Drogas… ¿qué drogas?

Carlos Gabetta

15/07/2012

 

José “Pepe” Mujica, presidente de Uruguay, propuso legalizar la marihuana y que el Estado monopolice su producción y comercialización. En Argentina, que según la ONU es el país -junto con Chile- donde más drogas se consumen en América del Sur, una comisión de la Cámara Baja analiza actualmente un proyecto de despenalización del uso de drogas. Un debate que se generaliza.

En 1996, el filósofo, jurista y profesor universitario español Antonio Escohotado, autor de “Historia de las drogas” (Alianza, Madrid, 1989, 3 tomos), un trabajo considerado el más erudito, claro y preciso en términos de divulgación publicado en cualquier idioma, tuvo que abandonar apresuradamente la Argentina acusado de apología del delito, luego de haber expuesto sus argumentos a favor de la despenalización total de cualquier tipo de drogas.

Por una vez, esta clase de disparates no son una exclusividad nacional; lo mismo podria haber ocurrido en casi cualquier país del mundo. Pero el panorama ha empezado a cambiar, y mucho. En marzo pasado,  César Gaviria el ex presidente de Colombia (nada menos, para el caso), se pronunció por la despenalización durante una reunión del Sistema de Integración Centroamericana (SICA). En 2009, junto al ex presidente de México Ernesto Zedillo, y al ex presidente de Brasil Fernando Henrique Cardoso, Gaviria  ya había presentado una propuesta para cambiar la estrategia en el combate contra las drogas, centrada en acabar con la criminalización del consumo.

Este progresivo cambio de enfoque obedece, en primer lugar, al fracaso de las políticas represivas, que no hacen más que propagar el consumo de todo tipo de substancias adulteradas y fomentar el poder económico, la influencia política –corrupción mediante- y la violencia de las organizaciones de narcotraficantes. El temor de una evolución del problema “a la mexicana” (50.000 muertos en los últimos tres años y un Estado desmantelado por la corrupción), orienta progresivamente el enfoque del problema en una dirección más razonable y civilizada.

El otro factor es la propia realidad social. El consumo de algunas drogas, muy en particular la marihuana, ha adquirido carta de ciudadanía, por así decirlo. El uso de drogas es tema de discusión en familia, sobre todo cuando hay hijos adolescentes. El consumo se ha expandido a tal punto en todas las clases sociales que resulta imposible negarlo. Antes de asumir como Presidente de Estados Unidos, Bill Clinton tuvo que confesar que había fumado marihuana en la universidad, aunque, eso sí, “sin tragar el humo”… La realidad del consumo masivo, desfasada de una legislación basada en el desconocimiento y los prejuicios, obliga a la hipocresía y a salidas del paso infantiles.

Pero acercarse a la solución del problema empieza por analizar sin prejuicios qué son las drogas; establecer similitudes y diferencias entre ellas; analizar el uso que han hecho y siguen haciendo diversas culturas y la significación que les atribuyen; sus peligros, valor terapéutico y eventualmente espiritual; la autonomía del individuo, su responsabilidad ante la sociedad y la actitud de ésta frente a un tema que, como tantos otros, afecta el ámbito de lo puramente individual, pero repercute en el conjunto. Otro tanto respecto a la comercialización, legal e ilegal, de todas las drogas.

Conviene subrayar esto: legal o ilegal, porque ¿qué porcentaje de la criminalidad y/o adicción debe atribuirse a las drogas legales? El Centro Regional de Alcoholemia de Coimbra (Portugal), publicó en 1996 un informe según el cual en ese país hay más de 700.000 alcohólicos crónicos -además de los bebedores habituales- sobre una población de 10 millones; que las 1.200 agresiones sexuales denunciadas en 1995 (el 20% sobre menores de 13 años, ¡y se estima que los casos denunciados representan sólo el 20% del total real!), están directamente relacionadas con el alcohol. ¿Se debería entonces prohibir el alcohol o las anfetaminas, somníferos, etc., responsables de la abrumadora mayoría de adicciones graves en el mundo?

En los Estados Unidos se intentó esta vía con el alcohol en los años ‘20 (la “Ley Seca”), con los resultados conocidos: lo único positivo fue una excelente filmografía y literatura sobre gangs, mafias, crímenes y todo tipo de delitos vinculados con la prohibición. Por eso, numerosas personalidades tan poco sospechosas de irresponsabilidad, izquierdismo o nihilismo como George Soros, Laurance Rockefeller, Milton Friedman y Fernando Savater, o uno de los semanarios más prestigiosos del mundo, The Economist, se pronuncian con matices, pero abiertamente, por la legalización de las drogas.

