Ecuador: A la espera de la segunda vuelta de las elecciones presidenciales. Dossier

Franklin Ramírez

Alberto Acosta

John Cajas Guijarro

Adrián Tarín

23/02/2017

El pasado 19 de febrero tuvo lugar la primera vuelta de las elecciones presidenciales en la República del Ecuador. Ningún candidato alcanzó el 40% de los votos –aunque Lenin Moreno se acercó con el 39,35%- obligando a una segunda vuelta, que tendrá lugar el próximo 2 de abril. El contrincante de Moreno será Guillermo Lasso, candidato de CREO-SUMA, que obtuvo en la primera vuelta el 28,11%. Las incertidumbres en el proceso de recuento de los votos ha provocado una fuerte tensión en Ecuador, aunque la diferencia de 11 puntos no hace presagiar una derrota del candidato de Alianza PAIS. Reproducimos un análisis sobre Lenin Moreno y su “distanciamiento” durante la campaña electoral de su mentor, Rafael Correa, así como dos análisis desde la izquierda de lo que está en juego en estas elecciones. SP

 

Lenin Moreno: el delfín distante

Franklin Ramírez

 “Hay que abrir los brazos a quienes no coinciden totalmente con la postura de uno”, dice Lenin Moreno. “A los ciudadanos que estén con nosotros les pedimos que no se refieran de modo insultante a las otras candidaturas”, enfatiza. Y prosigue: “se deben refrescar las relaciones internacionales del país”. “Continuidad, no continuismo”, resume.

La puesta a distancia con Rafael Correa quedó esbozada desde las primeras declaraciones del nuevo candidato presidencial del movimiento gobernante. Su puesta en escena no se agota ahí. El tono halagüeño con que hace referencia a la gestión del aún Presidente englobó el relato de estreno: “Rafael tiene razón, los líderes aceleran la revolución, los pueblos la hacen”; “la Revolución Ciudadana ya es una leyenda…algún día le dirás a tus nietos, como mi abuelo me contaba sobre Alfaro, yo cabalgué junto a Correa…”.  

Aunque la fórmula –linsonjero y distante- parece novedosa, quizás no hace sino condensar de modo edulcorado el clima de opinión trazado por la lucha política de años recientes. Entre la identidad aniquilatoria de las fuerzas de oposición –su proyecto de país es borrar toda huella de la Revolución Ciudadana del cuerpo social- y los sueños de cierta militancia radical de AP con la vida eterna del aún Presidente, Lenin Moreno sugiere surfear en las aguas calmas de un acompasado alejamiento de la ‘década ganada’: “…a pesar de todo esto hay gente que dice que quiere echar todo al tacho de la basura, ¡qué sinverguenzaría!…no compañeros, el pasado no volverá pero ahora tenemos que hablar de futuro, un futuro luminoso, en el que vamos por más, mucho más”. Ni transfiguración, ni calco. Des-correización en cámara lenta.

Cualquier lectura escéptica sospechará de una suerte de distanciamiento táctico y teatralizado. El día del lanzamiento de la candidatura de Moreno –durante la Convención Nacional de Alianza País- se pudo escuchar, sin embargo, la enconada diatriba del Presidente contra las facciones de su movimiento que sugerían que con Lenin debe emerger otro engranaje político: “continuismo sí, pero sin los mismos”. Nada más torpe, refunfuñó. No parecía de plácemes con la idea de cualquier desapego del ADN correísta de las filas de la Revolución Ciudadana. La cruda respuesta del mandatario contra las demandas de renovación de su movimiento parecían, esta vez, más que un capricho. Con cifras en mano podía reivindicar que su proyecto goza del suficiente anclaje popular para, en ese momento (y quizás aún hoy), resolver la lid electoral en primera vuelta.

En un entorno de prolongado enfriamiento económico, y de desgaste del “gran líder” luego de una década de gobierno, dicha posibilidad parecía absurda. Pero es lo que venía mostrando la demoscopia y cuando reina la democracia de audiencia, las encuestas contienen la carne y el espíritu de las convicciones. Por ello mismo resultaba desconcertante, por decir lo menos, que el Presidente desatendiera la otra parte de los numeritos en ciernes, aquella que evidencia que en conjunto las fuerzas anti-correístas –tal es su seña de identidad política- pueden englobar tanto o más voluntades que las listas 35-AP. Su fragmentación, más o menos sobreactuada, no esconde la relevancia de una corriente de opinión que se muestra profundamente agotada de la figura del mandatario y que sueña con la hora de la posesión del nuevo presidente. Nada evita más la frustración que carecer de grandes expectativas.

