El encuentro de la izquierda cubana con la Revolución Rusa: el Partido Comunista y la Comintern

Víctor Jeifets

Lazar Jeifets

17/05/2017

La historiografía del movimiento comunista cubano está llena de vacíos y representa un claro ejemplo del predominio de enfoques alejados de la idea de objetividad de las ciencias sociales. El Instituto de Historia de Cuba, por ejemplo, no se ha planteado la necesidad de recopilar la historia del “primer partido marxista-leninista de Cuba” —es decir, lo ocurrido entre 1925 y 1961—, aunque dispone de todas las herramientas para realizar dicho trabajo. En especial, cuando su director era Fabio Grobart, que contaba con sesenta años de pertenencia a la dirigencia del Partido, y entre sus investigadores trabajaban los veteranos del Partido Comunista de Cuba (PCC) Ramón Nicolau (egresado de la Escuela Leninista Internacional y miembro del Buró Político) y Pedro Serviat (primer director de la Escuela Nacional del Partido). Aunque Serviat da algunas evidencias sobre los lazos internacionales de los comunistas cubanos en 40 años de la fundación del Partido Comunista, este libro carece prácticamente de un análisis de las relaciones entre el PCC y la Internacional Comunista (Comintern, o la III Internacional) (1), y esto es así, no porque faltaran fuentes  fidedignas para llevar a cabo esta tarea —como lo demuestra el trabajo del historiador australiano Barry Carr, quien utilizó de manera exitosa los documentos de los archivos—(2). De igual forma, numerosas entrevistas con los veteranos del movimiento comunista describen la historia del PCC, pero en estas aparecen constantemente personajes silenciados. Esto bien puede responder a que la historiografía cubana evita aclarar los detalles de la expulsión del PCC de su líder Julio Antonio Mella (en la foto) y hace caso omiso a los primeros contactos de la izquierda cubana con el país, donde en 1917 triunfó la Revolución de Octubre.
Los “historiógrafos oficiales” han estado con “la espada de Damocles”, en el caso de poner mal los hincapiés ideológicos. En tanto, no podían utilizar memorias de aquellos participantes de los hechos históricos que habían quedado fuera del movimiento comunista. Los pocos académicos, que gracias a la voluntad de la jerarquía partidaria recibieron luz verde para utilizar el sanctasanctórum —el Archivo de la Comintern—, se encontraban con ciertos conflictos y dilemas. Por un lado, tenían en las manos documentos que requerían un cambio de enfoques, y, por el otro, no tenían más remedio que utilizar aquellos personajes silenciados, evitando una avalancha de preguntas que pondrían en duda los viejos estereotipos sobre formación y actuación del PCC expresados en la historiografía oficialista.

A este respecto, la historiografía no marxista llenó varios huecos sobre la historia de las relaciones de la izquierda cubana con la Comintern entre 1950-1960, pero siempre tuvo su punto débil: muchas conclusiones se debían a supuestos y conjeturas, como lo aceptó el autor de la obra Communism in Latin America (3). En este contexto era habitual exagerar y ampliar la importancia de la actividad de los “agentes de la Comintern”. Así, por ejemplo, el fundador del Movimiento Demócrata Cristiano, Luis Aguilar —más tarde profesor de Columbia University, en Nueva York (Estados Unidos)—, afirmaba que los líderes del PCC “no conocían los principales conceptos marxistas”, y que la actividad teórica del partido era dirigida por el extranjero Grobart. El autor acusaba al PCC de ser “un partido pequeño, cuyos miembros podían reunirse en una habitación”, donde él, “siguiendo servilmente la estrategia de la lucha de la Comintern, desde 1927 se negó a cooperar con otros grupos revolucionarios”. Aguilar ignoraba los planes rebeldes de Mella entre 1927 y 19294. Esta misma tendencia caracteriza los trabajos de Alonso Ávila y Jorge García Montes (5).

La situación empezó a cambiar lentamente en los años noventa con la aparición de un con- junto de trabajos respaldados por la investigación en archivos. Los Jeifets publicaron documentos que demostraban las contradicciones entre Mella y los dirigentes del PCC (6); el análisis del tema fue profundizado por Christine Hatzky, quien sacó a la luz algunos episodios ocultos de la historia del comunismo cubano (7). La publicación de la obra escrita por Angelina Rojas Blaquier, profesora cubana, resultó una ruptura con la historiografía anterior, pero incluso este libro carece de un análisis pormenorizado de los lazos internacionales del PCC (8). Cabe resaltar además el estudio de Rafael Soler Martínez sobre el trotskismo cubano, que se concentra sobre todo en de la década de los años treinta (9). Al mismo tiempo, el trabajo reciente de Blas Nabel Pérez Camejo se limita a reproducir los planteamientos realizados con anterioridad por otros investigadores (10).

Es en este contexto historiográfico que la historia de las complejas relaciones entre el comunismo cubano y la Comintern merece ser recuperada con estudios, sobre la base de fuentes primarias contenidas en los archivos de la Internacional Comunista, resguardados en Moscú (Rusia). En este artículo, además, se está de acuerdo con el enfoque de Maurice Duverger: “todos los partidos se ven impactados fuertemente por su origen” (11). Este archivo es un auténtico tesoro para los investigadores tomando en cuenta el papel desempeñado por los representantes de la Comintern en este proceso.

Desde esta perspectiva, se considera que la propuesta analítica de Gramsci, que se usa comúnmente para el marco teórico de investigaciones acerca de los comunismos nacionales (poner mayor énfasis en la integración de la historia del partido en la historia de la sociedad (12)), no cuenta con suficiente poder explicativo, si se tiene en cuenta que, en muchos países latinoamericanos, el nacimiento de la izquierda no necesariamente estaba vinculado con la anterior evolución del movimiento obrero. Más si se tiene en cuenta que durante años y décadas, la lógica de desarrollo de los partidos comunistas estaba subordinada a los estándares universales impuestos por la III Internacional, y es más pertinente enfocarse en el análisis de dichos enlaces entre la sede de la Comintern y la izquierda de cualquier país latinoamericano.

En este orden de ideas, las principales preguntas que se pretende resolver son las siguientes: ¿Cómo se establecen los primeros enlaces de la izquierda cubana con la Revolución Bolchevique y la sede de la revolución mundial?, ¿Quiénes eran los emisarios de la Comintern que adiestraban a los militantes de la izquierda?, ¿Cuál era el balance de las relaciones entre la izquierda cubana, la Rusia Soviética y la Comintern entre 1919 y 1930? Por lo que se cree que es necesario matizar y profundizar esta área de investigación. Se parte entonces del planteamiento sobre la importancia de la inserción internacional de la izquierda cubana, considerando que esta se pensaba como parte inseparable de la Revolución Bolchevique.

En este artículo se analiza cómo evolucionó la relación entre la izquierda cubana y la revolución mundial. Para alcanzar este objetivo se ha elaborado un texto dividido en cuatro partes. La primera parte se centra en los orígenes de esta relación. La segunda investiga los intentos de restablecer los enlaces perdidos a través de la sección hebrea de la Agrupación Comunista de La Habana. En la tercera parte se analizan los pormenores del juicio político emprendido por el PCC en contra de Mella y cómo este fue percibido por la Comintern. Por lo último, se enfoca en la investigación acerca del replanteamiento de la relaciones entre la izquierda cubana y la Comintern en la segunda parte de la década de los veinte, terminando con el análisis del balance de estas relaciones. Para ello se utilizan fuentes como las memorias de los militantes comunistas, aunque la base clave del artículo son los documentos de archivos rusos referentes al PCC. Así, pues, cotejando las fuentes de archivo con la bibliografía existente y las memorias, se buscará entender de manera adecuada los pormenores de la historia de los encuentros y desencuentros de la izquierda comunista cubana con la Revolución Rusa.

1. Los primeros emisarios de la Comintern en la Isla y la izquierda comunista

La situación social y económica en Cuba durante el período de la “Pseudo República”, cuya soberanía estaba restringida por la “enmienda Platt”, contribuía al crecimiento de sentimientos antiimperialistas y de simpatías hacia el movimiento obrero y hacia la ideología de la Revolución Bolchevique. La particularidad importante en la experiencia revolucionaria cubana fue la aproximación de las organizaciones obreras y estudiantiles, sobre la base ideológica del antiimperialismo y la solidaridad con la Rusia Soviética. El factor subjetivo tuvo un papel importante en ello: el líder carismático estudiantil Julio Antonio Mella reunió bajo la bandera comunista a muchos militantes de la Liga Antiimperialista, de la Universidad Popular José Martí, de la Federación de Estudiantes Universitarios y del grupo “Renovación”, fundado bajo su liderazgo. Más tarde, esto permitió al PCC convertirse en una organización nacional de masas y actor activo del movimiento revolucionario internacional.

