Enero 1917. Cuando la revolución estaba a punto de suceder

Miguel Salas

03/02/2017

Cuando se hallaba el mundo a punto

de que el prodigio sucediese

José Hierro (1922-2002)

 

En enero de 1917, Lenin ofreció una conferencia en una reunión de la juventud obrera de Zurich sobre el aniversario de la revolución rusa de 1905. En los últimos párrafos, dijo: “Nosotros, los de la vieja generación, quizás no lleguemos a ver las batallas decisivas de esa revolución futura. No obstante […] la juventud, que está trabajando tan magníficamente en el movimiento socialista de Suiza y de todo el mundo, no solo tendrá la dicha de luchar, sino también de triunfar en la futura revolución proletaria”.

Pocas semanas después estallaba la revolución en Rusia. Es realmente difícil predecir una revolución porque sus inicios no están sujetos a hechos predeterminados; en cambio, sí que existen muchos elementos para deducir que se están reuniendo las condiciones para su estallido. El inicio de la Guerra Mundial en 1914 es uno de ellos.

Otro de esos elementos es el hartazgo de las masas, la sensación de que ya no podían aguantar más los sufrimientos causados por la guerra. En enero de 1917 hacía 29 meses que había comenzado la carnicería imperialista, que llegó a movilizar a 65 millones de personas y acabó con 20 millones de muertos y 21 millones de heridos. Las grandes batallas libradas durante 1916, la de Verdún (desde febrero a julio) o la del Somme (desde junio hasta noviembre) tuvieron un balance devastador: alrededor de 1.750.000 bajas, entre muertos y heridos, agotaron a los ejércitos y las mismas bases económicas de los países contendientes; y, además, ni siquiera lograron proclamar a un eventual ganador de la guerra. La muerte, la destrucción y la miseria generaron la conciencia de que había que poner fin a la guerra, de que su continuidad ya no tenía sentido, de que la paz debía ser un objetivo inmediato. Se multiplicaron las deserciones y, en no pocos casos, se produjeron actos de confraternización entre los soldados de los distintos ejércitos enfrentados en el campo de batalla. El soldado ruso Pireiko escribe en sus Recuerdos: “Todo el mundo sin excepción concentra su interés en la paz; lo que menos le interesaba al ejército era saber quién saldría vencedor y qué clase de paz se sellaría. El ejército necesitaba, quería la paz a toda costa, pues estaba cansado ya de la guerra”.

El hambre se extendió por casi toda Europa. En Alemania, se perdió la cosecha de patatas en el otoño de 1916, y la población más pobre tuvo que subsistir a base de nabos. "La conquista de un jamón nos emocionaba –explicaba una ciudadana alemana- ya más que la toma de Bucarest por las tropas alemanas, y una medida de patatas tenía ahora más importancia para nosotros que un ejército inglés cogido prisionero en Mesopotamia.". Las huelgas y los enfrentamientos con la policía se convirtieron en algo habitual en prácticamente todos los países de Europa. En Rusia, el 9 de enero se celebraba el aniversario de la revolución de 1905, que durante los últimos años apenas había tenido repercusión. Sin embargo, en 1916 desató un movimiento huelguístico que fue en aumento durante el transcurso del año. La represión policial ya no bastaba para detenerlo. Los obreros detenidos por las huelgas fueron enviados al frente, lo que facilitó una más estrecha relación entre los soldados y los obreros de las ciudades. Se estaba preparando el movimiento revolucionario.

El agotamiento de los países contendientes es también el de sus clases dirigentes. En un intento de dar un giro a la guerra, Alemania declaró la guerra total submarina a los barcos mercantes, fuera cual fuera su nacionalidad. Pero, al mismo tiempo, las diversas potencias iniciaron contactos secretos para lograr una paz por separado. Alemania lo intentó con Rusia y Austria con Francia. La guerra seguía porque ni siquiera sabían cómo ponerle fin. El conjunto de estos elementos anuncian que la revolución está llamando a la puerta. Lenin escribió en 1915: Para que estalle la revolución no suele bastar que “los de abajo no quieran”, sino que hace falta, además, que “los de arriba no puedan” seguir viviendo como hasta entonces.”, y, es necesaria, añade “la capacidad de la clase revolucionaria de llevar a cabo acciones revolucionarias de masas suficientemente fuertes para romper (o quebrantar) el viejo gobierno, que nunca caerá, ni siquiera en las épocas de crisis, si no se le hace caer”. (Lenin. La bancarrota de la II Internacional).

