EEUU: Cómo la NRA convirtió las armas en un símbolo de identidad tribal

Adele M. Stan

08/10/2017
Tras el atentado del domingo por parte de un tirador en un concierto de música “country” en Las Vegas, la National Rifle Association [NRA – Asociación Nacional del Rifle] se quedó callada. De acuerdo con la policía, Stephen Paddock mató a 58 personas e hirió a más de quinientas antes de morir por su propia mano cuando una unidad SWAT de operaciones tácticas se abrió paso hasta su habitación del Mandalay Bay Resort and Casino desde el que apuntaba a sus víctimas.
A medida que el volumen de tiroteos masivos ha aumentado en los Estados Unidos, ha ido apareciendo un patrón: la muerte de docenas de personas en ataques singulares a manos de asaltantes fuertemente armados, seguida por días o semanas de silencio de  parte de líderes de la organización que se promociona como la “organización de derechos civiles más veterana de Norteamérica”. El “derecho civil” al que la NRA se compromete no es, por supuesto, el derecho de los no agresores a vivir sin verse acosados por las balas, sino más bien el derecho a llevar armas, que afirma que excluye toda regulación razonable de las armas y equipo anejo que no está destinado a otro propósito que el de matar seres humanos con niveles de eficacia cada vez mayores.
La transición de la NRA de organización de deportistas a grupo de defensa de mercaderes de la muerte se hizo posible y acaso inevitable por la fusión de la Nueva Derecha en la fuerza política que en última instancia se hizo con el Partido Republicano en 1980 con la designación como candidato presidencial de Ronald Reagan.
Hacia 1976, la derecha estaba en ascenso mientras Reagan desafiaba al titular de la presidencia, Gerald Ford, por la designación como candidato. En 1977, un grupo de activistas derechistas a favor de las armas se apoderó de la NRA en algo semejante a un golpe, descrito por Michael Waldman, presidente del Centro Brennan por la Justicia, en su libro de 2014, The Second Amendment.
Entre las muchas contribuciones de la Nueva Derecha al nocivo estado de la actual política norteamericana está su promoción de una profunda desconfianza en el gobierno norteamericano, sobre todo en actividades y programas de política interior. A buen seguro, tras la dimisión de Richard Nixon una vez que sus delitos se pusieron de manifiesto, o las revelaciones del comité Church acerca del espionaje gubernamental a los grupos políticos de izquierda, el gobierno se había ganado una considerable dosis de desconfianza. Atizar las suspicacias de derechas, sin embargo, no se dirigía primordialmente a los programas de vigilancia que tenían como blanco grupos de derechos civiles y antibelicistas — donde el gobierno violó claramente los derechos constitucionales de sus miembros — sino, por el contrario, a la presunta intención del gobierno de privar a la gente blanca “respetuosa con la ley” (hombres, sobre todo) de sus derechos, y principalmente entre ellos de un derecho que implica supremacía sobre los ciudadanos que no son blancos, especialmente los afroamericanos.
Un viejo estereotipo de los blancos sureños como conductores de camionetas con pegatinas de la bandera confederada y equipados con rejillas para portar armas se convirtió en símbolo de identidad tribal, de la tribu que temía su desplazamiento en el nuevo orden social emergente. En el Oeste, donde las armas eran ya veneradas como símbolo de la conquista del hombre blanco de las tierras de los indígenas, suspicaces frente al gobierno federal, considerado instrumento de las élites liberales tendentes a aplicar fastidiosas regulaciones sobre uso del suelo, no fue difícil de fomentar.
Combinada con la inquietud por el lugar del hombre blanco en la paranoia de las cadenas tróficas sociales y ecnoómicas (donde hasta los más pobres disfrutaban de más privilegios que la gente negra, los nativos norteamericanos y los inmigrantes no blancos) respecto a las intenciones del gobierno, servía a los propósitos de la Nueva Derecha, que nunca fueron otra cosa que una agenda para mantener e incrementar el poder de aquellos que ya lo disfrutaban por medio del sistema del patriarcado blanco.
