EE UU: Dos reseñas de Fire and Fury

Peter Conrad

Lloyd Green

29/01/2018

Fire and Fury: Inside the Trump White House, de Michael Wolff [Little Brown, 2017]

Peter Conrad

Todo el mundo sabía lo que contenía este libro antes de que nadie lo leyera, y las primicias esquilmadas en los titulares previos a la publicación son ya noticias antiguas. Sí, aquí tenemos la afirmación de Bannon de que la campaña de Trump puede que tuviera una reunión con agentes rusos que fuese “traición”, además de la funesta advertencia de que Ivanka cree que su marca es potencialmente presidencial. Wolff asemeja inevitablemente el encubrimiento del asunto ruso a los embustes de Watergate, y nos pone brevemente al día del Pissgate y el Pussygate – que son, respectivamente, la espuria historia de la “lluvia dorada” [de prostitutas con Trump en un hotel] en Moscú, y la baladronada de Trump, de la que hay más pruebas, acerca de su éxito como sobón (aunque, creyendo evidentemente que el privilegio del ejecutivo protege su mendacidad, afirma ahora que “la verdad es que no soy yo” el de esa grabación). 

Fire and Fury también lo cuenta todo sobre el laqueado trampantojo del peinado de Trump, con bucles teñidos y peinados sobre un cráneo que está totalmente calvo y resuena vacío. Pero más allá de esos actos de denuncia, lo que hace el libro importante es su taimado e hilarante retrato de un hombre hueco para el que el mundo entero prácticamente ha desaparecido en el agujero negro de su ego necesitado y codicioso. Wolff se lamenta de  Trump, explica las condiciones que lo hicieron posible y nos acusa a todos nosotros de colusión en esta locura.  

Empieza por aseverar el nihilismo de Trump, incluso su insignificancia. Roger Ailes, ideólogo de [la cadena televisiva] Fox, sacó la conclusión de que carece lo mismo de principios que de temple. Un asesor económico de la Casa Blanca le considera “menos una persona que un conjunto de rasgos terribles”. O quizás de aterradores tuits: Trump ni lee ni puede leer, de modo que encuentra problemático un discurso coherente, y degenera enseguida en repetición temblequeante o en infames invectivas. Twitter es la forma de expresión que escoge porque se corresponde con las ansias espasmódicas por las que se ve impulsado.

Los ayudantes de Trumple le tratan como a un “tozudo de dos años de edad”: este crío setentón escupe todo los días el chupete, rabioso. Rupert Murdoch cree que es “un puñetero idiota” y se dice que Rex Tillerson le ha llamado “jodido imbécil”, y en ambos casos las groserías registran una exasperada incredulidad por lo que Wolff describe como una combinación rimada de “estupidez y avidez”. En respuesta a ello, ha proclamado de sí mismo que es “un genio muy estable”, lo que no hace más que confirmar las estimaciones previas. Este es el hombre que pronunció el nombre de Xi Jinping como Ex-ee, y que tuvo que ser reprogramado para que pensara en su colega chino como una mujer para que esa boca suya permanentemente de morros pudiera pronunciar el monosílabo “She” [en inglés, “ella”] cuando se encontraran.

Para ser justos con él, Trump nunca quiso ser presidente y quedó tan espantado, viene a sugerir Wolff, como el resto de nosotros cuando ganó. El único objetivo de su chabacana existencia consiste en ser “el hombre más famoso del mundo” – me pregunto si, por el contrario, el más infame será lo propio– y su alarmante y estremecedora victoria se le antoja a Wolff una “añagaza del destino”, su “brusco merecido” incluso. Sin cualificación para el puesto e incapaz de desempeñarlo, remiso hasta para comportarse presidencialmente, la venganza de Trump ha consistido en arrastrar por el suelo el cargo que ostenta, paralizar el gobierno y calumniar al país que su gorra de béisbol dice que quería hacer de nuevo grande.