El primer encuentro del Partido Comunista Internacional con el movimiento de izquierda de la “Perla de las Antillas” se puede fechar en diciembre de 1919. El emisario de la Comintern, Mijaíl Borodin, durante su regreso a Europa tras cumplir una misión en México, hizo una escala en La Habana y envió a la ciudad a su ayudante, Charles Phillips (uno de los fundadores del Partido Comunista Mexicano), para dialogar con el líder del “unionismo radical y clasista”, Marcelo Salinas —miembro de Industrial Workers of the World, la organización internacional anarcosindicalista, y fundador del periódico Hombre Nuevo—, con el objetivo de estudiar las perspectivas de organizar a los obreros con base en los principios de la III Internacional.

Phillips regresó: “[...] sumamente contento y feliz. Dijo que no solo había buenas perspectivas para la organización a base de los principios de la Comintern, sino que hace un par de horas había sido organizada la Sección Comunista de Cuba [SCC] encabezada por Salinas y adaptada la resolución sobre la afiliación con la III Internacional y la dictadura del proletariado” (13).

A pesar de la aparente frivolidad de los sucesos, este grupo tenía las bases sólidas. Los nombres de Salinas y del dirigente de la Unión de Obreros Gráficos Antonio Penichet (también participaba en la charla con Phillips y se convirtió en miembro del Comité Ejecutivo Provisional y del Comité de la Propaganda de la SCC) fueron bien conocidos dentro y fuera del país; por estas razones, el encuentro con los líderes obreros de Cuba fue determinado con anterioridad (14). A decir verdad, el delegado de Moscú valoró la creación de la SCC como “un acto bastante interesante e importante que demuestra hasta qué punto puede llegar el así llamado el comunismo de izquierda, como puede degradar hasta la completa negación del partido político”. El caso era que, a la pregunta de Borodin: ¿Por qué los partidarios de Salinas se llamaron “sección”, y no “partido”?, Phillips contestó: “Porque ellos no creen en esas cosas. Para ellos ‘el partido’ significa un palabra prohibida” (15).

La mala reputación de los “partidos” no impidió que Salinas enviara al Comité Ejecutivo de la III Internacional (CEIC) la petición para la afiliación al Partido Internacional Comunista y declarara la voluntad de “luchar [...] por la proliferación de sus ideas [de la Comintern]” (16). También apoyó la idea de convocar el Congreso Comunista Latinoamericano, demostrando su deseo de participar plenamente en las actividades cominternistas. El escepticismo de Borodin respecto al izquierdismo de la SCC no le impidió a su lugarteniente Phillips anhelar el derecho a representar a los partidarios de Salinas en el Segundo Congreso de la Comintern (17). La Comisión de credenciales pospuso la decisión “hasta conferir el mandato” (18), pero la SCC fue invitada al III Congreso (en 1921)19. No obstante, la invitación no sirvió para nada. La SCC —incapaz de conciliar la ideología del anarquismo con la férrea disciplina comunista— se desintegró después de menos de un año de funcionamiento.

2. La Comintern y los comunistas de Cuba retoman sus contactos

Debido a que los fundadores de la Sección no participaron en las actividades de las nuevas organizaciones comunistas, estas tenían que buscar nuevos caminos para mantener contacto con la Comintern. La Asamblea Extraordinaria de la Agrupación Socialista de La Habana (ASH), el 16 de julio de 1922, por iniciativa de su dirigente Carlos Baliño, adoptó una “Declaración de Principios” que estaba en armonía con la táctica de la III Internacional20. Este documento aparentemente no llegó al CEIC, y la ASH sufrió una escisión. En marzo de 1923, Baliño y sus seguidores fundaron la Agrupación Comunista de La Habana (ACH), una pequeña organización de seguidores de la Revolución Rusa (apenas veintisiete miembros). Además, funcionaban los grupos comunistas de Guanabacoa, Manzanillo y San Antonio de los Baños, pero ninguno de ellos tenía contactos internacionales (21).

El primer esfuerzo por establecer contactos directos con Moscú fue realizado por la Sección Hebrea de la ACH (fundada en 1924 por los emigrantes de Polonia y Lituania, que estaban mal integrados en el movimiento obrero de la Isla, por el conocimiento escaso del idioma), que envió, a través del Comité Central de las Secciones Hebreas del CC del Partido Comunista Ruso (PCR), la carta al CEIC, esperando lograr el interés de la Comintern en el movimiento comunista cubano. El secretario de la sección, Abraham Simjovich —después conocido como Fabio Grobart—(22), indicaba la necesidad de reunir los grupos comunistas dispersos creando el partido único que encabezaría la clase obrera. En la carta enviada con el objetivo de expresar este asunto se ponía énfasis sobre una particularidad importante de la ACH: su influencia entre los estudiantes, lo que abría la posibilidad de “convertir a los estudiantes en los dirigentes de los trabajadores”. La Sección Hebrea de la ACH insistía en el establecimiento de contactos directos con el PC Ruso pidiendo “órdenes y consejos en el trabajo […]” (23).

Sobre este asunto cabría preguntarse: ¿Por qué la carta no fue enviada directamente a la Comintern, sino al PCR? Para los miembros de la sección que no sabían idiomas extranjeros era más fácil dirigirse en yidish al CC de las secciones hebreas del PCR, que comunicarse con los camaradas mexicanos o americanos. La segunda explicación puede hallarse en la existencia de lazos personales, lo que parece natural, dada la procedencia de los miembros del grupo del territorio del ex-Imperio ruso. De todos modos, en vísperas de la Asamblea Constituyente del PCC, el CEIC y el Comité Central del PCR tenían la información precisa, aunque breve, sobre el movimiento comunista cubano.

Para el momento en que la carta llegó a Moscú, la situación en Cuba había cambiado. El presidente de la ACH, Carlos Baliño, envió en mayo de 1924 una carta al Partido Comunista americano sobre la actividad del grupo. El jefe de Workers’ (Communist) Party of America (W[C] PA), Jay Lovestone, expresó su deseo de establecer contactos con la ACH. Las relaciones entre los comunistas de Cuba y México pasaron al ámbito práctico después de la formación de la sección cubana de la Liga Antiimperialista de las Américas (LADLA) (24). La ACH solicitó al Partido Comunista de México (PCM) enviar a Cuba algunos asistentes técnicos para llevar a cabo el Congreso Unificador de los Grupos Comunistas. A la Isla viajó el miembro del CC del PCM Enrique Flores, y durante tres meses, junto con los cubanos, se preparó la creación del PCC. Tras el informe de Flores sobre las decisiones antes aprobadas por la III Internacional, los delegados del congreso reconocieron a la Comintern como el órgano supremo para el PCC, y a través del PCM pidieron a Moscú admitirlo en el seno del Partido Comunista mundial (25). Una petición similar fue enviada a la Comintern por el W(C)PA (26).

El delegado del I Congreso del PCC, Alfonso Bernal del Riesgo, da testimonio sobre el envío a La Habana de un representante del Secretariado Sudamericano de la Comintern (SSAIC), el argentino Hipólito Echevere (27). Los documentos cominternistas corrigen esa información: Echevere (Jorge Paz) apareció en Cuba después del Congreso, y no estaba autorizado por el SSAIC; además, declaró a Mella la imposibilidad de participar en las actividades del PCC recién fundado, ya que había sido expulsado del PC argentino (PCA) por pertenecer al grupo de “chispistas” (28). No obstante, los cubanos decidieron recurrir a su ayuda, y el argentino llevaba a cabo las “misiones técnicas” del CC del PCC (29). Los dirigentes del PCC no ostentaban la situación personal de Echevere, permitiendo a los miembros del partido considerarlo como delegado del SSAIC para hacer creer a los jóvenes comunistas que su actividad encontraba apoyo no sólo en el vecino México, sino en la lejana Argentina.

3. Los primeros desencuentros entre el PCC y Moscú: el “caso Mella”

El PСС no tenía obstáculos aparentes para alinearse a la Сomintern, pues cumplía las “21 con- diciones” y tenía apoyo de las secciones mexicana y americana. No obstante, la misma dirección del partido dificultó el proceso al expulsar a uno de sus fundadores, J. A. Mella. Su nombre (en la actualidad símbolo del partido) podría aparecer en la historia oficial del PCC bajo la marca del “renegado” y “traidor” (30).

