Francia: Macron no saldrá de ésta sólo con los ganadores. Entrevista

Christophe Guilluy

08/12/2017
Teórico de la “Francia periférica”, Christophe Guilluy comenta los seis meses de presidencia de Macron y desmenuza la forma en que las clases populares gestionan, obligadas pero hábilmente, la problemática del multiculturalismo. Le interpela Anne Rosencher para el semanario parisino L´Express.  
 
Durante su entrevista televisada del 15 de octubre, el jefe del Estado ha explicado que los ricos eran “los primeros de la cordada”: a poco que se les dé libertad para ascender, tirarán del conjunto de la sociedad. ¿Se puede hacer que se eleve la famosa Francia periférica, que usted sondea desde hace décadas, con la cuerda de rappel? 
 
“Derramamiento”, “primeros de la cordada”…El vocabulario cambia, la idea permanece… ¡y dista de ser nueva! Su principio es muy eficaz, por ser bastante intuitivo: consiste en explicar que tenemos todo que ganar con dejar hacer (“laisser-faire”) en economía, que esos recursos acaban siempre por beneficiar a todo el mundo, puesto que enriqueciéndose los ricos, tirarán del resto de la sociedad, mediante la inversión o la redistribución. Algo parecido pasa con las metrópolis, que se supone que “irradian” al conjunto de los territorios. Llámelo como quiera, “irradiación”, “locomotora”, “primeros de la cordada”…todos estos términos que hemos visto florecer y sucederse en estos últimos decenios, constituyen el revestimiento positivo de un modelo que la clase dominante no puede ya asumir, pero quiere conservar. Este modelo es simplemente el de la mundialización sin trabas, que ha tenido los mismos efectos en todas las sociedades occidentales: externalización de la industria a países de bajos costes y asentamiento del terciario concentrado en el corazón palpitante de las grandes metrópolis. ¡Es un modelo que, visto desde París, Berlín, Milán o Nueva York, funciona extremadamente bien! Los que pretenden que no funciona cometen un error. En nuestro país, el PIB continúa aumentando, hace prosperar a las ciudades y a quienes viven en ellas. Este modelo contribuye esencialmente a concentrar esencialmente el empleo y las riquezas, mientras que, en los territorios de la Francia periférica, prosigue el proceso de desertificación del trabajo. Lógicamente, es en estos territorios, que se beneficiaron mucho de la redistribución, donde se plantea con mayor agudeza la cuestión de la disminución del dinero público.          
 
Si usted mismo dice que el modelo funciona…
 
Pero con el matiz de que no hace sociedad. La industria tenía una virtud planificadora: la riqueza estaba mejor repartida geográficamente. La nueva división internacional del trabajo y los efectos territoriales que ha tenido en todas las sociedades occidentales han hecho sencillamente que desaparezca la clase media en el sentido cultural: es decir, en nuestro país, en el sentido de los “dos franceses de cada tres” [según la expresión] de Giscard. Eso no quiere decir que antes no hubiera desigualdad. Incluso durante los Treinta Gloriosos, había desde luego ricos y pobres, una Francia de arriba y una Francia de abajo, pero la gente vivía mejor con esta idea, pues había pasarelas, contactos cotidianos y también perspectivas para los hijos…Hoy en día, la Francia de las metrópolis ha procedido a la secesión. Y paralelamente, los medios populares están en un proceso de escapada, es decir, que no esperan ya nada de los medios de arriba. En todo caso, la clase media ha explotado: ¡se acabó! Políticamente, eso ha tenido un efecto inmediato: asistimos a un proceso de desafiliación progresiva de las categorías sociales al ritmo de su salida de la clase media. Primero, los obreros, que se abstienen o votan al Frente Nacional (FN), luego los empleados…Sólo resisten los jubilados y los funcionarios, categorías todavía protegidas de los efectos de la globalización.        
 
