Europa, ¿la crisis de quién?

Àngel Ferrero

13/04/2014

Ponencia presentada en la mesa redonda sobre la crisis del proyecto europeo del Simpsoio Europa que la revista Sin Permiso celebró en Barcelona los días 4 y 5 de abril de 2014. La intervención fue asimismo un adelanto de El último europeo, que aparecerá a finales de este mes en la editorial La oveja roja.

Dicen que los periodistas pueden permitirse ser provocadores porque no están vinculados formalmente a ninguna organización política. Pues bien, van a permitirme ser provocador y empezar preguntando si eso que damos en llamar “el proyecto europeo” está en crisis o en realidad está teniendo mucho éxito.

Desde el punto de vista discursivo, el proyecto europeo ha fracasado claramente. A grandes rasgos, podemos decir que el proyecto de construcción europeo se sustentó sobre cuatro promesas:

1) El mantenimiento, y aún el incremento, del bienestar de los ciudadanos de sus Estados miembros. Esta promesa quedó rota con la aplicación de la política de austeridad.

2) Superar las divisiones nacionales que habían conducido a la Segunda Guerra Mundial. La aplicación de las políticas de austeridad ha provocado, en cambio, el efecto contrario: su resurgimiento. El ejemplo más claro es el deterioro de la imagen de Grecia en Alemania y viceversa, de la imagen de Alemania en Grecia.

3) Ayudar a resolver cuestiones transnacionales como la inmigración o el cambio climático. Respecto a la inmigración, no creo necesario extenderme. Todos tenemos presentes –todas las semanas se publican noticias– el drama de Ceuta y Melilla, pero también hay que tener en cuenta la situación en Grecia, puerta de entrada de la inmigración procedente de Oriente Medio y Asia Central. En cuanto al cambio climático, por citar el ejemplo más reciente, la Unión Europea ha promovido una legislación tremendamente laxa sobre el 'fracking', contemplado como una alternativa a la dependencia del petróleo y gas rusos, a pesar de sus costes medioambientales y para la salud pública.

4) Promover la diplomacia y la paz mundial. La Unión Europea, sin embargo, consolida la creación de bloques económicos, un mundo multipolar de centros capitalistas que compiten entre sí. La Unión Europea es el primer exportador de armas del mundo, por encima de Estados Unidos y Rusia.

¿Por qué puede, entonces, considerarse un “éxito”? Conviene situar a la Unión Europea en una perspectiva histórica. La Unión Europea no es el resultado, como repite el mito, de los esfuerzos de la diplomacia europea por superar las divisiones que condujeron a la Segunda Guerra Mundial. En la creación de la futura Unión Europea intervino Estados Unidos con el fin de garantizar su hegemonía global.

Y lo hizo por dos motivos. Uno, político-militar: construir un bloque geopolítico que contuviera la expansión del comunismo soviético al resto de Europa. Francia e Italia contaban tras la guerra con Partidos Comunistas fuertes y organizados. En Grecia, la guerrilla comunista contaba con posibilidades reales de ganar la guerra civil. Hoy conocemos la magnitud de la represión política y social en la Unión Soviética, pero tras la Segunda Guerra Mundial el comunismo soviético tenía un gran atractivo para los trabajadores y no sólo como potencia vencedora de la guerra: la economía soviética había conseguido –con métodos brutales, desde luego– una rápida industrialización en países agrícolas caracterizados por el atraso. El coste político de este plan fue grande. En Alemania se interrumpió el proceso de desnazificación. Colaboracionistas y criminales de guerra permanecieron en puestos relevantes de la judicatura, los servicios secretos o la economía. Empresas que habían colaborado con el régimen fueron en la práctica amnistiadas.

El otro motivo fue económico, a través del conocido Plan Marshall: crear para las mercancías estadounidenses un mercado en Europa. Las economías europeas no sólo estaban destruidas por la guerra, sino que no contaban ya con los ingresos procedentes de las colonias, rotos por la guerra o amenazados por los movimientos anticoloniales.

Éste cambio fue fundamental. La explotación de su red de colonias de ultramar había permitido a los Estados de Europa occidental, una región políticamente fragmentada y relativamente débil económicamente, enormes ventajas competitivas frente a los grandes imperios, como Rusia o China, y en última instancia la base para su hegemonía mundial hasta bien entrado el siglo XX.

La destrucción causada por la Segunda Guerra Mundial y los incipientes movimientos anticoloniales cambiaron definitivamente esa situación hasta el día de hoy. La Unión Europea asegura influencia en la política mundial a Estados de tamaño medio como Alemania que, de otro modo, no podrían competir contra los antiguos imperios, hoy economías emergentes.

