Francia: Prolongar el rechazo, reconstruir la esperanza

Roger Martelli

14/05/2017
Izquierda ausente de la segunda vuelta, diques debilitados contra el FN, endeble  voto de convicción para el presidente, resultado incierto de las legislativas, oportunidades para la izquierda de la izquierda… Roger Martelli analiza las enseñanzas de las presidenciales.
 
1.Por tercera ve desde que el presidente de la República se elige por sufragio universal, la izquierda ha estado ausente de la segunda vuelta. La novedad es que esta vez la desventura le ha sucedido, a la vez, a la izquierda y a la derecha del gobierno. Para los dos bloques que repartían la Asamblea Nacional, la mayor parte de sus electores se encuentran, en el mejor de los casos, delante de una elección por defecto.  
 
El resultado está en las cifras: al menos un 25% de abstenciones y un 8,8% de votos blancos o nulos. En total, un elector de cada tres ha dicho que se le obligaba a una elección imposible. Es apenas algo menos que en 1969 (el total de abstenciones y de voto en blanco se elevó entonces a 35,6%). Se advertirá esta vez la particular señal que envía el nivel inédito de votos en blanco, que casi se dobla en relación a los porcentajes más altos de 1995, 2012, 1969 y 2012. Mientras que la abstención es a la vez un fenómeno social (la marginación de las categorías populares) y un índice de insatisfacción política, el voto en blanco es un acto político consciente, propio de una población a menudo formada y politizada. Desde hace ya algún tiempo se refuerza la idea de que este voto debe contabilizarse como una opción en toda regla: el escrutinio presidencial de 2017 refuerza incontestablemente esta exigencia. 
 
 
2. El porcentaje del Frente en la primera vuelta y el resultado de la segunda sugieren que los diques todavía existen, que impiden a la extrema derecha acceder al poder, tal como ha podido lograrlo en otros países, comprendidos algunos dentro de la Unión Europea. Pero constatamos también, una vez más, que esos diques son menos impermeables que en el pasado. El temor a una victoria del Frente Nacional se ve ahora contrapesado por las cóleras que se dirigen contra aquellos a los que el sistema electoral coloca frente a ella en la segunda vuelta. El "todo menos el FN" ya no tiene el vigor que le era propio antaño. .
 
El Frente obtiene un resultado  inferior a sus expectativas, menos elevado que el que anunciaban los sondeos de inicio de campaña, menos sólido de lo que sugerían las elecciones departementales y regionales de 2015. Pero ha confirmado, pese a todo, la  conjunción preocupante de una influencia nacional real y de una implantación territorial robusta, sobre todo en el norte, el este y el sudeste (véanse los datos citados más abajo). 
 
No tiene sentido, pues, poner en cuestión a quienes han considerado que no tenían por qué elegir entre globalización y exclusión nacional. La responsabilidd estriba en buscar en el lado de los que han erosionado el sentido del conflicto que separa históricamente a la derecha de la izquierda, en torno a la cuestión de la igualdad y la libertad. A fuerza de preferir la competitividad, la flexibilidad, el equilibrio presupuestario, el estado de guerra y el estado de emergencia, se termina por alimentar la idea de que izquierda y derecha se unido para aceptar las normas de la competencia y de la gobernanza. 
 
La extrema derecha sigue siendo un mal absoluto, hoy como ayer. Pero ya no es posible seguir gestionando Francia igual que antes, y así imperturbablemente durante cinco años, para apelar in extremis a congregarse contra la derecha extrema. 
 
Esta estrategia está destinada al fracaso a muy corto plazo. Marine Le Pen ha doblado en estos momentos los resultados de su padre, quince años más tarde. La política que mañana impulse el nuevo ocupante del Elíseo tiene todas las oportunidades de acrecentar la cólera y, más allá incluso, de alimentar el resentimiento que lleva a actos desesperados. La segunda vuelta de 2002 fue una señal inquietante; la de 2017 debe tomarse como el fracaso del toque de alarma.  
 
Los territorios que se perciben con razón destinados a una cierta marginalidad y declive, las categorías populares más debilitadas por el retroceso del Estado del Bienestar, han terminado por acostumbrarse, demasiado a menudo mayoritariamente, a la idea de que el Frente Nacional es para ellos el último recurso, en una lógica de cierre y de repliegue. Es esto lo que conviene atacar a partir de ahora, para erradicar los callejones sin salida de situaciones electorales que, con el tiempo, parecen, lejos de eso, abrirse a opciones imposibles.   
 