Es ahí donde entra en juego la (im)pertinencia del suave relato de Moreno. Su toma-de-distancia con Correa pretende colocarlo en el mismo terreno que han querido cosechar solo para sí las candidaturas de oposición. Les arrebataba de ese modo el monopolio de la explotación política de la fatiga con el correísmo mientras se posiciona al abrigo del significante del cambio. Nadie queda ya por fuera de ese signo de (fin de) época. A diferencia de las huestes de Nebot, Lasso o Moncayo, sin embargo, Moreno alcanza a contener también las brasas y lealtades del bloque gobernante. Solo desde allí podía hacer efectiva la compleja operación de ‘seguir estando en’ y ‘tomar distancia de’ la Revolución Ciudadana.

Este relativo distanciamiento –pactado o conquistado, oceánico o fluvial, ya se verá- aparecía a la vez como un recurso estratégico a fin de construir una candidatura blindable a la incertidumbre de los precios del petróleo, a las denuncias de corrupción y al rompecabezas del lugar que el ‘gran jefe’ ocuparía en la dinámica de la campaña. Más allá de esos combates, si el operativo de puesta-en-distancia contenía algún sentido promisorio, ese era el de forjar las condiciones políticas para reimaginar las vías de la emancipación luego de una década de contradictoria evolución del más ambicioso programa de transformación social que haya experimentado el país desde el retorno democrático. Cuando se proclamó la candidatura de Moreno iniciaban los preparativos para conmemorar “los diez años del proceso” y la Comisión Ideológica de AP ya había redactado el programa para el próximo mandato. Gobierno y Partido cerraban filas en torno a un relato apenas retocado. Guionizaban así a su nuevo portavoz. Cuando, ya presidenciable, Moreno se refirió al programa (y al partido) desde una enorme lejanía –“Ellos hablan de doce revoluciones, yo pienso que son grandes objetivos nacionales. Habría que revisarlos de uno en uno, muchas veces la memoria no alcanza para recordarlos todos”- la disputa parecía abrirse hacia el corazón mismo de la política del cambio.

El conato (auto) crítico quedó, no obstante, limitado por los devaneos tacticistas del entorno del nuevo candidato y tendió progresivamente a restringirse a su performance como la cara dialogante de la Revolución Ciudadana. “Yo se escuchar”, repite a donde va. Ese talante de Moreno es de sobra conocido desde sus días como vicepresidente. Siempre pudo sentarse con sirios y troyanos. La política del consenso y la renuencia al conflicto cotizan muy alto en los mercados y en los think thanks liberales pero no dibujan los contornos de un real programa de gobierno. Destrabar el debate democrático en la sociedad y en las instituciones es fundamental para apuntalar la transición en curso siempre y cuando se hagan explícitas las líneas centrales con que la política imagina la sociedad por venir mientras se deja impregnar por ésta. Sin dichas coordenadas no hay puntos de referencia expresos para distinguir los bemoles de la continuidad o los decoros del continuismo. Y sin embargo, ni en su calidad de vice-presidente ni en su faceta de candidato, Moreno ha mostrado especial propensión para posicionarse frente a los grandes litigios de la sociedad y para visibilizar sus particulares convicciones políticas. En ese sentido, la distancia con Correa es abismal y congénita. En el corazón de su escenificación del cambio anida la interpelación afectiva al electorado, la indiferencia con la batalla de las ideas, la repulsa a nombrar el conflicto, las dudas sobre la capacidad de conducción de la política, en fin. Moreno nunca ha dejado de dirigirse al país desde tales registros. Ni el ‘opus-deíco’ banquero Guillermo Lasso –que luego de cinco años en campaña sigue en segundo lugar aún si no ha conquistado sino a dos de cada diez electores- parece tan pautado como el candidato de AP por el guión post-político que impera en los mercados electorales de la región en medio de los éxitos duranbarbistas contra la furia politizadora del populismo sucio.

