EEUU: Cómo formar a un no patriota

Alex Rosenberg

16/07/2017

Mejor empezar con un chiquillo, preferiblemente inmigrante, un refugiado sin estado de un continente asolado por la guerra. Pongamos al niño en un entorno que haga evidente que le debe la prosperidad, libertad y hasta supervivencia de su familia a la generosidad de la nación norteamericana. 

Deseoso de asimilarse por completo, el niño adoptará los símbolos patrióticos: la bandera, el presidente, las fuerzas armadas, la afición nacional. Desarrolla en el niño un sostenido y sincere interés por el progreso triunfal de la historia del país: de Valley Forge [episodio de la Guerra de Independencia norteamericana, 1777-1778] a los Halls of Montezuma [alusión en el himno de los “marines” a la batalla de Chapultepec en la Guerra con México de 1847], de la Proclama de Emancipación a la Era Progresista, de la Guerra para Acabar con Todas las Guerras [la I Guerra Mundial] hasta el día de la V.E.[Victoria en Europa en la II Guerra Mundial ] y el de la V.J. [Victoria en Japón, ídem], hasta lo que el presidente  John F. Kennedy llamó la “larga lucha al ocaso” de contención durante la Guerra Fría. Anima al adolescente para que vea Vietnam como un punto muerto militar, pero que vindica nuestra democracia. .

Incúlcale veneración por la Declaración de Independencia, pero sólo por las partes buenas. Suprime, por ejemplo, su espeluznante descripción de “los habitantes de nuestras fronteras, los despiadados salvajes indios cuya conocida ley de guerra es la destrucción indistinta de toda edad, sexo y condición”. Las palabras se condicen con el icónico relato de vaqueros e indios y con las películas de John Wayne de los años 50, como The Searchers [Centauros del desierto, 1956] de John Ford (las películas son un modo particularmente eficaz de mover a devoción a los jóvenes, tendrían que aparecer con frecuencia en este proceso). No dejes que el niño llegue a saber cómo pasó Oklahoma de “territorio indio”— un árido bantustán al  que se acarreó en manada a los indígenas norteamericanos durante la mayor parte de un siglo — a convertirse en estado número 46 en 1907, debido al descubrimiento de bolsas de petróleo bajo sus áridas llanuras. 

Haz que el niño levante la vista de sus trenes de juguete a la espectacular construcción del Ferrocarril Transcontinental, completado en 1869. (Union Pacific, [Unión Pacífico, 1939] de Cecil B. DeMille, con Joel McCrea, te ayudará a salir del paso). Omite cualquier mención de los 30.000 “coolies” chinos aproximadamente que construyeron en realidad la mitad occidental de la vía férrea y a los que luego, cuando ya no se les necesitaba para ese trabajo asesino, se les negó la ciudadanía mediante la Ley de Exclusión de los Chinos (Chinese Exclusion Act de 1882). Asegúrate de ensalzar a Teddy Roosevelt, el presidente Alce Macho, que construyó el Canal de Panamá. No menciones que buena parte del trabajo más pesado lo llevaron a cabo unos 50.000 hombres negros de las islas del Caribe, de los que también se prescindió cuando ya no eran necesarios. 

Pinta un cuadro vivaz de Woodrow Wilson como gran precursor progresista de Franklin Delano Roosevelt, el presidente cuyo sueño de una Liga de Naciones quedó destruido por un vengativo senador de mente estrecha de Massachusetts. (Wilson, película de 1944 galardonada por los Oscar, vendría bien aquí). No le cuentes al chico la verdadera historia del egocentrismo y la intransigencia de Wilson. Estropearía la manera en que el relato culmina un cuarto de siglo después en las Naciones Unidas. Y nunca, nunca sueltes prenda de que Wilson dio su respaldo a The Birth of a Nation [El nacimiento de una nación, 1915] de D.W. Griffith, con una proyección en la Casa Blanca que invitó personalmente al extinto Ku Klux Klan a volver a la vida norteamericana. No le recuerdes que Wilson volvió a segregar la administración federal, el único terreno en el que no se había obligado a atenerse al “separados pero iguales”.

Mientras andes con eso, cuando eleves a F.D.R. [Roosevelt] a la condición de semidiós (Sunrise at Campobello [Amanecer en Campobello], 1960, vale para comenzar), guarda silencio sobre el modo en que excluyó su administración a los afroamericanos de las dos victorias progresistas más importantes del New Deal: la Seguridad Social y la Ley Wagner, la última de las cuales protegía a la sindicación de los rompehuelgas. No fue difícil, una vez que los senadores de Dixie [del Sur] en la coalición de Roosevelt le mostraron el modo: bastaba con dejar fuera de la cobertura al “servicio doméstico” y al “trabajo agrícola” de ambas leyes, pues el 60 % de estos trabajadores eran negros, más bien del orden del 95 % en el Sur. El “servicio doméstico” quedó excluido de la Seguridad Social durante los veinte años siguientes. Junto a los trabajadores agrícolas, siguen todavía excluidos de la (hoy inoperante) Ley Wagner que solía proteger los derechos sindicales. 

Acuérdate también de esconderle los trucos utilizados para mantener a los soldados negros fuera de la II Guerra Mundial. No le cuentes que el sistema de convoyes empleado para aprovisionar a las fuerzas de los Estados Unidos en Europa, dramatizado en la película de postguerra Red Ball Express [Hermamos ante el peligro, 1952] con un reparto principalmente blanco y una breve aparición de Sidney Poitier, era afroamericano aproximadamente en un 75 %. 

