El centenario de 1917 en Rusia: la difícil tarea de celebrar y condenar a un mismo tiempo

Àngel Ferrero

09/01/2017

"No sólo los historiadores, sino la sociedad rusa necesita una apreciación honesta y profunda de aquellos acontecimientos”, afirmó Vladímir Putin en su discurso ante la Asamblea Federal en diciembre.

El dramaturgo alemán Heiner Müller escribió en 1968 El horacio, una obra de teatro basada en una leyenda de la Antigua Roma. Según ésta, los horacios, tres hermanos trillizos de Roma, se enfrentaron con los curacios, tres hermanos trillizos de la ciudad de Alba Longa, para dirimir la guerra que mantenían ambas ciudades y evitar así más muertes. En la lucha, dos de los horacios mueren, pero el tercero logra dar muerte, uno a uno, a los tres curacios, heridos en el combate. A su regreso, el horacio superviviente encuentra a su hermana, quien mantenía una relación con uno de los curacios, en duelo.

Al grito de “perezca cualquier mujer romana que llora la muerte del enemigo”, el horacio asesina a su hermana, crimen por el que es condenado a muerte. En la leyenda, el pueblo apela la sentencia y salva al horacio de la muerte; en el drama de Müller, en cambio, el horacio es honrado, primero, y ejecutado, después.


El horacio podría servir como parábola de la celebración del centenario de la Revolución de octubre en Rusia. El fin de la URSS –cuyo vigésimo quinto aniversario se ha conmemorado recientemente– abrió a las elites su camino al poder político y económico en Rusia, pero supuso al mismo tiempo el final de su condición de superpotencia, una que comenzó por lo demás con una revolución comunista y que, por motivos obvios, les es imposible reivindicar. El requiebro dialéctico acostumbra a ser la solución habitual.

“Todos conocemos qué consecuencias han tenido por lo común las grandes convulsiones”, dijo el presidente ruso, Vladímir Putin, en su discurso ante la Asamblea Federal en diciembre. “Por desgracia, nuestro país ha hecho frente a muchas de estas convulsiones el siglo pasado. En 2017 se celebrará el aniversario de las Revoluciones de febrero y octubre. En esta ocasión podremos valorar de nuevo las causas y la esencia de las revoluciones rusas. No sólo los historiadores, sino la sociedad rusa necesita una apreciación honesta y profunda de aquellos acontecimientos”. A finales de ese mes, en la gran rueda de prensa anual, Putin volvió a referirse al centenario. "El próximo año conmemoraremos un siglo de los sucesos revolucionarios de 1917 y en este contexto debemos tender a la reconciliación”, afirmó.

“Reconciliación” será posiblemente la palabra más escuchada este año a la hora de recordar el aniversario. “Esta revolución, el intento del pueblo de construir una sociedad justa, cambió el mundo. El resultado fue un Estado con orientación social. Pero dividió a la sociedad y siguió dividiéndola”, dijo el ministro de Cultura, Vladímir Medinski, en mayo.

Para Medinski, “es necesario condenar el terror, pero hemos de mostrar respeto a los héroes de todos los bandos: los rojos, los blancos y, quizá, los verdes (las milicias campesinas que lucharon por igual contra el Ejército Rojo y el Ejército Blanco durante la guerra civil)”. En este sentido, Medinski propuso construir un monumento en Sebastopol que represente al barón Piotr Wrangel –comandante del Ejército Blanco–, al anarquista Nestor Majnó –comandante del Ejército Negro–, y a Mijaíl Frunze –comandante del Ejército Rojo–, quien expulsó a los dos anteriores de Ucrania junto con los nacionalistas de Simón Petliura.


Propaganda y contrapropaganda monumental

Desde hace siglos los monumentos se derriban y se erigen con los cambios de régimen político, como manera de simbolizar el fin del viejo orden y la consolidación del nuevo. Rusia no es ninguna excepción y, tras el triunfo de la revolución, los bolcheviques desmantelaron la mayor parte de las estatuas del viejo régimen. “Estatuas de los zares y sus sirvientes […] sin interés histórico o artístico” –según el decreto del gobierno soviético del 12 de abril de 1918–, como la del zar Alejandro III frente a la Catedral de Cristo Salvador en Moscú o la del general Mijaíl Skóbelev –un acérrimo defensor del paneslavismo– en la plaza Tverskáya de de la capital, fueron desmanteladas, mientras que otras, como las estatuas ecuestres de los zares Pedro I o Alejandro III en San Petersburgo, fueron consideradas de interés histórico-artístico y, en consecuencia, conservadas.

