El pantano de Coscubiela

Miguel Salas

11/05/2018

Sobre el libro Empantanados y la izquierda ante la rebelión catalana

Los procesos políticos y sociales nunca son lineales, tienen momentos álgidos, retrocesos y a veces dan vueltas como los meandros de un río. Por eso en cada una de sus etapas es tan importante la reflexión y el balance. Ni siquiera sus enemigos ponen en duda la importancia de la rebelión catalana y sus repercusiones en la crisis del Estado español, y un buen reflejo de ello se nota en los numerosos libros, trabajos y estudios que se encuentran en las librerías. Uno de ellos es el escrito por Joan Coscubiela, diputado en el Parlament por Catalunya Si Que Es Pot, que anteriormente fue parlamentario en Madrid y ex secretario general de las CCOO de Catalunya. Lo ha titulado Empantanados.

Reconocer la realidad

La lucha por el relato es una expresión de la lucha política; existen el de los defensores del nacionalismo español, el del 155 y el de las diferentes visiones del independentismo, y también desde las izquierdas hay que construir un relato que apueste por la defensa de los derechos nacionales y sociales y lo haga en clave republicana, de ruptura con el régimen del 78 y la Monarquía. Una de las dificultades en la comprensión del proceso de emancipación catalán está en el uso de clichés predeterminados, en tener más en cuenta las concepciones previas que el estudio del proceso real del movimiento y sus contradicciones. Algunos dirigentes políticos y otros supuestos sesudos pensadores siguen manteniendo que este proceso democrático que moviliza a millones de personas es una especie de montaje que ha logrado embaucar y estafar a importantes sectores de la ciudadanía catalana. Poco les interesa investigar las razones, y mucho esconder la cabeza para que todo siga igual o encontrar y castigar a los responsables. Para situar bien la polémica reconozcamos que se trata de un movimiento democrático pacífico y colectivo que reivindica un cambio político y de relación entre Catalunya y el Estado español, y eso se llama ejercicio del derecho de autodeterminación.

A diferencia de otros, Coscubiela se esfuerza por encontrar una explicación a lo sucedido y, acertadamente, lo relaciona con la globalización, con la crisis de representación política, con el problema histórico no resuelto de la relación entre España y Cataluña, y es de agradecer que huya de otros tópicos de algunas izquierdas, como que el proceso es algo inventado por la burguesía catalana, que es reaccionario, etc. etc. El autor reconoce lo que es evidente: “Las impresionantes movilizaciones del independentismo han generado una gran ilusión y muchas expectativas. A pesar de que sus detractores hayan anunciado en diversas ocasiones que el “suflé” independentista estaba bajando, su capacidad de movilización se ha mantenido intacta. […] Estamos ante una respuesta que se ha convertido en el movimiento social más importante de toda Europa en los inicios del siglo XXI. Que ha demostrado grandes potencialidades y, al mismo tiempo, unos límites muy evidentes. Que ha venido para quedarse y desempeñar un papel importante en la vida social y política de Cataluña y España. […] Mi profundo respeto y hasta admiración por el movimiento independentista, aunque no comparta su objetivo y menos su opción unilateralista. Una admiración que, en ocasiones, lo reconozco, se convierte en envidia”.

Lástima que su acción política haya sido contraria a lo que tales consideraciones parecerían indicar. Si estamos ante “el movimiento social más importante de Europa”, ¿no habría que formar parte de él y hacer propuestas positivas para su desarrollo y éxito? ¿Cómo se puede afirmar eso y al mismo tiempo no participar en las grandes manifestaciones del 11 de septiembre o el 1 de octubre? Una cosa es tener una posición crítica frente a los dirigentes del proceso y otra bien distinta situarse al margen y en contra del proceso.

Ha practicado una oposición negativa, cuando no compañera de los actuales defensores del 155, no ha tenido iniciativas prácticas que facilitaran el desarrollo del proceso o, al menos, un cambio en su orientación política. Después de reconocer la fuerza del movimiento, casi cualquier cosa le sirve para desprestigiarlo. Opina que “la ciudadanía es acrítica” o ha sido engañada y estafada, que “la fuerza del independentismo es cuasi teológica”, e incluso se suma a la supuesta violencia de las movilizaciones: “Me lleva a poner en duda el carácter no violento del movimiento independentista […] lo que pudiéramos llamar una estrategia de intimidación emocional”, o a negar la evidencia: “Esta acusación de persecución ideológica ha sido otra de las manipulaciones utilizadas por el independentismo”. Solo hay que leer las resoluciones del juez Llarena para comprobar lo contrario.

