Editorial. Barcelona, ciudad de paz: No tenim por!

Antoni Domènech

Gustavo Buster

Daniel Raventós

20/08/2017
Diez minutos antes de las cinco de la tarde del pasado 17 de agosto comenzó el ataque terrorista, reivindicado por el Estado Islámico, que ha provocado 13 muertos y más de 130 heridos, algunos de ellos muy graves, en Barcelona. Esa misma madrugada, otro vehículo como el que había provocado los atropellos en las Ramblas, se lanzó contra los viandantes en Cambrils (Tarragona), matando a una mujer e hiriendo a otros cuatro, uno de ellos muy grave. Cuando los cinco ocupantes del vehículo salieron armados con cuchillos, hachas y cinturones de explosivos, fueron abatidos por los Mossos d’Escuadra, la policía autonómica catalana.
 
Todo parece indicar que la célula del Estado islámico que ha llevado a cabo ambos atentados se constituyó hace unos meses en la población de Ripoll, bajo la dirección del imán de la mezquita local, Abdelbaki Es Satty, que había llegado a la localidad hace unos dos años. Se desconoce aun el número exacto de los miembros de la célula, aunque la policía cree que estaba compuesta por unas 12 personas, además del imán de Ripoll. Una ciudad que está viviendo muy traumáticamente la constatación de que los principales protagonistas del atentado hayan sido vecinos “normales y corrientes”, como uno de nosotros ha constatado personalmente a lo largo de estos días.
 
Hasta el momento, la hipótesis de la policía es que un accidente el 16 de agosto en la fabricación de explosivos en una casa en la población de Alcanar, Tarragona, donde llevaban meses preparando los ataques, precipitó los acontecimientos. En el lugar de la explosión se han encontrado restos de tres personas, entre ellas el imán Es Satty. La policía busca a Younes  Abouyaaqoub, de 22 años, que podría ser el conductor del vehículo asesino en las Ramblas de Barcelona. Siete de los supuestos terroristas están muertos y otros cuatro han sido detenidos.
 
El estado islámico como terrorismo global
 
A pesar de todo, el terror del Estado Islámico también tiene un contexto. Pocas horas después se producía un ataque a cuchillo en Turku, Finlandia, que ha dejado 2 muertos y 8 heridos. Y otro más en la ciudad rusa de Surcut, con 8 heridos. Desde el comienzo de 2017, fuera de las batallas de Mosul (Irak) y Raqqa (Siria), capitales del autoproclamado califato del Estado Islámico, los terroristas de ISIS han llevado a cabo unos 25 ataques indiscriminados, que han provocado unos 100 muertos y mas de 6.900 heridos este año. Sin incluir en esta lista enfrentamientos abiertos como los que tienen lugar en Somalia, en el sur de Siria junto a la frontera libanesa o en un lugar tan distante como la ciudad de Marawi, en Mindanao, Filipinas, donde los muertos se cuentan por cientos.Tres días antes de los atentados de Barcelona y Cambrils, 18 personas murieron en la capital de Burkina Faso, Ugadugu, en un ataque con armas a un restaurante turco frecuentado por extranjeros. 
 
Como se ha recordado estos días, la mayoría de los ataques terroristas reivindicados por el Estado Islámico no ocurren en Europa Occidental, sino en los países que forman la segunda linea del conflicto del Próximo Oriente. Pero en este año ya trágico de 2017, el Reino Unido ha sufrido dos ataques en Londres en marzo y junio, con un saldo de 15 muertos y casi 100 heridos, y uno en Manchester en mayo, con 22 muertos y 59 heridos. Francia ha vuelto a sufrir un ataque en abril, con dos muertos y dos heridos. Pero el ataque en Bagdad dejó 70 muertos y 100 heridos en enero; los de Sehwan (enero) y Mastung (mayo) en Pakistán suman 115 muertos y 337 heridos; los de El Cairo (abril) y Minya (mayo) contra la comunidad copta egipcia 69 muertos y 158 heridos y la lista sigue y sigue….
 
