El segundo aliento de la izquierda radical y la cuestión del reformismo

Alex Callinicos

14/10/2012

Asistimos en Europa a un proceso de polarización social y política, en la que la crisis y la austeridad promueven la resistencia colectiva y la radicalización política, así como el crecimiento de la derecha fascista y populista. El resurgimiento de la izquierda radical es de hecho el factor nuevo de la situación y, por lo tanto, requiere prestarle una atención especial. Re-surgimiento: entre finales de 1990 y mediados de la década del 2000, surgieron en Europa una serie de formaciones de izquierda radical dispuestas a desafiar el social-liberalismo de la social-democracia dominante. Pero, cuando los movimientos contra la globalización neoliberal y la guerra contra el terrorismo comenzaron a debilitarse alrededor del 2005, muchas de estas formaciones sufrieron importantes reveses, muchas veces auto-infligidos.

Ahora parecen estar disfrutando de un segundo aliento. El proceso no es uniforme. Die Linke, que en los últimos años ha sido probablemente el partido más destacado de la izquierda radical en Europa, sufrió un serio revés en las elecciones de Renania del Norte-Westfalia a finales de mayo, cuando perdió todos sus escaños. Rifondazione Comunista ha quedado reducida a una fuerza marginal en Italia desde su participación en el desastroso gobierno de centro-izquierda de 2004-6. Dos de las formaciones más antiguas, el Bloque de Izquierda en Portugal y la Alianza Roji-Verde en Dinamarca, siguen siendo jugadores importantes, aunque el Bloque de Izquierda vio reducido a la mitad su representación parlamentaria en las elecciones generales del año pasado. Y, en Gran Bretaña, la asombrosa victoria de George Galloway en las elecciones Bradford West a finales de marzo devolvió de manera sonada a Respect al juego.

Los nuevos corredores de cabeza -el Front de Gauche y Syriza- se ajustan a la tendencia general. Ambas son coaliciones cuyas fuerzas constituyentes tienen sus raíces en las complejas historias de la izquierda de sus países. El Front de Gauche une al Partido Comunista Francés (PCF) con el Parti de Gauche de Jean-Luc Mélenchon, una escisión por la izquierda del PS, y a una serie de pequeños grupos de extrema izquierda y activistas de los movimientos sociales. La fuerza dominante en Syriza es Synaspismos, un partido que agrupa a la mayoría de los diferentes elementos de la tradición eurocomunista en Grecia, pero sus aliados comprenden una variedad de organizaciones de extrema izquierda maoístas y trotskistas.

¿Es posible generalizar acerca de la política de estas formaciones? Ya he probado a hacerlo:

"Sobre simplificando un poco, se trata esencialmente de una versión u otra de reformismo de izquierda ... No es sorprendente que los partidos reformistas de izquierda estén enfrentándose a la austeridad. Llenan el vacío dejado por el desplazamiento hacia la derecha de la socialdemocracia. Partidos como el Laborista o los socialistas franceses se llaman ahora "social-liberales" por su defensa del neoliberalismo.

Figuras como Mélenchon en Francia, el líder de Syriza Alex Tsipras, y, en el Reino Unido, George Galloway son capaces de llegar a los tradicionales votantes socialdemócratas articulando su ira en un lenguaje reformista que les resulta familiar. Ed Miliband, y François Hollande está tratando de volver a afinar los mensajes de sus partidos para establecer de nuevo contacto con esa ira, pero su falta de voluntad para romper con el social-liberalismo deja un gran espacio a su izquierda". (http://www.socialistworker.co.uk/art.php?id=28461 )

Esta caracterización ha sido objeto de algunas críticas por no captar la novedad de estas formaciones y el papel jugado por la izquierda revolucionaria en ellas. Detrás de estas objeciones puede esconderse una dificultad más importante a la hora de comprender la naturaleza del reformismo. Es muy usual en la extrema izquierda identificar el reformismo con los principales partidos socialdemócratas y argumentar que su capitulación ante el neoliberalismo supone su transformación completa en formaciones políticas burguesas sin ninguna conexión con el movimiento obrero. Se trata de un doble error.

