EEUU-Rusia: la fractura del deshielo

Àngel Ferrero

15/04/2017

Una columna de humo negro se elevaba cerca del aeropuerto de Vnúkovo de Moscú poco antes de que aterrizase el avión de Rex Tillerson. Una anécdota en el viaje del secretario de Estado de EEUU, pero que también era todo un símbolo de las relaciones con Rusia. Mientras Tillerson comenzaba su reunión con el ministro de Asuntos Exteriores ruso, Serguéi Lavrov, Vladímir Putin afirmaba en una entrevista a la cadena de televisión Mir que la confianza entre ambos países se había desplomado todavía más después del bombardeo estadounidense contra la base aérea del ejército sirio en Shairat en represalia por el uso de armas químicas en la ciudad de Khan Seikhun, que Washington atribuye a Damasco. Según el presidente ruso, las relaciones bilaterales “no han mejorado, más bien todo lo contrario: se han degradado”.

Tillerson visita Moscú con tensión de fondo

EEUU ha aumentado esta última semana la presión diplomática sobre Rusia. “Espero que el gobierno ruso llegue a la conclusión de que se ha alineado con un socio nada fiable”, declaró el martes Tillerson en la ciudad italiana de Lucca, en la que se reunieron los ministros de Asuntos Exteriores del G7, y añadió que “el dominio de la familia Assad está llegando a su fin”. Ese mismo día un oficial del gobierno estadounidense aseguró a Reuters que Rusia “está tratando de encubrir lo que sucedió” en Khan Seikhun, una afirmación compartida por el portavoz de la Casa Blanca, Sean Spicer, y la embajadora de EEUU ante la ONU, Nikki Haley. Washington también ha acusado a los gobiernos ruso y sirio de emplear “falsas narrativas” sobre los hechos y la respuesta estadounidense. Finalmente, el presidente de EEUU, Donald Trump, describió al presidente sirio como un “animal”, pero descartó una intervención terrestre, aunque ya hay instructores y soldados estadounidenses en el norte del país. El G7 también se pronunció en contra de imponer nuevas sanciones contra Rusia.
    

Desde Moscú, el Kremlin ha denunciado el bombardeo estadounidense como una agresión, ya que se realizó sin la autorización del Consejo de Seguridad de la ONU, y el ataque químico como una provocación de los rebeldes sirios. “Disponemos de información de diferentes fuentes de que este tipo de provocaciones, y no puedo llamarlas de otro modo, se están preparando también en otros puntos de Siria, incluyendo los suburbios del sur de Damasco, donde se planea lanzar determinadas sustancias y acusar a las autoridades legitimas sirias”, dijo Putin el martes en rueda de prensa después de reunirse con el presidente italiano, Sergio Mattarella.
    

El portavoz del Kremlin, Dmitri Peskov, calificó de “miope” la propuesta de Tillerson de que Rusia se distancie de Assad y señaló que, de hacerlo, equivaldría a “dejar las manos libres a los terroristas para que continuen su ofensiva contra las autoridades legítimas de Siria”. Para la portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores ruso, Maria Zajárova, el ataque de EEUU ha provocado un deterioro de la situación política y militar en Siria y supone un desafío a la seguridad global. Con el lanzamiento de 59 Tomahawk, Trump ha arrojado nitrógeno líquido sobre la propuesta de deshielo con Rusia.
    

Al comienzo de su reunión con Tillerson, y buscando la distensión, Lavrov manifestó la intención de mantener una conversación constructiva con su homólogo estadounidense. Rusia, dijo Lavrov, cree que es “importante prevenir cualquier riesgo de más acciones como ésta en el futuro” y que encuentros como el del miércoles sirven “para clarificar las perspectivas de nuestra cooperación en la formación de un amplio frente antiterrorista”. Por la tarde Tillerson y Lavrov se desplazaron hasta el Kremlin, donde fueron recibidos por Putin. No se abordó la posibilidad de una reunión entre los presidentes de Rusia y EEUU.
    

La del miércoles fue la primera visita de Tillerson a Moscú como secretario de Estado de EEUU. Su nombramiento estuvo envuelto de polémica, ya que en el año 2014 se opuso como presidente ejecutivo de ExxonMobil a las sanciones contra Rusia. Tillerson, que al frente de la multinacional petrolífera negoció contratos multimillonarios con Rusia, fue galardonado en 2013 con la Orden de la Amistad del país.