El contexto ayuda a identificar las causas. Y estas son bastante evidentes, por complejas que sean. El colapso del orden internacional bipolar provocado por el derrumbe de la URSS en 1991, ha convertido todo el Oriente Próximo en una zona de fricción geopolítica que ha provocado tres guerras imperialistas de un nivel de destrucción y barbarie sin precedentes, la polarización de las potencias regionales en dos bloques con intereses irreconciliables, la intervención militar de las potencias globales y millones de víctimas, desplazados y refugiados para los que las promesas de democracia, libre mercado y seguridad son una farsa trágica, muy trágica, de la globalización capitalista.
 
Sus efectos y ondas han alcanzado a todo el planeta, pero muy especialmente al mundo árabe e islámico que los ha vivido desde el fracaso de la descolonización y la modernización prometidas. Millones de personas han respondido a este descenso a la barbarie desde un marco cultural e ideológico que, para superar su propia descomposición ante el choque con la globalización capitalista, ha hecho suya la guerra de civilizaciones y una utopía tan reaccionaria como el califato territorial y virtual del Estado islámico y sus promesas de convertir a las víctimas en verdugos, por breve que sea el momento de alcanzar un paraíso imaginario.
 
Cuando el Estado Islámico se enfrenta a la agonía de su califato en Raqqa y Mosul, acosado por unas alianzas que reproducen las causas que permitieron su nacimiento, en un conflicto abierto por la hegemonía imperialista de las potencias regionales e internacionales, su repliegue a otros escenarios, como el europeo busca mantener las cenizas calientes de su desastre mediante el terrorismo y renacer de ellas en las comunidades marginadas de la emigración musulmana. Esta parece ser la función de la nueva estructura del Estado Islámico, Anmiyat.
 
La célula de Ripoll, como las de Londres, Manchester, Paris o Niza, no son sino la reproducción en la emigración forzada desde el Magreb o Pakistan de ese mundo de desarrollo desigual y combinado a presión por la Gran Recesión, que busca el amparo cada vez menor de un estado del bienestar cada vez más rácano.
 
Sesgos y contextos de las narrativas políticas
 
Los atentados de Barcelona y Cambrils, como en cada una de estas ocasiones terribles, han vuelto a confrontar todas estas narrativas, también en el contexto específico de la sociedad catalana y del pulso del 1 de octubre entorno al derecho de autodeterminación.
 
Y las experiencias y la cultura popular pesan, conformando una visión colectiva, como se ha percibido claramente en estos días. La rapidez de la reacción popular, apoyando el discurso del equipo de Ada Colau desde el ayuntamiento de Barcelona, que se hizo eco e intérprete de esa sensibilidad democrática, ha sido muy significativa. “Barcelona, ciudad del paz” y  “No tenim por!” (¡No tenemos miedo!), se han convertido en dos afirmaciones rotundas frente a la islamofóbia o el recorte de las libertades democráticas en nombre de la seguridad. Con tal fuerza,  que han cegado todo espacio político a cualquier otro discurso. Que por cierto, rozó la parodia con el twit de Donald Trump proponiendo exterminar a los terroristas islámicos con balas bañadas en sangre de cerdo, alegando precedentes falsos de la intervención imperialista de EEUU en la Guerra Mora de Mindanao, Filipinas, a comienzos del siglo XX.  
 
Ese discurso democrático cívico, heredero de las mejores tradiciones republicanas, sumó a la Generalitat de Catalunya, cerrando el paso a ciertos discursos racistas de la derecha catalanista. Contextualizó también el pulso de narrativas que desde el primer momento se produjo entre el gobierno español y el gobierno catalán. Y tuvo su mejor materialización en la movilización espontánea masiva de vecinos contra los intentos de manifestación de minorías fascistas, expulsándolos de su barrio. Y sin duda será el que marque el tono en la gran manifestación de repulsa de los atentados convocada para el próximo sábado 26 de agosto.
 