El tiempo de los aprendices de brujo, que han alimentado esta trayectoria, debería considerarse resueltamente prescrito. El voto a Mélenchon ha mostrado que sólo hay una forma de detener el avance del Frente Nacional: oponiéndole una izquierda bien a la izquierda, popular, anclada en sus valores fundadores y capaz de modernizarlos. Como quiera que haya sido la frustrante configuración de la segunda vuelta, es su resultado el que ha sido el acontecimiento más distintivo de toda la secuencia electoral. 
 
3. Emmanuel Macron ha logrado, sin sorpresas, una larga diferencia respecto a su adversaria de la segunda vuelta. Pero, de los dos candidatos, es él quien ha recogido la parte más débil del voto de convicción. El recién elegido no puede por tanto presumir de una mayoría de apoyo a las opciones que ha ido enunciando a lo largo del mes. Se ha beneficiado del rechazo que suscita todavía el partido frentista; eso no ha hecho olvidar que en la primera vuelta – ésa en la que se elige por principio – no llegó all 25% de los sufragios emitidos. 
 
Acercándose al 44% de los electores inscritos, no se trata desde luego del presidente numéricamente peor elegido en los anales del escrutinio presidencial (véase el cuadro adjunto). Está bastante por encima de Georges Pompidou en 1969 o de Jacques Chirac en 1995. Pero está lejos del 60% de este último en 2002. De hecho, si se añade la parte de los electores de François Fillon y los de Jean-Luc Mélenchon que se le han añadido  contra Marine Le Pen (serían cerca de la mitad en ambos casos) no queda tan lejos de su fortuna electoral de la primera vuelta. Podría tratarse, por consiguiente, del presidente que disponga de las bases más frágiles para el famoso "estado de gracia" que se prometía en el pasado a los recién elegidos.
 
 
4. Se dice que la elección de un nuevo presidente sólo tiene valor si se apoya en elecciones legislativas que le otorguen la base parlamentaria de la que precisa para gobernar.  La lógica mayoritaria de las instituciones le asegura teóricamente una ventaja en este sentido, y nunca hasta ahora, le ha faltado al presidente al inicio el bloque necesario para aplicar ese programa. 
 
Pero ya no estamos en esta época, construida por el general de Gaulle, en la que el espíritu de las instituciones iba de la mano con el estado del dispositivo político. Durante mucho tiempo, el principio mayoritario se ha apoyado en un enfrentamiento claro entre izquierda y derecha y, en cada uno de ambos campos, una fuerza política podía desempeñar un papel dominante. Ahora bien, este modelo está doblemente cuestionado, por las vicisitudes de una fractura extenuada por la gestión seguida por una parte y otra, y por la pérdida de legitimidad del sistema mismo de partidos. Las presidenciales que acaban de concluir han confirmado la crisis de las identificaciones políticas y el estallido del paisaje general en cuatro conjuntos poco más o menos equivalentes en impacto y, por otra parte, más o menos coherentes.   
 
El carácter casi automático del vínculo entre la consulta presidencial y la de las legislativas ya no está, por tanto, asegurado como en el pasado. A priori, al nuevo presidente no le faltan bazas en la confrontación electoral que va a abrirse. Sobrepasa el 25% en  190 circunscripciones metropolitanas y el 20% en 412 de ellas.  Aritméticamente, la única que se le acerca es Marine Le Pen, que se beneficia incluso de una implantación más antigua que la suya. Pero la aritmética y la política no siempre hacen buenas migas. 
 
Los datos de los sondeos disponibles dejan prever por el momento una dispersión comparable a la de la primera vuelta presidencial. Según Ipsos, una mayoría de encuestados no desea que Emmanuel Macron disponga de una mayoría absoluta de diputados para llevar a cabo su política. En cuanto al Ifop y a Harris Interactive, realizan pruebas de las primeras intenciones de voto: de un 22 a un 26% para los candidatos de ¡En marcha!, 20 a 22% para la derecha gubernamental, de un 20 a un 22% para el FN, 8 o 9% para PS, 3% para EE-LV (Los Verdes). Francia Insumisa se sitúa entre un 13 y un 16% y el PCF en un 2%.
 
Do forma más general, si las elecciones legislativas, uncidas a las presidenciales desde la instauración del quinquenio, dan ventaja por su naturaleza al presidente designado, hay que contar con parámetros locales que pueden descomponer la lógica institucional. Macron tiene así a su favor su puesto en la jefatura del Estado; la derecha gubernamental tiene a su favor la densidad de sus redes locales.
 
