Finlandia 1918: Rojos y blancos sumidos en una guerra fratricida

Olivier Truc

27/12/2017

Entre enero y abril de 1918, la guerra civil finlandesa causó 37.000 muertos. Una monográfico especial de Le Monde sobre la Revolución Rusa de 1917, del que forma parte este artículo, analiza otros episodios inmediatamente posteriores desencadenados como consecuencia de ésta. 

Gran ducado autónomo del Imperio ruso desde 1809, después de haber sido sueca durante la mitad de un milenio, Finlandia aprovecha la confusión de la revolución bolchevique para declarar su independencia en diciembre de 1917, independencia reconocida un mes más tarde por el nuevo régimen ruso. Pero enseguida se traba un combate entre los rojos socialdemócratas, apoyados por la Rusia revolucionaria, y los blancos mandatados por el Senado de Helsinki, apoyados por Alemania y en menor medida por Suecia. Esta guerra civil duró cuatro meses, hasta abril de 1918, y se saldó con la victoria de los blancos. Una victorial total pero amarga, al precio de masacres y de la instauración de los primeros campos de concentración del siglo XX en Europa. La guerra civil causó 37.000 muertos y cinco veces más víctimas entre los rojos que entre los blancos.

El recuerdo de esta guerra civil fratricida y de sus tabús pesará durante largo tiempo en la escena política finlandesa, convertida en adepta del consenso a cualquier precio. Este conflicto salvaje está aún más anclado en las memorias al haberse fotografiado con largueza. Estampas clásicas de milicianos blancos, guardias rojos, posando fusil al costado, con gorro de piel, gorra o casco en la cabeza, con aire marcial o perdido, fosas comunes, cuerpos en las calles, destrucciones, interminables filas de prisioneros y campos rodeados de alambre de espino. En una de esas escenas en tres fotografías, se ve a un pelotón blanco que prepara sus armas, luego a una docena de rojos alineados, un cuerpo ya por tierra, y tres más cayendo. En la última foto, se aprecia a un oficial que da el tiro de gracia a los cuerpos tendidos. En primer plano de esta última foto, una nube de vapor se escapa en el frío de la boca de un hombre, imagen última de una vida que se va.         

Tampere, en el sudoeste del país, fue escenario emblemático de la resistencia de los rojos y de las matanzas que se sucedieron, tal como cuenta esa institución local que es el Lenin Museo [Museo Lenin]. Recuerda que esta ciudad obrera, “Manchester del Norte”, fue “cuna de la Unión Soviética” por haber acogido en 1906 el primer encuentro entre Lenin y Stalin durante un congreso del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia. 

Durante los años de guerra fría, en la gran época de la finlandización –sumisión de la política extranjera finlandesa a la forzada amistad con la URSS- la visita al museo de Tampere era el tipo de invitación difícil de rechazar, tal como cuenta la institución en su portal digital www.lenin.fi. Con el cierre del Museo Lenin de Moscú en 1993, el de Tampere se ha convertido en el único en su género en el mundo.      

Como puede pasar en las guerras civiles, la división asestó sus golpes hasta en el corazón de las familias. Katariina Lillqvist, realizadora de películas de animación originaria de esta ciudad, tenía un abuelo, perteneciente a la minoría de habla sueca, del lado de los blancos. Su abuela era de Tampere, bastión rojo. “Su historia fue como Romeo y Julieta durante la guerra civil finlandesa. Mi abuelo fue rechazado por su familia, al haberse casado con una roja. Vivieron en Tampere, donde llevaron una vida muy dura”, tal como relató ella a Le Monde en 2008, con ocasión del estreno de su polémica película, La mariposa de los Urales, sobre el mariscal Mannerheim, el de Gaulle finlandés.

En ella describe el viaje como etnólogo del joven Mannerheim por Asia, donde se encaprichó de un joven kirguís. Algo no muy marcial para la figura del padre de la nación. Pero igualmente polémica fue la recepción de esta escena de la guerra civil de 1918 en la que se le ve fusilando a un soldado rojo de Tampere. Los conservadores reprocharon a la realizadora que reabriera este capítulo de la Historia. “Pero nunca tuvimos la posibilidad de debatir sobre ello en Tampere”, explicaba entonces Katariina Lillqvist. “Entonces estaba prohibido acordarse de las víctimas. El silencio se ha convertido en una subcultura de nuestra historia”.         

