El carácter de la Revolución rusa

Leon Trotsky

08/11/2017

Los escribas y políticos liberales y social-revolucionarios y mencheviques están muy preocupados por la cuestión del significado social de la Revolución Rusa. ¿Es una revolución burguesa o algún otro tipo de revolución? A primera vista, esta teorización académica puede parecer un poco enigmática. Los liberales no tienen nada que ganar por revelar los intereses de clase detrás de “su” revolución. Y en cuanto a los “socialistas” pequeño-burgueses, como regla general, no hacen uso del análisis teórico en su actividad política, sino que prefieren usar el “sentido común”, que es simplemente otro nombre para la mediocridad y la falta de principios. El hecho es que la estimación de Miliukov-Dan, inspirada por Plejanov, en cuanto al carácter burgués de la Revolución Rusa, no contiene un solo grano de teoría. Ni Yedintsvo, ni Riech, ni Dien, ni la Rabochaya Gazetta, se toman el trabajo de formular qué se entiende por una revolución burguesa. La intención de sus maniobras es puramente práctica: demostrar el “derecho” de la revolución burguesa a asumir el poder. Incluso si los soviets representan a la mayoría de la población políticamente formada, aún a pesar que en todas las elecciones democráticas, en la ciudad y en el campo, los partidos capitalistas fueron ampliamente barridos, “como la revolución tiene un carácter burgués”, es necesario preservar los privilegios de la burguesía, y asignarle un rol en el gobierno que no merece de acuerdo con el alineamiento de los grupos políticos en el país. Si actuásemos de acuerdo con los principios del parlamentarismo democrático, es claro que el poder pertenece a los social-revolucionarios, ya sea solos o en conjunción con los mencheviques. Pero como “nuestra revolución es una revolución burguesa”, los principios de la democracia están suspendidos y los representantes de la abrumadora mayoría del pueblo reciben cinco asientos en el ministerio, mientras que los representantes de una insignificante minoría obtienen el doble. ¡Al diablo con la democracia! ¡Larga vida a la sociología de Plejanov!

“¿Supongo que ustedes no querrían tener una revolución burguesa sin la burguesía?”, pregunta Plejanov, astutamente, invocando en su apoyo a la dialéctica y a Engels.

“¡Eso es! –interrumpe Miliukov– Nosotros los cadetes estaríamos dispuestos a renunciar al poder, que el pueblo, evidentemente, no desea entregarnos. Pero no podemos sustraernos frente a la ciencia”, refiriéndose al “marxismo” de Plejanov como su autoridad.

Ya que nuestra revolución es una revolución burguesa, explican Plejanov, Dan y Potresov, debemos hacer una coalición política entre los trabajadores y los explotadores. Y a la luz de esta sociología, el payasesco apretón de manos de Bublikov y Tseretelli se revela en toda su importancia histórica.

El problema es meramente éste: que el mismo carácter burgués de la revolución que ahora se toma como una justificación de la coalición entre los socialistas y los capitalistas, ha sido utilizado durante un buen número de años por estos mismos mencheviques para llevarlos a conclusiones diametralmente opuestas.

Ya que, en una revolución burguesa, solían decir, el poder gubernamental no tiene otra función que salvaguardar la dominación de la burguesía, es claro que el socialismo no tiene nada que hacer con él, su lugar no es en el gobierno, sino en la oposición. Plejanov consideraba que los socialistas no podían bajo ninguna circunstancia tomar parte en un gobierno burgués, y atacó salvajemente a Kautsky, cuya resolución admitía, en este punto, algunas excepciones. “Tempora legesque mutantur” (los tiempos y las leyes cambian), decían los caballeros del viejo régimen. Y parece ser el caso también para las “leyes” de la sociología de Plejanov.