Lenin no acertará en el calendario de la revolución, pero desde que empezó la guerra imperialista analiza su contenido de clase (una guerra de reparto y de disputa colonial entre los países imperialistas) y desarrolla una campaña política entre los socialistas de toda Europa defendiendo que la respuesta de las clases trabajadoras a la guerra no puede ser volver al status quo anterior (el mantenimiento del poder de los capitalistas), ni la defensa de la patria (que es defender el interés de quienes se aprovechan de la guerra), sino luchar contra la guerra en nombre de la revolución social.

Los debates sobre la guerra

Hay una cierta tendencia historiográfica a presentar la guerra como una expresión de la incapacidad de los dirigentes políticos del momento, como si hubiera sido posible evitarla si los gobernantes hubieran sido más inteligentes. Es una manera, como otras, de tergiversar la historia, de hacerla depender de los individuos y no de las clases sociales y sus intereses en un momento determinado. La guerra que empezó en 1914 formaba parte de la evolución del capitalismo en su época imperialista. No fue un accidente, ni el atentado de Sarajevo el detonante; más bien fue la excusa, si no la tendencia natural en la evolución del imperialismo. A menudo se oculta que desde el inicio del siglo había una carrera armamentística de todas las potencias, que de 1899 al 1902 hubo la guerra de los boers en Sudáfrica; la guerra ruso-japonesa de 1904; el conflicto de Agadir (Marruecos) entre Alemania y Francia en 1911; el de Italia con los turcos sobre Libia en 1912-1913; la guerra de los Balcanes entre 1912-1913. El capitalismo, en su etapa imperialista, está íntimamente ligado a la guerra. Para los socialistas internacionalistas una paz democrática exigía derrocar a los gobiernos, no buscar acuerdos que permitieran la continuación de la dominación capitalista.

La guerra abre una crisis en el seno del movimiento obrero y revolucionario, pone a prueba a las clases sociales y a las organizaciones políticas. Para los marxistas no todas las guerras tienen el mismo sentido. Hay guerras de liberación nacional que deben ser apoyadas, por ejemplo la de un país oprimido que quiere conquistar su libertad. Hay guerras, como la de 1914, que son de conflicto inter imperialista, por la conquista de mercados y el reparto colonial, y éstas no pueden ni deben ser apoyadas sino combatidas. Parecía que el movimiento socialdemócrata se había preparado para un conflicto como éste, pero, a la hora de la verdad, un sector se colocó detrás de su burguesía, mientras que el sector revolucionario, manteniendo la tradicional posición del movimiento socialista, defendió que la oposición a la guerra debía transformarse en un movimiento revolucionario contra la burguesía de cada país.

En el congreso de la socialdemocracia celebrado en Basilea (1912) se adoptó por unanimidad un manifiesto ante la amenaza de guerra.

En él se puede leer: “Si una guerra amenaza con estallar, es deber de las clases trabajadoras y de sus representantes parlamentarios en los países involucrados […] hacer todo lo posible para evitar el estallido de la guerra por los medios que consideren más eficaces […]  En caso de que la guerra se desencadene de todos modos, es su deber intervenir en favor de su pronta terminación y aprovechar la crisis económica y política creada por la guerra para despertar al pueblo y así acelerar la caída del régimen capitalista […]  (la guerra) no puede justificarse con la mínima excusa de interés popular de ninguna índole […] (por parte de los obreros) será un crimen disparar los unos contra los otros” El manifiesto cita como ejemplo que tras la guerra franco-alemana de 1870 los obreros de París respondieron con la Comuna, el primer gobierno obrero; y que tras la guerra ruso-japonesa de 1904, la respuesta fue la revolución rusa de 1905.

Pero las palabras y los manifiestos no se correspondieron con los hechos. Un sector de la socialdemocracia -“socialchovinistas” los denominará Lenin- prefirió colocarse detrás de cada una de sus burguesías y votar a favor de la guerra. Cada uno en su país apoyó que los obreros se enfrentaran con sus hermanos de clase de otros países; apoyó la política de conquista de su propia burguesía y quebrantó el principio internacionalista de que los obreros y obreras de todos los países debían unirse en la lucha contra la dominación capitalista.