Dicho esto, el FN atraviesa una crisis en la que parece gravemente atrapado. Hay quienes ven ahí la existencia del famoso techo de cristal…
 
Lo siento, pero, para mí, estas son conversaciones de salón. ¿Qué es lo que hace que un elector vote populista? La combinación de dos inseguridades: la inseguridad social y la inseguridad cultural. Si tienes una sin la otra, no tienes voto populista. Esto ha sido muy visible en el comportamiento de los electores de Fillon en la segunda vuelta de las presidenciales. El candidato de la derecha, que basó gran parte de su campaña en combatir al Islam radical, se dirigía a un electorado que teme que su cultura, sus valores se vean perjudicados por el avance de otro modo de vida que ha traído la inmigración. Pero en la segunda vuelta este electorado ha votado a Emmanuel Macron como un solo hombre. ¿Por qué? Porque el principio mismo del voto populista estriba en considerar que no tienes nada que perder y todo que ganar dándole la vuelta la situación. Ahora bien, no le das la vuelta cuando tienes un patrimonio, o incluso una seguridad económica, simplemente, que conservar. Esto es lo que ha funcionado una vez más en el caso de los jubilados o los funcionarios: no son ricos –pretenderlo es un error -, pero hasta ahora, gozaban de una cierta garantía en su nivel de vida. Ahora bien, con su política de apretar las tuercas, Emmanuel Macron arremete exactamente contra esta garantía. Eso es electoralmente suicida. La Francia de arriba está serrando la rama sobre la cual se asienta. A largo plazo, cuando tengas jubilados a 500 euros mensuales, ya no constituirán ese dique contra el voto populista.        
 
Concretamente, parece a pesar de todo que Marine Le Pen va a tener bastantes dificultades para reponerse de su derrumbe durante el debate entre las dos vueltas de las presidenciales… 
 
Podemos discutir hasta el infinito: FN, FN no, Marine Le Pen, Marine Le Pen no…Personalmente, la única cosa que veo es un mecanismo lento que desestructura todas las sociedades occidentales y que va poco a poco afectando a la antigua clase media. En los Estados Unidos, eso se ha traducido en la elección de Donald Trump, y en el Reino Unido, en el Brexit. En cuanto a Francia, creer que el electorado populista se ha evaporado con el derrumbe de Marine Le Pen denota pensamiento mágico. ¿Quién no nos dice, por otro lado, que no vaya a emerger un candidato populista que no provenga de ningún partido? Una especie de “ni de derechas ni de izquierdas” de abajo, simétrico en todo al de Emmanuel Macron? Entre nosotros, la balanza electoral depende, a largo plazo, de los funcionarios – a pesar de todo, ¡el 22 % de los asalariados!- y de los jubilados, y eso es todo. Ahora bien, con su estrategia de recortes, el gobierno aporrea al electorado “protegido”, es decir, aquel que protege en realidad al mundo de arriba. Vuelvo a repetirlo: es suicida. Electoralmente, Emmanuel Macron no saldrá de ésta con los “winners”. Porque los “winners” – cuadros, profesiones liberales- son como máximo, el 20%...    
 
El futuro patrón de Los Republicanos, Laurent Wauquiez, no esconde sus deseos de reproducir la provechosa estrategia de Nicolas Sarkozy en 2007, es decir, llevarse una parte del voto del FN. ¿Cuáles son sus oportunidades de conseguirlo? 
 
Esto parece bastante comprometido. Es decir, ¡con la gente no se puede repetir el mismo golpe! La vida de las clases populares no ha mejorado en ningún aspecto durante el quinquenio de Nicolas Sarkozy. Laurent Wauquiez podrá, si acaso, recuperar en los márgenes votos entre artesanos y pequeños comerciantes, pero, globalmente, no veo cómo podría elaborar un discurso que contente a la vez al electorado burgués tradicional de la derecha y a las clases populares muy proletarizadas. Antes era posible. Pero la Francia de abajo ya no se fía en absoluto de que la Francia de arriba se preocupe de su porvenir y de sus problemas. Y no hay manera de desmentirla: por sus elecciones económicas, socioculturales, la burguesía ha demostrado que se desinteresaba totalmente del mundo de abajo.       
 
