huevos de oro cada segundo. En ese mundo las ganancias se multiplican sin fin y no es menester ensuciarse las manos con aceite de máquinas, ni suelos arcillosos, ni mucho menos con el overol manchado de un trabajador.

La historia de GS va de la mano con la evolución de la distribución del ingreso en las últimas seis décadas. Las investigaciones sobre distribución del ingreso en Estados Unidos revelan que el ingreso disponible promedio (medido en dólares constantes de 2006) de 99 por ciento de las familias pasó de 21 mil a 40 mil dólares anuales entre 1945 y 2006. En comparación, el ingreso disponible promedio del uno por ciento superior de la sociedad estadunidense pasó de 250 mil a 900 mil dólares anuales en el mismo periodo.

Esas cifras sintetizan la historia económica y social de Estados Unidos: el estancamiento en el poder de compra del grueso de la sociedad a partir de la década de los años setenta y su imagen de espejo, la extraordinaria concentración del ingreso y de riqueza en un estrato privilegiado cada vez más pequeño. Es la trayectoria de expansión del sector financiero y de su extraordinario poderío, capaz de someter al resto de la economía y a la política macroeconómica para subordinarlos a sus intereses. Exactamente cómo se alcanzó este resultado es tema de una investigación de mayores alcances, pero las grandes etapas de esta historia son claras.

Primero, un pacto social que emerge de los turbulentos años treinta y la Segunda Guerra Mundial. Son los años dorados del Tratado de Detroit, el acuerdo laboral más importante de la posguerra, firmado entre la United Auto Workers (UAW) y los tres grandes de Detroit (Ford, GM y Chrysler) en 1950. Por este contrato colectivo, la UAW se comprometió a restringir su derecho a ir a la huelga a cambio de ajustes salariales indexados a la inflación, importantes ventajas en materia de salud, retiro, despidos y vacaciones. Este arreglo fue el modelo seguido en otras industrias durante 20 años, hasta que llegó la década de los setentas. Es por este pacto que casi todo el aumento del ingreso promedio disponible para 99 por ciento de los hogares mencionados arriba se da entre 1955-1975.

El segundo momento corresponde al estancamiento en la tasa de ganancias en las industrias medulares de la economía estadunidense a partir del final de los sesentas. Esto provoca el desencadenamiento de la ofensiva del capital en contra de las clases trabajadoras en la década de los setenta, en un esfuerzo por cambiar el patrón de distribución del ingreso. Se procede al desmantelamiento gradual de las instituciones que mantuvieron el pacto social de la posguerra y su esquema de crecimiento sostenido de salarios. Reagan rompe la huelga de controladores aéreos e inaugura una nueva etapa de lucha contra los sindicatos. Adiós al Tratado de Detroit.

En la tercera etapa tenemos la expansión del sector financiero. La desregulación salvaje del espacio financiero es la respuesta al estancamiento de la rentabilidad en los sectores reales (no financieros) de la economía. Es también la contestación al desafío que viene perfilándose en el horizonte por el resurgimiento del poderío económico alemán y japonés desde los años sesenta. El neoliberalismo financiero le permitió a Estados Unidos reconquistar su hegemonía y extenderla a lo largo del último tercio del siglo XX. Las grandes empresas del ciclo automotriz pasaron la estafeta al núcleo de Wall Street, con empresas como Goldman Sachs a la cabeza.

Epílogo: dados estos antecedentes, la investigación sobre GS es una minucia. El objeto del supuesto fraude es la venta de valores respaldados por hipotecas basura, que simultáneamente estaban siendo objeto de apuestas que predecían el desplome de su precio. El chisme en corredores: es como si alguien estuviera vendiendo un auto con frenos defectuosos y, al mismo tiempo, contratara un seguro sobre ese vehículo. Eso no es ilegal en Wall Street, aunque tampoco se ve muy elegante.

Alejandro Nadal es miembro del Consejo Editorial de SinPermiso.

Fuente:
La Jornada, 21 abril 2010