El Congreso de la CTA y el 24 de marzo

Carlos Abel Suárez

02/04/2006

La Central de Trabajadores Argentinos (CTA) finalizó su VII Congreso nacional el viernes pasado. Unos 8.000 delegados representando a 1.100.000 afiliados sesionaron en Mar del Plata durante dos días bajo el lema: “Igualdad, democracia y soberanía”; culminando de esta manera un proceso de seis meses de congresos regionales preparatorios.

El encuentro marplatense se realizó en el contexto de la conmemoración del trigésimo aniversario del sangriento y brutal golpe militar de 1976. En efecto, la memoria y el balance de estos 30 años recorrieron desde el comienzo las deliberaciones. Emotivos hechos simbólicos, entre ellos, la designación de los 30.000 detenidos-desaparecidos como presidentes honorarios del Congreso. También un video registraba los 15 años de vida de CTA, comenzando con la imagen de Rodolfo Walsh y la lectura de su histórica carta abierta a la Junta Militar.

Diez mil delegadas y delegados de las más diversas actividades discutiendo los temas nacionales. Visitantes de todos los continentes, entre los que se veía a los principales puntos de referencia de las organizaciones sindicales mundiales, que rara vez en el pasado compartieron juntos un mismo escenario.  Al ingresar los representantes de las centrales sindicales de Francia, todo el estadio se puso de pie para gritar hasta la ronquera la solidaridad con los obreros y estudiantes que se enfrentan allí a la flexibilización laboral. Cualquiera de estos acontecimientos valdría por sí sólo una nota o un titular en cualquier medio periodístico del mundo. Salvo para los medios argentinos, que prefieren como título de portada la muerte del caniche de una diva al incómodo retorno incómodo de unos trabajadores a los que habían dado de baja mientras anunciaban el fin de la historia.

Este silencio en torno al Congreso de la CTA y a todas las actividades preparatorias - tanto de los congresos regionales como del seminario internacional organizado por la Federación de Trabajadores Industriales (FeTIA) el miércoles último, en la sede del sindicato de Luz y Fuerza de Mar del Plata, en donde con la participación del equipo económico de FLACSO se analizaron el pasado y el presente de la industria en el país y en el mundo – no es casual. 

El 24 de marzo

El golpe militar de 1976 con su salvajismo y horror sistemático y premeditado tuvo como objetivo central y calificado resolver la crisis de dominación en un momento preciso de la Argentina y del mundo.

El primer intento fue en 1955, cuando se buscó sacar de la escena política a la anomalía que representaba para los intereses de las clases dominantes una clase obrera organizada  que disputaba en la fábrica la omnipotencia del capital. A mediados de los 70, la clase dominante había fracasado en disciplinar a los trabajadores formados en la tradición peronista. Pero tenía asimismo enfrente a una nueva generación de obreros radicalizados en las disputas de los nuevos centros industriales surgidos y desarrollados en los años 60. En un cuadro de crecimiento industrial sostenido y de pleno empleo, la participación de los trabajadores en el PBI alcanzaba en 1974 el 48,5 por ciento del PBI. Hoy ronda el 20 por ciento, la distribución más injusta y desigual de la historia.

La Dictadura Militar fue el resultado entonces de la voluntad política de la clase dominante de poner fin a ese desafío y liquidar a la vieja y a la nueva vanguardia de los trabajadores. Como numerosas investigaciones lo han corroborado, el golpe militar no fue la respuesta a la guerrilla, sino el propósito deliberado de aniquilar la ofensiva y la resistencia de los trabajadores. Hay que decirlo una vez más: lo que estaba en juego en 1976 era el conflicto entre el capital y el trabajo.

De allí que existiera una acción mancomunada entre las grandes empresas y los mandos militares para hacer desaparecer a los mejores activistas, cuerpos de delegados y comisiones internas.(1)

La resistencia

Esta dictadura comisionada de los grandes grupos industriales, financieros y terratenientes, que son casi los mismos ayer que hoy, impuso el retroceso más espantoso a la vida social, económica, política y cultural del país. Sin embargo, no pudo erradicar la memoria de los trabajadores y de los activistas que intentaron por todos los medios sobrevivir.