¿De qué elecciones se trata? 
 
Tomemos la cuestión de la inmigración. Es interesante: se trata de una cuestión obsesiva en las clases populares, y no solamente entre los blancos, contrariamente a lo que se repite permanentemente. La noción de inseguridad cultural la teoricé hace veinte años para responder a los interrogantes de un arrendador social que se enfrentaba a una explosión de peticiones de realojamiento en barrios de viviendas sociales que no tenían necesariamente problemas de seguridad. Esas demandas – que no han dejado de aumentar desde entonces – no provenían ni provienen siempre únicamente de la clase media blanca! Muchas proceden también de familias magrebíes que han conocido un ascenso social y que piden mudarse cuando el barrio se transforma con la llegada de una inmigración venida del África subsahariana, por ejemplo. La delicada cuestión de la alteridad y de su gestión en lo cotidiano cuando se convierte en mayoritaria no se detiene en tal o cual origen o comunidad. Pero este género de matices, esas violaciones del maniqueísmo nunca siguen su camino hasta llegar a las columnas de los periódicos o hasta los discursos de los políticos respetables. Desde arriba, se considera esta obsesión por los flujos migratorios como indigencia mental: en el mejor de los casos se trataría de estupidez – “A la buena gente le calientan la cabeza los sembradores de odio” – , en el peor, de racismo espontáneo. Hoy en día, hay un cierto discurso antifascista que tiene que ver sencillamente con el desprecio de clase.  
 
A menudo se le reprocha a los “bobós” [“bohemios burgueses”, “hippie-chics” o “yuppies”] que son gente bienintencionada sin conexión con la realidad…Ahora bien, algunos viven en barrios populares mixtos. En Montreuil, en Gennevilliers, o en barrios parisinos como la calle Jean-Pierre-Timbaud, no están desconectados y reivindican que se mantienen firmes en la diversidad…
 
No niego que en algún caso estén animados por la benevolencia y la generosidad, que algunos, sin embargo, muestran discretamente, sólo que la realidad es que es fácil gestionar eso de vivir juntos cuando se reside en lugares en los que el multiculturalismo posee fronteras invisibles. En primer lugar, los “bobós” no se marchan de los sitios en los que “pasan las cosas”, los lugares en los que se crea la riqueza, en los que funciona la policía, etc. ¡No me consta que hayan escogido instalarse en un bloque de viviendas sociales de la ciudad de los 4.000 en La Courneuve [municipio de la periferia parisina caracterizado por su población de origen migratorio]! No, se quedan en las metrópolis o en la periferia más próxima. Ahora bien, cuando se compra un apartamento en un inmueble del a calle Jean-Pierre Timbaud, en el Distrito XI parisino, por retomar ese ejemplo, se tienen que desembolsar igualmente de 400.000 a 600.000 euros…Automáticamente, se te garantiza que tengas un vecindario de escalera que se te parece, pues resulta evidente que la familia de inmigrantes chechenos recién llegada no tendrá medios para ese billete de entrada y se alojará en una vivienda social, no lejos, pero distinta. Aquí bien que tenemos una frontera invisible de la cohabitación. Y es igual en la escuela: muchos cobistas de la convivencia practican la separación de hecho saliéndose del régimen escolar. Con enchufe o recurriendo a “trucos y astucias” para iniciados, como inscribirse en un plan de estudios internacional, o eligiendo una lengua rara. En resumen, los “bobós” disponen de todas las herramientas para vivir en un medio mixto. Por eso digo que el multiculturalismo de 10.000 euros al mes no es lo mismo que el multiculturalismo de 1.000 euros al mes. Ahora bien, es verdaderamente eso lo que divide la percepción francesa hoy en día: la capacidad o no de gestionar el multiculturalismo que existe de facto en nuestro país.              
 