Luego del ciclo de polarización abierto en 2007, la pax post-correísta puede encarnar para muchos el significado más elevado de lo que esperan de un nuevo gobierno. Quebrar la centralidad del antagonismo no prefigura, sin embargo, cualquier agenda democrático-popular. Resulta inimaginable la persistencia de la transformación social cuando se elude de plano la productividad del conflicto. Entre sus ofertas electorales, de hecho, Moreno apenas si ha situado alguna línea de reforma política que pueda confrontarlo con algún sector social. La narrativa revolucionaria trasmutó en política de la ternura (“obras con amor”). Bastiones duros de la revolución ciudadana se confiesan desheredados. Dudan. El signo más consistente de la reconducción en curso es el desconcierto. En todo caso, hasta la fecha, semejante ambivalencia –el restringido modo que Lenin Moreno supo poner en escena para cuajar la fórmula del cambio en la continuidad- permite a AP encabezar las encuestas. En medio de un cierre de campaña atravesado por denuncias de corrupción en altas esferas gubernativas parece difícil, no obstante, que aquello le alcance para cumplir el objetivo fundamental del oficialismo: ganar en una sola vuelta. Ello exigiría de Moreno una demostración de extrema firmeza respecto a los límites del proyecto que representa y a la necesidad de combatir la impunidad. Su guión pacificador, empero, no parece programado para esa clase de exabruptos.

http://panamarevista.com/lenin-moreno-el-delfin-distante/

Juego de Tronos: Lucha de derechas ecuatorianas del siglo XX y XXI

Alberto Acosta, John Cajas Guijarro

Después de un prolongado dominio electoral, que giró alrededor de Rafael Correa -el caudillo del siglo XXI-, las elecciones de 2017 en Ecuador han creado incertidumbre entre dos posibilidades: que el país defina a su gobernante por los próximos cuatro años en una segunda vuelta electoral, o que continúe en manos del correísmo en primera vuelta. Tal incertidumbre nació por el manejo de todo el proceso de votaciones, especialmente por parte del Consejo Nacional Electoral: retrasos al presentar resultados oficiales (aun cuando éstos se esperaban “en cuestión de horas”); “fallas técnicas” en difundir resultados; actas con inconsistencias; un conteo rápido oficial cancelado; encuestas que solo generaron incertidumbre; elecciones con tintes autoritarios (p.ej. denuncias de alteración de las papeletas electorales); problemas para que Participación Ciudadana presente su conteo rápido; etc. En fin, se dieron múltiples denuncias de potencial fraude que incluso provocaron protestas frente al Consejo Nacional Electoral

En definitiva, el aroma de fraude es inocultable, independientemente del resultado final. Y afectará a cualquiera que sea el ganador: si gana el correísmo en primera vuelta, terminará débil y deslegitimado, y si gana en segunda vuelta, la manipulación electoral le hará sombra y pesará en su contra; si hay segunda vuelta y gana Lasso, su victoria no sería con un verdadero apoyo popular, sino el resultado de un voto útil contrario al correísmo. Semejante incertidumbre augura un futuro aún más conflictivo y el inicio de una grave crisis política e institucional. Situación que llega a su punto más alto en la confrontación entre la derecha del siglo XX -representada en este momento en Lasso- y la del siglo XXI -representada en estas elecciones en el correísmo sin Correa-. Una lucha entre quienes se disputan el poder sacando lo peor de sí, sin representar genuinamente los intereses de los estratos populares.

Ahora, cabe anotar que previo a la pugna Moreno-Lasso, ni siquiera las viejas derechas del siglo XX -representadas en Lasso y Cynthia Viteri (apoyada por el alcalde de Guayaquil, Jaime Nebot)- pudieron conciliar intereses y unificar listas. Tal fragmentación de la vieja derecha, y hasta los pactos que el correísmo logró con grupos de poder, hicieron que la vieja derecha no pueda asegurar la segunda vuelta. Todo esto denota la enorme complejidad, y quizá hasta la crisis de las clases dominantes en el país actual, en donde se vive una verdadera “lucha de tronos”. Pero, a pesar de semejante heterogeneidad, fragmentación y pugna entre derechas, en lo medular, todas terminarán haciendo lo mismo para mantenerse en el poder: exacerbar la explotación al ser humano y a la Naturaleza.

En este complejo escenario, las fuerzas populares deben redoblar su resistencia, independientemente de quién sea el triunfador final en las urnas. Semejante lucha se complica aún más al recordar que el candidato más cercano a las izquierdas, Paco Moncayo, alcanzó una baja votación, a pesar de que el correísmo está debilitado (a diferencia de 2013, cuando la imagen de Correa estaba en su mejor momento). Solo esto ya genera varias interrogantes: ¿Dónde quedaron los votos de la izquierda? ¿Qué le falta a la izquierda para ser una auténtica alternativa electoral? ¿Cómo hacer para que los proyectos de izquierda no terminen volviéndose hacia la derecha? ¿Cómo las fuerzas populares pueden construir opciones reales de poder en la actualidad y bajo las actuales reglas del sistema democrático?

