El porqué de una respuesta tan apagada a su centenario: La Revolución Rusa y su legado

Mark Mazower

28/11/2017
El conocido historiador inglés radicado en los Estados Unidos reseña algunos libros de reciente aparición sobre la historia rusa y soviética.
Hubo una época, no mucho después de la terminación de la Guerra Fría, en que parecía como si la ingente inversión hecha por Occidente en la kremlinología estuviera a punto de ser liquidada. Tras mostrarse incapaces de prever el derrumbe del comunismo, los expertos soviéticos de Occidente se enfrentaban a sombrías perspectivas en un mundo que les había dejado aparentemente atrás. Qué rápido cambian las cosas: hoy, Rusia ha vuelto a las noticias, retomando para la era de Internet su papel familiar de antihéroe frente a un Occidente amante de la libertad. Que Putin sacara músculo ha producido conflictos territoriales a la vieja usanza en Ucrania y Crimea; la ultramoderna ciberguerra del Kremlin ha generado una tormenta de fuego en los EE.UU. y los resultados de las elecciones presidenciales de 2016, lejos de calmar las relaciones entre las dos superpotencias, las han vuelto más tensas de que lo habían sido durante años. 
Y sin embargo, en medio de este drama, la respuesta al centenario de la revolución bolchevique ha sido curiosamente apagada, y no sólo en la misma Rusia. Hace cincuenta años, hubo un derroche de trabajos de gran calibre que testimoniaban el deseo de Occidente de comprender a su adversario. Este año, eso ha sido relativamente escaso.  Una razón para ello resulta obvia. El comunismo mismo, como sistema de pensamiento contrapuesto al capitalismo y la propiedad privada, está más o menos muerto en Rusia y moribundo fuera de ella.   
Y con el comunismo desaparecido, el anticomunismo se ha vuelto algo sin sentido. Pero no sólo el comunismo. El socialismo, en sentido más amplio, sufrió un duro golpe después de 1989. La mayoría de los partidos de izquierdas se desviaron al centro,  atraídos por el sueño de una nueva tercera vía, y sólo la economía de la austeridad ha hecho algo por contener la tendencia.
Hay, creo, otra razón para esa respuesta estrangulada a 1917, y es que las cosas de la Revolución Rusa que parecían importar hace dos décadas ya no resultan en absoluto importantes hoy en día. ¿De verdad nos importan cuáles fueron las causas de la Revolución, ahora que ya no creemos en la revolución en absoluto? ¿Importa de qué modo tomó Lenin el poder o si existió alguna vez la oportunidad de que se afianzara una democracia liberal al estilo occidental en Rusia? Para algunos, Rusia sigue siendo una forma de pensar acerca del liberalismo, aunque sea como contraejemplo. The Future Is History: How Totalitarianism Reclaimed Russia [Riverhead Books, Nueva York, 2017], de Masha Gessen, excelente y ameno, se acerca de este modo a los años de Putin, una historia de totalitarismo y represión, que vuelven tras otro breve momento de esperanza liberal. Pero, considerando el pesimismo que subyace a su relato, no resulta la verdad sorprendente que parezca existir nulo interés en todas las nobles revoluciones que no tuvieron lugar en 1917, ya fueran liberales o mencheviques.
En Lost Kingdom: A History of Russian Nationalism From Ivan the Great to Vladimir Putin[Allen Lane, Londres, 2017], de Serhii Plokhy, los años bolcheviques se convierten meramente en un episodio de una historia más prolongada del nacionalismo ruso. Reducido esto principalmente a la pregunta de la toturada relación de Rusia con sus límites fronterizos occidentales, el estudio de Plokhy se lee como una sesión informativa sobre la actual situación de Ucrania. Ambos libros presentan una Rusia que sucumbe constantemente a la tentación totlitaria y plantean una alternativa occidental que siempre resulta inalcanzable.
Si queremos llegar a palpar lo que en otro tiempo significó el totalitarismo en Rusia, tenemos que acudir a dos estudios colosales que se centran en los años de Stalin. Yuri Slezkine ha escrito un libro descomunal acerca de un edificio descomunal, la llamada Casa de Gobierno, House of Government: A Saga of the Russian Revolution [Princeton University Press, Princeton, 2017], que se edificó a principios de los años 30 en el centro de Moscú para albergar a buena parte de la nueva élite. Allí vivían más de dos mil personas y el libro les dedica por encima del millar de páginas para contar su historia.