Teherán y Moscú intentan revitalizar el proceso de Astaná  

“En realidad, el ataque estadounidense en Siria dice mucho más de las relaciones entre Trump y Putin que sobre EEUU y Oriente Medio”, escribía recientemente el veterano corresponsal Robert Fisk. “Eso es un problema del que habrá de ocuparse RexTillerson. Y Bashar al Assad, por descontado. Pero estad seguros de una cosa: las llamadas de teléfono entre Damasco y Moscú durarán hasta bien entrada la noche”.
    

Un día después de la visita de Tillerson y el veto de Rusia en el Consejo de Seguridad de la ONU a una resolución de Francia, Reino Unido y EEUU que responsabilizaba del ataque en Khan Sheikhun a Damasco –que contó también con el voto en contra de Bolivia–, y que tuvo lugar tras una acalorada sesión en la que el embajador ruso ante la ONU, Vladímir Safrónkov, llegó a interpelar directamente al embajador británico –“míreme a los ojos”–, el ministro de Exteriores de Siria, Walid Muallem, llegaba a la capital rusa para reunirse el viernes con Lavrov y el ministro de Exteriores iraní, Mohamad Yavad Zarif (quizá significativamente, Turquía estuvo ausente). Tras el encuentro, Lavrov se refirió a la sesión del día anterior en el Consejo de Seguridad de la ONU e insistió en llevar a cabo “una investigación exhaustiva, objetiva e imparcial” bajo los auspicios de la Organización para la Prohibición de las Armas Químicas (OPAQ).
    

Aunque Turquía no estuvo presente en el encuentro, los tres ministros de Exteriores volvieron a expresar su respaldo al proceso de negociaciones de Astaná –cuyo objetivo prioritario es el mantenimiento del alto el fuego entre los combatientes, del que se ha excluido a las organizaciones yihadistas, y que se plantea como un primer paso hacia una resolución política del conflicto sirio– y anunciaron una nueva ronda de consultas para principios del mes de mayo. La meta compartida por los tres es evitar que el proceso de Astaná muera.

El imperio contraataca

El jueves, tras reunirse con el secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, Donald Trump se desdijo de sus declaraciones anteriores y afirmó que la Alianza Atlántica “ya no es obsoleta”. Según dijo Stoltenberg a la cadena MSNBC, “la actual administración, el presidente y su equipo de seguridad están muy a favor de la adaptación de la OTAN, que incluye [el despliegue de] más fuerzas en el flanco oriental”. El viernes, el Pentágono anunciaba el traslado de nuevos F-35A en Europa, y dos días atrás el presidente estadounidense daba luz verde al controvertido ingreso de Montenegro en la OTAN. La tarde del jueves, el ejército de EEUU arrojaba la mayor bomba convencional de su arsenal (GBU-43, popularmente conocida como “la madre de todas las bombas”) en la provincia de Nangahar, en Afganistán, una zona próxima a la frontera con Pakistán donde se ha hecho fuerte la insurgencia islamista. “Espero que los adversarios de América estén mirando y entiendan ahora quién es el nuevo sheriff de la ciudad”, declaró un satisfecho Lindsay Graham, quien junto con John McCain encabeza el ala dura de los republicanos. Días atrás la administración Trump había ordenado al portaaviones USS Carlson y sus embarcaciones de acompañamiento desplazarse hasta el mar de China oriental –días después se le unirían buques japoneses–, una medida que ha sido interpretada como un gesto de intimidación hacia Corea del Norte y sus planes de realizar un nuevo ensayo nuclear este sábado, coincidiendo con el 105º aniversario del nacimiento de Kim Il-Sung, o el próximo 26 de abril, en el 85º aniversario de la fundación de las fuerzas armadas de la República Popular y Democrática de Corea (RPDC).
    

Esta escalada militarista del presidente estadounidense ha sido bien recibida por la prensa occidental. El constante placaje de los medios a Trump a través de las repetidas acusaciones de xenofobia y machismo, las dudas sobre su estado de salud mental y las piezas de denuncia por sus supuestas conexiones y trato de favoritismo hacia Rusia desaparecieron por completo. “En el ataque a Siria, el corazón de Trump fue lo primero”, titulaba The New York Times (el titular fue posteriormente corregido, probablemente debido a las numerosas burlas en las redes sociales). Téngase en cuenta que se trata de la misma cabecera que había pedido el voto para Hillary Clinton durante una campaña electoral en la que intercambió constantemente golpes con el candidato republicano, quien, a su vez, se refirió a este periódico como un diario en declive ('failing') y de noticias falsas (fake news). The Washington Post, propiedad del dueño de Amazon Jeff Bezos, y que mantuvo posiciones idénticas a las de The New York Times durante la campaña, publicó textos con titulares como “La oportunidad de Trump de entrar en el vacío de liderazgo mundial” o “Trump tiene una oportunidad para corregir los errores de Obama en Siria”. Para USA Today, “El ataque de misiles a Siria podría conducir a una solución política”.
    

