EE UU: El genio gradualista de Bernie

Harold Meyerson

21/09/2017

 

Soy ferviente partidario del proyecto de ley de Bernie Sanders, Medicare para Todos, que presentó el miércoles pasado junto a 16 senadores demócratas como copatrocinadores, y no sólo porque crea que la atención sanitaria es un derecho y que un sistema universal de un solo pagador [es decir, financiado con impuestos y gestionado por el Estado] es la mejor forma de garantizar ese derecho.  

 Lo apoyo también porque disminuye el poder del capital, no sólo en nuestra economía sino también en nuestra política.  

 Lo apoyo además porque demuestra aspiraciones,al establecer una meta a largo plazo que motive tanto a activistas demócratas como progresistas y clarifique el propósito de los demócratas ante un electorado que a veces se ha mostrado comprensiblemente inseguro acerca de cómo o de si los demócratas defienden sus intereses.      

 Lo más importante, lo apoyo también porque es gradualista, extendiendo Medicare en su primer tramo para que cubra sólo a aquellos norteamericanos menores de 19 años y mayores de 49,  rebajando luego la edad de idoneidad a 45, luego a 35, y convirtiéndolo en universal en años posteriores. Las implicaciones políticas de este gradualismo pueden hacer más fácil reunir una mayoría del Congreso para llevar a la práctica este proyecto de ley y puede también facilitar que los legisladores progresistas y centristas en estados o distritos más conservadores la apoyen paso a paso.  

Mis dos primeras razones complementarias para respaldar el proyecto de ley no exigen una explicación amplia. Las compañías farmacéuticas, en las que muchas empresas de capitales y hedge funds invierten copiosamente, llevan desempeñando desde hace mucho un papel desmedido en nuestro proceso legislativo. La Ley de Atención Asequible [ACA - Affordable Care Act, el Obamacare] no podría haberse aprobado si esas empresas no se hubieran asegurado una garantía de que el gobierno no las obligaría a someter su sistema de precios para los medicamentos a negociación o supervisión gubernamental, o si las aseguradoras privadas hubieran advertido que sus intereses se veían amenazados de modo semejante.

Las aportaciones a las campañas y los gastos independientes que estas empresas desembolsan en lo que respecta a los miembros del Congreso subvierten el legislar desinteresadamente y la integridad del proceso democrático. El sistema de un solo pagador deja fuera de juego esos obstáculos a la democracia.  

Por lo que toca al aspecto de las aspiraciones, el proyecto de ley de Sanders hace lo que tienen que hacer partidos y movimientos: establecer una meta clara que defina el propósito del partido o movimiento y pueda motivar a quienes se suman a él en el curso de una larga lucha. Sanders no podia ser tampoco más oportuno a la hora de presentar el proyecto de ley. Pisándole los talones a la victoriosa batalla contra quienes querían revocar la ACA (batalla en la que Sanders mismo desempeñó un papel de importancia), el estreno del proyecto de ley llega en un momento en el que tanto la creencia de la opinion pública en que la atención sanitaria es un derecho como el apoyo público a que el gobierno garantice ese derecho son más elevados de lo que lo han sido en muchos años. 

Pero lo que de lejos resulta el aspecto más estratégicamente perspicaz del proyecto de ley es su gradualismo. Sanders, es importante reconocerlo, no hace de lo perfecto enemigo de lo bueno. Durante la guerra de los republicanos contra el ACA, defendió esa legislación —mientras defendía a la vez que había que ir más allá — más activamente que la mayoría de sus pares, recorriendo el país para congregar a la oposición a los ataques del Partido Republicano. De modo semejante, el proyecto de ley que acaba de presentar, compuesto como está de varios pasos con un plazo de tiempo concreto, está concebido para hacer progresivamente más fácil que los legisladores lo apoyen y progresivamente más difícil que lo derroten intereses afianzados como los de los sectores de seguros y el farmacéutico. 