Pero Wolff no nos permitirá echarle enteramente la culpa a Trump en lo tocante a los palurdos de los estados republicanos que le votaron ni a los saboteadores rusos que prestaron su ilícita ayuda. Son hoy sus enemigos quienes alimentan sus payasadas. Trump no tiene interés alguno en concebir legislación o dirigir la política exterior; su tiempo lo pasa viéndose en televisión, y Wolff acusa a periodistas y presentadores de noticiarios de mantener una obsesión recíproca. Trump, declara de manera brillante, es “un símbolo del autodesprecio de la propia prensa”. Esa imputación se aplica a Wolff en particular. Consiguió permiso para pasar el rato en el Ala Oeste después de escribir un artículo suave acerca de Trump para una revista de Hollywood, y aquí traiciona a sus fuentes confidenciales de la Casa Blanca con la esperanza de salvar su mala conciencia.

“Yo lo considero ficción”, ha dicho Trump del libro de Wolff. También yo, aunque no dude de su veracidad en conjunto: es lo que Mailer y Capote llamaron una vez novela de no ficción, con Wolff de narrador omnisciente que se imagina en reuniones de las que sólo ha oído hablar a otros, y escribe como si estuviera al tanto de los cálculos mentales de sus personajes. Trump, que es todo “ello”, no ofrece resistencia a esta escucha subrepticia. “Hay mucho bullendo en su cabeza”, dijo una vez, asombrado, acerca de Bannon. Sí, señor presidente, es lo que se conoce como pensar.

Para caracterizar a Trump, Wolff recurre a toda una serie de arquetipos norteamericanos – el charlatán obsequioso de Muerte de un viajante, de Arthur Miller, el populista rústico interpretado por Jimmy Stewart en Mr. Smith Goes to Washington [Caballero sin espada, 1939], de Frank Capra, que representa los valores que él pretende falsamente venerar. Los conseguidores de Trump tienen identidades caricaturescas de la cultura “pop”. Jared Kushner es Jeeves, mayordomo servil pero altanero, mientras que Ivanka se asemeja a una melindrosa  princesa de Disney; ambos quedan fundidos en Jarvanka, lo que hace que suenen como mutantes de Star Wars, compañeros de perrera de Chewbacca. Donald Trump junior, desventuradamente inducido a codearse con los rusos en la Torre Trump, es Fredo, el hermano lerdo que ha de ser ejecutado en El padrino. Kellyanne Conway recibe el apodo de Uñas, en homenaje a sus garras de manicura a lo Cruella de Vil. El homúnculo de voz chillona Jeff Sessions aparece como Mister Magoo. Anthony Scaramucci, también conocido como el Gorrón, no necesita ningún prototipo bidimensional, puesto que él mismo es un dibujo animado.

Bannon, el informante más indiscreto de Wolff, recibe un tratamiento más completo, y Wolff especula con lo que Updike o Elmore Leonard podrían haber hecho de él. Con manchas del hígado, de mofletes caídos, protuberante, Steve el Desaliñado es la encarnación misma de un mugriento político de Tammany Hall [símbolo decimonónico de la corrupta maquinaria política neoyorquina]. Pero estalla de modo bíblico y utiliza el micrófono como Josué dando alaridos ante las almenas de Jericó con su trompeta, o despotrica igual de proféticamente a modo de Casandra. Y a despecho de su religiosidad, algunos colegas le denigran como a un Rasputín demoníaco.

Bannon hace una poderosa aportación al coro escatológico del libro, que se inicia cuando George W. Bush describe la enloquecida diatriba de Trump en su toma de posesión como “una especie de extraña mierda”. Luego, Bannon denomina una “mala mierda” el encuentro ruso de Don Jr; Wolff; también le concede la última palabra cuando, anticipando nuevos conflictos, prevé que el futuro será una “loca mierda”. Asimismo se contrae prudentemente cuando el consejero especial Robert Mueller empieza a indagar en los recovecos más sensibles de los trumperos. “Se me puso el culo prieto”, anuncia Bannon.