El presidente de Cuba, general Gerardo Machado, consideró como una amenaza la creación del PCC u otras organizaciones radicales y prometió perseguir a los comunistas. Ya en agosto de 1925, la mayor parte de los militantes del PCC aparecieron ante el juzgado, ya que les imputaban la preparación de una insurrección; unos trecientos dirigentes sindicales acusados de actividades bolcheviques fueron deportados (31). Liberados pronto bajo fianza, los militantes tuvieron que refugiarse en la clandestinidad. En noviembre fueron formulados cargos contra el PCC y la Federación Obrera de La Habana por su presunta implicación en una serie de atentados terroristas. El 27 de noviembre, Mella fue encarcelado otra vez, y el 5 de diciembre anunció una huelga de hambre, que duró dieciocho días (32). Esto conllevó una campaña de solidaridad con Mella desplegada en toda América Latina, que está bien recogida y descrita en la literatura33. Mientras tanto, el papel de los comunistas en la campaña se limitó a la publicación del manifiesto de protesta contra la encarcelación de los activistas. El Comité “Pro Mella” estaba compuesto de personas que tenían contactos estrechos con la actividad de la Liga Antiimperialista de las Américas (LADLA), la Universidad Popular; sin embargo, no contaba con los dirigentes del PCC.

Hasta hace poco, la historiografía oficial cubana silenciaba el hecho de que, al salir de la cárcel, Julio Antonio fue acusado por el tribunal del PCC por falta de disciplina e insubordinación a las decisiones del CC, al mantener lazos personales con la burguesía en contra del proletariado; pero además, luego fue expulsado del PCC (la única historiadora cubana que trabaja en Brasil, Olga Cabrera, en su artículo publicado en México, indicó que la expulsión había sido un “error grave” cometido por el CC) (34). Al mismo tiempo, el secretario del CC del PCC, Lionel Soto, describió la situación como “desacuerdos dentro del CC sobre la huelga de hambre”, aclarando que los dirigentes comunistas sólo temían por la vida de Mella. Soto desaprobó las “diferentes especulaciones a posteriori” referentes al “distanciamiento de Mella de la mayoría del Comité Central del Partido [...] La desaprobación de los actos de Mella por el Partido no cambió ni el destino del Partido, ni el destino de Mella. El acuerdo nunca ha sido publicado o difundido” (35). Los motivos de Soto, que quería guardar las apariencias del “primer partido marxista-leninista de Cuba”, son evidentes. Aun así, no permiten estar de acuerdo con él: el “caso de Mella” causó una crisis profunda en el mismo PCC y lo llevó al conflicto grave con el PCM y la Comintern.

Recién salido del hospital carcelario, devastado física y psicológicamente, Mella exigía una sesión extraordinaria del CC para discutir las acusaciones formuladas en su contra; sin embargo, el tribunal del PCC sesionó en ausencia de Mella negando rotundamente todos sus argumentos (36). Fue el trabajo con las organizaciones del frente comunista lo que más tarde hizo del PCC una fuerza política clave de Cuba, pero en aquel momento fue considerado por los dirigentes comunistas como un crimen contra el PCC. El tribunal no tenía confianza en los “íntimos amigos” de Mella. Pero sólo con listar sus nombres, el lector que apenas conoce la historia del movimiento comunista de América Latina estará impresionado: futuros dirigentes del PCC, Jorge Vivó (37) y Rubén Martínez Villena; futuros líderes de la izquierda venezolana, Gustavo Machado y Salvador de la Plaza; el peruano Jacobo Hurwitz —futuro jefe del Comité “¡Manos fuera de Nicaragua!”—; el venezolano Carlos Aponte, militante de la lucha antidictatorial en varios países del continente (38).

El tribunal del PCC pronunció un veredicto severo: se prohibía al Secretario de Propaganda del CC participar en la actividad política durante tres meses y trabajar en el PCC durante tres años. El recién nacido y minúsculo partido clandestino (que en el momento de su fundación contaba con apenas 57 personas) (39), que estaba obligado a cambiar durante cinco meses de existencia a varios secretarios generales, condenó al único dirigente bien conocido, no sólo en Cuba, sino en otros países del continente. Tal vez esa popularidad fue la causa desconocida que impulsó a sus colegas del PCC a perseguir la idea de su expulsión. El intelecto y carisma de Mella aparentemente asustaban a sus compañeros en el PCC. Pero no era un simple pleito por liderazgo, sino el conflicto entre obrerismo e intelectualismo, aspecto muy típico en el comunismo latinoamericano de aquella época.

Mella, que sufría el ostracismo impuesto por el PCC, era al mismo tiempo perseguido por las autoridades y salió de Cuba sin informar a los dirigentes del partido, lo que fue visto como un nuevo “acto de desobediencia al CCE [Comité Central Ejecutivo] del PCC”. En México se convirtió en miembro del CC del PCM y del CE de la LADLA, trabajó en el periódico El Machete y la revista Libertador. Estas actividades motivaron protestas por parte de los dirigentes del PCC, que, con una insistencia que merecía otro buen uso, intentaban convencer al PCM y al CEIC de la justeza de la decisión tomada por los cubanos. De hecho, todos los contactos internacionales del PCC de 1926 y 1927 se centraron en el “caso de Mella”. Por suerte para Mella, el planteamiento absurdo del PCC estaba claro para muchos. El funcionario del Consejo Internacional Campesino “Banderas” (bajo este nombre trabajaba el exrepresentante plenipotenciario de la URSS en México, Stanislav Pestkovsky) en La Habana advirtió al PCC que “había cometido un suicidio” (40). Lo mismo decía a los miembros del CC del PCM el dirigente del PCM R.Carrillo: “quedarán solos”, por su postura en el caso de Mella. El delegado del W(C)PA en el IV Congreso del PCM y el emisario de la III Internacional, “Stirner” (Edgar Woog), exigieron la rehabilitación inmediata de Mella (41).

En los primeros meses de existencia del PCC, Julio Antonio era la única fuente de información sobre la situación en Cuba para el W(C)PA. La respuesta de Charles Ruthenberg sobre este asunto fue esperadamente drástica: “Si nosotros, como comunistas, no podemos mantener buenas relaciones con las fuerzas políticas cercanas, ¿cómo podemos aspirar a atraer a las más alejadas?” (42). Los comunistas estadounidenses vieron en la huelga de hambre un acto de “heroísmo” y llamaron la atención de los cubanos sobre la escasez de líderes en el PCC, explicando que tal situación “no les permitía el lujo de liberarse de una persona como Mella, [...] que en un futuro podría tener mucha importancia para el movimiento comunista en Cuba” (43).

Aparentemente irritado por estas posturas, el PCC, el 23 de marzo de 1926, exigió a sus correligionarios mexicanos considerar a Mella como un persona expulsada que pasó del “oportunismo y deserción” a la “traición de nuestros ideales”. El CC del PCC insistía en que los mexicanos debían cortar toda relación con Mella (44). La I Conferencia del PCC (el 20 de mayo de 1926) acusó a Mella de ser responsable de las divergencias surgidas entre la Universidad Popular, la Liga Antiimperialista y la dirección del PCC. En tal sentido, su actividad fue caracterizada como un “mellismo comunista”, “irresponsable, sospechoso y malintencionado, oportunista y amarillista”. La grandeza del personaje era tan evidente, que incluso sus adversarios tenían que aceptar: “Mella tuvo la oportunidad de bolchevizar a la ‘Liga Anti-imperialista’”. No obstante, enseguida, como si cambiaran de opinión, volvían a su idea  ja: “si se hubiera sometido a la disciplina de los partidos de la I.C.”45.

“El caso de Mella” se convirtió para el PCC en un obstáculo insuperable en el camino del reconocimiento oficial por parte de la Comintern. El Secretariado Latino del CEIC, en enero de 1927, discutió el asunto tres veces. Al escuchar los informes del argentino Victorio Codovilla y del delegado cubano Rafael Sainz (“Sotomayor”), elaboró un borrador de la resolución cubana del CEIC (46), reconociendo como éxitos importantes del PCC la fundación de la Liga Antiimperialista, que “inició el movimiento verdaderamente de masas” y la creación de la Confederación Nacional Obrera (47). El “caso de Mella” era el punto clave de la resolución. El CEIC encontró dentro del movimiento obrero cubano una equivocación, expresada en la “manera individualista” causada, por un lado, por la tradición anarcosindicalista muy fuerte, y, por el otro lado, por la psicología de los intelectuales, admitiendo que el dirigente estudiantil Mella ingresó en el PCC sin entender la necesidad de “una disciplina colectiva estricta”. Al mismo tiempo consideró como un error grave la postura del CC del PCC de no entender la necesidad de realizar “la educación comunista en vez de purificar el partido a través de las expulsiones, que convertían el Partido en una secta”. Al fin y al cabo, los altos dirigentes de la Comintern resolvieron aceptar al PCC como la sección de la III Internacional apreciando sus intentos sinceros de realizar “trabajo revolucionario y comunista” (48).