A pesar de haber tenido repercusión mediática, su posición está más aislada en el ámbito de las izquierdas de lo que pretende. Ninguna mención a que casi la mitad del grupo parlamentario de Catalunya Si Que Es Pot no compartió sus posiciones y se expresa también en el vinagre que desprende la crítica a los Comunes, “Ada nos dejó en la estacada” o “BcnenComú se pega un tiro en el pie”.

El 6 y 7 de septiembre

“Todo lo que existe merece perecer” -se lee en el Fausto de Goethe-. Esos días de septiembre de 2017 el Parlament de Catalunya debatió decisiones de ruptura política con el régimen monárquico e intentó dar un paso hacia un proceso republicano, a través de una ley para convocar el referéndum del 1 de octubre y una ley de Transitoriedad para la república catalana. Fue un pleno muy conflictivo, el gobierno de Rajoy y los Tribunales amenazaban con prohibir todas las decisiones soberanas del Parlament. En una de esas sesiones, Joan Coscubiela subió al estrado para denunciar que la aprobación de esas leyes era una decisión antidemocrática, que vulneraba el Estatut de Catalunya y las garantías democráticas de las minorías. Al acabar su intervención recibió el aplauso de los diputados y diputadas del PP, C’s y PSC, pero no logró el aplauso de todo su grupo parlamentario. Las fuerzas mediáticas y políticas contrarias al proceso amplificaron enormemente ese discurso.

Probablemente, las fuerzas independentistas podrían haberlo preparado mucho mejor, ya que dudaron hasta el final sobre qué hacer y cómo hacerlo, también porque se movían entre la presión de la gente que quería avanzar hacia la república, las indecisiones de los grupos dirigentes del independentismo y las amenazas reales de represión. Pero cuando se intenta cambiar un régimen político lo que no puede hacer quien dice defender la transformación social es poner los procedimientos por delante de la voluntad de cambio. Lo único que está por encima son los derechos democráticos y, ante la duda, la voz del pueblo, su derecho a decidir. Y el 1 de octubre, el bando de estos derechos estaba clarísimo. Coscubiela convirtió el procedimiento en un boicot a iniciativas favorables a dar la palabra al pueblo. El verdadero ataque a la democracia era previo y estuvo dirigido por el gobierno español, que se había negado a negociar la convocatoria de un referéndum. ¿Qué había que hacer, quedarse con los brazos cruzados y renunciar para evitar el choque? Todo cambio político “violenta” el régimen anterior; si no, es sólo continuidad. Es el abc de la lucha política.

Coscubiela dice situarse al margen de los dos bloques y eso es lo que hace irrelevante su posición. Cuando la lucha política o social se agudiza, suele ser habitual que se conformen dos bloques, que no suelen ser homogéneos. Es una perversidad colocar ambos bloques en el mismo plano. El Estado español y el gobierno del PP representan los que impiden el referéndum; el bloque independentista, incluso con sus errores e indecisiones, quiere que el pueblo vote. La equidistancia es la peor de las políticas. Había y hay que estar en el bloque que lucha por la república catalana y tener una posición política propia, defender una posición democrática radical, de defensa de las libertades nacionales y sociales, de crítica de la derecha del movimiento independentista y de sus inconsecuencias, así como de sus políticas sociales, pero formando parte del pueblo movilizado que quiere un cambio político.  

Probablemente, esa intervención suya en el pleno fue la más gloriosa de toda la legislatura. Cuando volvía a su escaño bajo los aplausos de la derecha, Lluis Rabell, portavoz parlamentario de Catalunya Si Que Es Pot y útil colaborador en la política de Coscubiela, podría haberle recordado lo que le sucedió al dirigente socialdemócrata alemán August Bebel. Tras una brillante intervención parlamentaria, los diputados de la derecha le aplaudieron con entusiasmo. Sorprendido, se dijo a sí mismo: “¡Ah, viejo Bebel! ¡Qué tontería habrás dicho para que esta gentuza te aplauda!”.

El 1 de octubre

El gobierno Rajoy dijo que no habría referéndum ni urnas, pero hubo urnas y la gente votó. El 1 de octubre cambió la conciencia de la rebelión catalana. Se superaron todas las expectativas. La fuerza y abnegación de miles y miles de personas lograron sostener uno de los más impresionantes ejercicios democráticos. Soportaron las cargas policiales, mantuvieron los colegios abiertos, demostraron una gran capacidad de organización e imaginación colectiva, lloraron y se emocionaron al ser conscientes de su capacidad. Empezaron el día coreando “volem votar” (queremos votar) y acabaron la jornada gritando con alegría “hem votat” (hemos votado).