Y justamente aquí radica la incomodidad para muchos de la permanencia de la CTA. En este Congreso estaban físicamente o en el recuerdo los veteranos de aquellas batallas, junto a los que dieron la pelea contra la continuidad de la dictadura que representó el gobierno de Menem y Cavallo. Es el único ámbito plural que reconoce esa tradición y esa experiencia, donde confluyen y se entrecruzan las historias, de los desaparecidos, de los encarcelados, de los exiliados. Así, durante el Congreso se recordaron aquellos episodios, a veces modestos, nunca irrelevantes, de la resistencia a la dictadura. Desde la toma de las tierras de Solano en 1981, que movilizaron a 50.000 personas que resistieron un cerco militar de cinco meses, hasta los paros parciales que desembocaron en la histórica jornada del 30 de marzo de 1982. Ese paro con movilización costó la vida de un dirigente de los mineros en Mendoza y de otro militante obrero en Buenos Aires, más miles de presos en todo el país. Victorio Paulón, secretario de la UOM de Villa Constitución, recordó en la inauguración del Congreso la huelga general del 6 de abril de 1983. La intervención militar de la UOM ordenó trabajar; tres compañeros, entre ellos Alberto Piccinini (al que se le entregó una plaqueta recordatoria), que acababa de salir de largos años de cárcel, pararon los ómnibus en la puerta de ACINDAR y organizaron una asamblea que resolvió adherirse al paro.

Este centenar de experiencias y anécdotas son parte de la memoria colectiva de los trabajadores; sólo la CTA las rescata, y constituyen parte de su historia. La CGT del menemismo, de los gordos, de la burocracia, no se reconoce en esa historia. No hay que olvidar el oprobioso papel de los “dirigentes” que fueron a declarar al Juicio contra las Juntas; atacados de un súbito y prematuro Alzheimer, no recordaban nada de la represión dictatorial. Nunca se enteraron. Más todavía: cómplices que fueron,  entregaron las comisiones internas y a los delegados más combativos, asociados como estaban al interés de las empresas, o a ministros de Trabajo como Carlos Ruckauf.

La autonomía y la democracia

Los escasísimos comentarios sobre el Congreso de la CTA han puesto el acento en el esfuerzo que se hizo para mantener la unidad de la Central entre las tendencias proclives a un mayor acercamiento al gobierno y otros que apuestan a un esquema de confrontación.

Desconocen o perdieron la memoria de que la unidad de los trabajadores es un bien preciado, que todas las derrotas en más de dos siglos de combates han sido precedidas por la fragmentación y la división. Por consiguiente, la debilidad de la CTA –que la tiene— no habría que buscarla precisamente en sus esfuerzos por mantener la unidad.

En una fragmentación política y social como la que vive Argentina, en una larga tradición en la izquierda y el progresismo de sectas mesiánicas o agrupamientos que desconocen las virtudes de la deliberación democrática, la CTA es una de las pocas organizaciones con base de masas donde pueden coexistir la diversidad y el pluralismo. Y esto no es espontáneo en ninguna parte; menos, aquí.

La CTA, con sus más y con sus menos, retomó la mejor tradición sindical peronista de figuras emblemáticas como Germán Abdala, a la vez que pudo sumar otras experiencias no menos trascendentales en la historia del movimiento obrero. Las que provienen de la tradición anarquista, socialista y comunista, del Cordobazo, de Villa Constitución yd el cordón industrial del Paraná, del movimiento campesino, de la militancia de los cristianos revolucionarios, etc.

Tan importante como aquello, la CTA nació y se desarrolló en la lucha contra el neoliberalismo, encabezando la protesta social de un conjunto muy amplio de organizaciones. En ese derrotero, sumó a los desocupados que se reivindican trabajadores, ayudó a organizar las empresas autogestionadas, la resistencia territorial, a los campesinos, a los pueblos originarios y a los jóvenes. Dirigió acciones fundamentales para la derrota cultural del neoliberalismo que se firmó en las rebeliones populares del 19 y del 20 de diciembre de 2001.

Este congreso, con sus logros y con sus limitaciones, mantiene esa llama en medio de un panorama de rupturas y continuidades.

Las bases de ese acuerdo fueron sintetizadas en la exigencia de libertad y democracia sindical, en la voluntad de lucha por la universalización de los planes asistenciales y en la voluntad de expandirse y consolidarse en las ramas de la actividad privada.

Un grito de apoyo unánime despertó la afirmación de Víctor De Gennaro:   “Esta Central jamás estará subordinada a un partido, a una empresa o a un gobierno”.

Motivos suficientes todos para que se silencie en la prensa tradicional a esta corriente, para que se intente deslegitimarla, para que se constituya un frente común de las patronales y los burócratas, a fin de negarle la personería jurídica, que es tanto como negar la democracia sindical. La CTA les muestra a todos ellos que aquella criatura que creían haber exterminado en 1976, maltrecha, debilitada, está viva, restañando heridas, y vuelve como ayer para reclamar que la democracia entre en las fabricas y en las empresas, es decir, para enfrentarse, otra vez,  a los viejos y nuevos partidarios de la barbarie.

Nota

(1)   La historiadora Victoria Basualdo realizó una notable investigación, aún inédita, sobre el papel de las grandes empresas en la represión desatada tras el golpe de 1976.

Carlos Abel Suárez es miembro del Consejo de Redacción de SINPERMISO

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Fuente:
www.sinpermiso.info, 2 abril 2006