El 29 de mayo de 1927, el PCC anunció la rehabilitación de Mella reconociendo sus plenos derechos y obligaciones de militante. Los dirigentes del PCC se rindieron bajo la influencia del CEIC y del PCM. Con un tono irritado, la declaración de CC del PCC destacaba la importancia de la resolución de la Comintern en la revisión del veredicto (49). Con la intención de guardar las apariencias en las condiciones no favorables, el PCC informó que si la misma situación se repitiera, el partido tendría que tomar las medidas establecidas por los Estatutos.

Para aquel momento, Mella había vuelto de Europa, donde participó en el Congreso Antiimperialista en Bruselas y visitó la URSS. En Moscú, junto con Rafael Sainz, informó al CEIC sobre la preparación por los nacionalistas de una rebelión en Cuba, pidiendo determinar si los comunistas podrían participar. El viaje del cubano a Europa fue organizado por Stanislav Pestkovsky, pues el exdiplomático soviético participaba también en la discusión del asunto cubano en la Comintern. La amistad personal de Mella con personas que determinaban la política latinoamericana de la Comintern, su papel activo durante las discusiones sobre los problemas del movimiento revolucionario cubano y latinoamericano en CEIC y el Consejo Internacional Campesino (Krestintern), sin duda, influyeron en el contenido de la resolución de la Comintern. El regreso de Mella al PCC contribuyó, a  n de cuentas, a lanzar su estrategia personal de crear muchas organizaciones que estaban bajo la influencia del PCC, pero que tenían cierta autonomía. La atracción a través de estas organizaciones al movimiento comunista de representantes de diversos sectores sociales (incluso a la élite intelectual del país) convirtió el PCC en uno de los más influyentes en el continente durante las décadas de 1930 y 1940.

Algunos funcionarios de la Comintern tenían dudas referentes a la personalidad de Mella, bajo la sospecha de su trotskismo, y por el viaje no autorizado a Estados Unidos. El argentino Victorio Codovilla y el venezolano Ricardo Martínez pusieron trabas para la elección del cubano en el Buró Central de la Internacional Sindical Roja, a pesar de las defensas del CC del PCM, que señalaban que Mella había luchado contra el trotskismo y había viajado a Estados Unidos para negociar con la delegación de la Unión Nacionalista, con la autorización de los dirigentes del PCM, y luego había presentado informe pormenorizado sobre las pláticas (50).

Aparentemente, la protesta de la sección mexicana de la Comintern fue inspirada por el mismo Mella, que en aquel momento estaba en el cargo de Secretario General del PCM. Este conflicto creó los rumores sobre la disidencia de Mella (51). El acusador mayor de Mella, Victorio Codovilla, tuvo que defenderse desde Buenos Aires (donde encabezó el trabajo del SSAIC), confirmando, de hecho, la artificiosidad de las razones de cerrar las puertas de la Internacional Sindical Roja (ISR) al cubano.

Entre estas, nombró el deseo de dar acceso a los órganos de dirección sindical “a los obreros organizados que tenían relaciones directas con el movimiento sindical de dicho país”, mientras que Mella “no estaba en Cuba más de dos años, no era ni líder sindical, y ni siquiera obrero”. Este argumento podría parecer lógico y objetivo, a no ser que el puesto al que aspiraba Mella lo obtuviera Ricardo Martínez, representante de una organización virtual de trabajadores, la Unión Obrera Venezolana en Estados Unidos, que no tenía acreditación por parte de los sindicatos, ni por parte del Partido Comunista de su país, por una simple razón: en aquel momento no existía. Otro argumento que hizo la candidatura de Mella “incómoda” era que “no se sabía la opinión del PCC”, mientras existía “el problema disciplinario relacionado con su expulsión”. El argentino acusó a Mella de apoyar la idea de fundar el Partido Revolucionario Nacional con base en la alianza obrera-campesina y la creación de una nueva central sindical en México, planteando que esto contradecía la política de la Comintern. A Codovilla le importaba poco el hecho de que el CEIC todavía estaba definiendo la decisión sobre ambos asuntos (52).

Entre 1927 y 1929, la Comintern estaba discutiendo seriamente el proyecto de creación de una alianza amplia en contra del régimen dictatorial en Cuba. Un papel importante en dicho asunto lo desempeñaba la Unión Nacionalista (UN), fundada en 1927 por los opositores a los planes de una reforma constitucional propuesta por Gerardo Machado. El líder de la UN era el coronel Carlos Mendieta, rival de Machado en la lucha por ser candidato a la presidencia del Partido Liberal en 192453. Los comunistas no creían en la “fuerza revolucionaria” de los nacionalistas, pero consideraban posible cooperar con ellos, dado su prestigio entre las masas (54). La dirección del PCC consideraba entonces dos opciones: sabotear el plebiscito sobre la prórroga de la presidencia de Machado o recomendar a los obreros votar por los nacionalistas. Esto, porque a la UN se le prohibía obtener el registro y participar en las elecciones en 1928; además, la segunda opción no se hizo válida. En estas condiciones cambiantes, el PCC decidió organizar una red con los comités revolucionarios para preparar una huelga política general (55).

A su vez, el Secretariado Político del CEIC consideró que los nacionalistas tenían perspectivas de convertirse en el centro de la unión de diferentes capas de trabajadores opositoras al machadismo, y que estaban a favor de las libertades civiles, y también vio “la jeta antiimperialista” de Mendieta (“en los ojos de las masas”). Como resultado, la Comintern exigió al PCC formar el frente revolucionario-nacionalista antiimperialista, “a base de su propio programa y reivindicaciones”. Los nacionalistas obtendrían el papel de simples participantes del frente, junto a “otras organizaciones revolucionarias de trabajadores y campesinos”. En Moscú, nadie veía la contradicción y utopía del proyecto: plantear ante el PCC (un partido con falta de experiencia política, con pocos militantes y debilidad teórica) la tarea de encabezar tal frente (56).

La Comintern no veía la posibilidad inmediata de una insurgencia armada e instaba al partido a “luchar firmemente contra los sentimientos golpistas” (57). Sin negar la posibilidad de las insurgencias revolucionarias “en un futuro más o menos lejano”, Moscú no expresó ni una sola palabra sobre la posibilidad de proporcionar ayuda técnica y financiera para organizar la oposición antidictatorial armada. Al PCC se le ofrecía “promover la UN sin ir, al mismo tiempo, a los compromisos en cuestiones sensibles” y, paralelamente, movilizar las masas de obreros y campesinos a la lucha bajo la hegemonía comunista, “imponiendo su voluntad a todo el movimiento” (58). El programa de “cooperación” era más parecido al programa de enfrentamiento, y sólo podría embrollar al PCC haciendo creer que se llevaba la lucha no tanto contra la dictadura, sino contra el movimiento opositor pequeñoburgués: el objetivo principal (el derrocamiento de Machado) se quedaba en la sombra.

Para Mella, la clave de la relación con los nacionalistas radicaba en la posibilidad de organizar una rebelión en Cuba. Sus ideas insurgentes se basaban en la experiencia histórica de los pueblos latinoamericanos, que obtuvieron la independencia con las armas en la mano. Ya en mayo de 1927, en su discurso a los miembros del Directorio de los Estudiantes Universitarios, re riéndose a los países con un fuerte movimiento antiimperialista, proponía llevar la lucha antidictatorial por medios violentos: “La libertad nacional y social no llegarán con la caridad. Vayamos a seguir el ejemplo de China, México, Nicaragua” (59). Al mismo tiempo, veía la garantía de éxito en la “unificación internacional de la lucha” tomando en cuenta la similitud de los problemas cubanos con los de Haití, Santo Domingo, Puerto Rico, México y América Central. Para el comunista Mella, los actos de rebeldía antidictatorial no eran un nuevo pronunciamiento, sino la etapa de la liberación nacional en el camino al socialismo. Esta etapa requería el trabajo conjunto con la UN, que aglutinaba grandes masas: “Para la nación la esperanza sólo puede aparecer en el movimiento nacionalista y proletario. El primer movimiento atrajo a todo el pueblo consolidado bajo sus banderas [...] y que desea las acciones en marcha, que, en este caso, serían en algún modo violentas” (60).