“Saga de la Revolución Rusa” de gran extensión, tiene en su centro un tema de notable interés: los hábitos domésticos y el hábitat de los hombres y mujeres que estaban convirtiendo Rusia en una sociedad socialista. Con frecuencia, la arquitectura dice la verdad allí donde las palabras mienten y lo que resultaba tan llamativo de la Casa de Gobierno eran los supuestos incrustados en su diseño. Su arquitecto la describió como de “transición”, pero “tradicional” podría ser un término m ejor. Centenares de antiguos  activistas de la clandestinidad endurecidos en la cárcel entraron en una domesticidad de madurez con sus mujeres e hijos en habitaciones forradas de estanterías hechas a mano repletas de los tesoros de la literatura del mundo, comedores de elegante mobiliario, manteles de lino y hasta espacio para una litera destinada a la doncella. Leían (sin parar), jugaban al tenis y asistían al teatro.
En muchos aspectos, su forma de vida no era enormemente distinta de sus equivalentes en el [edificio] Dakota o en Central Park Oeste, en Nueva York, salvo en que la familia de su sirvienta podría estar muriéndose de hambre en Ucrania en lugar de vivir en la pobreza en Alabama u Oklahoma. Ser trataba de totalitarismo comprometido con la vida familiar. Pero al mismo tiempo la vieja ética revolucionaria conservaba su fuerza. Slezkine sostiene que el bolchevismo era una suerte de secta milenaria, pero recalca este extremo con tanta frecuencia y extension que al final no parece explicar gran cosa.
Para una comprensión más abarcadora y totalizante de lo que movía a un viejo bolchevique, adonde hay que volverse es hacia Stalin Vol II: Waiting for Hitler 1928-1941 [Allen Lane, Londres, 2017], de Stephen Kotkin. Se trata del segundo volumen de su proyectada trilogía biográfica y es una obra maestra, seguramente uno de los libros más notables sobre historia del siglo XX que se hayan publicado en muchos años. No sólo es que deje sin aliento la profundidad de la investigación; es el volumen y extension del encuadre que usa Kotkin para su tema y la agudeza de sus observaciones.
El autor debe su reputación a un estudio pionero de una ciudad estalinista del acero, pero decía poco en él acerca del terror. En este libro, el terror se cierne por encima de todo y Stalin es su dueño. No importa el milenarismo – Stalin había sido creyente duante años antes del terror – ni la psicopatología, Kotkin es categórico: lo que llevó a la muerte de millones de personas fue la repercusión sobre Stalin de un estilo de gobierno, una concepción de su propio papel en la construcción del socialismo y el dilema geopolítico del país.
La narración episódica de Kotkin, en stacatto, se ve animada por un humor ceñudo. Lo que tenemos es la URSS tal como la vio Stalin; la vista desde su despacho en la Esquinita, sus oficinas privadas en el Kremlin, o desde la dacha de Sochi, donde le gustaba pasar semanas seguidas en verano, leyendo docenas de informes o tomando las aguas. Se trata de historia a modo de crónica, un género atrevidamente anticuado para una historia mjy contemporánea, como pasar las páginas de una agenda con la mesa de trabajo del déspota atravesada de informes. En un momento dado, Stalin cae enfermo durante unos días. No sucede nada. El relato se reanuda una vez que mejora. Sospechando de sus propios guardias, se va de paseo, en un arrebato del momento, por el metro de Moscú, con lo que a su séquito casi le da un ataque al corazón. Sin haber estado jamás gravemente amenazado de asesinato, está a punto de morir cuando un concienzudo guardia de fronteras abre fuego sobre su embarcación mientra navegan por  el Mar Negro.
Es esta la historia de las cosas por las que se preocupaba Stalin, lo que significa densos relatos de luchas intestinas en la NKVD [policía política estalinista], un compromiso con la teoría marxista y la tecnología de tanques y, por encima de todo, una visión del mundo que abarca las amenazas que acosaban al socialismo soviético desde dentro y fuera, el este y el oeste. El volumen termina con un momento de suspense, el tour de force de la reconstrucción de las últimas horas antes de que Hitler lleve a cabo la invasión el 22 de junio de 1941. Tirania a escala mundial, una guerra que le ofrecería su mayor prueba: la Revolución bolchevique tiene todavía cosas que enseñarnos.
(1958), especialista británico en los Balcanes y la historia europea del siglo XX, es director del Centro Heyman para las Humanidades de la Universidad de Columbia. Entre sus libros se cuentan Hitler's Empire: Nazi Rule in Occupied Europe, Dark Continent: Europe's Twentieth Century y Governing the World: The History of an Idea. Su último libro publicado es What You Did Not Tell: A Russian Past and the Journey Home.
Fuente:
The Guardian, 13 de noviembre de 2017
Traducción:
Lucas Antón