Además, Lenin propuso a Anatoli Lunacharski, comisario político del pueblo en el departamento de instrucción pública (Narkompros), desarrollar un plan de “propaganda monumental”. La inspiración confesa de Lenin fue La ciudad del sol (1602) de Tomasso Campanella, en la que las murallas de la ciudad se convierten en una enciclopedia ilustrada del conocimiento, pero debido a las condiciones climatológicas de Rusia, los frescos se abandonaron en favor de estatuas en plazas y frente a edificios emblemáticos representando a revolucionarios, filósofos, científicos, escritores y artistas. La escasez de presupuesto –fruto del bloqueo económico internacional y de la guerra civil– obligó a los escultores a trabajar con materiales sencillos y de peor calidad, y muchas de aquellas obras no sobrevivieron el paso del tiempo. La estatua a Robespierre de Beatrisa Sandomirskaya, por ejemplo, se inauguró el 3 de noviembre de 1918 y cuatro días después se desintegró debido a la mala calidad del cemento empleado. Con todo, muchas de estas propuestas han sobrevivido en forma de fotografías y maquetas, como el estudio de Borís Koroliov para el monumento a Mijaíl Bakunin que hoy se expone en la galería Tretiákov de Moscú.

A pesar de todo, la idea caló, y no solamente impulsó a toda una generación de escultores en la Rusia soviética, sino que se exportó a otros países del campo socialista y llegaría a sobrevivir incluso a la propia URSS. Después de 1991, la administración de Borís Yeltsin trató de ocupar el vacío con la restauración de símbolos de la Rusia zarista, que pasaron a convivir con la omnipresente y agresiva publicidad del capitalismo tardío, con su saturación visual, luces de neón y gigantescos anuncios. En la escultura, el realismo socialista se desprendió de su adjetivo y continuó siendo el estilo dominante del arte en el espacio público.


En este sentido, la propuesta de Medinski no es más que la prolongación cultural de la ideología de patriotismo de Estado que se ha venido desarrollando durante la presidencia de Putin. La prensa occidental acostumbra a destacar la recuperación de la música del himno soviético –en el año 2000– o del desfile militar del 9 de mayo –en ese mismo año y a partir de 2008 con carácter anual–, vinculándolas con una suerte de nostalgia soviética por parte del Kremlin. La realidad es que probablemente se trate, más bien, de la necesidad de mantener viva la conciencia de un episodio histórico que sigue cohesionando desde hace décadas a la sociedad rusa. “Las muertes de estos hombres también se convirtieron en poderosos símbolos sagrados que organizan, dirigen y constantemente reviven los ideales colectivos de la comunidad y la nación”. Esta frase del antropólogo estadounidense W. Lloyd Warner sobre el Día de los Caídos en EEUU podría aplicarse sin demasiados problemas a Rusia.


La restauración de personajes y símbolos prerrevolucionarios es, sin embargo, la tendencia dominante y se ha mantenido hasta el día de hoy. Sólo en Moscú, la construcción de una estatua frente a la Casa Blanca al ministro Piotr Stolipin (2012) fue seguida por otra dedicada al patriarca Hermógenes de Moscú (2013), al zar Alejandro I (2014) y, el año pasado y no sin polémica, a Vladímir I, el monarca que cristianizó a la Rus de Kiev.

El caso del obelisco del jardín Alexandr de Moscú es quizá el ejemplo paradigmático de los vaivenes de esta política de propaganda y contrapropaganda monumental. El obelisco original se construyó en 1914 para conmemorar los 300 años de la dinastía Romanov. En la piedra se inscribieron los nombres de los reyes y emperadores rusos, y el conjunto estaba coronado por el águila imperial. El obelisco fue obviamente concebido como un monumento destinado a durar tanto o más como los Romanov llevaban en el poder. Durante la ceremonia de inauguración, recogida por un periodista del diario Moskovskie Vedomosti, el obispo de Mozhaisk deseó una larga vida al emperador y a la casa real. Tres años después los Romanov y su Imperio eran historia. Un grupo de soldados rojos letones arrancó el águila bicéfala, el escudo fue sustituido por las siglas de la República Socialista Federativa de Rusia (RSFR) y en su base se grabó el lema “¡Proletarios del mundo, uníos!”. Los nombres de los zares fueron sustituidos por los de destacados pensadores socialistas, comenzando por Marx y Engels y terminando por Plejánov. A comienzos de julio de 2013 el obelisco fue retirado por las autoridades del ayuntamiento de Moscú. Meses después, apareció en su lugar una réplica del obelisco original, con el nombre de reyes y zares y el águila bicéfala restaurados. El motivo: el aniversario de los cuatro siglos de la dinastía de los Romanov.