A pesar de estas y muchas otras incertidumbres, el enfrentamiento entre el binomio Moreno-Glas impuesto por el caudillo, y el binomio Lasso-Páez establecido en conciliábulos empresariales, plantea varias certezas. Aun cuando su lucha aparente ser encarnizada, los candidatos de ambas derechas coinciden en varios ámbitos: económico, político, derechos y libertades individuales (incluyendo sexuales), etc. Si bien sus orígenes y discursos difieren, y sus simpatizantes hasta se confrontan, sus acciones anticipan cómo sería su gobierno desde múltiples puntos comunes. Básicamente, luego de la primera vuelta electoral, tenemos a dos grupos de poder que se disputan la batuta para llevar al país hacia un nuevo neoliberalismo, camino que ya empezó a ser trazado por Rafael Correa.

Lenín Moreno y su binomio, Jorge Glas, con larga experiencia gubernamental, sostendrán la propuesta de Correa. Propuesta que, como ya hemos mencionado en varias ocasiones, es el retorno a un neoliberalismo híbrido, un “neoliberalismo transgénico” pero neoliberalismo al fin y al cabo. Ambos, Moreno y Glas, en su papel de vicepresidentes-sombra del caudillo, mantuvieron “perfiles bajos” pero, en especial Glas, ganaron influencia dentro del gobierno. Por eso, ambos sintetizan -de alguna manera- una serie de corrientes e intereses al interior del movimiento político gobernante, Alianza País (cuya unidad interna ya plantea serias dudas). Solo recordemos todo el misterio al momento que Alianza País definía a su candidato presidencial.

A eso dejemos apuntado también que la carta de presentación del binomio Moreno-Glas fue su anuncio de ser el gran ganador en primera vuelta, anuncio hecho en medio de un ambiente electoral oscuro, matizado por el hedor a fraude, e incluso con un Jorge Glas que, cual “vidrio empañado”, se volvió una carga para la candidatura de Moreno (incluso Glas fue recibido con abucheos y gritos de “¡fuera Correa, fuera!” al momento de sufragar).

Mientras que así se presenta el binomio correísta, el presidenciable del binomio de CREO, Guillermo Lasso, no es nuevo en política. Ya fue funcionario público: fue gobernador del Guayas -principal provincia del país- y superministro de economía del entonces presidente Jamil Mahuad, gobernante de ingrata recuerdo en amplios sectores de la sociedad, derrocado en el año 2000. Mahuad, actualmente prófugo, estuvo al frente del Estado durante la grave crisis del tornasiglo, en la cual se impuso la dolarización y se dio el salvataje bancario. Ese salvataje, y otras acciones propias del ajuste neoliberal, hundieron en la pobreza a millones de habitantes de este pequeño país andino. Pocos años después, Lasso entró de lleno a la política electoral, enfrentando a Correa en las elecciones del 2013. Junto con Lasso, se presenta el vice-presidenciable Andrés Páez, jurista que saltó de la socialdemocracia en crisis hacia la derecha pura y dura.

Estos son algunos puntos de partida a tener presente para cualquier análisis de lo que podría ser un gobierno, ya sea de Moreno-Glas, o de Lasso-Páez. Ambos binomios representan intereses de grupos de derecha, que se disputan el poder precisamente luego de que Correa encaminara al Ecuador hacia un nuevo neoliberalismo.

Sin usar largas reflexiones, hay unas cuantas conclusiones básicas que rodean al “choque” entre las dos derechas. Al cabo de un poco más de diez años de correísmo, el período 2007-2017 es la década desperdiciada. No solo se vivió el gobierno de mayor tiempo ininterrumpido en funciones, sino el régimen con más ingresos en toda la historia republicana. Correa contó durante años con el mayor respaldo popular de las últimas décadas (incluso su victoria de 2013 no fue tan problemáticas como está resultando la “victoria” de 2017). Su gobierno tuvo una Constitución que le habría facilitado el camino institucional para transformaciones estructurales. Y todo con un ambiente internacional, sobre todo sudamericano, propicio para cambios serios tanto económicos -por los elevados precios del petróleo- como políticos e integracionistas, pues -como pocas veces- hubo un escenario favorable al progresismo, desde Venezuela a Chile, exceptuando Colombia y Perú; momento en que EEUU tuvo una posición hasta tolerable.