Coscubiela no participó, y no podemos olvidar haber escuchado a dirigentes de Iniciativa per Catalunya anunciar, primero, que no habría 1 de octubre y, en los días previos, que deseaban su fracaso. No fue un fracaso, fue un éxito. Se podrá hacer todo tipo de elucubración sobre si fue una movilización o un referéndum vinculante o no, pero la mayoría del pueblo lo consideró “su” victoria y una reafirmación democrática de que quería y quiere decidir. La jornada del 1 de octubre, con el posterior paro cívico del día 3 y el discurso del Rey, representaron una expresión de la ruptura masiva con el régimen de la Monarquía, lo que a veces se expresa popularmente como que la gente desconectó con ese régimen. Allá quien no lo quiera ver. Se podrá vencer o retroceder, pero ese hecho es indiscutible. Todo lo demás son excusas de quien se quiso quedar al margen de ese acontecimiento.

Coscubiela relata que decidió no participar ni siquiera en la movilización, como habían acordado los Comunes, y reproduce el texto que escribió para su blog pero que no publicó en su momento. Su argumentación es penosa: se sintió engañado. Pero es que, según él, se siente engañado y manipulado ¡desde 2014! No dice mucho a su favor, y menos que después de lo ocurrido siga manteniendo una posición contraria al “movimiento social más importante de toda Europa” y a la expresión maravillosa que alcanzó el 1 de octubre.

En el libro se leen numerosas referencias a su experiencia en el movimiento sindical. Situémonos como si el 1 de octubre se hubiera convocado una huelga y la asamblea de trabajadores y trabajadoras la hubieran aprobado. ¿Cómo podríamos definir la actitud de quien no la secunda? Y si es un dirigente sindical, ¿no tiene la obligación de participar y defender ante la asamblea otra posición hasta convencer a la mayoría? ¿Quién dice que no va a la huelga porque se siente engañado? Algunos trabajadores con poca conciencia o directamente rompehuelgas. No le falta conciencia al autor, pero hizo de rompehuelgas en la jornada del 1 de octubre.

Tomemos nota de los hechos. Tanto en el debate parlamentario como ante el 1 de octubre, en los que hubo que elegir entre continuidad (la del régimen del 78, la monárquica) y la ruptura (que viene de la movilización popular), Coscubiela elige la opción conservadora, la del orden monárquico. Por eso le aplaudieron los de la bancada del 155.

Federalismo

A la hora de oponer una alternativa al independentismo dominante en la rebelión catalana, Coscubiela, como otros, propone el reconocimiento de la plurinacionalidad (la existencia de varias naciones) y una España federal. Intentemos aclarar los conceptos. Plurinacionalidad significa que en el Estado español existen varias naciones y, por lo tanto, debe reconocerse su derecho a ser nación y a decidir libremente qué relación quiere tener con el resto de naciones, separarse, federarse o confederarse. Si no es así, la plurinacionalidad y el federalismo son conceptos vacíos, solo para uso cultural o idiomático. No hay un federalismo que no sea de libre adhesión y por tanto basado en un acto de soberanía previa.

Es completamente legítima la defensa de una organización federal del Estado, pero, si aceptamos el reconocimiento de la plurinacionalidad, no es el actual Estado quien debe organizar o decidir sobre la federalidad del resto, sino que las naciones que lo conforman decidan libremente si quieren federarse en pie de igualdad. Ese es el quid de la cuestión. Porque, muy a menudo, quien habla de federalismo lo hace para mantener, quizás con algunas reformas, la actual organización del Estado. Los acontecimientos de los últimos años, tanto en Catalunya como la política recentralizadora del PP, lo niegan. ¿Es posible una España federal con la Monarquía? Muchas cosas son posibles en la vida, pero es difícil imaginársela. Una de las virtudes de la rebelión catalana consiste en que ha situado en primer plano la necesidad de un cambio republicano, de un cambio en la organización territorial actual y, ya solo por eso, es un factor determinante en la crisis actual.