Por ese motivo la Unión Europea es “una organización política singular”, como repiten los documentos oficiales. En ella, los Estados miembros ceden parte de su soberanía con el fin de proyectar su “peso” y disfrutar de las ventajas de un tamaño mayor, especialmente frente a Estados Unidos y las economías emergentes como Brasil, Rusia, India y China. Aunque se habla mucho de una “federalización”, la “unión política”, con todo lo que ello implica, no conviene a los Estados miembros. Y no les conviene porque en el plano internacional, la Unión Europea puede actuar como una unión de Estados independientes o como si fuese una federación, dependiendo de las exigencias y de las oportunidades del marco institucional en el que los Estados miembros operan. Si la Unión Europea fuese una federación política no tendría, por ejemplo, 27 votos en la Asamblea General de la ONU ni dos miembros permanentes en el Consejo de Seguridad. Eso explica también el interés de la Unión Europea en ampliar sus fronteras: cuantos más países pertenezcan a ella, mayor su peso en el plano internacional.

La Unión Europea no es, desde luego, un imperio, pero, como ha dicho Durão Barroso, se parece a uno, y, en muchos sentidos, se comporta como uno.

La Unión Europea no es, por lo tanto, un recipiente vacío que pueda llenarse de un contenido progresista o conservador dependiendo de la correlación de fuerzas. TIene un diseño institucional con un marcado sesgo político y económico.

Desde la aprobación del Tratado de Roma de 1957, que creaba las condiciones para un mercado común para la circulación de capitales, mercancías, personas y servicios, tratado a tratado, la Unión Europea ha ido asentando un modelo neoliberal. Se ha promovido la desregulación del mercado laboral y la liberalización de amplios sectores de la economía. En este marco legal desregulado, o, mejor dicho, regulado en beneficio del capital, se produjo una competición darwinista que condujo a la fusión y concentración de empresas en sectores como el bancario, las telecomunicaciones, el transporte aéreo y el transporte de mercancías, el mercado energético, los servicios postales y el sector de defensa.

La crisis económica y su gestión, y los recientes sucesos en Ucrania, han desvelado en buena medida la naturaleza de este proyecto e invalidado la ideología sobre la que hasta ahora sostenía y que permitía su desarrollo, por tolerancia (o ignorancia) de la población. Y esto es, creo, de lo que hablamos cuando hablamos de crisis del proyecto europeo.

Unas palabras sobre la izquierda y el proyecto europeo.

La izquierda ante estas elecciones se enfrenta a un dilema: por una parte, la propuesta de una salida del euro y de la Unión Europea, como proponen algunos autores, tendría graves consecuencias para las economías nacionales y los trabajadores. Por la otra, la consolidación del actual modelo de Unión Europea no puede conducir más que a un agravamiento de la situación social en Europa y fuera de ella. A medida que la Unión Europea amplíe sus fronteras y su esfera de influencia, los países no alineados con ningún bloque que puedan mediar en futuros conflictos se reducen en número y en importancia.

Contar con representación en el Parlamento Europeo sirve, entre otras cosas –y ayer Gustavo Búster ofreció una buena batería de argumentos–, para tener acceso al material sobre política económica o de defensa que de otro modo no vería la luz, teniendo en cuenta que las decisiones del Consejo se toman al modo de la diplomacia secreta, a puerta cerrada. La izquierda ha de conquistar mayorías sociales en sus respectivos países, y, así, echar arena en los engranajes de la Unión Europea y abrir las cajas negras, para después considerar si vale la pena continuar con el proceso de integración regional –al fin y al cabo, eso es lo que es la Unión Europea– y, en caso afirmativo, sobre qué bases hacerlo.

“Europa” es un concepto geográfico mucho más escurridizo u mucho menos definido de lo que pensamos. “Europa” no es la Unión Europea. “Europa” no es Europa occidental. “Europa” no es “el continente”. Geográficamente, lo que entendemos por Europa no es sino una península en el extremo occidental del continente euroasiáticoafricano (es decir, que incluye Europa, Asia y África), en la que, a pesar de toda su importancia económica, vive menos del 10% de la población mundial. Históricamente, Europa se extiende geográficamente hasta los Urales e incluye, por lo tanto, la parte occidental de Rusia y el Cáucaso. Turquía aparece y desaparece del mapa de “Europa”, también lo hace Rusia; Argelia perteneció a “Europa” y a la Comunidad Económica Europea hasta 1962, cuando se independizó de Francia.