Trump, sin embargo, bufa como el Etna, y sus escoltas, advierte Wolff, vigilan ansiosamente en busca de señales de que pudiera estar a punto de “estallar”… pero ¿por qué salida, por arriba o por abajo? Afortunadamente, el fuego y la furia vienen aquí a ser mayormente faroles y bravatas, y Wolff cree que es más probable que nos ahoguemos en las estupideces de Trump que no que acabemos incinerados en un bombardeo nuclear que podría ordenar de un modo tan caprichoso como una de las doce coca-colas “light” que engulle a diario de un trago. Entretanto, le sostiene nuestra aturdida fascinación: se ha convertido en nuestro placer culpable. 

 

Fire and Fury: Inside the Trump White House lo cuenta y lo quema todo 

Lloyd Green

Entre el estrépito diario de la Casa Blanca de Donald Trump llega Fire and Fury, el cuentalotodo de Michael Wolff, justo a tiempo para el primer aniversario de la inauguración del mandato de Trump. Al igual que el “libro que quema” de la película Mean Girls, [Chicas malas] [2004], Fire and Fury contiene una fábula tóxica que lo chamusca todo. 

Por lo que cuenta Wolff, el mundo de Trump es cacofónico y disfuncional. Trump y quienes trabajan con él dan la impresión de estar felicísimos de “compartir”, mientras que la lealtad se encuentra completamente ausente de su paisaje.

Trump se burla supuestamente de las limitaciones intelectuales de sus propios hijos y ridiculiza a Jared Kushner, su yerno, como un lameculos. Melania Trump, la tercera mujer del presidente, llora compungida la noche de las elecciones por la victoria de su marido en el colegio electoral. Steve Bannon, antiguo asesor de Trump, le da para el pelo a Jared e Ivanka, también conocida como Javanka, por su increíble levedad del ser.

Como es de esperar, Bannon no hace prisioneros y es el que habla más alto. Moteja de “traicionera”, “antipatriótica” y una “mala mierda”.

la ahora infame reunión de junio de 2016 en la Torre Trump a la que asistieron un aluvión de rusos, Don Jr, Kushner y Paul Manafort, gestor de campaña de Trump hoy imputado. 

Bannon ve también como el consejero especial Robert Mueller va estrechando el nudo corredizo en torno al Despacho Oval. “Se me da bastante bien encontrar soluciones”, dice Bannon en una cita que menciona Wolff. “En un día se me ocurrió una solución para su campaña, que no tenía arreglo, pero esto no lo veo. No veo un plan para completar esto”.

Dicho sea en su honor, Wolff capta los paralelismos entre Bannon y Trump: “Si Trump es incapaz de sonar como un presidente, Bannon se había equiparado a él: era incapaz de sonar como asistente presidencial”.

El círculo de “amigos”, familia y conocidos de Trump es representado de modo no menos despiadado en sus críticas del presidente. De acuerdo con Wolff, Rupert Murdoch llamó a Trump “un puñetero idiota” después de que los dos hombres concluyeran una conversación telefónica. Considerando el acuerdo pendiente entre la Fox y Disney, Murdoch puede estar deseando que Fire and Fury hubiera aparecido unos cuantos meses más tarde.

Sean Hannity, el más acérrimo aliado de Trump en televisión, se ve audiblemente perturbado por la incapacidad de Trump de mostrar sus condolencias a la viuda de Roger Ailes, antiguo jefe de Hannity en Fox News. A Hannity le pillan diciendo: “¿Qué puñetas le pasa a este tío?”

En vena semejante, Tom Barrack, compadre treintañero de Trump, hizo presuntamente notar: “No sólo es que esté loco…es que es estúpido”.

Que conste que Barrack – que negó haber hecho ese comentario después de la publicación de los primeros extractos del libro – presidió la toma de posesión de Trump, se le consideró, según Wolff, como posible jefe de gabinete e incorporó a Manafort a la campaña.

Hasta Javanka abunda en ello. Molesto por la indecisión de su suegro en la respuesta al uso de armas químicas por parte de Siria, Kushner se queja de que el presidente sencillamente no llega a entenderlo. Por lo que respecta a Ivanka, se dice que se ha burlado del pelo de su padre.

