El siglo XXI será de penuria alimentaria. Entrevista

Bruno Parmentier

04/05/2008

La Folha de Sâo Paulo entrevistó al autor del libro Nourrir l´humanité (Alimentar a la humanidad), el economista Bruno Parmentier, director de la Escuela Superior de Agricultura de Angers (ESA), la más importante del sector en Francia.

- ¿Habría sido posible evitar la crisis actual?

-  Seguramente. En mi libro, yo explico que el siglo XXI será de penuria alimentaria. Por varios motivos. El agotamiento de los recursos naturales tiene que ver con la revolución agrícola de los años 1960, que usa mucha tierra, agua y energía, y no puede funcionar ante un período de escasez.  La química ya dio a la agricultura todo lo que podía en el siglo XX, con los fertilizantes, los fungicidas, los insecticidas y los herbicidas. Hoy sale muy cara en términos de energía, y terminó contaminando no solamente las aguas. En materia agrícola, el Siglo de la química está llegando a su fin y es preciso avanzar transitar hacia el de la biología.

Recién en 2007 el calentamiento global y sus consecuencias para la agricultura pasaron a un primer plano de las preocupaciones mundiales. ¿Será que Australia está viviendo una sucesión de casualidades con sus repetidas sequías, o el fenómeno se ha tornado definitivo? El aumento acelerado del nivel de vida en los países asiáticos industrializados provocó un enriquecimiento de los hábitos alimentarios, con el paso de una alimentación en base a productos animales – carne en la China y derivados de la leche en la India. La presión que esas poblaciones ejercen sobre los recursos del planeta se acentúa rápidamente. El problema energético mundial ya está en la primera fila, de manera duradera. Él afecta a la agricultura doblemente: por un lado porque la revolución tecnológica precedente era fuertemente consumidora de energía. En segundo, porque se pasó a exigir de la agricultura  que llene los platos y los tanques de los automóviles. Es importante terminar con ese error histórico: no tenemos cereales y oleaginosas suficientes, y quemarlos se convierte en un crimen.

Destruimos sistemáticamente, en todo el mundo, los programas de apoyo a la agricultura productora de alimentos. El Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional llegaron a imponer ese abandono como condición para su ayuda a los países endeudados, incentivándolos solamente a producir cultivos industriales, que les permitirían obtener en los mercados internacionales divisas para saldar sus deudas.

- ¿Es posible frenar el aumento del precio de los alimentos?

- Sí. Podemos salir de esta crisis, pero ella durará mucho tiempo. El Banco Mundial admitió que se equivocó, hace 20 años, y que necesita hacer una revisión completa de sus políticas para, a partir de ahora, privilegiar el desarrollo de la pequeña agricultura alimentaria. Eso puede producir resultados, pero sólo dentro de varios años, por lo menos entre cinco y diez.

- ¿Cuál es el impacto de los biocombustibles en los precios de los alimentos?

- Para mí, hasta hoy el único impacto real y comprobado es el de los biocombustibles norteamericanos, sobre la base del maíz, que desde el comienzo de 2007 provocó un shock en México, cuando el precio de la tortilla tuvo un aumento del 50 por ciento. Pero de continuar con esa política insensata de quemar cereales u oleaginosas en nuestros motores, ese error inicial de los agrocombustibles de primera generación va, de hecho, a convertirse en crimen.

- ¿Y el alcohol producido en Brasil?

- Existe una diferencia esencial: en Brasil, ustedes ya están en cierto modo en los biocombustibles de segunda generación, o sea, hechos a partir de la planta entera, la biomasa, por lo tanto, no a partir del grano. Me parece que ustedes están indicando el camino a seguir, y es claro, vuestra productividad es muy superior a la nuestra. Como contrapartida, observo que Brasil, gran país agrícola, fuertemente exportador, no consigue alimentar correctamente a su propia población.  Brasil tendrá que resolver esa contradicción: alimenta países muy distantes, llena muchos tanques de combustible, pero todavía hay millones de brasileños que tienen hambre.

- ¿Un acuerdo en la Ronda de Doha podría ayudar a resolver el problema, o facilitar las relaciones comerciales?