Pueden y deben existir organizaciones transnacionales. Nadie lo pone en duda. Este tipo de organizaciones son imprescindibles para gestionar la inmigración, resolver el cambio climático o promover la fraternidad entre naciones y, con ella, la paz en el mundo. Pero la creación de una división internacional del trabajo pareja a la globalización no ofrece las bases adecuadas, sino todo lo contrario, como estamos viendo.

Me gustaría terminar con dos preguntas. ¿Sobre qué bases tendría que construirse un proyecto de izquierdas supraestatal? Ayer Gerardo Pisarello dijo que no le valía un europeísmo que fuera eurocéntrico, y puso como ejemplo que España viva de espaldas a Marruecos o Argelia. Esta lógica excluyente es mucho más dolorosa en Europa oriental, en Bulgaria, por ejemplo, que tiene que dar la espalda sus vínculos con Rusia, o, mucho peor, en Ucrania, como hemos visto recientemente. Así que, teniendo en cuenta la tradición internacionalista de la izquierda –el nombre de Rosa Luxemburg ha sido mencionado ya varias veces–, ¿por qué este proyecto tiene que ser exclusivamente “europeo”? ¿No podemos ir más allá e imaginarnos otros proyectos de integración regional?

Post-scriptum del 7 de abril de 2014:

Al regresar del simposio, un funcionario del aeropuerto me apartó del resto de viajeros y me retuvo unos quince minutos en el aeropuerto de Berlín Schönefeld. Tras identificarse como agente de aduanas me pidió, con la proverbial sequedad de todos los policías prusianos, abrir la maleta, la bolsa de mano e incluso la billetera –para demostrar que llevaba menos de 10.000 euros en efectivo (!)– y dejarle ver mi pasaporte. En efecto, un control de aduanas en un vuelo intracomunitario no parece tener demasiado sentido, pero el funcionario era alemán y el autor, poseedor de un fenotipo característicamente mediterráneo, y en este país es sabido que según una conocida y profundamente implantada lógica racista, tener el pelo y los ojos marrones y las mejillas grisáceas le convierte a uno en “no-alemán”, y, por extensión, en sospechoso. Estos controles, que la policía califica de “rutinarios” y que en realidad no son más que xenófobos, son por desgracia una práctica común en toda la Unión Europea, también en Alemania. No existe ninguna forma de recurrir a ellos, pues los agentes siempre pueden acogerse a la excusa de que se trata de controles “rutinarios” y que el pasajero fue “aleatoriamente” seleccionado, aunque en la abrumadora mayoría de casos se trate de extranjeros intra y extracomunitarios. Mientras el agente pasaba sus dedos huesudos y amarillentos por los regalos que había traído de Barcelona para mis amigos de Berlín (y que ahora no puedo ver sin recordar aquella escena desagradable), recordaba el caso de B., un amigo saharaui de mi padre que trabaja en los Emiratos Árabes. Para evitar lo que se conoce como “racial profiling”, al que invariablemente era sometido en Múnich o Fráncfort del Meno, B. decidió viajar con traje y corbata. Cuando no lo hace, entonces, “casualmente”, es siempre apartado “aleatoriamente” en uno de esos controles “rutinarios”. El “racial profiling” resulta que también es “class profiling”. El socialdemócrata Fritz Bauer, alemán de origen judío, decía que cuando abandonaba su despacho se adentraba en territorio enemigo. (Tras descubrir dónde se ocultaba Adolf Eichmann y desconfiando –con razón– de las autoridades judiciales y policiales alemanas, Bauer entregó el dato a los israelíes para que lo arrestasen y juzgasen, de lo contrario el riesgo de que fuese alertado y escapase era elevado.) Apenas pasa un día sin que recuerde esa cita. Afuera, mientras tanto, las pantallas del aeropuerto retransmitían la señal de N24 –un canal de noticias alemán– y bombardeaban a los pasajeros con las últimas noticias sobre Ucrania y Crimea o, mejor dicho, contra Rusia. Como recordaba Yanis Varoufakis hace unas semanas en estas mismas páginas, los eurócratas de Bruselas y Berlín se parecen, cada vez más, a los “últimos emperadores romanos, que sólo buscaban seguir expandiendo a tontas y a locas las fronteras imperiales, cuando el corazón mismo del Imperio se había convertido ya en un putrílago.” Esta anécdota no fue más que otro ejemplo a añadir a una lista cada vez más larga.

Àngel Ferrero es miembro del comité de redacción de SinPermiso

 


Fuente:
www.sinpermiso.info, 13 de abril de 2014