Que un sector socialista facilitara la guerra explica que, al principio, una parte de las masas trabajadoras siguieran a la burguesía y se enrolaran para luchar contra sus hermanos de clase. Pero los sufrimientos de la guerra, la inutilidad de las batallas y el enriquecimiento de unos pocos a costa de la mayoría fue modificando la conciencia de la mayoría de la población. Los socialistas internacionalistas previeron esa situación, denunciaron el carácter de la guerra y defendieron que había que transformarla en una revolución social. La derrota del “propio” gobierno acercaba la posibilidad de derrocarlo y transformar la sociedad. Los socialistas que se colocaron detrás de sus gobiernos temían la revolución que la propia guerra preparaba. El ministro zarista Guchkov escribía al general ruso Alexéiev en agosto de 1916: “La revolución está en boca de todos”.

La escisión del movimiento obrero internacional era inevitable. No era posible la convivencia entre quien defendía a su gobierno y enviaba a la clase obrera a las trincheras y quien en el campo, las fábricas y las trincheras se oponía a la guerra y preparaba la revolución social. El filósofo alemán Ludwig Feuerbach (1804-1872) lo expresó así: “Quien consuela al esclavo en vez de empujarlo a la sublevación contra la esclavitud, ayuda a los esclavistas”

Los que serán dirigentes

En enero de 1917, los que dentro de pocos meses serán reconocidos por millones de personas y dirigirán la revolución están dispersos por el mundo, en el exilio, o en la cárcel, perseguidos por las policías, sean de un bando o de otro, e incluso repudiados por los que hasta no hace mucho han sido sus camaradas, los llamados socialistas que ahora son aliados de los ministerios burgueses. La guerra ha transformado todo de tal manera que esos “apestados” serán dentro de poco los que dirigirán una revolución y un país inmenso.

Ya hemos dicho que Lenin está en Suiza, donde lleva años exilado. Zinoviev, otro de los dirigentes bolcheviques, reside también en Suiza. Llegarán a Rusia en el mes de abril. Kámenev y Stalin viven deportados en la lejana Siberia. La revolución los liberará. A finales de 1916, Trotsky ha sido expulsado de Francia a España. Después de entrar por San Sebastián, pasar por Madrid y por su cárcel Modelo, acaba en Cádiz. Pero para coger un transatlántico que lo llevará a Nueva York tiene que volver hasta Barcelona, donde se embarca con su familia el día de Navidad. Llegará a Estados Unidos el 13 de enero. Empieza a colaborar en el periódico ruso Novy Myr (El Nuevo Mundo) y da conferencias en varias ciudades de la Costa Este. En enero de 1917 publicará un artículo sobre el aniversario de 1905. “El movimiento revolucionario fue aplastado.-escribirá-. Muchos pobres "socialistas", rápidamente, sacaron la conclusión de nuestras derrotas de diciembre de que una revolución en Rusia era imposible sin el apoyo de la burguesía. Si esto fuese verdad, sólo significaría que una revolución en Rusia es imposible […] Pero un escéptico puede preguntar: "¿hay alguna esperanza en una revolución victoriosa en Rusia en estas circunstancias?" Es una pregunta particular. Desde las columnas de Novy Mir nos esforzamos por demostrar que las esperanzas existen y tienen bases sólidas. Pero algo está claro: si llega una revolución, no será el resultado de la cooperación entre el capital y el trabajo. La experiencia de 1905 muestra que ésta es una miserable utopía. Familiarizarse con esas experiencias, estudiarlas, es el deber de cada obrero pensante que esté ansioso por evitar los trágicos errores. Es en este sentido en el que hemos dicho que los aniversarios revolucionarios no sólo son días para conmemorar, sino días para sacar lecciones de las experiencias revolucionarias.

Hasta mayo no llegará a Petrogrado, y será “reincorporado” a la dirección del soviet, que ya dirigió en la revolución de 1905.

En Nueva York, Trotsky se encontrará con Bujarin, que había sido expulsado de la península escandinava. Logra llegar a Moscú en el mes de mayo, después de pasar por Japón. Alexandra Kollontai, de las pocas mujeres que lograron un papel dirigente en la revolución, se encuentra también en Estados Unidos. Karl Liebneckt y Rosa Luxembourg, que serán los dirigentes de la revolución alemana de 1918, están encarcelados por su oposición a la guerra.