 
5. En cuanto a la izquierda de la izquierda, tiene posibilidades nada desdeñables que confirman los datos del sondeo. No había salido bien librada en el paso de las presidenciales a las legislativas en 2012. Puede beneficiarse de la dinámica excepcional del voto a Mélenchon. En una cuarentena de circunscripciones, éste ha recogido más del 30% de los sufragios emitidos, y más del 25% en 66 de ellos. Ahora mismo, una parte importante de este electorado afirma su intención de extender su voto a las legislativas. 
 
Pero una de las condiciones para pasar de un escrutinio a otro es la unidad total de las fuerzas que han apoyado la candidatura del líder de Francia Insumisa. La fuerza que se ha constituido bajo este sello ha dado pruebas de su eficacia. A este respecto, está habilitada para congregar, sin que por ello haya que obligar a incorporarse a todos los que no han elegido a día de hoy unirse al nuevo movimiento. 
 
En una encuesta realizada por You Gov para el Huffington Post, más de dos tercios de personas interrogadas a finales de abril (69%) consideraban que el Frente de Izquierda está unido, lo que constituye un porcentaje netamente más alto que el de todos los componentes partidistas. La cifra resulta todavía más importante entre los simpatizantes de la izquierda de la izquierda (71%), y, sobre todo, entre los más jóvenes, que han sido un núcleo de la dinámica Mélenchon en 2017 (71%).
A todos estos no se les puede decepcionar: la razón debe llevarlos a llegar a un acuerdo lo antes posible. 
 
6. La atípica segunda vuelta que acabamos de vivir se decidió en la primera, con una diferencia de votos bastante modesta, situándose los cuatro en un nivel  globalment equivalente, lo que autorizaba sobre el papel toda clase de hipótesis para la segunda vuelta. Pero no pueden descuidarse los datos de fondo, que condicionan el reparto de las fuerzas reales. De entre ellas, tres pueden consignarse aquí: la desmovilización cívica de las clases populares, desde los inicios de los años 80, tras una larga fase de avance de la participación cívica; la crisis de una derecha tradicional perturbada por la dinámica del Frente Nacional; la fragilidad de una izquierda desconcertada por más de tres décadas de hegemonía de un socialismo en vías de reajuste permanente y que, al obrar así, ha perdido su anclaje popular de antaño. 
 
La izquierda de la izquierda puede abordar el episodio legislativo con una confianza lúcida. Parte de un resultado que recuerda los antiguos porcentajes del PCF, que se inscribe en su huella histórica, que la redinamiza en parte (pero no en todas partes) y que al mismo tiempo la desborda, territorialmente, socialemente y simbólicamente. En este marco, una campaña legislativa bien llevada, de forma clara, sin ambigúedad y sin sectarismo, tiene todas las oportunidades de rendir fruto.  
 
No resultarán, sin embargo, perdurables más que en el contexto de una recomposición de envergadura. A principios de los años 70, el Partido Socialista mitterrandiano supo  encarnar el espíritu de una izquierda bien a la izquierda, pero renovada. Sabemos lo que sucedió con ese testigo que pasó de un comunismo incapaz de refundarse y un  socialismo que se dio demasiada prisa en confundir modernización y capitulación.
 
El voto a Mélenchon muestra, en Francia al igual que en España, Portugal y acaso Bélgica, que la recomposición necesaria puede apoyarse por fin en un viento de radicalidad que rompa con decenios de estancamiento socialista. Hace falta todavía que esta izquierda revitalizada no olvide que la reconquista perdurable de las categorías populares no pasa por el resentimiento sino por la esperanza. El Frente Nacional opondrá el resentimiento a la lógica económico-social de Emmanuel Macron. La izquierda bien a la izquierda se ócupará de juntar la combatividad necesaria para la  construcción paciente de un porvenir nuevo para una sociedad de igualdad, ciudadana y solidaria. Ahí deberá encontrarse el pedestal de una verdadera oposición a lo inaceptable. Con él, esta lucha será, no la de las dos Francias o la de "ellos" contra "nosotros", sino el impulso del "todos juntos" para una nueva situación. Y no sólo en Francia…
 
historiador. Antiguo dirigente del PCF, actualmente co-preside la Fundación Copernico y es co-director de la revista Regards.
Fuente:
Regards, 8 de mayo de 2017
Traducción:
Lucas Antón
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