Muchos intelectuales debaten, justamente, que estaríamos basculando hacia un modelo multicultural. Pero para usted, se trata de un falso debate: ya estaríamos en él…
¡Desde luego que ya estamos en él! Sin que haya sido proyecto de nadie, fíjese. En los países desarrollados, hay un modelo económico único –la mundialización- y un modelo de sociedad único: el multiculturalismo. Cualquiera que fuese la especificidad autóctona que prexistiera –el comunitarismo a la anglosajona, el republicanismo asimilacionista francés, etc.-, este multiculturalismo plantea en todas partes las mismas preguntas y engendra en todas partes la mismas inquietudes. Frente a una demografía del vecindario que se transforma, la angustia natural de cada uno, sea cual sea su cultura o su religión, proviene de no saber si va a convertirse en minoritario. Ser o no ser minoritario: esa es la cuestión, hoy en día…Porque cuando es lo que eres, dependes de la benevolencia de la mayoría. Cuando eres minoritario, te planteas preguntas como “¿Debo o no bajar los ojos?”, “¿Puedo ligar con la hermana de mi compa o no?”, “Y él puede ligar con mi hermana o no?”, etc. Cambian las reglas de juego y, como no se dicen y son invisibles, eso genera complejidad e inquietud, las cuales preferimos eludir, mudándonos y reagrupándonos entre semejantes. No por xenofobia sino porque es más sencillo. Cuando curras ocho horas de mozo de almacén en Auchan [cadena de hipermercados francesa, conocida en España como Alcampo] no tienes ganas de gestionar lo multicultural cuando vuelves por la tarde. Es hipercomplejo. Yo digo: decir esto en Francia ya es demasiado. Y sin embargo, sí, es hipercomplejo.     
¿Qué piensa usted de los temores de guerra civil que se expresan aquí y allá?
La guerra civil implica que haya dos campos. ¿Quién contra quién? ¿Quiénes son los beligerantes? No se sabe. Yo no digo, por supuesto, que no haya tensiones. Hay conflictos étnicos localizados, que no son, por lo demás, acaso siempre los que se imagina. En ciertas ciudades hay tensiones entre africanos anglófonos y africanos francófonos. Existen también tensiones entre magrebíes y originarios del África subsahariana. Pero, de hecho, la gente hace todo lo que puede para que los territorios de contacto se reduzcan al mínimo. Esa es la razón que explica que haya un reagrupamiento étnico en ciertos territorios. Más que una guerra de civilizaciones, creo que la gente intenta gestionar el choque de los “bleds” [“villorrios”], eso es lo que pasa “abajo”. Y, honestamente, han evitado esta guerra civil por una sencilla razón: porque nadie quiere la guerra. Estamos lejos de la sociedad Benetton, de acuerdo, pero se desactiva el enfrentamiento. Evitarse significa una gestión obligada pero hipersutil del multiculturalismo. Una gestión adulta, por oposición a la visión totalmente infantil en curso en la Francia favorecida. Para esta última, las cuestiones multiculturales son o la guerra civil o el mundo del Oui-Oui [dibujos animados infantiles, como decir en España “los mundos de Yupi”].
Y cada cual ha de escoger su campo, camarada: ¿estás del lado de la guerra o del lado del amor? Esa es la razón por la que las clases populares ya no se toman a las élites – intelectuales, universitarias, mediáticas – en serio. Estas últimas pasan su tiempo infantilizando a la Francia de abajo, pero es su lectura de ellas la que se revela binaria.  
[1964], geógrafo de campo, hurga desde hace veinte años en las fracturas sociales francesas, a las que consagró un atlas en el año 2000, Atlas des fractures françaises [Éditions L´Harmattan, 2000] seguido del Atlas des nouvelles fractures sociales [Autrement, 2004] — coescrito con Christophe Noyé — y, en 2010, de Fractures françaises [Bourin Éditeur]. Creador del concepto de “inseguridad cultural”, su libro más conocido y discutido es La France périphérique. Comment on a sacrifiè les clases populaires [Flammarion, 2014], y el más reciente, Le Crépuscule de la France d'en haut [Flammarion, 2016].
Fuente:
L´Express, nº 3463, del 15 al 21 de noviembre
Traducción:
Lucas Antón