Fire and Fury capta asimismo las tensiones que han dañado aparentemente la Casa Blanca de Trump. Wolff cita el comentario de Henry Kissinger sobre la riña entre Kushner y Bannon como “una guerra entre judíos y no judíos”. En esto, Kissinger y Wolff probablemente exageran. Pero el telón de fondo de la Rana Pepe como constante meme de campaña, unido al flechazo de David Duke [activista de extrema derecha y antiguo dirigente del Ku Klux Klan] y del nacionalista blanco Richard Spencer con Trump, dejan al lector haciéndose preguntas.

El acceso de Wolff a Trump y su círculo más íntimo resulta evidente. Al principio, Wolff escribe cómo se sentó con Trump en su casa de Beverly Hills, mientras se paseaban Kushner y los ayudantes de Trump, Hope Hicks y Corey Lewandowski. De modo semejante, las citas denotan conocimiento y estrecha proximidad.

A diferencia de Hillary Clinton, Trump representaba un movimiento y ese hecho merecía una mayor elucidación por parte de Wolff. Dicho de otro modo, entre las limitaciones de Fire and Fury está su incapacidad de explicar adecuadamente cómo llegó Trump al 1600 de la Avenida de Pensilvania [dirección en la que se ubica la Casa Blanca], y su insuficiente reconocimiento del vínculo forjado entre Trump y su base. En ese sentido, el libro carece del tejido conectivo presente en Devil´s Bargain, la versión de Joshua Green de la campaña de Trump y los primeros meses de su presidencia.

Está claro que Fire and Fury ha desatado una tormenta que ha dejado su parte de cadáveres. Para el miércoles por la noche, Bannon estaba políticamente en respiración asistida y su papel como guardián de la llama de Trump había terminado.

Además de recibir estopa del presidente, Bannon se ha visto abandonado, según se informa, por la familia Mercer Family, benefactores suyos. Sumando mofa a la befa, Michael Grimm, antiguo congresista condenado por evasión de impuestos, negó el apoyo de Bannon a su regreso. Bannon había pasado de ser la voz cantante del populismo militante a convertirse en una caricatura. Por lo que respecta a Trump, ha recordado a los Fieles que no habrá otros antes de Él.

La primera enmienda puede también verse puesta a prueba. Además de enviar una misiva de “cese y desista” a Bannon, presuntamente por violación de una cláusula de confidencialidad, los abogados de Trump hicieron en el campo legal un lanzamiento a la cabeza del bateador dirigido a Wolff y Henry Holt, editor del libro. Sin citar un solo ejemplo concreto de contenidos falsos, el Equipo Trump amenazó con acciones legales en un intento de detener la publicación.

De manera significativa, los abogados de Trump no citaron la seguridad nacional como base para ahogar el libro en su cuna. Antes bien, esta pelea guarda relación con el honor y la intimidación. Henry Holt respondió adelantando la publicación al viernes. El libro supone, afirmó el editor, “una extraordinaria aportación a nuestro debate nacional”.

Simultáneamente, The Post [Los archivos del Pentágono], la película de Steven Spielberg que retrata el intento sin éxito de la administración de Nixon de bloquear la publicación de los Papeles del Pentágono por parte del Washington Post y el New York Times, se proyecta actualmente en los cines. En última instancia, ese episodio acabó viéndose como preludio del Watergate y de la caída de Richard Nixon. .

No nos equivoquemos, el último libro de Wolff es un libro que hay que leer. Tira de las cortinas que todavía puedan seguir cubriendo la Casa Blanca de Trump, consiguiendo que los que mejor conocen a Trump sean los que hablen.

profesor australiano de literatura inglesa en el Christchurch College de Oxford desde 1973, y colaborador de medios como The New York Times, The New Yorker, The Observer, The New Statesman o The Guardian, ha publicado casi una veintena de libros sobre los temas culturales más diversos (ópera, ciudades, literatura inglesa, Verdi, Wagner, Welles, Hitchcock, Tasmania, Nueva York, Norteamérica, etc.), el más reciente de los cuales es “Creation: Artists, Gods and Origins”.
fiscal en Nueva York, fue consejero de George H.W. Bush en la campaña de 1988 y trabajó en el Departamento de Justicia norteamericano entre 1990 y 1992.
Fuente:
The Guardian, 5 y 14 de enero de 2018
Traducción:
Lucas Antón