Se esperaba en el Congreso esta semana un voto sobre una medida, impulsada por la   NRA, que legalizaría silenciadores y balas perforantes antiblindaje. Con las noticias de la carnicería de Las Vegas a manos de un tirador que puede haber conseguido legalmente todas sus docenas de armas de fuego, y esa medida quedó aparcada. Sin embargo, el portavoz de la Cámara, Paul Ryan, se ha negado a descartar un voto sobre la medida en el futuro. Aquellos que, como el senador demócrata  Chris Murphy, respondieron a las noticias apelando a un reforzamiento de la regulación sobre armas de fuego, se vieron acusados por la Casa Blanca y el líder de la mayoría del Senado, Mitch McConnell, de politizar una tragedia. La defensa de Murphy de la regulación de armas, ha de advertirse, viene impulsada por la matanza de veinte niños y varios adultos en 2012 a manos de un tirador solitario en la Escuela Elemental de Sandy Hook, en su estado. 
Si Stephen Paddock hubiera disparado sus cientos de cartuchos en el escenario de un concierto provisto de un silenciador, afirman los expertos, el balance de muertos podría haber sido bastante mayor de lo que ha sido, una reflexión asombrosa considerando la condición de  Paddock como alguien que ha llevado a cabo el tiroteo más mortífero y masivo por parte de un solo hombre armado.
Durante años, la NRA ha encuadrado la oposición a la regulación de las armas como algo que está del lado de los ángeles en las guerras culturales de Norteamérica. En un video de amplia difusión distribuido el pasado mes de junio, a una comentarista de derechas, Dana Loesch, sólo le faltó llamar a una oposición violenta a las protestas de la izquierda. Después de proferir una sarta de afirmaciones engañosas — entre ellas la imputación difamatoria de “falsedad” a las informaciones periodísticas — dice Loesch en el video: “La única forma de parar esto, la única forma de salvar nuestro país y nuestra libertad  La única manera de para esto, la única manera de que salvemos nuestro país y nuestra libertad consiste en combatir esta violencia de mentiras con el puño cerrado de la verdad”.
Dos meses después, las calles de Charlottesville recibieron no sólo a neonazis que llevaban garrotes y otras armas, supuestamente en defensa de una estatua del general confederado Robert E. Lee, sino también a cientos de miembros de milicias amateur equipados con chalecos antibalas y rifles semiautomáticos, supuestamente en defensa de la misma estatua que el municipio de Charlottesville había señalado para du retirada de un parque público.
Con la NRA en silencio tras el atentado de Las Vegas, el escritor Louis Moore, que enseña en la Grand Valley State University, tuiteó: “Imagínense volverse locos con las protestas no violentas, pero mantenerla fría ante los asesinatos masivos”.
Se desconoce en este punto si la matanza de Las Vegas provocará que se repiense la agenda de proliferación armamentista de la NRA como indicador de identidad tribal, viendo que los muertos y heridos a manos de Paddock eran aficionados de una forma artística, la música “country”, que suele ser a menudo la música preferida por los miembros de esa misma tribu. La cantautora Rosanne Cash, hija de una de las figuras más queridas de la música “country”, el difunto Johnny Cash, recurrió a un artículo de opinión del liberal New York Times para apelar a sus compañeros de la conunidad musical que tiene su base en Nashville a que “hagan frente a la NRA”.
Pero como revela esa batalla continuada sobre los monumentos a las luminarias confederadas, resulta duro desalojar de símbolos tribales. Como sucede con la bandera de Dixie, así pasa ahora con las armas y su equipamiento, hasta en sus formas más letales. 
Los dirigentes de la NRA pueden ser malvados, pero no son estúpidos. Cuando se trata de corazones y mentes, saben cómo ganarse el apoyo que necesitan. La razón raramente triunfa sobre los símbolos de identidad, pero no sin una buena medida de derramamiento de sangre.
columnista de The American Prospect, galardonada este año de 2017 con el Premio Hillman de Opinión y Análisis periodísticos.
Fuente:
The American Prospect, 4 de octubre de 2017
Traducción:
Lucas Antón