El saldo de la década es pobre. Se redujo la pobreza, pero aumentó la concentración de la riqueza como nunca antes, ganaron desde las grandes corporaciones hasta los bancos; una situación entendible por la redistribución de una parte de los elevados ingresos fiscales sin afectar la modalidad de acumulación capitalista. En palabras del propio Correa: “no es nuestro deseo perjudicar a los ricos, pero sí es nuestra intención tener una sociedad más justa y equitativa”. No se redistribuyó ni la tierra ni el agua, menos aún otros medios de producción. Igualmente en palabras del propio Correa: “la pequeña propiedad rural va en contra de la eficiencia productiva y de la reducción de la pobreza… repartir una propiedad grande en muchas pequeñas es repartir pobreza”. No se afectaron las estructuras oligopólicas de los mercados. No se transformó la “matriz productiva”, sino que se profundizaron los extractivismos: extractivismo agrario, en favor de los agronegocios y en detrimento de los campesinos; extractivismo petrolero, ampliando la frontera petrolera al sur de la Amazonía y enterrando la revolucionaria Iniciativa Yasuni-ITT (por manifiesta incapacidad de Correa); extractivismo minero: Correa resultó el mayor promotor de la megaminería, llegando incluso más lejos que los anteriores gobiernos neoliberales. Se mantuvo la elevada dependencia importadora en insumos y “bienes de capital”. Y la economía queda altamente endeudada, con una producción paralizada ya por casi tres años según cifras oficiales (si no es más…) y una dolarización en condición incierta.

Solo tengamos presente que el proceso de agresivo endeudamiento público, incluyendo el retorno del Ecuador al redil del FMI, se dio en 2014, cuando los precios del petróleo aún bordeaban los cien (100) dólares por barril. Y súmese a lo anterior, en este apretadísimo resumen, la corrupción que ahoga a todo el gobierno en casos como: Odebrecht; Refinería de Esmeraldas; Refinería del Pacífico; preventas petroleras; mal manejo de disputas con petroleras extranjeras (p.ej. caso del campo Palo Azul con Petrobras); hidroeléctricas con retrasos y aumentos drásticos en precios; onerosos gastos en “nuevas” universidades, con sueldos despegados de la realidad ecuatoriana; abandono de empresas públicas en sectores vitales (p.ej. ENFARMA, TAME); privatización de activos públicos (p.ej. venta de gasolineras de Petroecuador); entrega de campos petroleros y potenciales desvíos de fondos de inversión petrolera al presupuesto general (p.ej. Auca y Sacha); apoyo al capital transnacional en telecomunicaciones (p.ej. renovación de contratos con Claro y Movistar en 2008); y un largo etcétera…

En el campo de la política la década no es alentadora, ni siquiera para el correísmo. Es innegable que el país vivió una larga estabilidad explicable, en especial, por el consumo exacerbado o consumismo incentivado con la modernización capitalista. Inclusive la aceptación del presidente Correa tiene su fundamento en ese punto, por eso se anticipó oportunamente que cuando el correísmo ya no pueda sostener el consumismo, entrará en crisis política. También la “estabilidad” se logró con esquemas represivos exacerbados en 2015, incluyendo la detención de centenares de manifestantes.

Pero esa “estabilidad” parece llegar a su fin. La imagen de Correa se ha deteriorado aceleradamente luego de las elecciones de 2013. Hay un debilitamiento sostenido de la hegemonía que ejercía el correísmo. Tal situación se observa, por ejemplo, en las votaciones que no fueron hacia el binomio oficialista en 2017: incluso con datos oficiales, más del 60% de votos válidos no fueron para ellos, porcentaje mayor si se toma en cuenta a nulos y blancos. Si a ese bajo apoyo popular sumamos el manejo -nada transparente- del proceso electoral, y la crisis económica, quizá ya podemos pensar en una crisis de la hegemonía correísta.

Lo cierto es que, desde hace ya varios años, sabemos que Correa no estaba para alternativas, mucho menos para revoluciones. Peor aún, ya con la evidencia de la historia, podemos ver que Correa nunca ha estado para utopías como aquellas que inspiran al Buen Vivir o sumak kawsay.