El Secretario General de Interpol, Raymond Kendall afirmó en 1995, ante el congreso anual de la Organización Internacional de Policía del Crimen, que "hoy, la amenaza real para nuestras sociedades es una combinación del crimen organizado y el tráfico de drogas (...) la guerra contra las drogas va mucho más allá de los daños que inflingen a los individuos. Los grandes beneficios del narcotráfico indican que el crimen organizado puede corromper nuestras instituciones en el más alto nivel. Si pueden hacer eso, entonces nuestras democracias están en peligro". Es como si Kendall hubiese descrito con anticipación al México de hoy o la Argentina de mañana…

Las actitudes abiertas y pragmáticas ante el problema, aunque no se compartan las conclusiones, son sin duda mucho más positivas que la ceguera represiva. Dejar de lado la evidencia y complejidad de los hechos concretos y recargar el análisis de ideología y moralismo no ayuda a la solución del problema. En su "Historia de las drogas", Escohotado explica el origen del vocablo "fármaco": del griego pharmakon, que significa, a un tiempo, remedio y veneno. Es decir, que una misma droga puede aliviar un mal o un dolor, procurar energía o placer, estimular la mente, intoxicar, enloquecer... y matar. Esto vale para todas las drogas, legales e ilegales.

Todo depende entonces del conocimiento que tenga el sujeto sobre la materia inerte que manipula; de la cultura -en su sentido más amplio- en la que vive y se ha educado. Los ejemplos históricos y científicos sobre este concepto elemental son abrumadores. "No hay drogas, sino drogadictos", sostiene Escohotado -que analiza los escritos de una larga lista de "drogadictos" históricos, entre ellos Carlyle, Bismark, Thomas Jefferson-, y agrega: "no matan las drogas, sino la ignorancia".

La revista dominical del New York Times publicó en 1997 un largo artículo de Michael Pollan, en el que se analizaban los efectos, pros y contras de la Proposición 215, votada en noviembre de 1996 en California, autorizando a los médicos a recetar marihuana con fines terapéuticos o analgésicos, ante cualquier "enfermedad grave". La decisión de los ciudadanos de ese Estado enfureció al gobierno federal y a la Drug Enforcement Agency (DEA), empeñados en una guerra sin cuartel ni debate contra el consumo y venta de drogas.

El artículo explicaba en detalle y con abundantes ejemplos y testimonios médicos que fumar marihuana ayuda a los enfermos de cáncer a soportar la quimioterapia; a los sidosos a recuperar el apetito, a los epilépticos a prevenir convulsiones, etc., sin efectos secundarios significativos. Esto se sabía hace ya mucho tiempo, pero la realidad tardó en abrirse paso en la fronda de prejuicios, ignorancia e intereses que la oculta. Porque ¿qué pasaría con los carísimos productos de laboratorio, ampliamente publicitados, si algunos males pudieran ser tratados, aliviados o prevenidos con una plantita de balcón? ¿No abriría eso el camino al uso de otras drogas naturales, en detrimento de las sintéticas? ¿Qué sería de los miles de millones del narcotráfico que reciclan los bancos y oxigenan no pocas economías y campañas políticas?

"La marihuana es el mayor cultivo comercial de Estados Unidos (…) casi el doble del algodón, el siguiente cultivo más rentable", apuntaba Pollan, subrayando que "el mensaje de la marihuana medicinal es que hay diferentes clases de drogas y diferentes razones para utilizarlas; que el uso y el abuso no son necesariamente la misma cosa y que el gobierno federal podría no tener la última palabra en el tema (…) debe darse una discusión en la que la opinión de médicos y científicos cuente mucho más que la de políticos y moralistas. La Proposición 215 marca el final del ‘simplemente diga que no’ (el slogan del gobierno) y el comienzo de los ciudadanos diciendo muchas cosas interesantes sobre drogas. La guerra contra las drogas podría no sobrevivir a esta discusión".

Tal parece que esto último es lo que está empezando a ocurrir, a menos que la evolución política de este mundo en crisis diga otra cosa.

 

Carlos Gabetta  es periodista y escritor. Ex director de Le Monde Diplomatique cono sur.

Fuente:
Perfil, julio 2012
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