Como una de sus tareas, Mella veía importante acelerar el movimiento por la liberación nacional; por eso destacaba la unión entre los trabajadores y la conspiración nacionalista llamando a los obreros a apoyar el movimiento insurgente a través del sabotaje, la huelga, entre otros. La alianza con los nacionalistas no se consideraba como una mera participación en su insurgencia como un socio menor. Al estar convencido de la aproximación en Cuba de la revolución al “estilo clásico para la América Latina”, Mella planteaba la urgencia de convertir el PCC en una estructura capaz de dirigir una lucha antiimperialista similar al movimiento armado en contra de la intervención estadounidense en Nicaragua, desplegado por Augusto César Sandino. Creía que las masas obreras cubanas serían el factor clave en esta lucha: “Puede ser que tengamos el segundo Nicaragua en América con una sola diferencia que aquí tendremos el partido y la clase obrera más o menos organizada” (61).

Entendiendo las escasas posibilidades de que el PCC fuera la pieza clave de la acción armada, Mella y sus compañeros, a finales de abril de 1928, fundaron la organización que debería generar fuera del país las condiciones favorables para el éxito de los planes insurgentes: la Asociación de Nuevos Emigrados Revolucionarios Cubanos (ANERC). El objetivo de la ANERC era preparar una expedición armada desde el territorio mexicano o estadounidense, esperando que fuera respaldada por las fuerzas opositoras dentro del país (62). La ANERC simbolizaba “el puente entre obreros y estudiantes que tenían que irse al exilio y [...] que en el exilio entendieron la necesidad de reunir sus fuerzas en base a los ideales socialistas para lograr la independencia de Cuba” (63). La Comintern aparentemente dejó de entender la diversificación de los planes revolucionarios de Mella, para formar organizaciones del “frente comunista”, y —queriendo evitar la desviación de la disciplina comunista internacional— insistía en que los exiliados cubanos se unieran a los partidos comunistas de los países donde residían.

Ahora bien, el grupo de Mella tenía sus propios recursos financieros. Tras el derrumbe de los planes del Partido Revolucionario Venezolano de una expedición en contra del dictador venezolano Juan Vicente Gómez, Mella (quien había ayudado a organizar el transporte ilegal de armas) mantuvo parte de las armas resguardadas en México (64). El hecho pasó desapercibido, incluso para sus camaradas más cercanos, a excepción de Leonardo Fernández Sánchez. Al mismo tiempo, en caso de no concretarse una alianza entre el PCC y la UN, el joven revolucionario cubano planeaba actuar de manera autónoma. La expedición se preparaba en Yucatán, Veracruz u otros lugares; además, el mismo Mella buscaba una opción para volver ilegalmente a Cuba y preparar el despliegue en la Isla. Pero al no encontrar la posibilidad, envió a Fernández Sánchez a La Habana con una misión secreta; este se reunió con el nuevo líder del PCC, Rubén Martínez Villena, el secretario general del PCC, Joaquín Valdez, y otros miembros del CC que apoyaron el plan de la lucha armada65. Tras los intentos fallidos de pactar con el “caudillo” nacionalista Mendieta, Fernández Sánchez habló con un miembro del Directorio de la UN, el general mambí Francisco Peraza Delgado, que encabezaba el grupo más radical de los nacionalistas. El veterano de la Guerra por la Libertad aprobó todas las propuestas de Mella señalando: “Yo me veo a mí mismo comunista” (66).

La encarcelación de Fernández Sánchez cortó todas las relaciones con el ala radical de la UN. En la prisión se enteró sobre un plan gubernamental para asesinar a Mella, y, al volver a Nueva York, notificó a su amigo sobre la partida a México de un grupo de esbirros; sin embargo, ya era demasiado tarde (67). La muerte de Mella destruyó finalmente el plan de la lucha armada conjunta contra Machado; así, el PCC tuvo que volver a empezar los contactos con la UN prácticamente desde cero.

4. Replanteamiento de relaciones entre el PCC y la Comintern a finales de la década de los veinte

Las discusiones sobre la UN fueron replanteadas durante la Primera Conferencia Comunista Latinoamericana (Buenos Aires, 1929), cuando se discutía el nuevo giro en la estrategia de los nacionalistas: sus líderes tendían a apoyar la idea de derrumbar a Machado con la ayuda estadounidense. El PCC se indignó abiertamente por la postura de Mendieta sobre las carteras ministeriales para los comunistas, en caso de que apoyaran la revolución nacionalista, y declaró que para ellos eran más importantes la libertad de la actividad sindical y la legalización del PCC. Los comunistas cubanos concluyeron que Mendieta no tenía perspectiva política “para realizar la revolución” y terminaron sus relaciones con los nacionalistas. El funcionario argentino de la Comintern, Codovilla, apoyó tal planteamiento considerando que el PCC “no debe ayudar a una revolución democrática burguesa sostenida por el imperialismo” (68). El delegado de la Comintern, Humbert-Droz, precisó la estrategia del PCC: participar en el movimiento revolucionario como una fuerza independiente, con el objetivo de convertir el movimiento en una revolución proletaria.

No todos los dirigentes del PCC compartían este enfoque; la resolución del CC del 10 de marzo de 1929 decía: “Nuestras relaciones con el partido nacionalista tienen que respetar la postura del último en relación al imperialismo”69. El representante del PCC, Simjovich, en el verano de 1929, admitió que en Moscú conocían mal los asuntos cubanos. Quedaba fuera de la lógica de la Comintern la necesidad vital de derrocar a Machado, el “presidente de los mil asesinatos”, calificado de tal modo por la violencia desatada en contra de los opositores. El temor de los comunistas de establecer compromisos con otras fuerzas antimachadistas llevó, al fin de cuentas, al famoso “error de agosto” de 1933, cuando se negaron la oportunidad de formar un nuevo gobierno.

El ala radical de los nacionalistas, en agosto de 1931, fracasó en su intento de destruir la dicta- dura a través de medios violentos. Por cierto, entre los participantes del intento del golpe fallido había miembros de ANERC, incluido el doctor Aldereguía, amigo de Mella; participó también el periodista Sergio Carbó, quien había visitado Moscú durante la celebración del X Aniversario de la Revolución de Octubre, en 1927 (70). El tiempo mostró que la Comintern se equivocó sobre el potencial de los nacionalistas; mientras que el 18 de enero de 1934, Mendieta asumió provisionalmente la Presidencia de Cuba para formar “el gobierno de concentración”, compuesto por la UN y el Partido ABC, que reprimía brutalmente al movimiento obrero y campesino.

El nuevo problema en las relaciones de la III Internacional con su sección cubana surgió con respecto a la aparición del segundo PCC, “apócrifo”, en la Conferencia en Buenos Aires (Argentina). Ambos PCC pretendían ser representantes del movimiento comunista isleño, y aparentemente no había diferencias ideológicas entre ellos. Fue allí cuando salió a la luz que el SSAIC mantenía durante meses contactos con el Grupo Comunista de Guanabacoa pensando que era la sección cubana de la Comintern, e incluso financió el envío de dos militantes suyos a estudiar en Moscú. Se supo que el Grupo había intentado comunicarse con el PCM, pero los exiliados cubanos en México nunca comunicaron a nadie en la Comintern la existencia del otro PCC. A  fin de cuentas, Codovilla declaró que era imposible entender si todos los miembros del Grupo “eran aventureros”; por lo que los delegados cubanos fueron autorizados a traer “personas sinceras, si hay, a las filas de nuestro Partido”. Hasta el momento de aclarar los detalles, el SSAIC congeló la relación con el Grupo de Guanabacoa. El Presídium del CEIC, a su vez, ordenó detener la lucha entre los dos PCC y llevar a cabo su unificación (71). Moscú intentaba hacer cumplir sin excusas uno de los términos de la pertenencia a la III Internacional: en el país sólo puede haber un Partido Comunista, que incluya a todos los elementos revolucionarios del proletariado (72). Aparentemente, Moscú deseaba corregir el error cometido por el SSAIC, que había tomado al partido “apócrifo” por el PCC. Aceptar el malentendido era más difícil que exigir la unión, mientras que la información sobre el segundo partido era muy escasa.

El PCC consideraba que su actividad no había merecido la atención suficiente por el CEIC y los PP. CC., “hermanos mayores”; y eso a pesar de que los problemas claves del comunismo en la “Perla de las Antillas” fueron discutidos repetidas veces en los altos órganos de la III Internacional, y que los delegados del PCC visitaban Moscú más a menudo que los delegados de algunos partidos latinoamericanos. Aun así, la mayor parte de ellos (Mella, Fernández Sánchez, Alejandro Barreiro) no regresaban a la patria, y por eso las recomendaciones del CEIC llegaban al partido con retraso. Otros emisarios que llegaban a Cuba trabajaban allí hasta su encarcelación inevitable, que ocurría habitualmente al poco tiempo. Este plazo no era suficiente para tomar, junto con el PCC, decisiones cruciales en circunstancias de clandestinidad.