Pregónale al niño que el Tribunal Supremo de Warren dejara sin efecto el “separados pero iguales” en 1954. Pero no le menciones que fue el mismo Earl Warren que exigió al Tribunal Supremo que respaldara los campos de concentración para ciudadanos japoneses-norteamericanos en el veredicto de Korematsu de 1944, nunca revocado a día de hoy. Mientras tu patriota crece hasta hacerse adulto, que lea de qué modo el mismísimo año siguiente a la sentencia de Brown contra la Junta de Educación (1954)el mismo tribunal dejó que salieran bien librados los gobiernos de los estados del Sur con el requisito de que la desegregación se completara “con toda la deliberada premura”. Descubrirá que veinte años después de Brown, la segregación escolar era todavía peor. 

Las herramientas más eficaces para formar a un no patriota son el tiempo, la honradez y una autoeducación veraz. Permítele al chico, conforme se hace adulto, que aprenda acerca de la injusticia y la arbitrariedad que hemos glosado más arriba. El proceso de consciencia histórica creciente hará del excepcionalismo norteamericana algo indefendible. 

Después de ensalzar durante años el genio de la Constitución de los Estados Unidos, empieza por señalarle los impedimentos al gobierno democrático a los que ha obligado a la nación norteamericana misma, y a los demás países en los que la hemos impuesto. 

Déjale claro que la Constitución está manchada por el baldón de la esclavitud: la clausula de los tres quintos, la exigencia de que se devuelva a los esclavos fugitivos, la clausula que permitió que el comercio internacional de esclavos durase una generación más tras su ratificación. La hipocresía de la redacción de nuestra Constitución, en la que hay que encontrar eufemismos cada vez que se protege la institución de la esclavitud, revela la desazón de los padres fundadores. En cuanto el estudiante de historia norteamericana descubre lo que quiere decir el eufemismo, no puede evitar leer la Constitución como una copia inexacta del régimen de Jorge III y no como un conjunto de verdades que exigen siglos de fidelidad.   

Por supuesto, contemplar a Henry Fonda en Young Mr. Lincoln [El joven Lincoln] (1939) y a Raymond Massey en Abe Lincoln in Illinois [Lincoln en Illinois] (1940) habrá tenido como resultado una “devoción acrecentada” al ideal norteamericano en el muchacho, pero la desilusión se hará finalmente sentir. Para cuando haya visto Lincoln (2012), de Steven Spielberg, sera evidente que, dada nuestra Constitución, el único modo en que el país podia haber abolido la esclavitud era mediante una guerra civil que costó un millón de vidas de ambos lados. Cualquier otro país — hasta la autocrátic Rusia zarista y el Imperio del Brasil — lograron abolir la esclavitud sin librar una guerra. ¿Cómo lo consiguieron? Porque no se les bendijo con una constitución diseñada con la intención, como revelan los Federalist Papers, de dificultar un gobierno efectivo. 

Al joven patriota educado para admirar el Senado de los Estados Unidos como “el mayor órgano deliberativo del mundo” viendo Mr. Smith Goes to Washington [Caballero sin espada, de Frank Capra] (1939) o Advise & Consent [Tempestad sobre Washington, de Otto Preminger] (1962). Para inicios del siglo XXI se dará cuenta de que la Constitución condenó a la nación a tener un Senado en el que el 10 % de la población de su país controla el 40 % de los escaños. Se trata de un arreglo que cumple exactamente aquello para lo que Madison lo diseñó: “proteger a la minoría de los opulentos contra la mayoría”. 

Puede que el niño no se dé cuenta de que la Constitución convirtió de forma explícita y excepcional la representación igual de cada estado en algo imposible de enmendar. Se hará mayor, sin embargo, para descubrir que, como irremediable resultado, un ciudadano de Wyoming tiene cerca de 65 veces más representación en el Senado que cualquier californiano. 

Cuando profundice en la Historia, conocerá el chico la aberración de que, por dos veces en la historia norteamericana, muy atrás en 1824 y 1876, el voto popular en las presidenciales quedó desbaratado por el Colegio Electoral de la Constitución (la segunda vez dando inicio “accidentalmente” al reinado de Jim Crow [conjunto de leyes y prácticas racistas del Sur]). Pero eso es historia antigua, ¿no es cierto? Ay, no. Para cuando haya crecido, nuestro niño patriota habrá descubierto que el Colegio Electoral ha desdeñado la voluntad de la mayoría en dos de las primeras cinco elecciones del siglo XXI.  

Por último, el adulto llegará a valorar por qué todas las naciones plenamente desarrolladas han abandonado la Constitución norteamericana como modelo. Saben lo que nosotros tendríamos que haber aprendido: que la Historia reveló hace mucho tiempo sus defectos, anacronismos, hostilidad a la democracia e inadecuación a la vida posterior al siglo XVIII. Fuera del país, nadie quiera ya la Constitución norteamericana. Pero nosotros estamos atascados en ella, con Segunda Enmienda y todo. .

No es que dé la impresión de que otros países son mejores que el nuestro. Todo país lleva las cicatrices sanadas y las heridas todavía abiertas de su historia. La lección que aprenderá nuestro chico refugiado, a medida que vaya creciendo, es que el excepcionalismo norteamericano es en el mejor de los casos una inocente equivocación a la que el patriotismo desinformado hace difícil rendirse. 

Una vez que se completa el proceso de desilusión, otro tanto sucede con la formación del no patriota.   

es profesor de la cátedra R. Taylor Cole de Filosofía en la Universidad de Duke, en Carolina del Norte. Es autor de varios libros, entre ellos The Atheist´s Guide to Reality, y dos novelas históricas, The Girl From Krakow y Autumn in Oxford.
Fuente:
The New York Times, 3 de julio de 2017
Traducción:
Lucas Antón
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