El plan de salud republicano tiene un formidable enemigo: la economía

Joe McLean

18/07/2017

 

Después de juramentarse durante seis años “revocar y reemplazar” el Obamacare, los republicanos del Senado, incapaces de aprobar un plan antes de su descanso veraniego, acaban de experimentar hace poco cómo les sienta a los parroquianos ese particular. Aunque muchos se escaquearon de esas desordenadas reuniones de salón municipal, no pudieron evitar oír las voces airadas durante los desfiles, picnics y fuegos artificiales del 4 de julio. 

¿Por qué está tan enfadada la gente corriente, hasta en los estados profundamente republicanos? Porque los votantes entienden instintivamente el conflicto irreconciliable entre la retórica política, el dogma conservador y la dura realidad de la economía. Por un lado, los devotos de Ayn Rand [“filósofa” defensora de un enfoque social de extremismo individualista] (Paul Ryan, Rand Paul, etc.) van a las tertulias televisivas a explicar que el capitalismo de laissez faire y competencia de libre mercado son las respuestas para una mejor atención y costes más  reducidos…además de recortes de impuestos para los ricos, por supuesto.

Por otro lado, los moderados republicanos reconocen las desastrosas repercusiones de sacar a millones de norteamericanos de su seguro sanitario y temen con razón la violenta reacción de sus votantes. Pero ambos campos han preferido ignorar algunos hechos bastante fundamentales que tendrían que haber aprendido en primero de Economía.

No se trata de un problema nuevo. Estamos en este lío porque históricamente los políticos lo han ido dejando para más tarde. En 1986 el presidente Reagan firmó la Emergency Medical Treatment and Labor Act (Emtala) [Ley Laboral y de Tratamiento Médico de Urgencias], que obligaba a disponer de servicios de urgencias independientemente de la posibilidad de pagarlos. En aquel entonces, republicanos y demócratas estaban abrumadoramente de acuerdo en que no se debía dejar morir a alguien porque no pudiera permitirse ir al médico, pero, como no es de sorprender, nadie se enfrentó a cómo pagarlo.

Desde entonces se ha venido registrando una lucha amarga e incesante respecto a quién merece qué tratamiento y quién lo paga. Los progresistas y los demócratas creen que la atención sanitaria tendría que ser un derecho humano fundamental. Los republicanos y los conservadores tipo Atlas 

Shrugged [prolija novela de Ayn Rand que detalla su filosofía de agresivo individualismo y de la que son devotos sus seguidores] afirman que todo el mundo debería pagar lo suyo. Todos queremos mejor atención y precios más bajos. Pero los republicanos que controlan hoy todo nuestro gobierno no pueden idear un plan que funcione porque ignoran como mínimo cuatro principios económicos inmutables.

En primer lugar, los mercados de atención a la salud no obedecen a la “mano invisible” de la oferta y la demanda de Adam Smith. Como pueden explicarles muchos economistas, ciertos sectores de la economía capitalista, tales como la agricultura y la atención sanitaria, son “inelásticos respecto al precio”. “Inelasticidad” no es más que un término sofisticado que quiere decir que la demanda de un bien o servicio no desciende cuando sube el precio.

¿Por qué sucede esto? Pues porque todo el mundo quiere que se ponga bien su hijo si está enfermo, y espera que la medicina moderna haga todo lo que sea necesario y que cueste lo que sea. Esta “inelasticidad de la demanda respecto al precio” es lo que hace que los costes sanitarios sean tan difíciles de controlar.

Para enfrentarnos a los efectos de la inelasticidad de precio en nuestra vida cotidiana, recurrimos a los seguros de salud. El seguro funciona porque no todo el mundo se pone malo a la vez. De manera que si todo el mundo adquiere pólizas de seguro, los riesgos y costes se reparten en el tiempo y el precio resulta asequible para todo el mundo.

Y aquí es donde los republicanos ignoran el concepto de “homo oeconomicus” o “hombre económico”.Por definición, el homo oeconomicus toma de modo consistente decisiones racionales y en interés propio. Millones de familias trabajadoras prefieren pagar alimentos, vivienda, ropa, colegios y transportes antes que pagar un seguro sanitario. La razón es que el ahorro vale la pena el riesgo. Para muchos jóvenes y gente saludable, esto tiene perfecto sentido.