- En este punto soy radical: la responsabilidad por sacar a la agricultura y la alimentación mundial de la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación) para ser confiada a una asamblea de comerciantes, la OMC (Organización Mundial del Comercio), es un error histórico. Esta crisis nos permite ver muy bien que los comerciantes son totalmente incapaces de resolver el problema del hambre en el mundo. Creer que comerciantes van a llevar a pueblos, que están en el fin del mundo, productos agrícolas que pesan mucho, que se pudren fácilmente, para darlos a personas que no tienen dinero, es un fraude intelectual. No se puede alimentar a la humanidad con los excedentes de producción de algunos países. Sí Brasil puede alimentar a 50, 100 ó 150 millones de personas, además de su propia población, tanto mejor. Es un servicio verdadero que presta a la humanidad, y será bueno para Brasil, que, de paso, se enriquecerá. Pero estamos hablando, hoy, de 850 millones de personas que pasan hambre, y muy probablemente de otros 50, 100 o 150 millones, o más, al finalizar 2008, ya que la población mundial aumenta en 80 millones de personas por año.

No comprendo cómo personas que razonan pueden imaginar que ese comercio va a evitar las revueltas provocadas por el hambre. Vean el primer reflejo de acción de los grandes países exportadores e arroz, que cerraron sus fronteras y prohibieron las exportaciones para garantizar la alimentación de sus propias poblaciones. En el siglo XXI, depender de otros países para alimentase es hacer una apuesta a un futuro sumamente peligrosos. Es preciso recuperar por completo la organización de la agricultura mundial. No hay nada más urgente que cerrar las fronteras, y organizar, en los países que tienen hambre, la misma política que fue acertada en los grandes países poblados que lograron alimentarse, como Estados Unidos, Europa y China: cerrar las fronteras para proteger su agricultura y dar apoyo masivo a su desarrollo. Sin embargo, eso no debe preocupar a Brasil: tendrá por mucho tiempo compradores para sus productos, pues vamos a vivir un período prolongado de penuria.

- ¿Cuáles son las mayores amenazas a la seguridad alimentaria?

- Estamos llegando a los límites de los recursos del planeta, todo lo que antes era abundante se torna limitado. Es necesario saber producir con menos y  parar con la degradación del clima. Otro desafío es el de encontrar políticas de desarrollo de la agricultura en una gran parte del planeta, donde pura y simplemente se paró de dar trabajo a los campesinos.

- ¿Los subsidios de los países ricos a sus productores contribuyen a los altos precios de los alimentos, como sostiene el presidente Lula?

- No creo que las subvenciones agrícolas realmente causen la inseguridad alimentaria. El problema es que sólo los países ricos están en condiciones de pagar una verdadera seguridad alimentaria. Pero pensar que los países más pobres conseguirán exportar su producción agrícola a Europa y los Estados Unidos, si todas las fronteras fueran abiertas, me parece un engaño intelectual. Ellos no tienen excedentes y, cuando producen, su productividad es mucho menor. La solución es exactamente la inversa: es preciso generalizar la protección de la agricultura productora de alimentos y la subvención a esa agricultura.

- ¿Nos encaminamos a un cambio en los hábitos alimentarios mundiales?

- Ciertamente. Es urgente acelerar el proceso de transición alimentaria. De los 6.655 mil millones de habitantes del planeta, 887 millones están desnutridos y, 1.120 millones, tienen exceso de peso. ¿Eso tiene sentido? Es necesario que los ricos coman menos carne y azúcar, pero que al mismo tiempo centenas de millones puedan comer carne y azúcar, de vez en cuando. Produciremos más, en total, en el planeta, pero la distribución de lo que se produce terminará siendo mejor para la salud de todos. Ello es de nuestro interés colectivo, está claro.

Sin embargo, además de ese cambio de hábitos alimentarios, es necesario terminar con el desperdicio. ¿Cómo es posible que cause alegría en su país, por ejemplo, la existencia de restaurantes en que se paga un precio fijo al entrar y la comida es ilimitada?  Probablemente eso tenga  que ver con las raíces de la cultura brasileña, pero no corresponde de modo alguno a las exigencias y a los desafíos del siglo XXI.

Bruno Parmentier es uno de los mayores especialistas europeos en alimentación.

Traducción para www.sinpermiso.info:  Carlos Abel Suárez

Fuente:
Folha de Sao Paulo, 24 abril 2008