La España neutral

Cuando se estaban conformando los imperialismos modernos, España perdió en 1898 sus últimas colonias, Cuba y Filipinas. Al inicio de la guerra mundial, España no tenía ningún peso en el panorama internacional; era un país atrasado que arrastraba las pérdidas coloniales y numerosos conflictos sociales. Ninguno de los bandos en conflicto contaba con España para participar en la guerra, y la propia clase dirigente española veía más peligros que ventajas en tamaña aventura. El ejército, que tenía un enorme peso en la configuración del Estado, era un peso muerto, con casi tantos oficiales como tropa, anticuado y hasta con dificultades para sostener la presencia colonial en el norte de Marruecos. El primer ministro, Eduardo Dato, en una nota dirigida al rey Alfonso XIII, opina que Con sólo intentarla [la participación en la guerra] arruinaríamos a la nación, encenderíamos la guerra civil y pondríamos en evidencia nuestra falta de recursos y de fuerzas para toda la campaña. Si la de Marruecos está representando un gran esfuerzo y no logra llegar al alma del pueblo, ¿cómo íbamos a emprender otra de mayores riesgos y de gastos iniciales para nosotros fabulosos?” El país se declara formalmente neutral, lo que no evita la división entre “germanófilos” (gente cercana al Rey, Romanones, Lerroux, etc.) y “aliadófilos” (sectores democráticos, los socialistas, etc.); y, sobre todo, los industriales, financieros y latifundistas, que piensan que la guerra les puede proporcionar ingentes beneficios.

Efectivamente, la neutralidad permite que España venda sus materias primas y productos a ambos bandos y haga de la guerra un espléndido negocio. La producción de carbón en Asturias, el hierro y acero en Vizcaya, la producción de armas, el textil en Catalunya, los cereales y el aceite, etc. Todo para la exportación, poco para las necesidades nacionales. Se amasan ingentes fortunas, los precios se disparan y los salarios siguen contenidos. La España capitalista de buena parte del siglo XX se configura en torno a los beneficios extraídos de la guerra imperialista. La alianza entre banqueros, grandes industriales del norte, latifundistas y sectores de la burguesía catalana (configuración de la clase dominante) tiene sus orígenes en la “neutralidad” beneficiosa de la guerra. El Estado triplicó las reservas de oro a pesar de que disminuyera la presión fiscal. Sobre una base de 100 en 1913 pasó al 46,4% en 1919.

Para las clases populares la situación es bastante diferente. La jornada de trabajo habitual es de 60 horas semanales, en el campo se trabaja de sol a sol, y el aumento de los precios es muy superior al de los salarios. Entre 1914 y 1916, las patatas suben un 90%; los garbanzos el 70%; el trigo el 62%; el aceite el 51%. En ese mismo periodo de tiempo, el promedio de los salarios de obreros cualificados pasó de 5 pesetas a 5,50 (un aumento del 10%). En el campo los jornales eran de entre una peseta a 1,50.

Las huelgas en demanda de aumentos salariales, las manifestaciones contra el encarecimiento del coste de la vida y contra la especulación se generalizaron por todo el país. Las mujeres encabezaron muchas protestas en demanda de pan. Sirva como ejemplo la marcha de mujeres de Lanaja (Huesca), que caminaron con sus hijos en brazos más de 50 kilómetros para pedir pan más barato al gobernador.

Los conflictos de clase se iban agudizando. En el verano de 1916, ante el anuncio de una huelga ferroviaria por un aumento salarial de 25 céntimos diarios y el reconocimiento del sindicato, el gobierno militariza el servicio y declara el estado de guerra. Los mineros anuncian una huelga de solidaridad. La tendencia de la movilización ya no cesará. Por primera vez en la historia del movimiento obrero español, UGT y CNT se ponen de acuerdo para organizar un paro general de 24 horas contra la carestía de la vida. El 18 de diciembre tendrá lugar la llamada huelga de las subsistencias, que fue un éxito total. El ministro de Gobernación de la época lo reconocerá diciendo: “pararon hasta en Belchite”.

En la conferencia, citada al inicio, Lenin declara: “No debemos dejarnos engañar por el silencio sepulcral que ahora reina en Europa. Europa está colmada de revolución”. Empieza 1917. Los acontecimientos que cambiarán el mundo están a punto de comenzar.

Sindicalista. Es miembro del Consejo Editorial de Sin Permiso.
Fuente:
www.sinpermiso.info, 5 de febrero 2017