La recuperación del Estado, que impulsó Correa, devino en desmedro del fortalecimiento de la sociedad. Así el Estado fortalecido ha servido para imponer autoridad, disciplina, orden y hasta para modernizar la explotación capitalista al ser humano y a la Naturaleza. Y, lo más perverso, todo en nombre de la Patria, del “progreso” y del propio Buen Vivir.

En síntesis, Correa enterró pronto las propuestas de cambio iniciales, y se transformó en el caudillo del siglo XXI. Así, al no haber generado una acción política radical, que cambie las estructuras sociales y económicas, Correa se ahogó en los discursos. De ese modo, luego de unos cuantos intentos postneoliberales, volvió al neoliberalismo. Lo logró usando un Estado modernizado y fortalecido, que le permitió alcanzar “logros” inalcanzables para los gobiernos neoliberales anteriores; como, p.ej., la mencionada megaminería, que aparte de la destrucción ambiental y humana que provoca, ni siquiera en términos económicos generaría al país grandes ingresos.

Yendo incluso más lejos, ante una potencial victoria de Lasso en segunda vuelta, desde ya podemos decir que el principal promotor de semejante victoria será el propio correísmo. Fueron las prácticas y fallas correístas las que políticamente hundieron a cualquier opción real de izquierda. El correísmo creó una imagen falsa de la izquierda que, tarde o temprano, se va a pagar muy caro.

El saldo, entonces, no permite confusiones. No están en juego dos formas de entender el Estado y, menos aún, la posibilidad de plantear alternativas profundas. Las dos son opciones de derecha, con diferencias confundidas en los matices. Recordemos que el correísmo se concentró en modernizar el capitalismo, dando al Estado toda una institucionalidad autoritaria. Lasso tendría el mismo objetivo modernizador, con mayor presencia empresarial, pero sin desmontar totalmente el Estado (especialmente para efectos de control y represión): la derecha parece que ya aprendió la lección, luego del anterior fracaso neoliberal. Esto es aún más complejo si la vieja derecha, que tiene una larga experiencia en esta materia, replica el “éxito” correísta al mantener la actual institucionalidad autoritaria y antidemocrática.

Moreno, por su forma de ser, sería un presidente menos prepotente y autoritario, a diferencia de Correa. Viviríamos una suerte de correísmo sin Correa, aunque eso sí, con Glas en el gobierno y Correa en el poder. Y Lasso sintetizaría una suerte de correísmo 2.0, es decir, un correísmo sin Correa ni Glas, en donde el Estado pierda algo de presencia (no toda) pero que, en esencia, terminará haciendo lo mismo que el gobierno de Correa: modernizar nuestro capitalismo dependiente e impulsar una restauración conservadora.

En ambos casos seguiremos con el correísmo al fin y al cabo. Y, desde múltiples trincheras y desde las calles, las fuerzas populares seguirán en la lucha.

http://sociologia-alas.org/juego-de-tronos/

La suerte está echada

Adrián Tarín

Tras dos días de incertidumbre, el Consejo Nacional Electoral (CNE) admitió que las elecciones presidenciales ecuatorianas de 2017 tendrán que resolverse en segunda vuelta. Cabe realizar, aquí, algunos comentarios ponderados que nos ayuden a comprender por qué hemos llegado a este punto y cuál es el estado de cosas.

Alianza País inició este periodo electoral con una transición de liderazgos inconclusa. Si como dice Carlos Fernández Liria (2016) el líder carismático, como canalizador del malestar general, parece necesario en cualquier proyecto populista, el desplazamiento de este depósito hacia Lenín Moreno no fue eficiente. La alargada sombra de Rafael Correa ocultó lo mucho o lo poco que Moreno pudiese ofrecer y, como muestra, pueden citarse dos anécdotas ilustradoras: (1) mientras el candidato oficialista debatía con sus adversarios en televisión, la noticia fueron los comentarios en Twitter del todavía Presidente en funciones; (2) aunque el candidato de Alianza País es Lenín Moreno, la oposición continúa gritando “fuera Correa, fuera”. El partido del gobierno presentó, así, a un hombre con perfil tranquilo, cuyo principal valor es su supuesto talante conciliador en contraste con la tradicional y necesaria polarización “correísta”. Podría ser que la misma sociedad que reclamaba a gritos un descanso de tanto “conflicto revolucionario”, necesitara en secreto un poco más de aquello para reactivar la movilización.

