EEUU: Si los republicanos pierden la batalla de la atención sanitaria, es el principio del fin

Corey Robin

02/07/2017

A comienzos de esta semana, los senadores planeaban volverse a casa para el descanso del 4 de julio y celebrar la independencia y libertad del país promulgando su idea de libertad: negar cobertura sanitaria a más de veinte millones de personas. Hacia mediados de semana, sus esperanzas se habían hecho pedazos.  

El martes, el líder de la mayoría del Senado, Mitch McConnell, anunció que los los republicanos no tenían los cincuenta votos que necesitaban para liquidar el Obamacare. Después de prometer una votación para esta semana – “Estoy cerrando la puerta” a cualquier retraso, declaró el jefe de la mayoría en el Senado, John Cornyn – los líderes republicanos confesaron que no habría votación hasta la semana por lo menos del 10 de julio, si no en agosto. 

Una vez más, los republicanos se han encontrado en la peculiar situación de poseer el control total de los organismos electos del gobierno federal, pero sin capacidad para hacer realidad uno de sus sueños inmemoriales: no sólo destruir Medicaid gradualmente, un programa federal que garantiza la atención sanitaria a millones de personas pobres, sino obligar asimismo a la gente a atenerse al libre mercado para su atención sanitaria. 

Una razón por la que los republicanos están pasando por un momento tan duro es que la opinión pública está abrumadoramente en contra del proyecto de ley del Senado. Tal como informaba recientemente Politico, los teléfonos llevan sonando como para descolgarse, y casi enteramente con ciudadanos opuestos a lo que están haciendo los republicanos.  

Un empleado del senador Thad Cochran, de Mississippi, afirma que su oficina recibió 226 llamadas de electores del distrito en un lapso de cuatro días: dos en favor del proyecto de ley republicano, 224 en contra. Y sí, lo han leído bien, no en Massachusetts sino en Mississippi.

Pero eso sólo plantea la pregunta: ¿por qué los republicanos fanáticos del libre mercado no han movilizado a su base en apoyo del proyecto de ley? ¿Por qué no inundaron el Senado de llamadas a favor de que la gente se las arregle por sí misma en el mercado de seguros de atención a la salud? ¿Dónde está la pasión por el mercado, la hostilidad al Estado del Bienestar que tanto ha definido la causa conservadora desde el  New Deal? 

En abril de 1982, en el cénit de la peor recesión desde la Gran Depresión, con un desempleo de casi el 10%, Ronald Reagan se fue a la radio y declaró alegremente: “Saben ustedes, hay algo mágico en el mercado cuando tiene libertad para operar. Como dice la canción: ‘Esto podría ser el comienzo de algo grande’”.

Aunque los demócratas controlaban la mitad del Congreso, Reagan y los republicanos emplearon la magia del mercado para embestir con ingentes recortes de impuestos y un  masivo achicamiento del Estado del Bienestar que todavía nos tiene temblando. Esa es la clase de impulso, la confianza intelectual que tenían antaño los conservadores del libre mercado.  

En marzo pasado, cuando los republicanos fracasaron en su intento de aprobar un proyecto de ley de atención sanitaria en la Cámara de Representantes, el consenso era que la culpa recaía en Donald Trump y el portavoz de la Cámara, Paul Ryan. Ryan era un incompetente; Trump era, bueno, Trump. 

Pero nadie puede acusar a McConnell de incompetencia o inconstancia, y el líder del Senado ha tenido buen cuidado de dejar a Trump fuera de esto: “La estrategia de la Casa Blanca consiste en dejar que McConnell lleve la voz cantante”, informaba en fecha reciente el Washington Post. “Trump está implicado sólo como animador”.

Pero si lleva razón el New York Times – en que el proyecto de ley sobre atención sanitaria “va camino del abismo” – y el Senado fracasa en última instancia a la hora de aprobarlo después del receso, eso querrá decir que algo profundo le ha sucedido al movimiento conservador y el Partido Republicano. 

Si los republicanos no pueden convertir su trifecta de control en una victoria política conservadora – y con la excepción del nombramiento de Neil Gorsuch para el Tribunal Supremo, Ryan y McConnell tienen todavía que lograr alguna victoria de consideración  – eso significará que el movimiento ya no es capaz de traducir su fe en el mercado en el dominio de todo el espectro como el que tenían antaño. 

El problema, dicho de otro modo, puede que no sea la gente. Puede que sean los principios. A diferencia de Reagan, al republicano de hoy ya no le da calor del mismo modo el credo ardiente de que todo lo que haga el Estado en el terreno del bienestar social es automáticamente malo. 

Ese fuego del libre mercado, que proporcionó consuelo a los republicanos a lo largo de las horas obscuras de la noche del New Deal y convicción en el frío amanecer de la Norteamérica de Reagan, ya no parece capaz de transmitir la misma energía al movimiento.  

Los republicanos pueden todavía labrarse un triunfo. Después de su derrota de marzo, los republicanos de la Cámara regresaron en mayo para aprobar un proyecto de ley de atención sanitaria, cuando nadie prestaba mucha atención. Y nadie debería subestimar a McConnell, que ha conseguido un puñado de dólares para comprar votos republicanos. Las llamadas telefónicas, igual que cualquier protesta de la que puedan hacer gala quienes se oponen a este proyecto de ley en la pausa del 4 de julio, son cruciales.  

Pero el simple hecho de que hayamos llegado a esta encrucijada, en la que se duda del destino del proyecto de ley, pese al control ejercido por los republicanos, es algo digno de mención.  

En 1977, 1983 y 1993, el gobierno federal lanzó un recorte de envergadura de la Seguridad Social. Se le dio un tajo a las prestaciones, a las que se gravó fiscalmente y se elevó la edad de jubilación. En dos de esos casos, los demócratas controlaban la Casa Blanca y el Congreso. En todas esas ocasiones controlaban los demócratas la Cámara. A lo largo de las últimas cuatro décadas, dicho de otro modo, los programas de subsidios han sido objeto de ataques…provenientes de ambos partidos.  

Será de verdad notable que, si los republicanos son capaces de revocar el Obamacare, lo consigan por los pelos, con nulo apoyo del Partido Demócrata. Que se estén debatiendo para no perder tres votos republicanos en el Senado nos revela hasta dónde ha llegado la política del Estado del Bienestar. 

Por mi parte, me sentiré mucho más feliz si pierden, sencillamente, el debate. No sólo protegerá esa derrota la atención sanitaria de millones de personas; también supondrá un golpe desmoralizador al movimiento conservador. 

La izquierda piensa siempre que se trata del único movimiento sometido a a sentimientos de debilidad y desesperanza política, que la derecha está poseida de una confianza sobrenatural en su derecho y capacidad de gobernar. Pero no es el caso.  

La derecha ha pasado sus ratos en el desierto, donde se ha visto exiliada del poder y ha tenido que buscar consuelo en los obscuros rincones de su desespero. Reventar su sueño de negarle atención sanitaria a millones de personas la pondrá en vías de desesperación. 

Así que llamen a su senador. Ya. 

es profesor de Ciencias Políticas en el Brooklyn College y el CUNY Graduate Center, ubicados ambos en la ciudad Nueva York. Es autor de The Reactionary Mind: Conservatism from Edmund Burke to Sarah Palin —“el libro que vio venir a Trump” (The New Yorker)— y Fear: The History of a Political Idea.
Fuente:
The Guardian, 28 de junio de 2017
Traducción:
Lucas Antón
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