“En muy poco tiempo el presidente asestó un golpe contra el mal por el que le felicito […] creo que Donald Trump se convirtió hoy en el presidente de EEUU”, afirmaba en la CNN el periodista Fareed Zakaria. Según el observatorio de medios estadounidense FAIR, cinco diarios estadounidenses de gran circulación –The New York Times, The Washington Post, USA Today, The Wall Street Journal y The New York Daily News– no ofrecieron ningún espacio a analistas opuestos al ataque, es más, estos mismos medios publicaron hasta 18 piezas de opinión, columnas o análisis que elogiaban la decisión o incluso la criticaban por no ser suficientemente dura.
    

En Alemania, el semanario Der Spiegel, que había publicado portadas en las que Trump aparecía como un meteorito a punto de chocar contra la Tierra o sujetando la cabeza decapitada de la Estatua de la Libertad, afirmó que “Donald Trump ha hecho lo correcto”, y otros medios europeos se expresaban en términos similares. “Debido al consenso político hacia los ataques, era de algún modo predecible que los medios de comunicación corporativos lo secundasen”, analizaba Adam Johnson en FAIR. “No hubo ninguna necesidad de debatir la utilidad o moralidad de los ataques porque el escenario se desarrolló como de costumbre: un dictador comete supuestamente una violación de los derechos humanos, los medios de comunicación apelan a quienes están en el poder a 'hacer algo' y la situación a contrarreloj empuja a tomar una acción inmediata, no en el último de los casos para demostrar que no aparezcamos como 'débiles' en la 'arena internacional'. Cualquier cosa que se aleje de esta narrativa aparece, en el mejor de los casos, como accesoria.” En otro artículo, FAIR ha señalado que de los 100 principales diarios estadounidenses, 47 publicaron editoriales sobre el bombardeo: de éstos 39 lo hicieron a favor, 7 con una posición ambivalente y solamente uno, The Houston Chronicle, se opuso al ataque en base a su legitimidad constitucional.
    

“Si Trump es inteligente, aprenderá, y lanzará todavía más bombas”, observaba Jakob Augstein en su columna en la edición digital de Der Spiegel. En realidad Trump ya ha aprendido, y rápidamente. En el espacio de una semana ha adaptado la doctrina de Jamie Shea, vicesecretario general de la OTAN durante los bombardeos contra Yugoslavia: “A los periodistas hay que mantenerlos ocupados, darles muchas noticias insignificantes, para que no puedan profundizar.”

El bautismo de fuego neocon de Trump   

Lo que ha sido generalmente interpretado como un sorprendente giro de 180 grados en la política exterior de Trump se trata, en realidad, del resultado de una lucha política interna en Washington. “A la hora de tratar con el narciscita e inseguro Trump, los neocon y los halcones liberales han llevado a cabo lo que puede calificarse de una inteligente operación psicológica”, valora el periodista de investigación Robert Patty. “Han reunido –continúa– a las personalidades de los medios de comunicación y los demócratas horrorizados por la victoria de Trump. En particular, los demócratas y su airada base estaban buscando cualquier razón a la que aferrarse en esperanza de un impeachment contra Trump. Inflar la supuesta 'injerencia' rusa en las elecciones se convirtió en su argumento favorito.”
    

Noche tras noche, explica Patty, las televisiones estadounidenses “competían en su cobertura negativa de Rusia para mejorar sus ratings entre los demócratas que odian a Trump. Mientras, […] los estrategas profesionales del Partido Demócrata podían evadir su responsabilidad por haber realizado una pésima campaña electoral atribuyendo la culpa a los rusos. Además de crear una excusa conveniente para la derrota de Trump, la histeria antirrusa bloqueó a Trump y su equipo para llevar a cabo cualquier movimiento que pudiesen intentar al respecto de evitar una costosa y peligrosa nueva guerra fría. El frenesí de odio a Rusia alcanzó tales extremos que paralizó la formulación de cualquier política exterior coherente de la administración Trump”.
    

Ahora, concluye el periodista, “con los neocon recuperando su influencia en el Consejo de Seguridad Nacional a través del asesor general H.R. McMaster, un protégé del neoco favorito, el general David Petraeus, la acción de contención contra una nueva détente se ha transformado en una ofensiva para expander la 'guerra caliente' en Siria e intensificar la nueva guerra fría con Rusia. […] Ahora es también evidente cómo los demócratas liberales fueron sumados a esta campaña haciéndoles culpar a Rusia de la derrota de Hillary Clinton. Los liberales, e incluso muchos progresistas, odiaban a Trump tanto que se dejaron utilizar por las políticas de una guerra sin fin de los neocon y los halcones liberales”.
    