Políticamente, este es el hecho más importante producido por los atentados: la aparición en escena, de manera democrática y cívica, de la mayoría de la población, determinando los acontecimientos, decidiendo por si mismos la repulsa a los atentados terroristas del Estado Islámico. Lo que honra a las instituciones catalanas en esta hora es que se hayan plegado y hecho eco de la movilización popular.
 
Y por eso contrasta con tanta fuerza con el discurso del Gobierno Rajoy. Sus muestras de solidaridad y condena han sido estrictamente institucionales, haciendo hincapié en una “unidad ante el terrorismo” interpretada de manera unilateral y monocorde, que indirectamente responsabiliza al soberanismo catalán de su falta. Que por cierto, también rozó la parodia en una viñeta de Peridis en El Pais (“Nosotros seguimos con la hoja de ruta” / “Nosotros seguimos con la hija de luto”), que pasará a la historia de la infamia.
 
Como infamia putrílaga es este editorial de El Mundo del 18 de agosto, cuyo rastrero título -"Unidad y firmeza en la lucha contra el yihadismo en toda Europa"- decía cosas así: “Cataluña es la autonomía en la que, según los servicios de información del Estado, la comunidad islámica muestra más síntomas de fundamentalismo y mantiene mayores vínculos con grupos extremistas en toda Europa. Allí, además, es donde los procesos de radicalización son más rápidos y, según los expertos, representa el primer lugar de España en el que el Estado Islámico (IS) mantiene una intensa movilización, a través de muchas mezquitas descontroladas y de la impunidad con la que la propaganda yihadista se propaga por las redes cibernéticas. Estos datos tendrían que hacer reflexionar a las autoridades catalanas sobre una política de acogida en la que han primado a veces los intereses electoralistas, vinculados al independentismo, sobre la seguridad nacional”.
 
O el intento de contraponer la piedad monárquica a la indignación republicana, con la visita de Felipe VI a los heridos o la misa funeral en la Sagrada Familia frente a la ocupación plebeya de las calles recuperando su vida cotidiana.
 
En medio de la contención impuesta por la dignidad de la respuesta cívica, sin embargo, queda para la historia que se tardó más de 24 horas en hacer converger los procesos institucionales de coordinación del gobierno español y el gobierno catalán, la gélida rueda de prensa conjunta de Puigdemont y Rajoy, los desatinos del ministro del interior Juan Ignacio Zoido dando por cerrado el caso cuando todavía hay un supuesto terrorista huido u ofreciendo inexistentes equipos de ayuda a las víctimas. Pero los sectores de derecha extrema que en Madrid exigían elevar la alerta terrorista al nivel 5, con patrullas militares en las calles, se quedaron sin voz ante la movilización cívica en las calles y el Gobierno Rajoy descartó de inmediato cualquier medida que pudiera interpretarse como un recorte de las competencias de la Generalitat catalana. Competencias que, como también se ha recordado estos días, se han encontrado con limitaciones como la impugnación reciente de 500 plazas para Mossos d’Escuadra y su falta de acceso directo a las estructuras de información antiterrorista de Europol.
 
Lo que se recordará de los atentados de Barcelona y Cambrils, del delirio terrorista de la célula de  Ripoll del Estado Islámico, será simplemente el inmenso dolor de sus víctimas, el desconsuelo de sus familias, amigos y vecinos, y la sabia respuesta popular, decente, digna y democrática levantando una muralla cívica contra la barbarie y sus manipuladores. Una derrota aplastante, en definitiva, del Estado Islámico cuando intenta renacer de sus cenizas de Raqqa y Mosul.
Editor general y miembros del comité de redacción de Sin Permiso.
Fuente:
www.sinpermiso,info, 20 de agosto 2017
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