Los economistas del comportamiento llaman a esto el fenómeno del “gorrón oportunista” y es el tercer principio económico que los conservadores tienden a malinterpretar. Pero cuando inevitablemente los oportunistas caen enfermos o envejecen, la ley (y la simple decencia) exige que nos cuidemos de ellos. De manera que ¿quién se hace cargo de las facturas? Pues tú mismo. Cuando ni hospitales ni médicos pueden cobrar de los oportunistas, no pasan esos costes a nosotros, a todos los demás, y sube el recargo de nuestro seguro.  

Los conservadores afirman que es un error hacer pagar a la gente por algo que no quiere, y ese es un argumento persuasivo. Pero el reverso de la moneda es: “¿Por qué tengo yo que pagar por los oportunistas? ¡También yo soy homo economicus!”.

Por último, la atención sanitaria ni siquiera es un verdadero mercado libre. Del lado de la oferta hay enormes barreras de entrada – requisitos de formación exhaustivos y estrictos exámenes federales y de los estados, y reglamentaciones de permisos – como debe ser el caso.  

¿Quién quiere un médico ignorante y negligente? Por el lado de la demanda, la mayoría de los consumidores no poseen conocimiento ni criterio médicos como para tomar la clase de decisiones “libres e informadas” que se requieren en un mercado verdaderamente libre. Además, cuando te pones malo, no hay otra alternativa. Ir al hospital no es lo mismo que decidir si te compras un nuevo teléfono inteligente, ¿verdad? 

El Obamacare se diseñó para lidiar con todas esa realidades económicas. La ley afronta la inelasticidad respecto al precio pagando a los médicos para que hagan que te mejores, no sólo por hacer mucha cosa. A esto se le llama “tarificación de precios basada en resultados”.  

El Obamacare cubre exámenes anuales y atención preventiva, de manera que se reduce de modo espectacular la necesidad de las visitas a urgencias, exorbitantemente caras. La ley exige que médicos y hospitales publiquen estadísticas de resultados para que los consumidores dispongan de información sobre la calidad de la atención para comparar.  

Adoptando un enfoque de palo y zanahoria frente al homo oeconomicus, la ley otorga subvenciones a las familias trabajadoras que no pueden permitirse costosos recargos individuales e impone exacciones a los oportunistas.

Todas estas ideas son bastante sólidas, conservadoras, fundadas en el mercado, republicanas. De hecho, el plan que se convirtió en el Obamacare lo concibieron economistas de la conservadora Heritage Foundation. Era una respuesta de mercado a las propuestas de los demócratas de un solo pagador universal o “Medicare para todos”.

Puede que Obama haya cooptado ese plan, pero está repleto de dogmas conservadores tradicionales. La única razón por la que los republicanos no se adhirieron a su propio plan es porque lo propuso Obama.  

Pero ahora, después de pasar seis años haciendo campaña con ese “revocar y reemplazar”, los republicanos se encuentran con que el tiro les ha salido por la culata. Para disfrazar su carencia de un plan que funcione, ignoran a conciencia las leyes de la Economía y pontifican sobre las virtudes del capitalismo de libre mercado como cura de todos los males.  

Puede que los panegíricos al capitalismo norteamericano suenen estupendamente en los discursos políticos, pero más veinte millones de personas perderán su cobertura sanitaria a fin de proporcionar al 1% otro gran recorte de impuestos. Se va a morir gente de verdad. El homo oeconomicus entiende esto perfectamente y esa es la razón por la que a los legisladores republicanos seguirá abroncándolos la gente desde casa, incluidos los votantes republicanos de base.

 

Joe McLean  

 

 

creó y formó parte del equipo que llevó a Barack Obama al Senado en 2005. McLean es presidente del Crockett Policy Institute, un centro de expertos apartidista.
Fuente:
The Guardian, 11 de julio de 2017
Traducción:
Lucas Antón
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