No importa cuán contradictorias puedan ser las opiniones entre los mencheviques y su líder Plejanov, cuando se comparan sus declaraciones antes de la revolución con las actuales, un pensamiento único domina ambas fórmulas: no se puede hacer una revolución burguesa “sin la burguesía”. A primera vista, esta idea podría parecer axiomática. Pero es solamente una idiotez.

La historia de la humanidad no comenzó con la Conferencia de Moscú. Anteriormente, hubo revoluciones. A fines del siglo XVIII, tuvo lugar una revolución en Francia, que se llamó, no sin razón, la “Gran Revolución”. Fue una revolución burguesa. En una de sus fases, el poder cayó en manos de los jacobinos, quienes tenían el apoyo de los sans culottes, es decir, de los trabajadores semiproletarios de las ciudades, y quienes levantaron entre ellos y los girondinos (el partido liberal de la burguesía, los cadetes de su tiempo), el rectángulo limpio de la guillotina. Sólo la dictadura de los jacobinos dio a la Revolución Francesa su importancia histórica, quien hizo de ella la “Gran Revolución”. Y sin embargo, esta dictadura se llevó a cabo, no sólo sin la burguesía, sino contra y a pesar de ella. Robespierre, a quien no se le dio la oportunidad de familiarizarse con las ideas de Plejanov, derribó todas las leyes de la sociología, y, en lugar de estrechar manos con los girondinos, les cortó la cabeza. Fue cruel, sin ninguna duda. Pero esta crueldad no impidió que la Revolución Francesa se convirtiera en “Grande”, dentro de los límites de su carácter burgués. Marx, en cuyo nombre se cometen ahora tantos actos perniciosos en nuestro país, dijo que “todo el terror francés fue simplemente una manera plebeya de terminar con los enemigos de la burguesía” (Marx, K., ver Correspondencia Selecta). Y como esta burguesía tenía mucho miedo de estos métodos plebeyos para terminar con los enemigos del pueblo, los jacobinos no sólo privaron a la burguesía del poder, sino que aplicaron una regla a sangre y fuego con respecto a la burguesía, cada vez que ella intentaba detener o “moderar” el trabajo de los jacobinos. Queda claro entonces que los jacobinos llevaron a cabo una revolución burguesa sin la burguesía.

Refiriéndose a la Revolución Inglesa de 1648, Engels escribió: “para que la burguesía pudiera recoger todos los frutos maduros, era necesario que la revolución fuera más allá de sus objetivos, como fue el caso nuevamente en Francia en 1793 y en Alemania en 1848. Esta es, sin duda, una de las leyes de la evolución de la sociedad burguesa” (Engels, F., Del socialismo utópico al científico). Vemos que la ley de Engels es diametralmente opuesta a la ingeniosa argumentación de Plejanov, que los mencheviques adoptaron y repiten en todos lados como si fuera marxismo.

Por supuesto, se puede objetar que los jacobinos mismos eran una burguesía, una pequeña-burguesía. Esto es absolutamente verdad. Pero ¿no es también el caso de la llamada “democracia revolucionaria” encabezada por los social-revolucionarios y los mencheviques? Entre el partido de los cadetes, que representa a los propietarios más o menos grandes, y los social-revolucionarios, no hubo, en ninguna de las elecciones llevadas a cabo en la ciudad o el campo, ningún partido intermedio. Sigue entonces con una certeza matemática que la pequeña-burguesía debe haber encontrado su representación política dentro de las filas de los social-revolucionarios. Los mencheviques, cuya política no difiere un solo milímetro de la política de los social- revolucionarios, reflejan los mismos intereses de clase. Esto no contradice el hecho que también son apoyados por una parte de los obreros más atrasados, más conservadores y privilegiados. ¿Por qué los social-revolucionarios fueron incapaces de asumir el poder? ¿En qué sentido y por qué el carácter “burgués” de la Revolución Rusa (si asumimos que tal es su carácter) obligaba a los social-revolucionarios y mencheviques a suplantar los métodos plebeyos de los jacobinos por el procedimiento tan elevado de un acuerdo con la burguesía contrarrevolucionaria? Es evidente que la explicación debe ser buscada, no en el carácter “burgués” de la revolución, sino en el carácter miserable de nuestra democracia burguesa. En lugar de hacer que el poder soberano en sus manos fuera el órgano para la realización de las tareas esenciales de la historia, nuestra fraudulenta democracia pasó con deferencia todo el poder real a la camarilla contrarrevolucionaria y militar-imperialista. Incluso Tseretelli, en la Conferencia de Moscú, pudo vanagloriarse que los soviets no habían entregado su poder bajo presión, después de ser derrotados luego de una dura lucha, sino voluntariamente, como prueba de una política de autodisolución. La bondad del ternero, que extiende su cuello al cuchillo del carnicero, no es la cualidad que va a conquistar nuevos mundos.