La noción de guerra civil hace mucho que se liquidó, por otra parte, en beneficio, a veces, de la de guerra de liberación: los finlandeses no habrían hecho otra cosa que desembarazarse de sus dominadores rusos. El medio político actual ha digerido esas dimensiones, pero la forma en que se evoca este periodo sigue marcando el campo al que se pertenece: si se es de derechas, se habla de guerra de liberación, si eres de izquierda liberal, hablas de guerra civil, y por último, los partidarios de la izquierda radical hablan de guerra de clases”, recalca Kjell Westö, escritor finlandés de lengua sueca, autor de varias novelas que tienen como telón de fondo la guerra civil, el término que él emplea. “He escogido escribir sobre ello, pues se trataba justamente de un tabú. Lo que me sorprendió al llevar a cabo mis investigaciones es la crueldad y la brutalidad que descubrí en ambos bandos. Hoy en día ya no es tabú, pero hay todavía un elemento doloroso que puede resultar sensible en el seno de las familias. Por mi parte, he preferido no contar la historia de mi familia, puesto que lo que quería hacer era un relato colectivo”.      

Unos 20.000 rojos fueron víctimas de ejecuciones sumarias o murieron de hambre en los campos tras el final de los combates, y Finlandia, como más tarde España, conoció su parte de fosas comunes fantasmas y malditas.

La guerra de invierno que enfrentó a la URSS con Finlandia del 30 de noviembre de 1939 al 13 de marzo de 1940 contribuyó en gran medida a consignar los acontecimientos de 1918 a los libros de Historia. Stalin intentó imponer un gobierno a sus órdenes bajo la dirección de uno de los antiguos líderes de los Rojos durante la guerra civil, el finlandés Otto Wille Kuusinen. Este anunció el 1º de diciembre de 1939 la formación de la República Democrática de Finlandia, que se apresuró a firmar un “tratado de asistencia mutua” con la Unión Soviética. Contrariamente a las esperanzas de Moscú, los rojos derrotados en la guerra civil finlandesa no se unieron para hacer caer al gobierno blanco en el poder en Helsinki, el cual, por su parte, se mostraba escéptico respecto a la idea de movilizar a los antiguos rojos para oponerse al ataque soviético. Ese fue, sin embargo, el caso, y los finlandeses unidos le infligieron grandes pérdidas al Ejército Rojo. Muchos comunistas y socialistas finlandeses habían comprendido ya que el estalinismo no tenía mucho que ver con la defensa de los trabajadores. 

Durante mucho tiempo, sólo ha prevalecido, sin embargo, la versión blanca, la del vencedor. Hizo falta esperar a los años 60 para que algunos especialistas universitarios se arriesgan a emitir un juicio divergente. El historiador Lars Westerlund y su colega Heikki Ylikangas recibieron a finales de los años 90 el encargo del gobierno de establecer un registro de víctimas de la guerra civil. “¡Fue el proyecto de mi vida!”, exclama hoy Lars Westerlund. La excelente acogida del público permitió acallar las reticencias de los medios hostiles al proyecto. A posteriori, hemos podido advertir cierta decepción proveniente de la izquierda, que tenía la expectativa o la esperanza de que nosotros (la comisión) atacáramos o por lo menos pusiéramos en cuestión a los vencedores de 1918 y a sus herederos. Del lado de la derecha, se nos ha reprochado personificar y ponerle rostro a las víctimas”. Guerra de clases para unos, guerra de liberación para otros, esta guerra civil ha envenenado durante largo tiempo el debate.        

“Todo este mal ambiente de discusión que ha prevalecido durante mucho tiempo en Finlandia es consecuencia de estos acontecimientos”, había declarado Heikki Ylikangas cuando el tema acabó por evocarse finalmente en serio en los años 90. “Entre nosotros, no era conveniente tener una opinión divergente, si no uno se convertía en seguida en sospechoso”. Una cultura del compromiso que se encuentra en la escena política, en la que las coaliciones son siempre de rigor y en la que las campañas electorales toman generalmente en cuenta el hecho de que los partidos tendrán que acabar formando coalición con uno de sus adversarios”.

(1964), corresponsal en los países bálticos del diario Le Monde y colaborador de la revista Le Point, es también autor de novelas de intriga ambientadas entre los samis de Laponia, como El estrecho del lobo o El último lapón.
Fuente:
Le Monde, monográfico especial “1917 La Révolution Russe”, septiembre-noviembre 2017
Traducción:
Lucas Antón