Pero además de los perfiles presidenciables pueden rescatarse otros elementos que jugaron en contra del partido verdeflex. En primer lugar, aunque no más importante, podría hablarse largo y tendido de la poca originalidad demostrada en su propaganda electoral: el grueso de sus spots se basó en una sucesión de imágenes de progreso (infraestructuras) y sonrisas interculturales envueltas en una canción emotiva. Nada que no se hubiese visto antes. Los productos estuvieron, en suma, fuera de toda moda, quedando por completo ausente la narración de historias que tan bien manejaron en otras ocasiones con La bicicleta o La feriatta. Igualmente tampoco pareció ser efectiva su posición en la disputa por el significante “cambio”, que sin duda supuso el eje discursivo central en la campaña. Hay que reconocer, aquí, que Alianza País lo tenía difícil, y al mismo tiempo, que ante dicha complejidad optó por el camino perezoso de plantear lo que se espera de toda relación gobierno-oposición: unos, defendiendo la gestión, y otros, pidiendo un cambio. Lenín Moreno quiso hacer malabares con el lenguaje planteando que “el verdadero cambio” era “seguir cambiando” o, en otras palabras, “continuar haciendo lo mismo”. Lasso y compañía, sin embargo, proponían un cambio real, aunque no necesariamente a mejor.

Por otro lado, lo que quizá más ha pesado en el partido de gobierno es su desconexión casi total de los movimientos sociales. Algunos de éstos tienen una extracción genuinamente popular, como el indígena (Rafael Correa nunca consiguió conciliar la necesidad de financiamiento de las reformas sociales y los derechos de las nacionalidades ecuatorianas), pero otros, quizá la mayoría, se nutren del mismo cuerpo social que ascendió cultural y económicamente gracias al proyecto de la Revolución Ciudadana: la nueva clase media.

La “década ganada” nunca, siquiera hoy, ha interpelado con éxito al “monstruo” que había creado, y todavía considera un artículo de lujo comprarse una laptop o viajar en avión. Esta incapacidad para asistir a sus nuevas criaturas es uno de los principales deberes de la socialdemocracia latinoamericana que ha administrado la región en los últimos años. El célebre meme que culpabiliza a la clase media por, una vez ascendida, “creerse oligarquía” y votar a la derecha, debería incluir una nota al pie que aclarara que dicha creencia se fundamenta, principalmente, en el abandono emocional al que es sometida con frecuencia por sus padres. Si algo aprendimos de Gramsci es que la hegemonía sólo es posible cuando la clase dirigente consigue seducir a las demás haciéndolas sentir que sus intereses son comunes. La represión generalizada y la desatención no parecen ser, desde luego, los mecanismos más inteligentes para recrear dicha ilusión.

Y en estas estábamos cuando el 19 de febrero por la noche, en vista del ajustado resultado que permitía la segunda vuelta, la oposición en bloque decidió tomar como definitivas las encuestas que le interesaban -obviando las que no- y concentrarse frente al Consejo Nacional Electoral (CNE) reclamando un supuesto fraude en los comicios. Excluyendo las malintencionadas desinformaciones que muchos impulsaron en redes sociales, compartiendo vídeos, comunicados y fotografías que no se correspondían con la realidad, es necesario admitir que la tardanza en escrutar el 100% de los votos válidos favoreció el estado de ánimo de que algo turbio estaba ocurriendo, y algunos en el ejército, en los medios y en la Conferencia Episcopal echaron más leña al fuego. En honor a la verdad, también otros vídeos que circularon por nuestros smartphones mostraban realidades difícilmente sostenibles, como decenas de fundas de plástico llenas de actas electorales zarandeadas por la multitud en las calles. Si no hubo fraude, cerca estuvo.

Frente al CNE se reunieron, durante dos días completos, tanto la derecha ecuatoriana como parte de la izquierda electoral opositora, lo que demuestra, a mi juicio, que en esta coyuntura es más fuerte el eje “correa-anticorrea” que el “izquierda-derecha”. Y no es, esta, una situación exclusivamente electoral: desde que llegué al país en 2014, en todas las marchas contra el gobierno confluían amistosamente quienes querían expulsar a los cubanos del país y los estudiantes anarquistas de la FEL. Seguramente, muchos de los que honesta e ingenuamente pensábamos desde la izquierda que en dicha unión llevábamos la voz cantante, viendo los resultados electorales deberíamos admitir que pudimos ser usados por la burguesía quiteña para rellenar espacios en las calles.