La Comintern no siempre era capaz de dar seguimiento a sus directivas. Por ejemplo, Humbert-Droz, estando solo en Buenos Aires, averiguó que Fernández Sánchez había entregado la carta política de la III Internacional al PCC, y sobre un informe partidario enviado como res- puesta (73). Si Fernández Sánchez entregó la carta personalmente, esto pudo ocurrir sólo a  finales de 1928. Este hecho dice mucho: hasta mayo de 1929, el dirigente del Secretariado Latinoamericano no sabía si el PCC había recibido la directriz de la III Internacional emitida el año anterior. El primer delegado oficial del Partido (Sainz) estuvo en Europa durante meses “en estado de inactividad”, según su propia estimación, después de que el PCC le declaró “la imposibilidad de regresar” (74). El PCC indudablemente creía que Sainz recibiría ayuda por parte del Partido Comunista de Francia. Pero eso no era cierto, y el cubano vivía al parecer en la miseria comiendo sólo una vez al día, gracias al apoyo de viejos conocidos españoles y del uruguayo Carlos Quijano, líder de la Asociación General de los Estudiantes de América Latina.

El nuevo delegado del PCC en Moscú, Simjovich, defendía con orgullo los intereses de su partido ante la Comintern, insistiendo en la necesidad de la atención más detallada, ya que las decisiones del CEIC “serían claves para el funcionamiento de nuestro partido en Cuba” (75). No entendía por qué, después de superar los serios obstáculos para realizar el viaje, nadie tenía prisa por escucharlo. Al exigir la discusión urgente de la situación del PCC, propuso una serie de condiciones para su funcionamiento eficiente: financiar la compra de una imprenta y la creación del Secretariado del CC, formular las directrices sobre la creación de las organizaciones ilegales antiimperialistas, de la Defensa Obrera y la Liga de la Juventud Comunista, y ayudarle con dinero. En la postura del PCC había aparentes contradicciones. Mientras los delegados comunistas cubanos en Buenos Aires demostraban su lealtad al SSAIC, el representante del PCC en Moscú expresaba las inquietudes por la falta de atención de la Comintern. Una simple razón para ello era la discordancia entre las actitudes de la dirección del PCC en el país (que no entendía bien las concordancias de fuerzas dentro de la III Internacional) y los grupos de exiliados, que no siempre conocían la situación dentro de Cuba (76).

El PCC, al considerar “la vecindad de los acontecimientos revolucionarios, tal vez, clásicos para América Latina”, insistía en la necesidad de celebrar un congreso. Sin embargo, el CEIC relacionaba la celebración del fórum nacional del PCC con la participación obligatoria de un delegado del PCM como representante de la Comintern (77). Esa fue la postura de Mella, apoyada por la dirección del PCM, algo que el CC del PCC veía con escepticismo. Asignar a un mexicano el cargo de observador en el Congreso (lo que había causado una euforia durante la fundación del partido), ahora se consideraba como “una señal de poca credulidad”. Los orgullosos neófitos cubanos del movimiento comunista no negaban sus errores, pero tampoco aceptaban que la Comintern y los partidos “hermanos mayores” tuvieran derecho a “mirarlos por encima de hombro” (78).

Los comunistas cubanos conocían muy bien la idiosincrasia de “las visitas breves turísticas” de sus correligionarios mexicanos, quienes, al estar de paso en La Habana, hacían propuestas de estrechar la relación entre el PCM y el PCC, que duraban “solamente hasta el momento cuando el barco zarpaba de nuestro puerto” (79). Estas quejas aparentemente eran muy subjetivas: el PCM regularmente informaba a Moscú sobre la situación en Cuba e intentaba ayudar al PCC en el trabajo organizativo. Los delegados cubanos de la Primera Conferencia Comunista Latinoamericana plantearon la necesidad del viaje a Cuba del emisario plenipotenciario del aparato central de la Comintern; sin embargo —a pesar de las promesas—, el delegado del CEIC, Mijaíl Grollman, nunca fue a la Isla (80). El asunto sobre la celebración del Congreso del PCC se estancó en los despachos de la Comintern por un tiempo infinito. Aunque el CEIC no estaba en contra, tampoco hacía nada para realizar el evento. Dos años más tarde, después de la primera solicitud del PCC, el CEIC le propuso resolver el problema con recursos propios, sin dar instrucciones concretas (81). Finalmente, el Segundo Congreso del PCC se realizó en 1934, después de la “Revolución de Agosto”.

Los cubanos, irritados por los trámites burocráticos, propusieron cambiar el sistema de relaciones en el triángulo PCC-PCM-PC de Estados Unidos. Su plan suponía obtener las instrucciones directas de los emisarios de la sección estadounidense de la Comintern para el trabajo permanente. El PCC pedía a Moscú asignarle fondos mensuales permanentes —150 dólares para pagar la estancia del funcionario comunista norteamericano y 100 dólares para el trabajo del PCC—. En el programa de cooperación se ponía énfasis en la necesidad de realizar en Estados Unidos una campaña de propaganda sobre el viaje del presidente Coolidge a La Habana, contra el terror de Machado, y cubrir ampliamente los problemas cubanos en el Daily Worker. Las relaciones entre Nueva York, La Habana y Veracruz debían mantenerse gracias a la ayuda de los marineros comunistas (82).

A decir verdad, los comunistas exigían de la Comintern realizar el principio rector de sus pro- pios Estatutos fundacionales: el manejo eficiente de toda la estructura del Partido Comunista mundial, el derecho de las secciones nacionales al apoyo de la dirección internacional. Junto a ello, al realizar esos principios se suponía el mantenimiento de la autonomía de las secciones nacionales. Y aunque en el futuro (en los años treinta y cuarenta) fue el PCC el que logró en mayor grado acercarse a este modelo, en comparación con otros partidos comunistas latinoamericanos, se trató de una excepción que afirmaba la regla: el cumplimiento de todos los principios del centralismo democrático conducía a la unificación inevitable. Esta fue precisamente una de las razones de la aniquilación de la Comintern en 1943.

Varios dirigentes del PCC llegaron (por motivos diferentes) a Moscú entre 1930 y 1931: Rubén Martínez Villena, Alejandro Barreiro y Joaquín Ordoqui (este último era representante del PCC en el Buró del Caribe; tras la victoria de Castro, ocupó el puesto de viceministro de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, hasta que fue separado de sus cargos en 1964). Indudablemente, esta situación contribuyó a que la Comintern se enterara mejor de los asuntos cubanos. Al mismo tiempo, el CC del PCC se privó de sus mejores militantes por hallarse en el extranjero. Después del arresto por la Policía de un grupo de miembros del CC del PCC, el 29 de mayo de 1930, el trabajo del partido se quedó efectivamente paralizado. El Buró del Caribe tuvo que enviar a Cuba a Jorge Vivó desde Nueva York; en septiembre de 1931 ocupó el puesto de Secretario General del PCC. Desde aquel momento se mejoraron los contactos entre el PCC, la oficina regional de la Comintern y el mismo Estado Mayor de la revolución mundial. Era el inicio de una nueva fase de la historia del comunismo cubano y de la preparación del PCC para los enfrentamientos revolucionarios importantes de la década de 1930.

Conclusión

A través de este estudio se han analizado las relaciones establecidas entre varios grupos de la izquierda comunista сubana desde su inserción en la órbita de la Revolución Rusa, en 1919. Este análisis deja en evidencia que el movimiento revolucionario influenciado por la Revolución Bolchevique contaba no solamente con comunistas, sino también con anarquistas, que fueron los primeros en a liarse a la III Internacional, fundada en Moscú. Muestra al mismo tiempo que el camino hacia la “Meca comunista” era largo y espinoso. Antes de la creación del “primer partido marxista-leninista de Cuba”, los dispersos grupos comunistas intentaron fortalecer los enlaces con la Rusia Soviética y la Comintern a través de los partidos comunistas de México y de Estados Unidos. Tras la fundación del PCC en 1925, el partido tardó bastante para convertirse en la sección de la Comintern, porque la expulsión de uno de sus dirigentes, Julio Antonio Mella, puso a los comunistas cubanos en un completo desacuerdo con Moscú y los comunistas de México y Estados Unidos. El movimiento comunista internacional insistió en que las perspectivas de captar nuevos militantes y enraizarse entre las masas exigían mayor  exibilidad del PCC, y en restablecer al carismático líder estudiantil en las  las comunistas. En ese aspecto, se puede detectar una influencia decisiva y positiva de la Comintern sobre el PCC. Con el regreso de Mella y el fortalecimiento de la línea planteada por él dentro del PCC, los comunistas cubanos sentaron las bases para convertirse en una fuerza con amplias bases de apoyo capaz de desempeñar un papel importante en la vida política nacional a partir de la década de 1930.

