Francia: Por una Asamblea plural contra el hecho presidencial

Edwy Plenel

16/06/2017

Con su cencerrada a la vieja política, las presidenciales han dado voz al ansia de renovación democrática. Pero si las legislativas otorgaran una mayoría absoluta al poder, eso sería un paso atrás hacia prácticas hegemónicas y un parlamentarismo sojuzgado. Por eso hace falta una Asamblea plural, abierta a la diversidad de una oposición democrática, social y ecológica.

Emmanuel Macron es un presidente de la República minoritario, que se ha beneficiado en la segunda vuelta llevándose un voto de razón o de principio frente a la extrema derecha. Por el efecto de palanca de un modo de escrutinio legislativo injusto y arcaico, que magnifica la confiscación del pluralismo político por parte del poder presidencial, tiene la intención de convertirse no solamente en mayoritario sino en hegemónico, como resultado de las elecciones legislativas del 11 y 18 de junio próximos. Si alcanzara su propósito, para lo cual hace campaña activa su primer ministro, que procede de la derecha de Juppé, sería una mala noticia para la democracia francesa y todos los ciudadanos que esperan su revitalización, incluidos entre ellos y ellas quienes quieren darle su oportunidad al nuevo poder.

El pluralismo está en el resorte de una democracia viva, deliberativa y participativa. Permite mayorías de ideas, surgidas de la discusión, del intercambio racional y de la escucha atenta. Da derecho a oposiciones estimulantes por constructivas e inteligentes, portadoras de intereses desestimados y de causas desconocidas. Obliga a una mayoría frágil a contemporizar sin cesar con minorías activas, reconocidas y respetadas. En resumen, es lo contrario de esas mayorías automáticas, conseguidas por disciplina de partido y autoritarismo del Ejecutivo, que no han dejado de lesionar la aspiración profunda del país a una democracia renovada, a que se escuchen sus esperanzas, a depositar su confianza.

Limitar la expresión de ese pluralismo a las dosis gubernamentales, mezcla de caza de talentos partidistas, de carrerismo político y de competencias profesionales – lo que no excluye la sinceridad, las ganas de actuar y de servir –,  significa acentuar la dominación presidencial sobre nuestra vida pública. Un hombre solo, por el hecho de convertirse en presidente de la República, se convertiría así en artífice y garante únicos de la diversidad política, social, cultural, ideológica, etc. de una nación profundamente dividida, tantas son las ocasiones perdidas de estos últimos quince años que no han dejado de desgarrar el tejido común. Pero ¿quién es el que no ve, justamente, que esta búsqueda obsesiva de una «mayoría presidencial» ha sido  causa de ello, entregando todos los poderes a uno solo, en lugar de volver a dar vida a la pluralidad de todos? ¿Qué hicieron de sus mayorías absolutas Jacques Chirac (2002), Nicolas Sarkozy (2007), François Hollande (2012), sino acentuar la desposesión democrática al punto de dividir, de romper y de arruinar sus propias familias políticas?

La hipoteca de la extrema derecha sobre nuestras vidas es, desde hace una treintena de años, producto de esta cabezonería y por esta ceguera ha hecho perdurar una visión institucional arcaica. Su aparente eficacia bonapartista – el inmenso poder otorgado al jefe del Estado, proclamado maestro relojero de la vida pública – no lo es más que a corto plazo, y no construye más que sobre arena, obligando a su beneficiario a repetir siempre la situación, como un Sísifo que vuelve a hacer subir su roca. El balance lo tenemos delante de los ojos y si el nuevo presidente elegido, aturdido por su victoria inesperada, lo olvidase, no cabe duda de que la factura se le devolvería de nuevo. En la segunda vuelta de las presidenciales de 2002, frente a Jacques Chirac, Jean-Marie Le Pen recogió 5,5 millones de votos. Quince años más tarde, en la segunda vuelta de las de 2017, esa cifra casi se ha doblado, lo que da testimonio del balance desastroso de las presidencias de Sarkozy y Hollande: pese a que un debate celebrado entre ambas vueltas dejara al desnudo la violencia propia del Frente Nacional, Marine Le Pen congregó a 10,6 millones de electores el 7 de mayo de 2017.