“Si la sociedad lo hubiese sabido antes, o inmediatamente después, hubieran habido protestas de inmediato o poco después”, escribía Aleksandr Maysu-Ryan en un reciente artículo para Rabkor.ru, un conocido digital de la izquierda rusa. Aunque ocurrieron hace casi cien años, estos sucesos pueden seguir generando división y conflicto en la sociedad rusa. La reciente inauguración en San Petersburgo de una placa en memoria del almirante Alexandr Kolchak, el líder del efímero Gobierno provisional antibolchevique, es la última muestra de ello. La placa, financiada por una iniciativa privada, fue instalada el 12 de noviembre en el edificio de la calle Bolshaya Zhelenina, donde Kolchak vivió entre 1905 y 1912. Sólo dos días después apareció emborronada con pintura negra y, según pudo comprobar el medio Fontanka, alguien pintó en la pared “Kolchak asesino”.


Cien años de la revolución contra El capital


Alguien dijo en una ocasión que, en Rusia, las etapas históricas, más que superarse, parecen superponerse. Los libros con los debates y polémicas sobre la fundación del Estado soviético –“la revolución de los bolcheviques […] es la revolución contra El Capital de Karl Marx” (Antonio Gramsci)–, su evolución –¿La revolución traicionada? ¿El socialismo realmente existente? ¿“Sovietismo”, como lo llamó el historiador Stephen Cohen a falta de una definición mejor?– y su final inesperado, puestos en línea, uno tras otro, superarían en extensión con toda seguridad al muro de Berlín, y, a pesar de ello, la ideología parece exceder los intentos por comprender lo acontecido hace cien años y sus consecuencias.

“No una república parlamentaria -volver a ella desde los consejos de diputados obreros sería dar un paso atrás- sino una república de los consejos de diputados obreros y campesinos”, escribió Lenin en sus célebres Tesis de abril, poco después de llegar a Petrogrado procedente del exilio suizo. Esta propuesta, a contrapelo de lo que los socialistas habían aprendido de una versión escolástica de los escritos de Marx y Engels –a saber, que el desarrollo capitalista era imprescindible para sentar las bases del socialismo–, cambiaría profundamente el devenir de lo Eric Hobsbawm llamó “el corto siglo XX” (1917-1991) en todas sus esferas, desde la política hasta la ciencia y la cultura.

De aquellos “diez días que estremecieron al mundo”, como los calificó el periodista estadounidense John Reed, de sus protagonistas y de su eco durante varias décadas, se escribirán este año –si las crisis lo permiten– con toda seguridad muchos artículos.


Rusia era “el eslabón débil” –un país de la periferia europea que, por decirlo con Lenin, sufría no sólo el capitalismo, sino su insuficiente desarrollo–, pero la ruptura se dejó sentir en toda la cadena. De 1917 a 1923 se produjo una oleada revolucionaria en toda Europa: se proclamaron repúblicas socialistas en Finlandia (1918), Hungría (1919), Baviera (1919), Estrasburgo (1918), Eslovaquia (1919) y Mongolia (1921), y hubo insurrecciones obreras en Holanda (1918), Italia (1918-1920) y Alemania (1918-1923). En España el período de conflictividad social durante la crisis de la Restauración se conoció como el trienio bolchevique (1918-1921) e incluso la anarcosindicalista Confederación Nacional del Trabajo (CNT) llegó a estar afiliada a la Tercera Internacional –más conocida por su acrónimo ruso, Komintern– desde diciembre de 1918 hasta 1922.

Heiner Müller acostumbraba a decir que la suya era una época ya sin héroes. Un ejemplo, según el propio dramaturgo, de las tesis de Ernst Jünger sobre la creciente desproporción entre la talla de los agentes de la historia contemporánea y su radio de acción. Quién si sabe si no se decía algo parecido durante la primera década del siglo pasado. Antes del estallido de la Primera Guerra Mundial, el presidente del Partido Socialdemócrata Obrero de Austria (SDAP), Victor Adler, un habitual del Café Central de Viena, le advirtió al entonces ministro de Exteriores del Imperio austro-húngaro, el conde Berchtold, que una guerra en Europa podría provocar una revolución en Austria y quizás otra en Rusia. “¿Y quién encabezará esa revolución?”, contestó el conde, “¿acaso el Sr. Bronstein (Leon Trotsky), que se sienta en aquella mesa?”

miembro del comité de redacción de sin Permiso
Fuente:
http://www.publico.es/internacional/centenario-1917-rusia-dificil-tarea.html