Notas:
(1) Pedro Serviat, 40 años de la fundación del Partido Comunista (La Habana: Editora Popular, 1965).
(2) Barry Carr, “From Caribbean Backwater to Revolutionary Opportunity: Cuba’s Evolving Relationship with the Comintern, 1925-34”, en International Communism and the Communist International, 1919-43, editado por Tim Reese y Andrew Thorpe (Manchester: Manchester University Press, 1998), 234-253. Carr también produjo artículos brillantes sobre el sector comunista del movimiento obrero cubano; sin embargo, estos aspectos quedan fuera del tema de esta investigación.
(3) Robert Alexander, Communism in Latin America (Nueva Brunswick: Rutgers University Press, 1957).
(4) Luis Aguilar, Cuba 1933, Prologue to Revolution (Ithaca/Londres: Cornell University Press, 1973).
(5) Alonso Ávila y Jorge García Montes, Historia del Partido Comunista de Cuba (Miami: Ediciones Universal, 1970).
(6) Víctor Jeifets y Lazar Jeifets, “El acusado es Julio Antonio Mella”. Latinskaia Amerika n.° 7-8 (1998): 64-89.
(7) Christine Hatzky, Julio Antonio Mella (1903-1929). Eine Biografie (Fráncfort del Meno: Vervuert, 2004).
(8) Sobre este tema puede consultarse las obras de Angelina Rojas Blaquier: Primer Partido Comunista de Cuba. Sus tácticas y estrategias, 1925-1935, t. 1 (Santiago de Cuba: Editorial Oriente, 2005); Primer Partido Comunista de Cuba. Pensamiento político y experiencia práctica. 1925-1952, t. 2 (Santiago de Cuba: Editorial Oriente, 2005); Primer Partido Comunista de Cuba, vol. 3. El partido socialista popular, su contribución al proceso nacional liberador cubano entre 1952-1961. Estrategia y táctica (Santiago de Cuba: Editorial Oriente, 2009).
(9) Rafael Soler Martínez, “El trotskismo en la Revolución del 30” (tesis de doctorado, Universidad de Oriente, 1997).
(10) Blas Nabel Pérez Camejo, “Cuba en el Archivo de la Internacional Comunista”. Boletín del Archivo Nacional n.° 18-19-20 (2012): 119-137.
(11) Maurice Duverger, Les partis politiques (París: A. P. Colin, 1951), 12.
(12) Antonio Gramsci, Notas sobre Maquiavelo, sobre la política y sobre el Estado moderno (Buenos Aires/Madrid: Ediciones Nueva Versión, 1980), 24.
(13) Michael Borodin, “ e Diary”, 1920, en Rossiiskii gosudarstvennyi arkhiv sotsial ́no-politicheskoi istorii (RGASPI) [Archivo Estatal Ruso de Historia Social y Política], Moscú-Rusia, Fondo 497, Inventario 2, carpeta 7, f. 92.
(14) “Informe sobre la sección comunista de Cuba”, 20 de enero de 1920, en RGASPI, Fondo 495, Inventario 105, carpeta 2, f. 2.
(15) Borodin, “ e Diary”, f. 92.
(16) Marcelo Salinas, “Carta al Camarada Secretario General de la III Internacional de Moscú”, 6 de diciembre de 1919, La Habana, en RGASPI, 495,105, carpeta 2, f. 1.
(17) Michael Borodin, “Letter to the Comintern”, 4 de enero de 1920, Madrid, en RGASPI, 497, Inventario 2, carpeta 1, f. 1.
(18) “El borrador del acta de reunión de la comisión de credenciales”, 17 de julio de 1920, Petrogrado, en RGASPI, Fondo 489, Inventario 1, carpeta 27,  . 1-1v.
(19) Comintern, El III Congreso Mundial de la Internacional Comunista. Informe taquigráfico (Petrogrado: Gosizdat, 1922) 8-9.
(20) Fabio Grobart, “El aniversario glorioso de los comunistas cubanos. El cincuentenario de la fundación del primer Partido Comunista de Cuba”. Kommunist n.° 11 (1975): 93-103.
(21) “Convocatoria y actas del congreso de fundación del primer Partido marxista-leninista de Cuba. Acta de la primer sesión”, en El movimiento obrero cubano. Documentos y artículos, editado por el Instituto de Historia del Movimiento Comunista de la Revolución Socialista de Cuba, t. 1, 1865-1925 (La Habana: Editorial de Ciencias Sociales, 1981), 445.
(22) Daniel Kersfield, “‘Polacos’ en Cuba: primeros pasos del comunismo judío en la Isla”. Estudios (San José) n° 23 (2010): s/f.
(23) “Traducción de la carta del secretario de la sección hebrea del Partido Comunista de Cuba A.Yunger”, 1925, Moscú, en RGASPI, 495, 105, carpeta 2,  . 54-55.
(24) Concepción Duchesne, “Las agrupaciones comunistas de Cuba y su primer congreso nacional”. Bohemia n° 28 (1975): 91.
(25) “El informe de A. Sotomayor sobre Cuba”, 31 de diciembre de 1926, Moscú, en RGASPI, 495, 105, carpeta 1,  . 38-39.
(26) “Carta del Secretario General del W(C)PA a J. Mella”, 14 de noviembre de 1925, en RGASPI, Fondo 515, Inventario 1, carpeta 480, f. 28.
(27) Julio A. Mella, “Los jóvenes rebeldes de ayer, comunistas de hoy”, Juventud Rebelde, 9 de enero, 1975.
(28) El Partido Comunista Revolucionario fundado tras la ruptura dentro del PCA.
(29) H. Echevere, “Autobiografía”, en RGASPI, 495, Inventario 190, carpeta 113, f. 53.
(30) Jeifets y Jeifets, “El acusado es Julio Antonio Mella”, 64-89; Hatzky, Julio Antonio Mella, 35-70.
(31) “Fundación del primer partido marxista leninista. De las memorias y relatos póstumos del doctor Alfonso Bernal”, Juventud Rebelde, 20 de agosto, 1982.
(32) Pedro Luis Padrón, Julio Antonio Mella y el movimiento obrero (La Habana: Editorial de Ciencias Sociales, 1980), 138-154.
(33( Sobre este punto: Yuri Pogosov, Mella (Moscú: Molodaya Gvardiya, 1968), 48-62; Daniel Kersfield, Contra el Imperio. Historia de la Liga Antiimperialista de las Américas (México: Siglo XXI, 2012), 80-82.
(34) “Acta del juicio del Partido en el caso de J. A. Mella”, en RGASPI, 495, 105, carpeta 2,  . 13; “Carta del PCC al Secretario General de la Comintern”, en RGASPI, 495, 105, carpeta 2, f. 22; Olga Сabrera, “La Tercera Internacional y su in uencia en Cuba. 1919-1935”. Sociedad/Estado n.° 2 (1989): 53.
(35) Lionel Soto, La revolución del 33, t. I (La Habana: Editorial de la Osa, 1979), 363. Cursivas del documento original.
(36) Mella explicaba que no tenía posibilidad de informar al CC y esclarecía que su huelga de hambre no estaba dirigida “en contra de los métodos proletarios de lucha”. “Acta del juicio del Partido en el caso de J. A. Mella”,  . 13-14.
(37) Sobre Vivó, véase en: Víctor Jeifets y Lazar Jeifets, “La odisea roja. Varias líneas al retrato político de Jorge Vivó d’Escoto”. CS n.° 14 (2014): 167-200, doi: dx.doi.org/10.18046/recs.i14.1844
(38) Kersfield, Contra el Imperio, 87.
(39) “El Censo de los a liados al Partido Comunista de Cuba”, 21 de mayo de 1927, en RGASPI, 495, 105, carpeta 8, f. 1.
(40) “El informe de A. Sotomayor sobre Cuba”, f. 41.
(41) “Carta de M. Gómez”, México, 4 de mayo de 1926, en RGASPI, 515, 1, carpeta 311, f. 9v.
(42) “Carta del Secretario General del W(C)PA al PC de Cuba”, 15 de julio de 1926, en RGASPI, 515, 1, carpeta 917,  . 81-82; “La respuesta del Secretario General del W(C)PA a la carta de J. A. Mella fechada el 5 de noviembre”, Chicago, 13 de noviembre de 1925, en RGASPI, 515, 1, carpeta 480, f. 26.
(43) “El CC del W(C)PA al CC del PCC”, 1926, en RGASPI, 515, 1, carpeta 635, f. 66.
(44) “Copia de la carta dirigida a Rafael Carrillo”, La Habana, 23 de marzo de 1926, en RGASPI, 495, Inventario 105, carpeta 2, f. 23. Rojas Blaquier plantea que esta carta fue falseada por la Policía, pero consideramos que no hay razones para tal afirmación. Rojas Blaquier, Primer Partido Comunista de Cuba, t. 1, 58.
(45) “Carta del Presídium de la I Conferencia del PCC al CC del PCM”, La Habana, 31 de mayo de 1926, en RGASPI, Fondo 495, 105, carpeta 2,  . 44-45.
(46) “Actas de reunión del Secretariado Latino”, Moscú, 6, 13 y 26 de enero de 1927, en RGASPI, Fondo 495, Inventario 32, carpeta 11,  . 2, 12, 16.
(47) “Resolución sobre Cuba”, 28 de enero de 1928, en RGASPI, 495, 105, carpeta 5, f. 6.
(48) “Resolución sobre Cuba”, 28 de enero de 1928, en RGASPI, 495, 105, carpeta 5,  . 12-13.
(49) “Carta del CCE del PCC al CCE de la Internacional Comunista”, La Habana, 29 de mayo de 1927, en RGASPI, 495, 105, carpeta 8, f. 13.
(50) “Carta del CC del PCM al Secretariado Latino de la Comintern”, 14 de junio de 1928, en RGASPI, Fondo 495, Inventario 108, carpeta 84, f. 42.
(51) Rafael Soler Martínez, “Los orígenes del trotskismo en Cuba”. Defensa de Marxismo n.° 20 (1998): s/p. La discusión del asunto en: Gary Tennant,  e Hidden Pearl of the Caribbean (Londres: Porcupine Press, 2000).
(52) Victorio Codovilla, “Carta al Secretariado Latino de la Comintern sobre el ‘caso de Mella’”, Buenos Aires, 18 de agosto de 1928, en RGASPI, Fondo 503, Inventario 1, carpeta 19,  . 32-34.
(53) Lionel Soto, La revolución del 33, 394, 415, 454.
(54) “Formación del Partido Unión Nacionalista”, en RGASPI, 495, 105, carpeta 8,  . 25-26.
(55) “Informe del CCE del PCC”, 1928, en RGASPI, 495, 105, carpeta 20, f. 19.
(56) “Carta del Secretariado Político del CEIC al CC del PCC”, 8 de febrero de 1928, en RGASPI, 495, 105, carpeta 10,  . 83, 85, 87.
(57) “Borrador de carta al CC del PCC”, 1928, en RGASPI, Fondo 495, Inventario 1, carpeta 10, f. 20.
(58) “Carta del Secretariado Político del CEIC al CC del PCC”, f. 89.
(59) Julio Antonio Mella, Documentos y Artículos (La Habana: Editora Política, 1975), 279.
(60) Olga Cabrera, “Julio Antonio Mella, dirigente de liberación nacional” [Artículo inédito].
(61) Julio Antonio Mella, “Carta a V. Codovilla”, París, 1927, en RGASPI, Fondo 542, Inventario 1, carpeta 18, f. 15.
(62) L. Torres Hernández, “La ANERC una combativa organización antimperialista”. Bohemia n.° 23 (1975): 88-92.
(63) Julio Antonio Mella, Documentos y Artículos, 435.
(64) R. Rodríguez, “La forja de una amistad entrañable. Un pasaje poco conocido de Mella”. Granma 1 (1991).
(65) Ana Cairo Ballester, El Movimiento de Veteranos y Patriotas (apuntes para el estudio ideológico del año 1923) (La Habana: Editorial Arte y Literatura, 1976), 97, 102.
(66) Raúl Roa, La semilla en un surco de fuego (La Habana: Letras Cubanas, 1982), 238-239.
(67) Leonardo Fernández Sánchez, “Julio Antonio Mella”. Bohemia n.° 24 (1970): 101-102; Hortensia Pichardo, Documentos para la historia de Cuba, t. III (La Habana: Editorial de Ciencias Sociales, 1973), 311.
(68) “Plática con la delegación cubana acerca del Partido Nacionalista”, 12 de junio de 1929, en RGASPI, Fondo 495,
Inventario 79, carpeta 73, f. 75.
(69) “Al CC del PC de Cuba”, 1929, en RGASPI, Fondo 495, Inventario 3, carpeta 159,  . 107-112v.
(70) Gustavo Aldereguía, “En el 50 aniversario de la expedición de Gibara”, Juventud Rebelde, 20 de agosto, 1981. Unos meses antes del asalto al Moncada, Fidel Castro platicó con Aldereguía sobre los detalles de organización del despliegue. Así, se puede hablar del uso práctico de las ideas mellistas en la revolución castrista de 1953-1959.
(71) Puede consultarse: “Acta de reunión del Secretariado Político”, 13 de septiembre de 1929, en RGASPI, 495, 3, carpeta 159, f. 2; “Actas de reunión del Presídium del CEIC”, 17 y 30 de septiembre de 1929, en RGASPI, Fondo 495, Inventario 2, carpeta 4,  . 1, 19. Así como Rojas Blaquier asegura que el segundo partido fue formado por la Policía. Angelina Rojas Blaquier, Primer Partido Comunista de Cuba, t. 1, 91-94.
(72) “Plática con la delegación cubana”, f. 77.
(73) “Acta de reunión sobre Cuba”, en RGASPI, 495, 79, carpeta 73, f. 67.
(74) Ángel Sotomayor, “Carta a V. Codovilla”, París, 5 de julio de 1927, en RGASPI, 495, 105, carpeta 8, f. 34.
(75) “Memorándum de A. Simjovich al Lender-Secretariado Latinoamericano del CEIC”, 13 de agosto de 1929, en RGASPI, 495, 79, carpeta 64,  . 6-7.
(76) Estas discordias aparecieron durante todo el curso de la historia del movimiento comunista latinoamericano, en aquellos países donde dos centros se ocupaban de dirigir los partidos. Los ejemplos más brillantes son las crisis en el PC de Chile durante la dictadura de Pinochet y en el PC brasileño durante el régimen militar.
(77) Mella, “Carta a V. Codovilla”, f. 15.
(78) Sotomayor, “Carta a V. Codovilla”,  . 33-34.
(79) “Informe del Partido Comunista cubano”, 1929, en RGASPI, 495, 105, carpeta 20, f. 19.
(80) “Plática con la delegación cubana acerca del Partido Nacionalista”, f. 77.
(81) “Al CC del PC de Cuba”,  . 110-112v.
(82) “Informe sobre la situación en Cuba”, en RGASPI, 495, 105, carpeta 20, f. 43.