(Proyección comparativa del tamaño de las mayorías parlamentarias en Francia 1958-2017)

Beneficiario de este desastre, Emmanuel Macron no debería pretender haberse convertido en propietario de los votos que, para conjurarlo, han ido a su nombre sin renunciar a sus propias convicciones en su diversidad intrínseca. Con solo el 18,19 % del censo en la primera vuelta (24,01 % de los votos), su programa inicial no es, evidentemente, mayoritario. Su porcentaje de la segunda vuelta no es más que del 43,61 % de los votos, por debajo por tanto de la mitad del cuerpo electoral, cuando más de 16 millones de electores prefirieron abstenerse, votar en blanco o nulo, es decir un buen tercio del censo,  los cuales no superan el 90 % de los ciudadanos en edad de votar. Negarse a otorgarle plenos poderes parlamentarios a esta nueva presidencia, por la dominación de una mayoría sumisa en la Asamblea nacional, es ser coherente con nuestra firme posición entre las dos vueltas, este rechazo a confundir el advenimiento de una presidencia autoritaria y la prolongación de una democracia inacabada.

Profundizar la democracia, tras haber evitado lo peor, significa ahora resistirse al hecho consumado presidencialista que deja ver la campaña legislativa de los apoyos de Emmanuel Macron, bajo la enseña de «La República en marcha». Su deseo de hegemonía remite precisamente a esta «vieja política» con la cual pretenden romper. No se trata en absoluto de que sus principales artífices hayan surgido de los dos partidos que durante mucho tiempo la practicaron, el PS, sobre todo, en la izquierda, pero también el UMP [Unión por un Movimiento Popular], convertido luego en LR (Los Republicanos) en la derecha, sofocando sin piedad la diversidad política del país. Bajo la novedad autoproclamada por Emmanuel Macron sobrevive un viejo mundo que pretende así salvarse y que deja al descubierto esta campaña legislativa. A los arreglos diversos con la moralización prometida, de los que resulta éticamente sintomático el asunto Richard Ferrand (ex-PS), aunque no se haya establecido que sea penalmente reprensible, se añade esta elección de tratar con cuidado, al no oponerles candidatura, a los peores símbolos de la presidencia saliente, de Manuel Valls a Myriam El Khomri, pasando por los nombres convertidos en sinónimos de humillación y de brutalización.

La democracia no se reduce a las instituciones que se identifican con ella. Supone una cultura común, es decir, una práctica concreta. En enero pasado, ante la perspectiva de las presidenciales, un testigo prevenido de la necrosis francesa, esta pérdida de confianza en un ideal que se marchita y se agota, abogaba por una «lealtad en la representación» parlamentaria. Insistiendo en el papel del Parlamento como «control del ejecutivo para evitar los excesos, los incumplimientos y los abusos de poder», concluía de ello la exigencia de «que las corrientes principales que forman la opinión democrática estén representadas en su seno, para que ninguna pueda confiscar e impedir el debate y que ninguna aniquile el control».

Ni cesarismo presidencial ni sectarismo populista

No hay unidad sin pluralismo, insistía esta autor, sin reconocimiento y respeto de la contradicción: «El pluralismo no sólo pacifica: también libera…En lugar de la política que aspira a aplastar a los demás, defiendo la política que escucha, que acepta el pluralismo de las opiniones, que lo acepta e incluso que lo busca». El autor de estas líneas, extraídas de Résolution française (Éditions de l’Observatoire, 2017), no es otro que François Bayrou, hoy ministro de Estado y ministro de Justicia en el primer gobierno de la presidencia de Macron.

La hegemonía de una «mayoría presidencial» segura de sí misma y dominadora sería un desmentido radical de esto. Tanto más cuanto que su composición renovada no conlleva en sí misma ninguna garantía de plusvalía democrática, a tal punto invita la cultura institucional de la Quinta República a mayorías monótonas, obedientes y seguidistas. Peor, ese celo de conversos propios de los recién llegados en política bien puede reforzar también su incapacidad de alzarse frente a un poder ejecutivo.

Pero, del mismo modo que nos obliga rechazar el cheque en blanco de una mayoría absoluta, este imperativo democrático nos invita asimismo a rechazar el sectarismo de una oposición única. Como si fuera espejo de la voluntad hegemónica de “La República en marcha”, transportada por el hecho presidencial, la izquierda, en su diversidad, se enfrenta hoy al deseo hegemónico de “La Francia insumisa”, transportada por el resultado de Jean-Luc Mélenchon en la primera vuelta.

A pesar de que, por primera vez, las temáticas democráticas (la Sexta República), sociales (el rechazo de la ley del Trabajo), ecológicas (la transición medioambiental), europeas (la democratización de la UE) unen a todas las izquierdas, de partido o sociales, que se oponen o rompieron con el quinquenio Hollande encarnado por Valls, nunca han dominado hasta este punto la división y la dispersión. Maestro del juego la noche de la primera vuelta, Jean-Luc Mélenchon, al contrario que su modelo, François Mitterrand, en los años 70, entonces campeón de la unión para reconstruir la izquierda, se ha negado a todo diálogo, a toda convergencia, a todo reagrupamiento. 

