Europa vista desde Kabul

Giuliano Battiston

11/04/2017

Vista desde Kabul, Bagdad, Damasco, el Cairo o Tripoli, Europa parece distinta. No tiene el rostro tranquilizador de quien invoca y promueve democracia, justicia y derechos, sino el amenazante de quien, para mantener los propios privilegios, está dispuesto a todo. También a la guerra, la directa, con las tropas sobre el terreno, las fuerzas especiales o los bombardeos aéreos, y la indirecta, con la venta de armas, el apoyo logístico a las coaliciones internacionales o de países propicios, la complicidad con regímenes sanguinarios y represivos. Para que recordemos hasta qué punto es importante adoptar el punto de vista de los “otros”, esos “otros” a los cuales a menudo imputamos que no nos estén lo bastante reconocidos, está Paul Rogers. Catedrático  emérito de Peace Studies en la universidad británica de Bradford, experto en seguridad global, firma recurrente en Opendemocracy, Rogers publicó hace algunos meses Irregular Wars. ISIS and the New Threats from the Margins. Es un libro útil, nuevo en su enfoque, porque hace lo que pocos han hecho hasta ahora: sitúa el éxito de grupos armados no estatales, como el Estado Islámico, en una perspectiva a largo plazo, en la que la economía política cuenta más que las ideologías, los desequilibrios y las contradicciones del sistema de relaciones internacionales más que el radicalismo islamico.

Rogers mantiene una tesis clara, y preocupante: sostiene en efecto que los grupos armados que no son de Estado – de los talibanes en Afganistán al Estado Islámico en Irak y Siria, de Boko Haram en Nigeria a Al Shabaab en Somalia, de los naxalitas [guerrilla maoista] en la India a los maoistas en Nepal – se han de ver no como una causa, sino como sintomas de las patologías estructurales de nuestro sistema-mundo, del cual es Europa protagonista. Para localizar la matriz de estas patologías, Rogers parte del fin de la Guerra Fría y de la consiguiente transición al modelo único de mercado libre. Una transición que ha generado riqueza, crecimiento y bienestar para una parte numéricamente significativa (mil quinientos millones de personas) pero, en todo caso, minoritaria de la población mundial. Dejando atrás, en los márgenes, al resto del planeta. Esos “márgenes” en los que nacen las nuevas revueltas armadas.

Para Paul Rogers el grupo de Al Bagdadi representa “un tipo de movimiento que se volverá cada vez más corriente en las próximas dos o tres décadas: una revuelta de los márgenes al interior de un sistema global caracterizado por una serie de elementos que  alimentan un conflicto que dominará las relaciones internacionales, a menos que se afronten las causas estructurales”. Y aun más: en las próximas décadas “se desarrollarán nuevos movimientos sociales de naturaleza esencialmente anti-elitista, que recibirán apoyo de la población en los márgenes”. Según los contextos, podrán arraigar en diferentes ideologías políticas, fes, identidades étnicas, nacionales o culturales o en una compleja combinación de estos elementos, pero su característica común será “la oposición a los centros de poder existentes”, sostiene el autor de Irregular Wars. Una oposición que nace de un creciente resentimiento, sobre todo en el llamado Sur Global, donde la “revolución de las expectativas crecientes”, ligada a la escolarización masiva de los años 60 en adelante, se ha traducido, empero, en una “revolución de espectativas frustradas”, que discurre paralela a la idea de que el fin de la era colonial ha dejado como herencia solamente la consolidación “de un sistema económico y comercial que era, y sigue siendo, extremadamente ventajoso para Occidente”.