Supongamos, como es probable que sea el caso, que surge primero una mayoría legislativa a favor del primer tramo del proyecto de ley  —extender Medicare a los norteamericanos menores de 19 años y mayores de 49—, antes de que haya una mayoría dispuesta a aplicar el paquete completo. Políticamente, resulta un peso bastante menos pesado de levantar apoyar un derecho universal para los niños (que incurren además en gastos medicos reducidos) y para una parte de la población que ha trabajado durante muchos años y se está encontrando que resulta cada vez más difícil conseguir empleos remunerados en nuestra flamante economía. Es ese un debate que deberían recibir bien los defensores de un único pagador, y sobre el cual las grandes companies farmacéuticas y las empresas de seguros deberían sentirse un poquito nerviosas. Sospecho que los diecisiete considerarían una victoria que su primer tramo se llevara a la práctica como una legislación separada, en el bien entendido de que seguirían tratando de asegurar mayorías para los demás tramos. 

A medida que se amplía el alcance de la clientela de Medicare y se contrae el de las aseguradoras privadas, el peso financiero y político de las aseguradoras privadas se contraería con ello. La lucha para rebajar la edad de idoneidad a 45, y después a 35, y luego para convertir a Medicare en algo verdaderamente universal, sería una lucha en la que las aseguradoras privadas tendrían cada vez menos flechas en sus carcajs. Un sector que suministra seguros a 60 millones de norteamericanos, y luego a 40 millones de norteamericanos, tiene beneficios más reducidos y menos influencia en el Congreso que sí proporciona seguros a 150 millones de norteamericanos. 

Puede que no sea intención de Sanders desmontar su proyecto de ley en partes de una legislación con lapsos de edad y plazos de tiempo específicos. Pero el diseño mismo del proyecto de ley hace, desde luego, eso posible si es políticamente necesario, y las propias inclinaciones de Sanders de no hacer lo perfecto enemigo de lo bueno, y su comprensión de las complejidades del cambio social, sugieren que por lo menos comprende que este puede ser el rumbo que tome llegar hasta un solo pagador. 

Nada de esto sugiere que llevar a la práctica sólo el primer tramo vaya a ser fácil: por supuesto, harán falta mayorías demócratas substanciales en ambas cámaras del Congreso y un presidente demócrata. Obligar a las empresas farmacéuticas a negociar precios y ampliar simplemente los sectores de población con cobertura de Medicare  provocará una masiva campaña de oposición de las grandes companies farmacéuticas y de seguros, y de otras fuerzas que prosperan con el status quo de la atención sanitaria. Pero resulta más fácil vencer a estas fuerzas cuando el debate se centra en el derecho a la atención sanitaria de los niños y los trabajadores veteranos de lo que resulta ganar una batalla a todo o nada, como ha defendido alguna gente de la izquierda. 

El enfoque gradualista del proyecto de ley de Sanders permite asimismo a demócratas y progresistas disponer de un enfoque más flexible en relación a sus funcionarios y candidatos electos. Una demócrata liberal o de centro izquierda en un estado republicano puede enfrentarse a su extinción electoral si respalda un sistema de pagador único.  Pero bien puede verse fortalecida en las urnas, sin embargo, si respalda el Medicare para niños y gente de mediana edad. En lugar de alentar a alguna gente de la izquierda a crear un solo baremo para apoyar a un candidato —a saber, si el candidato apoya o no el sistema de un solo pagador — el proyecto de ley de Sanders crea un continuo que permite a los candidatos la posibilidad de situarse en una escala de apoyo corrediza, que depende de la política de su estado o distrito. Hay gente en la izquierda que quiere claramente arrojar a la obscuridad sempiterna a los representantes electos que no apoyen o no puedan apoyar políticamente el paquete entero; sin duda tenemos con nosotros a pequeños Lenin en la Estación de Finlandia. Pero Sanders no ha enunciado ese argumento, y su proyecto de ley invita claramente al respaldo parcial de aquellos demócratas que tienen dificultades para respaldarlo en su totalidad.  

Además, las revoluciones necesitan tiempo. Son un proceso, no una transformación de la noche a la mañana. Bernie entiende esto, otro tanto debería hacer la izquierda. 

columnista del diario The Washington Post y editor general de la revista The American Prospect, está considerado por la revista The Atlantic Monthly como uno de los cincuenta columnistas mas influyentes de Norteamérica. Meyerson es además vicepresidente del Comité Político Nacional de Democratic Socialists of America y, según propia confesión, "uno de los dos socialistas que te puedes encontrar caminando por la capital de la nación" (el otro es Bernie Sanders, combativo y legendario senador por el estado de Vermont).
Fuente:
The American Prospect, 13 de septiembre de 2017
Traducción:
Lucas Antón
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