EEUU: ¿Controlan todavía las elecciones las élites de los partidos y los grandes donantes?

Cas Mudde

09/05/2018

De modo parecido a como la Gran Recesión llevó a criticas fundamentales en la disciplina de la economía, la elección de Trump provocó una violenta reacción aún mayor en las ciencias políticas. En la reunión anual de 2017 de la American Political Science Association, muchas mesas redondas y artículos se dedicaron a la pregunta que estaba en boca de todo el mundo: “¿Cómo es que nos equivocamos?”.

Así pues, ¿qué tal lo hicieron las ciencias políticas en lo que se refiere a las elecciones presidenciales de 2016? Hubo dos teorías de ciencias políticas que recibieron una cobertura especial en vísperas de las elecciones, y a las que se llamó a capítulo después de la victoria por sorpresa de Trump. La primera, que guarda principalmente relación con la fase de las primarias, sostiene que el partido decide qué candidato tiene éxito en las urnas. La segunda sostiene que el dinero es el que decide, lo que se aplica a ambas fases de las elecciones presidenciales. 

Pocos libros de ciencias políticas son tan citados (y quizás menos leídos) por los periodistas norteamericanos que The Party Decides, que argumenta que pese a los “caucus” y las primarias, en las que los leales al partido pueden votar por el candidato oficial del partido, los dos grandes partidos norteamericanos siguen controlando de modo estricto el proceso a través de las llamadas “primarias invisibles”. El argumento estriba en que las élites del partido, así como poderosos mediadores de la subcultura de apoyo en torno al partido, siguen controlando el resultado “enviando pistas y señales”, entre las cuales el respaldo oficial es una de las más poderosas.  

De acuerdo con muchos periodistas, así como con algunos científicos políticos, la victoria de Trump en las primarias republicanas demuestra, como mínimo, que el partido ya no decide. Al fin y al cabo, casi todas las voces de importancia en el seno de la dirección del partido apoyaron inicialmente a otro candidato en las primarias – una notable excepción fue el senador por Alabama Jeff Sessions, y muchos se manifestaron abiertamente contra Trump.

Por ende, Donald Trump no recibió respaldo alguno de importancia hasta bastante después de las primarias iniciales, y terminó con el respaldo oficial tan sólo de  46 gobernadores y congresistas. No era solamente una fracción de lo que habían recibido anteriores candidatos republicanos a la presidencia sino también (mucho) menos que sus tres principales contendientes en 2016.

Como no es de sorprender, después de tomar como evangelio The Party Decides durante buena parte de las primarias, los medios de comunicación no perdieron tiempo en atacarlo tan pronto como Trump se aseguró la designación como candidato republicano. Hasta uno de los autores, Marty Cohen, reconoció sentirse sorprendido por el resultado, sugiriendo que las celebridades y las redes sociales habían transformado el proceso de primarias, socavando el poder de las élites del partido. Dan Drezner, especialista en ciencias políticas y bloguero del Washington Post, llegó incluso a sugerir que el libro había vuelto complacientes a las élites respecto a la candidatura inicial de Trump hasta el punto de que sólo se dieron cuenta de que el libro estaba equivocado cuando ya era demasiado tarde. 

La segunda teoría popular de ciencias políticas tiene una historia mucho más larga que la de The Party Decides. Durante decenios, los especialistas en ciencias políticas han acentuado la importancia del dinero a todos los niveles en las elecciones norteamericanas. La controvertida decisión de 2010 del Tribunal Supremo norteamericano sobre  Citizens United, que (por decirlo con sencillez) eliminó importantes restricciones a las donaciones privadas a las campañas, fue recibida con apocalíptica desesperación por muchos norteamericanos, que temían se desatara una explosión de dinero (empresarial) en las elecciones norteamericanas. Resulta interesante que la cantidad de dinero gastada en las elecciones presidenciales alcanzara su máximo sobre todo en 2008, debido a las cantidades sin precedentes que gastó la campaña de Obama.   

No cabe duda de que Clinton superó en gasto a Trump en las elecciones de 2016; de hecho, este fue el caso en buena medida a lo largo de toda la campaña. En total, Clinton recogió la asombrosa cifra de 1.400 millones de dólares, mientras que Trump “solo” reunió 932 millones. Además, durante la mayor parte de las primarias, a Trump también le superaron en gasto sus principales oponentes republicanos. El ultimo oponente serio en liza, Ted Cruz, gastó 86 millones contra 63 de Trump, mientras que Ben Carson había gastado casi el doble que Trump cuando renunció a su candidatura a principios de marzo (61 millones contra 33 millones de dólares). Hasta el “Pequeño” Marco Rubio había gastado 4 millones de dólares más cuando se despidió en marzo. 

Hay pocas dudas de que dos de las teorías más populares de las ciencias políticas norteamericanas no han sido capaces de dar cuenta del éxito de Trump en las primarias republicanas y las elecciones presidenciales de 2016. Trump recibió mucho menos respaldo y gastó mucho menos dinero que sus competidores, pero derrotó tanto a los demás republicanos como a Hillary Clinton. La pregunta a la que hay que responder es si Trump es la excepción de la vieja regla o la regla nueva. Hay buenas razones para argumentar esto ultimo. 

Tal como ha quedado bien establecido, los candidatos gastan la mayor parte del dinero de su campaña en comprar espacios de radiodifusión, sobre todo en televisión por cable. Tal como demuestran muchos estudios, Trump recibió una cobertura mediática desproporcionada, tanto en la campaña de las primarias como en la presidencial. Ya en marzo de 2016 el New York Times calculaba que  Trump había recibido el equivalente de 2.000 millones en atención gratuita por parte de los medios. Se cree que el total estaba en torno a los 5.000 millones para cuando llegó el día de las elecciones.    

Esto fue consecuencia de varios factores por separado, pero que se reforzaron mutuamente: en primer lugar, Trump tenía un nombre sobrada y singularmente conocido, sobre todo gracias a su popular programa de televisión, The Apprentice; en segundo lugar, siempre estaba disponible para las cadenas de noticias principales, y, en tercer lugar, se enfrentaba a un campo excepcionalmente amplio de competidores poco conocidos y en general impopulares. 

Resulta bastante improbable que vaya a presentarse una combinación semejante de nuevo. Sería el equivalente de que Oprah Winfrey o Kanye West disputaran unas primarias del Partido Demócrata después de Clinton. Además, si bien The Party Decides no consiguió explicar la derrota de Clinton frente a Trump, sí que explica su victoria sobre Bernie Sanders. Si bien Clinton y Sanders estaban bastante próximos en términos de votos, había un mundo de diferencia entre ellos en términos de respaldo oficial, así como en votos de superdelegados. 

En resumen, es demasiado pronto para desestimar estas teorías y tirar el niño con el agua del baño. En cambio, deberíamos contemplarlos como lo que realmente son, afirmaciones probabilísticas más que leyes naturales, y tratar de mejorarlas, clarificando las condiciones en las que se mantienen y no se mantienen.

columnista de la edición norteamericana del diario The Guardian, es profesor asociado de la Escuela de Relaciones Internacionales y Política Pública de la Universidad de Georgia e investigador del Centro de Investigación sobre el Extremismo de la Universidad de Oslo. Es autor de Populism: A Very Short Introduction y The Far Right in America.
Fuente:
The Guardian, 4 de mayo de 2018
Traducción:
Lucas Antón
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