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Hist. Crit. No. 64 · Abril-junio · Pp 81-100 · ISSN 0121-1617 · e-ISSN 1900-6152 99 doi: doi: dx.doi.org/10.7440/histcrit64.2017.05
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Profesor de la Universidad Estatal de San Petersburgo (Rusia). Egresado de la Facultad de Ciencias Sociales y Magíster en Historia por la Universidad Estatal Pedagógica Rusa. Doctor en Historia y doctor titular en Historia Universal por la Universidad Estatal de San Petersburgo (Rusia). Entre sus publicaciones más recientes se encuentran, en coautoría con Lazar Jeifets, América Latina en la Internacional Comunista, 1919-1945 (Santiago de Chile: Ariadna Editores, 2015), y “Reflexiones sobre el centenario de la participación rusa en la Primera Guerra Mundial: entre olvido histórico y los mitos modernos”. Anuario Colombiano de Historia Social y de la Cultura 42, n.° 2 (2015): 177-201, doi: dx.doi. org/10.15446/achsc.v42n2.53334.
Profesor de la Universidad Estatal de San Petersburgo (Rusia). Egresado de la Facultad de Historia, Magíster en Historia y Doctor en Historia por el Instituto Pedagógico Leningradense (Rusia), y Doctor titular en Historia Universal por el Instituto de América Latina de la Academia de Ciencias de Rusia. Algunas de sus publicaciones, en coautoría con Víctor Jeifets, son América Latina en la Internacional Comunista, 1919-1945 (Santiago de Chile: Ariadna Editores, 2015), y “International Insertion of the Communist Left Wing anti-Gómez Tendency of the Venezuelan Exiles, the First Years”. Revista Izquierdas n.° 25 (2015): 1-28, doi: dx.doi.org/10.4067/S0718-50492015000400001.
Fuente:
Hist. Crit. No. 64 · Abril-junio · Pp 81-100 · ISSN 0121-1617
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