La diferencia entre los terroristas de la Convención de 1792  y los capituladores de Moscú es la diferencia entre tigres y terneros: una diferencia de coraje. Pero esta diferencia no es fundamental. Sólo oculta una diferencia decisiva en el personal de la democracia misma. Los jacobinos estaban basados en clases de poca o ninguna propiedad, incluyendo también embriones de un proletariado que ya existía. En nuestro caso, la clase obrera industrial ha hecho su camino por fuera de la mal definida democracia para ocupar una posición en la historia donde ejerce una influencia de importancia fundamental. La democracia pequeño-burguesa fue perdiendo sus más valiosas cualidades revolucionarias a medida que esas cualidades se desarrollaban en el proletariado, el que se liberó de la tutela de la pequeña-burguesía. Este fenómeno a su vez se debe al grado incomparable superior del desarrollo capitalista en Rusia comparado el de Francia de fines del siglo XVIII. El poder revolucionario del proletariado ruso, que no puede ser medido de ninguna manera por su importancia numérica, se basa en su inmenso poder productivo, que se hace más evidente que nunca en tiempos de guerra. La amenaza de una huelga ferroviaria nuevamente nos recuerda, en nuestros días, cómo todo el país depende del trabajo concentrado del proletariado. El partido pequeño-burgués-campesino, al inicio de la revolución, estuvo expuesto a un fuego cruzado entre los poderosos grupos formados por las clases imperialistas, por un lado, y el proletariado revolucionario e internacionalista, por otro. En su lucha por ejercer una influencia propia sobre los trabajadores, la pequeña-burguesía no dejó de vanagloriarse de su “talento para administrar el Estado”, de su “patriotismo”, y así cayó también en una dependencia servil de los grupos capitalistas contrarrevolucionarios. Simultáneamente, perdieron la posibilidad de liquidar el viejo barbarismo que impregnaba a aquellos sectores del pueblo que aún les seguían. La lucha de los social-revolucionarios y los mencheviques por influenciar al proletariado cedía cada vez más el lugar a la lucha del partido proletario por obtener la dirección de las masas semiproletarias de las ciudades y aldeas. Debido a que “voluntariamente” cedieron su poder a las camarillas burguesas, los social-revolucionarios y los mencheviques se vieron obligados a entregar la misión revolucionaria definitivamente al partido del proletariado. Esto solo es suficiente para mostrar que el intento de determinar las cuestiones tácticas fundamenta- les a través de una mera referencia al carácter “burgués” de nuestra revolución sólo puede lograr confundir las mentes de los obreros atrasados y engañar a los campesinos.