En primer lugar, el reformismo no puede equipararse a un conjunto específico de partidos políticos. Surge de una tendencia estructural de las luchas de los trabajadores a limitar la misma a la exigencia de mejoras dentro del sistema existente. Esta tendencia da lugar a la burocracia sindical, es decir, a una capa específica de funcionarios a tiempo completo cuya función es la de negociar las condiciones de acomodo de los trabajadores, más o menos a regañadientes, con el capitalismo. Su influencia dentro del movimiento obrero refuerza la tendencia a autolimitarse de la lucha de clases económica. Los partidos socialdemócratas surgieron como la expresión política de la burocracia sindical. Pero la tendencia subyacente puede existir en ausencia de tales partidos: el hecho de que los demócratas sean un partido tan abiertamente capitalista como los republicanos no quiere decir que no haya reformismo en EE UU, y que, como era de esperar, perviva de manera privilegiada en la burocracia sindical norteamericana, como las experiencias de Occupy Wall Street  y las derrotas en Wisconsin han puesto de manifiesto.

En segundo lugar, los partidos social-liberales aún no han roto sus amarras con el movimiento obrero. Pueden haberse debilitado como en el caso del PSF, el Nuevo Laborismo y otros por el estilo, en la medida en la que se han acomodado a un ámbito político burgués dominado cada vez más por los grandes medios de comunicación y las finanzas. Pero esas amarras todavía existen, permitiendo a estos partidos girar hacia la izquierda para reconstruir su base social. De ahí la capacidad del corrupto y aparentemente moribundo PSF para derrotar a Sarkozy y ganar una mayoría presidencial y legislativa por primera vez desde 1988. Y de igual manera la victoria del Partido Socialdemócrata Alemán (SPD), en alianza con los Verdes, en las elecciones de Renania del Norte-Westfalia, a pesar de que hace un par de años se encontraba bajo una fuerte la presión de Die Linke.

Pero, como ya he apuntado, estos resurgimientos tardíos de la socialdemocracia no tienen porqué reducir el espacio de la izquierda radical. El desarrollo del social- liberalismo es la razón esencial de la capacidad de los nuevos partidos de la izquierda radical para atraer a los votantes de la clase obrera descontentos con el abandono por sus viejos partidos de sus tradiciones. En muchos casos, los dirigentes de la izquierda radical son perfectamente explícitos acerca de lo que están haciendo. Galloway infligió una derrota descomunal al Partido Laborista de Ed Miliband , presentándose en su campaña como el "Laborismo auténtico". Oskar Lafontaine, la figura más dinámica en Die Linke, ha sido perfectamente transparente a la hora de explicar que su proyecto es reconstruir la socialdemocracia alemana más a la izquierda, con el objetivo eventual de forzar al SPD a coalición en los términos de Die Linke. Mélenchon ha modelado explícitamente su propia estrategia en la de Die Linke. Lo que significa que está mucho menos dispuestos a participar en una coalición liderada por el PSF que el PCF, cuya representación parlamentaria y municipal depende en buena medida del apoyo del Partido Socialista. Pero ello se debe a que Mélenchon está jugando a más largo plazo que lo que son capaces los venales burócratas del comunismo francés y no porque haya renunciado al reformismo.

Pero los nuevos partidos de izquierda radical no están repitiendo mecánicamente el patrón con el que la socialdemocracia clásica se desarrolló. No pueden permitirse el lujo de la acumulación gradual y orgánica de fuerzas de la que disfrutaron el Partido Laborista o el SPD a finales del siglo XIX y el XX. Su relación con la burocracia sindical es muy distinta. Y los revolucionarios organizados son a menudo capaces de encontrar un espacio para operar en su seno, incluso a veces para ayudar a fundar las nuevas organizaciones de la izquierda radical. Ello refleja una situación incierta en la que a los políticos reformistas a veces les interesa aliarse con la extrema izquierda. Como es el caso de Lafontaine, antiguo presidente del SPD y ministro de finanzas alemán, que en más de una ocasión ha apoyado abiertamente a la mayor tendencia de extrema izquierda en Die Linke, marx21.

Alex Callinicos es miembro del Socialist Workers Party (SWP),  escribe habitualmente en el semanario Socialist Worker y es catedrático de Ciencias Políticas en la Universidad de York. El texto que publica Sin Permiso esta extraído de un artículo más largo, "The Second Coming of the Radical Left", publicado en el último número de la revista Internacional Socialism.

Traducción para www.sinpermiso.info: Gustavo Buster

 

Fuente:
http://www.isj.org.uk/index.php4?id=819&issue=135