Esta unión “no-hegemónica” por la izquierda, como digo, continuó durante las protestas frente al CNE. Y en ellas, los partidarios de la candidatura de Paco Moncayo jugaron un papel estratégicamente estremecedor: tuvieran más o menos razones para sospechar del escrutinio, su contribución a construir el imaginario del fraude les convirtió automáticamente en cómplices de Lasso. Porque pelear para que haya segunda vuelta es poner la alfombra roja al candidato de la banca. Y aquí cabe aclarar algunos asuntos (espero que se me perdone el uso estilístico del imperativo, pues no es mi intención dar lecciones a nadie):

  • En unas elecciones presidenciales como las ecuatorianas no importan los tonos medios y sólo hay dos opciones que compiten. Desde antes del 19 ya se sabía que esas dos eran Lenín y Lasso. Todo lo demás eran ilusiones. Votar al cuarto o al octavo lugar no es más que un ejercicio de autocomplacencia.
  • Descubrir el 19 por la noche que Lasso podía ser presidente y echarse las manos a la cabeza es una irresponsabilidad. Que la única opción de que Lasso no fuese presidente era que Lenín ganase en una sola vuelta era vox populi desde hacía semanas.
  • Distanciar el voto válido de la lucha, como hace el lema “no votes, elige luchar”, es obviar todo lo mucho y bueno que nos enseñó Gramsci con su guerra de posiciones. Seguramente, hay mucha más lucha en el plano electoral nacional, teniendo que batallar con mil contradicciones, que en las concentraciones marginales de 20 militantes puros.
  • La dignidad de no votar, si se hace en secreto y no como campaña, es un acto antipolítico, una ensoñación “saramaguista” que confunde la lucidez con la ausencia total de politización del dolor.

Una imagen que quedará para la posteridad y que ilustra cómo frente al CNE la burguesía defendió sus intereses -haciéndole creer a Pachakutik, a Izquierda Democrática y a Unidad Popular que lo que realmente hacía era disputar una causa común- es una instantánea viralizada en Facebook en la que un manifestante, blanco y elegante, paga a un limpiabotas para que le deje impolutos sus caros zapatos. Mientras que Lasso está más cerca de ser el primero y cualquier indígena de ser el segundo, Lourdes Tibán dio un encendido discurso amenazando con el paro nacional si no había segunda vuelta.

Si esta fotografía no refleja con puridad lo descarnada que es la derecha ecuatoriana, animo a cualquiera a que revise las últimas publicaciones en redes sociales sobre Manabí: centenares de mensajes deseando un nuevo terremoto y criticando el nivel educativo de los manabitas por el simple hecho de votar, masivamente, al gobierno que comunicó sus pueblos con carreteras dignas. Porque sí: aquello que entre la izquierda intelectual de Quito hace mucha gracia (las carreteras) en otras partes del país resulta imprescindible vitalmente. Recuerdo aquí una verdadera frase que compartió el sociólogo David Chávez en un espacio radiofónico en el que coincidimos la semana pasada: “habría que analizar cuánto del sentido común de la izquierda está realmente a la derecha”.

El escenario que se presenta de aquí al 2 de abril es muy complejo: por un lado, una tibia socialdemocracia que en el último lustro ha reprimido a quienes debía servir y que, para colmo, parece salpicada de escándalos de corrupción. Por otro, una derecha a la que ni siquiera le avergüenza defender los paraísos fiscales en un referéndum (cosa que, dicho sea de paso, también hizo la Izquierda Democrática), y cuyos referentes internacionales han destruido el Estado del Bienestar. Por medio, una izquierda parlamentaria que construye toda su identidad en su oposición al correísmo. Y en los márgenes, una izquierda extraparlamentaria que orgullosamente defiende el voto nulo ocultando que no fue capaz de construir, en diez años, un verdadero proyecto que corrigiese el errático rumbo de la Revolución Ciudadana. Que cada uno elija su opción, aunque con la permanente sensación de que, como decía Julio César, alea iacta est.

Referencias bibliográficas

Fernández Liria, C. (2016). En defensa del populismo. Madrid: Catarata.

https://lalineadefuego.info/2017/02/22/la-suerte-esta-echada-por-adrian-tarin/

sociólogo y profesor-investigador del Departamento de Estudios Políticos de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso)-Ecuador.
Economista, fue ministro de energía y minas y Presidente de la Asamblea Nacional. Opositor de izquierdas al gobierno de Rafael Correa.
Economista ecuatoriano. Profesor de la Universidad Central del Ecuador.
Periodista y Docente en la Universidad Central del Ecuador.
Fuente:
Varias