En la Revolución Francesa de 1848, el proletariado ya hace esfuerzos heroicos por actuar de forma independiente. Pero no tiene aún ni una clara teoría revolucionaria ni una organización de clase reconocida. Su importancia en la producción es infinitamente menor que la actual función económica del proletariado ruso. Además, detrás de 1848 había otra gran revolución, que había resuelto la cuestión agraria a su manera, y esto encontró su expresión en el pronunciado aislamiento del proletariado, particularmente el de París, de las masas campesinas. Nuestra situación al respecto es inmensamente más favorable. Las hipotecas sobre la tierra, las obligaciones vejatorias de todo tipo y la opresión y rapaz explotación de la iglesia, confrontan a la revolución con cuestiones ineludibles, que demandan medidas valientes y sin compromisos. El “aislamiento” de nuestro partido de los social-revolucionarios y mencheviques (inclusive un aislamiento extremo, aún por el método de cámaras únicas), de ninguna manera sería sinónimo de un aislamiento del proletariado de las masas oprimidas de la ciudad y el campo. Por el contrario, una aguda oposición de la política del proletariado revolucionario a la pérfida defección de los actuales líderes de los soviets, sólo puede traer una diferenciación saludable entre los millones campesinos, arrancar a los campesinos pobres de la influencia traidora de los poderosos mujiks socialrevolucionarios y convertir al proletariado socialista en el verdadero líder de la revolución popular, “plebeya”.

Finalmente, una mera referencia sin sentido al carácter burgués de la Revolución Rusa no nos dice absolutamente nada sobre el carácter internacional de su entorno. Y esto es un factor de primera importancia. La gran revolución jacobina se confrontó a una Europa monárquica, feudal, atrasada. El régimen jacobino cayó y dio paso al régimen bonapartista, bajo el peso del esfuerzo sobrehumano que debió ofrecer para subsistir contra las fuerzas unidas de la Edad Media. La Revolución Rusa, por el contrario, tiene frente a sí una Europa que se ha distanciado mucho de eso, habiendo llegado al grado más alto de desarrollo capitalista. La masacre actual demuestra que Europa ha llegado al punto de saturación capitalista, que no puede seguir viviendo y creciendo sobre la base de la propiedad privada de los medios de producción. Este caos de sangre y ruina es la salvaje insurrección de las mudas y sombrías fuerzas de producción, es el motín del hierro y el acero contra la dominación de la ganancia, contra la esclavitud salarial, contra el miserable impasse de nuestras relaciones humanas. El capitalismo, preso entre las llamas de una guerra que él mismo desencadenó, grita desde las bocas de sus cañones a la humanidad: “¡O gano o los enterraré bajo mis ruinas cuando caiga!”.

Toda la evolución del pasado, los miles de años de historia humana, de lucha de clases, de acumulación cultural, se concentran ahora en el único problema de la revolución proletaria. No hay otra respuesta posible ni otra salida. Y ahí reside la tremenda fuerza de la Revolución Rusa. No es una revolución “nacional”, burguesa. Quien la conciba así, esta viviendo en el reino de las alucinaciones de los siglos XVIII y XIX. Nuestra patria en el tiempo, es el siglo XX. La suerte futura de la Revolución Rusa depende directamente del curso y el resultado de la guerra, es decir, de la evolución de las contradicciones de clase en Europa, a las que esta guerra imperialista da una naturaleza catastrófica.

Los Kerensky y Kornilov comenzaron muy pronto a usar el lenguaje de los dictadores rivales. Los Kaledin mostraron sus dientes demasiado rápido. El renegado Tseretelli tomó tempranamente la despreciable mano que le extendió la contrarrevolución. Pero la revolución recién ha dicho su primera palabra. Tiene todavía tremendas reservas en Europa occidental. En lugar del apretón de manos de los líderes de los gángsteres reaccionarios con los inútiles de la pequeña-burguesía, llegará el gran abrazo del proletariado ruso con el proletariado europeo.

PROLETARII No 8, 22 DE AGOSTO DE 1917

socialdemócrata revolucionario, dirigente bolchevique y comisario de guerra del Ejército Rojo, opositor al estalinismo, del que fue una de las víctimas y fundador de la IV Internacional, fue uno de los escritores más brillantes del movimiento socialista internacional.
Fuente:
http://www.ceipleontrotsky.org/1917-Escritos-en-la-revolucion
Traducción:
Gabriela Liszt