El compromiso de refundación democrática no debería limitarse a la proclamación virtual de una nueva República ad calendas graecas. Se verifica en primer lugar por la práctica democrática misma, aquí y ahora, que supone respeto por los socios, escuchar las diferencias, propósito de convergencias, rechazo de los insultos y de las demonizaciones, de las exclusiones y las exclusivas. ¿Cómo comprender que se opongan sistemáticamente candidaturas de “La Francia insumisa” a candidatos de reagrupamiento y unión que han encarnado la resistencia a las renuncias del quinquenio Hollande? Ese es, por ejemplo, el caso en París de Caroline de Haas, militante de asociaciones varias, que fue punta de lanza de la lucha contra la ley de Trabajo y otras iniciativas ciudadanas; en Besançon, de Barbara Romagnan, testaruda rebelde socialista que siguió fiel a los compromisos adoptados en 2012 ante los electores; en Grenoble, de candidatos apoyados por el alcalde ecologista, Éric Piolle, cuya mayoría incluye al Parti de Gauche, a pesar de que había convocado a votar por Mélenchon en la primera vuelta.

Aliado objetivo del cesarismo presidencial, este sectarismo populista corre fuertemente el riesgo de intensificar la derrota de la izquierda después de que se la haya expulsado de la segunda vuelta de las presidenciales. Pues nunca la izquierda, en su pluralidad, ha sido tan minoritaria y tan frágil, situación que el placer morboso de las diferencias y divisiones no puede hacer más que acrecentar. En 2002, pese a su eliminación en la primera vuelta, la izquierda totalizaba con sus cinco candidatos el 32,45 % de los sufragios emitidos, un total que ascendía hasta un 42,89 % con los tres candidatos de extrema izquierda. En 2017, los porcentajes agregados de todas las izquierdas no rebasan el 27,67 % de los votos emitidos, uno de los niveles históricamente más reducidos.

Creer, en un contexto tan desfavorable, que una sola fuerza podría en solitario recoger el desafío de la oposición, no significa solamente hacerse ilusiones, es agravar las heridas infligidas a la izquierda por el quinquenio de Hollande, sobre todo bajo el gobierno de  Valls. Toda la historia de la izquierda está tejida de diversidad, fuerte en corrientes pluralistas, rica en tendencias múltiples. Y cada vez que una fuerza política ha pretendido hacer tabla rasa en provecho suyo, proclamándose única propietaria de la ortodoxia programática, fracaso y desilusión es lo que se ha conseguido en la cita final.

En Francia, y con diversas galas según las circunstancias históricas, desde Napoleón I y III a Charles de Gaulle, el bonapartismo ha sido siempre la argucia política de las clases dominantes para preservar lo esencial, sus intereses, a costa incluso de obligarles a silenciar sus querellas. Su habilidad, tanto mayor por cuanto su director de obra es cauteloso o experimentado, ha consistido siempre en apostar por la división de fuerzas, identificándose con la emancipación. Y por eso es por lo que nos hace falta esperar muy mucho que estas elecciones legislativas den la mano a representantes de lo más diverso de una oposición inteligente, reagrupada en torno a lo esencial, sin sectarismo alguno, comprometida con lo más cercano de las realidades cotidianas y esperanzas concretas, sin palabras huecas ni ebriedad de cóleras.

«No se puede ni se debe esperar todo de un hombre» y las elecciones presidenciales «no aportarán más que antaño el demiurgo» (…) Refundar la acción política, su legitimidad y su eficacia, supone pues pensarla más allá del «espasmo presidencial», «lejos del poder carismático y de la crispación cesarista del encuentro entre un hombre y su pueblo». En otras palabras, de escapar a este tiempo corto de las elecciones, donde «se aplasta la vida política» bajo el peso del «presidencialismo», para mejor encontrar el tiempo largo de la «deliberación  permanente», esta «doble virtud del parlamentarismo y de la democracia social que nuestra República ha tenido tendencia a descuidar demasiado a menudo».

El autor de estas líneas, aparecidas en 2011 en la revista Esprit, no es otro que Emmanuel Macron, ahora beneficiario de este presidencialismo que ayer criticaba. Más allá de su propio cambio de opinión, expresan a la perfección la apuesta de estas elecciones legislativas: imponer la vitalidad de un Parlamento pluralista al sueño hegemónico del poder presidencial.

(1952) Periodista y ensayista político francés. Fue militante de la extinta LCR francesa. Ha trabajado en Le Matin de Paris y Le Monde. Es fundador y director de Mediapart, exitoso medio electrónico que cuenta con más de 100.000 abonados.
Fuente:
Mediapart, 29 de mayo de 2017
Traducción:
Lucas Antón