El debate no es simplemente si independencia sí o no, sino ruptura con el régimen del 78 y su Constitución -o sea, con la Monarquía- o mantener la base del actual régimen, aunque se le pretenda dar un barniz “federal”. Para que exista una organización federal del Estado, Catalunya y el resto de naciones tienen que tener el derecho a decidir, libremente y por sí mismas tienen que ser soberanas para poder relacionarse federalmente. No parece tan complicado. Lo complicado es quien desvirtúa el término de federalismo para supeditarlo al mantenimiento del régimen actual. Si el independentismo es la opción mayoritaria en la rebelión catalana es porque otras opciones o propuestas para conquistar los derechos nacionales y organizar de manera distinta las relaciones entre los pueblos de España han estado ausentes del movimiento o, peor aún, se han opuesto enfermizamente a él. ¿No sería una ayuda estupenda para una república en España si se pudiera empezar por una república catalana?

¿Qué hacer?

La parte final del libro está dedicada a exponer cuál es la propuesta para salir del actual empantanamiento. Consiste en “pactar el desacuerdo y abrir una nueva etapa de desescalada del conflicto”, reformar la Constitución del 78 y establecer un nuevo sistema de financiación autonómica”. ¡Para este viaje no se necesitaban alforjas!

¿Cómo se pacta el desacuerdo con quien aplica el 155, encarcela a quienes proponían un referéndum, quiere laminar la autonomía y no está dispuesto a aceptar un referéndum para que el pueblo decida? Al proponer pactar el desacuerdo parece como si se aceptara una situación de tablas. ¿Estamos en tablas? El gobierno del PP impuso el 155, pero perdió las elecciones de diciembre de 2017. La rebelión catalana no parece haber perdido fuerza, como se ha demostrado en cada convocatoria de acción, y sigue la lucha por la libertad de los presos políticos y también por avanzar hacia una salida republicana (a pesar, como venimos insistiendo, de las inconsecuencias de algunos de sus dirigentes). ¿Y en qué consistiría pactar el desacuerdo? ¿En aparcar las exigencias, en negociar qué? En el libro hay un capítulo titulado “El arte de lo posible más la virtud de la renuncia”. ¿Es esa la propuesta? Como no es posible un referéndum pactado, como no es posible avanzar hacia la república… mejor ejercer la renuncia.

Existe en su argumentación un hilo conductor contra la unilateralidad del movimiento independentista y soberanista. A todo el mundo le gustaría tomar decisiones pactadas y acordadas, pero “el buen rollo” es bastante ajeno a la lucha de clases. Si no ha habido posibilidad de pactar, si Rajoy lo ha manifestado en todas las ocasiones y los jueces lo confirman día tras día, continuar la lucha es una obligación. Cuando no hay acuerdo en la negociación de un convenio, se va a la huelga unilateralmente porque el patrono no suele estar muy de acuerdo. Cuando éste cierra una empresa, unilateralmente despide a los empleados. Cierto que hay unas leyes que lo regulan, pero las decisiones no dejan de ser unilaterales. Rajoy aprobó la reforma laboral unilateralmente. Lo que ha hecho la rebelión catalana ha sido intentar seguir adelante y sortear todas las dificultades, hasta cuando Puigdemont defraudó proclamando la república catalana y suspendiéndola.

Escribe Coscubiela: “Siempre he considerado que la celebración de un referéndum consultivo pactado, en el marco constitucional, es la mejor opción. […] La derecha española no parece dispuesta ni tan siquiera a aceptar el debate democrático sobre la hipótesis de la independencia”. Y continúa: “Por ello no deberíamos descartar la hipótesis de una reforma constitucional pactada previamente entre las fuerzas políticas, y sometida después a referéndum. Aunque he de reconocer que tampoco está garantizado que la derecha acepte discutir sobre ello”. ¿Y entonces? Se puede debatir sobre las dificultades del proceso de emancipación catalana, se puede poner en cuestión la posición de sus dirigentes, pero al menos es un intento de cambiar las cosas; como siempre suele pasar, más por la presión de la gente movilizada que por la posición de sus dirigentes. Pero la propuesta de Coscubiela es más lampedusiana que otra cosa, consiste en cambiar algo para mantener lo esencial, e incluso hasta ese “algo” es más que difuso, porque la derecha no parece estar dispuesta. 

Se está tan aferrado al pasado y a la vida parlamentaria de estos últimos decenios que no se ve, o no se quiere ver, los cambios que se han producido en Cataluña. El movimiento ha ido mucho más lejos: más de dos millones de personas apostaron por la república, muchas miles más consideran que el pueblo tiene que decidir, pero se le propone una reforma constitucional para la que se sabe que no hay fuerzas políticas decididas a hacerlo, y menos para que se incluya el derecho de las naciones a decidir. ¡Eso sí que es un pantano! Escribe también: “Eso significa que en el marco de la Constitución cabe perfectamente la defensa de cualquier forma de organización política, distinta de la actual, y por supuesto la independencia de Cataluña. Siempre que se plantee dentro del marco de las reformas constitucionales que la propia Constitución ha previsto”. No parece que lo sucedido durante estos meses avale esas palabras. Más bien al contrario: lo que la rebelión catalana ha puesto al descubierto es el carácter de la actual Constitución y el régimen monárquico.