A lo descrito por Patty aún hay que añadir las intrigas palaciegas en la Casa Blanca. Durante la campaña electoral Trump necesitaba ganarse al electorado de los llamados estados bisagra (swing states) para alcanzar el poder. El director de Breitbart, Stephen Bannon, era el hombre adecuado para llegar a los antiguos trabajadores de cuello azul que necesitaba para ganar: su adaptación de la retórica populista y anti-inmigración con la que la ultraderecha europea ha conseguido notables avances electorales le permitía apelar a ellos obviando las evidentes contradicciones del candidato republicano. Tras ganar las elecciones, Trump premió a Bannon con la creación de un nuevo puesto, el de Estratega Jefe de la Casa Blanca.
    

La campaña de Trump ha sido calificada por varios comentaristas como protofascista, y con este fenómeno histórico comparte efectivamente rasgos como la movilización de las masas sin su participación en el proceso de toma de decisiones políticas. En su rápido ascenso al poder, Trump, sin experiencia política ni cuadros propios, no podía rodearse más que de gente del ambiente plutócrata con el que está familiarizado y funcionarios del Partido Republicano conocedores de los mecanismos administrativos del poder en Washington. La composición de su gabinete es elocuente en este sentido. El ascenso de Stephen Bannon no sólo desagradaba a la oposición y a la prensa, sino a los neoconservadores republicanos, que veían en sus posiciones aislacionistas una amenaza a sus intereses políticos y económicos debido a sus estrechos vínculos con el complejo militar-industrial: por utilizar un ejemplo reciente, el coste de cada Tomahawk –fabricado por Raytheon, un importante donante en las campañas políticas estadounidenses– está calculado en 1,87 millones de dólares.
    

El fracaso del decreto presidencial que restringía la inmigración de países de mayoría musulmana –bloqueado por dos veces por los tribunales federales– y la reforma del llamado Obamacare, dos iniciativas tras las cuales se encontraba el equipo de Bannon, hicieron que su figura cayese en desgracia frente al equipo de asesores dirigido por Jared Kushner –el yerno de Trump, casado con su hija Ivanka–, conocido por sus vínculos tanto con los neoconservadores republicanos como la derecha sionista israelí. La semana pasada Bannon fue apartado del Consejo de Seguridad Nacional, lo que ha sido visto junto a la dimisión de Michael Flynn en febrero como un paso clave para dar vía libre a la reciente escalada militarista del presidente estadounidense.
    

“No estuvo involucrado en mi campaña hasta muy tarde”, declaró significativamente Trump en su última entrevista con The Wall Street Journal, donde describió a Bannon simplemente como “un buen tipo” y “un tipo que trabaja para mí”. En una entrevista anterior con The New York Post, Trump dijo que él era su propio “estratega”, a pesar de que ése es el título oficial de Bannon. Según una fuente próxima al equipo de Stephen Bannon citada por The Washington Post, la antaño eminencia gris de la Casa Blanca se asemeja ahora más bien al enfermo terminal de la familia que ha sido trasladado a un hospicio a la espera de su muerte. Aunque los medios estadounidenses especulan estos días con la posibilidad de que los días de Bannon en la Casa Blanca están contados, un curso más lógico de los acontecimientos sería que Trump mantuviese al director de Breitbart cerca en caso de necesitarlo más adelante y, en el peor de los casos, que lo anulase políticamente como Mussolini hizo con Gabriele D'Annunzio: “Cuando tienes un diente podrido tienes dos posibilidades: extirparlo o rellenarlo de oro. Con D'Annunzio he escogido este último tratamiento”.
    

Trump sigue manteniendo en cualquier caso la ventaja respecto a sus adversarios. Como ha escrito Andrew Levine en Counterpunch, no sólo carece de una oposición política efectiva, sino que, tras el bombardeo a Siria, una parte de esa misma supuesta oposición ha secundado su decisión y se ha desacreditado a sí misma ante los ojos de muchos de sus confundidos seguidores. A juicio de Levine, “la inepcia política de Hillary Clinton, y la desatención del Comité Nacional Demócrata de todo lo que no comportase directamente llegar a la Casa Blanca han hecho al Partido Demócrata irrelevante”. Los republicanos, sentencia, “pueden sentirse ahora libres para ir los unos a por los otros”.

Una primera versión de este artículo apareció en el diario El Punt Avui.
 

Periodista residente en Moscú, es miembro del comité de redacción de Sin Permiso.
Fuente:
www.sinpermiso.info, 16 de abril 2017
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