Donald Trump y Steve Bannon han vuelto la Casa Blanca contra EE UU

Bill McKibben

10/02/2017

No estamos en un momento histórico normal. El Congreso actúa tal como se espera que lo haga con un gobierno republicano. El ataque contra el medio ambiente y los trabajadores está mal, pero es previsible. Lo que viene del Despacho Oval, sin embargo, no tiene precedentes. Es menos la Casa Blanca que la Torre Negra, que envía a sus orcos de Breitbart [página digital de la derecha extrema estadounidense de la que procede Steve Bannon] y a sus arpías aladas del “alt-right” [nueva denominación de moda de la extrema derecha estadounidense] a envenenar la política de un país.

Se están preparando dos tipos de ataques. Uno, instigado principalmente por el Congreso, resulta penoso. La semana pasada, por ejemplo, consiguieron en una mañana acabar tanto con la normativa que trataba de impedir que las empresas de carbón contaminen las corrientes de agua como con las reglamentaciones que hacían más difícil a las empresas petrolíferas sobornar a gobiernos extranjeros.

Hay docenas de cambios como estos, todos ellos de horrendas consecuencias: la gente va a sufrir y a morir conforme hagamos retroceder la legislación medioambiental y recortemos los presupuestos de vivienda y atención médica. Pero estos son, más o menos, los cambios que íbamos a ver, digamos, si Marco Rubio o Jeb Bush hubieran resultado elegidos con un Congreso manejable: vienen directamente de la lista de deseos de los hermanos Koch [millonarios financiadores de la derecha republicana] y la Fundación Heritage [conocida institución ultraconservadora] (y algunos de ellos no están lejos de lo que hizo, digamos, Bill Clinton, al “acabar con el Bienestar tal como lo conocemos”).

Son todos nocivos, todos requieren una vigorosa oposición, y por el  momento en la mayoría de los casos vamos a perder, simplemente porque no tenemos los votos: estos son precisamente los cambios para hacer los cuales los multimillonarios alquilaron al Congreso.

Pero la administración de Bannon/Trump anda atacándonos también de un segundo modo. Ha tomado audazmente como blanco los pilares principales de una nación civilizada de una forma que rara vez hemos visto antes, una forma que no se le habría ocurrido a Lindsey Graham [senador republicano más que conservador por Carolina del Sur] o Carly Fiorina [polémica ejecutiva de negocios tejana que se postuló como candidata republicana a la presidencia en 2016]. Y esas son batallas que más vale no perder.

La prohibición a la emigración, por ejemplo, fue un ataque calculado contra los musulmanes, pero también contra la moralidad y la simple bondad.  Era un sondeo para comprobar si los norteamericanos saldrían en defensa de una minoría de la que nos habían dicho que había temer y odiar. Y fracasó, no porque un juez federal anulara la prohibición sino debido a que los estadounidenses afluyeron a millones a las terminales de los aeropuertos y las plazas de las ciudades.

Como decía con orgullo una pancarta: “Primero vinieron a por los musulmanes y dijimos: hoy no, hijo de la chingada”. Esa efusión no fue una muestra de fuerza musulmana: la verdad es que no hay mucha fuerza musulmana en EE UU. Fue una demostración de que, por el momento, nuestro compromiso moral con los indefensos todavía se mantiene.

Pero no hay garantías: la moralidad puede doblegarse con bastante facilidad a la vista del miedo, y sabemos que Bannon y Trump cuentan con una matanza de verdad a lo Bowling Green [un falso incidente propagado por Kellyanne Conway, consejera presidencial de Trump, para atizar los odios antimusulmanes] con el fin de inclinar las cosas de su lado. En cualquier caso, la moralidad no es el único pilar que buscan derribar. La razón es lo que a continuación viene en la lista: el ataque a la ciencia sobre el clima es un ataque a la ciencia misma, al empeño que afianza la modernidad.    

Ha quedado ya claro que el gobierno federal no hará nada para ayudar en lo tocante al cambio climático (las designaciones para el gabinete de Trump hicieron eso evidente en las audiencias de confirmación). Pero si la administración llega de verdad a retirarse de los acuerdos de París sobre el clima, le dará la espalda al más concienzudo proceso científico que hayan emprendido alguna vez los seres humanos, un esfuerzo global de medio siglo por comprender lo que le estamos haciendo a nuestra atmósfera y lo que eso provocará en nuestro futuro.

Bannon y Trump odian la razón precisamente porque pone límites a sus acciones: hasta los superhombres nietzscheanos tiene que rendirse ante la Física. “Lo puedo arreglar yo solo” es el lema narcisista de Trump, pero puesto que no puede arreglar lo de las propiedades de ciertos gases de atrapar el calor, hay que negarlas.   

Preparémonos también para ataques a la tradición y el sentido común, pues también ellos son baluartes contra la clase de culto a la personalidad que tienta a Trump y Bannon.

Ya hemos visto las primeras historias: puesto que la separación de poderes es la más veterana de las ideas norteamericanas, la hostilidad tuiteada a un “presunto juez” cruza una línea con la que sólo Richard Nixon llegó alguna vez a coquetear. La estrambótica llamada al primer ministro australiano es menos estrambótica si se piensa en ello como un paso más en la erosión de la idea de sentido común de que no podemos andar solos, de que en un mundo entrelazado las naciones tienen que ser capaces de trabajar unas con otras.   

Estos ataques serán duros a la hora de que se apañen los progresistas. Hay muchas cosas feas en nuestras tradiciones. Y la modernidad puede ser un privilegio bastante dudoso en el que la razón es a menudo una diosa poco atractiva. Con todo, hasta ahora lo estamos haciendo bastante bien: la efusión de resistencia constituye algo sin paralelo en la historia reciente. Y tenemos más armas propias: la solidaridad, el ingenio y la notable alquimia que supone la no violencia. Y también el reparto de Hamilton [musical en cartel en Broadway cuyos actores se han manifestado críticamente hacia Trump] y un Ingente Acopio de Gorritos de Lana Rosa [símbolo de la reciente manifestación de mujeres en Washington]. Y lo vamos a necesitar todo.  

No podemos saber cómo terminará la batalla, sólo que se librará. Esta es, de modo bastante repentino, la historia de nuestro tiempo.

Es profesor en Middlebury College de Vermont (Estados Unidos) y cofundador de 350.org, la mayor campaña de organización de base del mundo que trata el tema del cambio climático.
Fuente:
The Guardian, 7 de febrero de 2017
Traducción:
Lucas Antón