No sabemos si la rebelión catalana vencerá o el Estado español se impondrá, pero sí es evidente que las cosas ya no serán igual. Parece evidente la desconfianza hacia ciertos sectores de la dirección del independentismo, por eso, parecería lo más lógico que las izquierdas, en Catalunya y en todo el Estado, formaran parte del esfuerzo por encontrar el camino adecuado para la ruptura con el régimen monárquico que, evidentemente, no significa sólo abordar el problema nacional sino también los graves problemas sociales que existen en el país. Y eso sería posible mediante un frente o alianza entre las fuerzas independentistas, soberanistas y de izquierdas, tanto en Catalunya como en todo el Estado, que planteara los problemas democráticos y sociales que el régimen del 78 es incapaz de resolver. Es un camino diferente al de reformar la Constitución.

Lucha de clases y conflicto nacional

La lucha por los derechos democráticos, como la autodeterminación, es también lucha de clases. Es una visión reduccionista limitarla a la lucha sindical para mejorar las condiciones de salario y trabajo. La lucha de clases abarca el conjunto de los problemas de la sociedad y tiene su máxima expresión en el movimiento de las clases oprimidas para acabar con la explotación y opresión de la clase capitalista. Pero en estos tiempos parece que la lucha de clases se limite a unas cuantas reformas, necesarias, sí, pero insuficientes.

La rebelión catalana es una expresión determinada de la lucha entre las clases. Por un lado, es un choque, como se dice ahora “territorial”, entre la mayoría de la nación oprimida con el Estado que impide el ejercicio del derecho a decidir. La nación incluye clases diferentes, desde sectores de la clase trabajadora, pequeña burguesía e incluso sectores de la burguesía; es, por tanto, un movimiento interclasista. Se produce también una alianza entre la burguesía que controla el Estado con los sectores burgueses que prefieren mantener el statu quo. Por ejemplo, la Caixa, Banco Sabadell, Planeta, que prefieren la alianza con los Rajoy y Rivera y el mantenimiento del régimen actual. Al mismo tiempo, en el movimiento catalán se desarrolla una lucha de clases entre sus componentes, entre quienes quieren poner las reivindicaciones sociales junto a las nacionales y quienes prefieren seguir con las políticas neoliberales. Se ha acusado a la rebelión catalana de ser un invento de Convergencia para tapar su corrupción, pero la realidad es que todo el proceso ha debilitado a los sectores más burgueses -aunque sigan manteniendo la dirección- y fortalecido a los más plebeyos, a los más ligados al pueblo. Sólo hay que ver la representación parlamentaria de Convergencia, que ha ido disminuyendo. Mientras, una parte de las izquierdas han preferido mirar hacia otro lado, han pretendido enfrentar los derechos sociales a los nacionales, y no han servido para conquistar ni una cosa ni la otra. Sería necesario un cambio de hegemonía a favor de las izquierdas para que la rebelión catalana ampliara su base en los sectores más desprotegidos, ligara la reivindicación nacional a la social -dos caras de la misma moneda- y buscara la complicidad de las clases trabajadoras y de las naciones del conjunto del Estado español.

Se lee en el libro que comentamos: “El predominio del conflicto nacional es y puede seguir siendo un impedimento insalvable para construir una alternativa de izquierdas en Cataluña”. Ahí están concentrados buena parte de los problemas y de las renuncias. Si ante “el movimiento social más importante de Europa” esas izquierdas son incapaces de construir una alternativa, es que necesitan cambiar, transformarse, poner la lucha de clases en el centro, también en el terreno nacional, para estar a la altura del pueblo movilizado. Porque la alternativa no es solo la aritmética parlamentaria, son las organizaciones sociales, sindicales, Ómnium, la ANC, los CDR y los partidos de las izquierdas dispuestos a responder al reto que la mayoría de la sociedad catalana planteó el 1 y el 3 de octubre. La situación puede parecer empantanada, pero quien en realidad está en el pantano es quien apuesta por seguir al margen o enfrentado a la rebelión catalana y se agarra al régimen del 78, con su expresión monárquica determinada.

Sindicalista. Es miembro del Consejo Editorial de Sin Permiso.
Fuente:
www.sinpermiso.info, 11 de mayo 2018