La combinación de las tendencias sistémicas de exclusión y las de polarización de la riqueza propias del modelo económico neoliberal, y los efectos cada vez más evidentes de la crisis ecológica del planeta, están llevándonos directamente a un riesgo global inédito, mucho más realista que el presunto choque de civilizaciones entre Occidente y el mundo islámico: la entrada en una “edad de las insurgencias”, “una atmósfera global de fragilidad, inestabilidad, violencia creciente y guerras irregulares”. Para el sistema euro-atlantico, y para Europa, el desafío es enorme. Porque, recordaba hace años el sociólogo Wolfgang Sachs, “no se podrá salvaguarda la biosfera sin despedirse de la  posición de hegemonía del Norte en la política mundial”. Para hacerlo, habría que reconocer que la civilización euro-atlántica debe su desarrollo a circunstancias históricas únicas, “la explotación de la cesura económicamente y ecológicamente decisiva entre economía orgánica y economía mineral”. Esa cesura, de la que brotó la Revolución Industrial, es irrepetible.

Desde que la hegemonía que se deriva de ello ha comenzado a chirriar bajo los pies, Europa reacciona de manera desordenada. En lugar de construir las bases para una nueva transición – que substituya  una economía omnívora en recursos por otra que sepa respetar el metabolismo de materiales con la naturaleza, y que reequilibre los desequilibrios globales – se encomienda a un viejo instrumento herrumbroso: la guerra, la politica reducida a ejercicio de la fuerza, a dominio y atropello. Por usar los términos adoptados por Paul Rogers, es el “paradigma del control”, ese paradigma que ve la fuerza militar como garante último garante de la seguridad mundial. A juzgar por hoy,  a 16 años de los atentados de las Torres Gemelas, la guerra contra el terrorismo se vuelve trágicamente ejemplar, un verdadero y auténtico retorno al pasado. Un retorno a los inicios del siglo XX, cuando en política exterior se impuso la ecuación entre realismo y militarismo, la idea, por tanto, de que la seguridad y la estabilidad de un país podrían garantizarse gracias al potencial bélico, a la fuerza desvinculada del derecho, a la posibilidad de ejercer la violencia de modo absoluto, literalmente “legibus solutus”.

Considerado obsoleto justo después de la Segunda Guerra Mundial, con la Carta de las Naciones Unidas y el nexo entre paz y derechos, a partir de los años 90 se ha restaurado el paradigma bélico como instrumento corriente y – también en Europa – se ha pasado del juicio jurídico al juicio moral sobre la guerra: ya no se trata de la distinción entre guerras legales e ilegales, sino entre guerras justas e injustas. Con la guerra contra el terrorismo, entonces, ha venido a menos toda la modernidad jurídica, substituida por la lucha del bien contra el mal. Pero Afganistán, Irak, Libia están demostrando que ese  “bien” ha alimentado el “mal”. El “paradigma del control” es obsoleto, ineficaz, controproducente. La unica vía verdaderamente eficaz va en la dirección opuesta: construir un escenario global post-militarista y “una concepción de un orden mundial basado en una geopolítica no violenta”, para decirlo con Richard Falk. Europa podría indicar un nuevo rumbo. Pero persiste en los antiguos, en las viejas esquizofrenias que a los ojos de los “otros” le hacen aparecer amenazante. Vista desde Kabul, por ejemplo, Europa no tiene el rostro tranquilizador de quien promueve democracia, justicia, derechos sino el deshonesto y  tartufesco de quien ha arrancado un acuerdo-horca al gobierno de Kabul: dinero para la reconstrución para el desarrollo a cambio de la repatriación del “exceso” de  migrantes afganos. Porque es que Afganistán es seguro, se dice. Pero los soldados europeos todavía están allí.

periodista e investigador independiente, miembro de la asociación de periodistas independientes Lettera 22, colabora con medios como L´Espresso, Il Manifesto, pagina 99, Lo Straniero e Ispi. Es autor del libro entrevista con Zygmunt Bauman, Modernità e globalizzazione (2009) y de Per un'altra globalizzazione (2010), libros a los que hay que añadir recientemente (2016) Arcipelago jihad. Lo Stato islamico e il ritorno di al-Qaeda , todos en Edizioni dell'Asino. Escribe sobre islamismo armado, política internacional, globalización, cultura, y desde 2007 se ocupa de Afganistán, con viajes, reportajes e investigaciones periodísticas y académicas.
Fuente:
Sbilanciamoci.info, 8 de abril de 2017
Traducción:
Lucas Antón