Günter Grass y los moralistas

John Berger

28/08/2006

Sin la ética el hombre no tiene futuro. Esto quiere decir que el hombre sin ella no puede ser él mismo. La ética exige elecciones y acciones, y propone difíciles prioridades. No tiene nada que ver, sin embargo, con juzgar las acciones ajenas. Esos juicios constituyen las prerrogativas de los moralistas. En asuntos éticos prima la humildad; los moralistas se las dan habitualmente de rectos.

Estos pensamientos me vinieron a la mente leyendo las macabras denuncias contra Günter Grass. Sobre él como hombre, y sobre su gran obra como escritor, han errado por completo el tiro. Pueden desestimarse como risibles. Pero como signo de un reciente clima moral en Europa, resultan perturbadoras. Son un ejemplo de juicios morales establecidos desde un vacío de experiencia cuidadosamente construido. Son el resultado del vaciamiento de la experiencia vivida, y son la negación estrepitosa de lo que tenemos íntimamente por real.

Günter Grass, con 15 años y soñando convertirse en un guerrero heroico, se presentó como voluntario en el ejército, y cuando cumplió los 17, resolvió alistarse en las Waffen SS. Tras unos pocos meses, sin haber participado en ninguna atrocidad –excepto la de haber lucido un uniforme que provocaba un miedo atroz—, fue hecho prisionero de guerra y empezó a conocer, con horror, lo que habían perpetrado esas fuerzas a las que se había alistado.

El resto de su vida como narrador la dedicó a captar, contar y explicar, con gran sensibilidad para el otro, las contradicciones, crueldades, pérdidas abismales, sabiduría, ignorancia, cobardía y gracia de gentes (persona a persona) bajo extrema presión histórica. Muy pocos escritores de nuestra época tienen un conocimiento tan amplio de la experiencia articulada e inarticulada. Grass nunca cerró los ojos. Se convirtió en un escritor de honor.

Que fuera ingenuo cuando tenía 17 años sólo significa que tenía 17 años. En una historia vital no hay errores, sólo vivir a través de los errores. Y él ha vivido a través de los suyos, mejor de lo que lo habríamos hecho muchos de nosotros.

Los moralistas se avilantan a condenar a Grass por haber esperado tanto a hacer público este corto capítulo de su vida pública; finalmente, escribió y publicó su autobiografía cuando estaba ya en sus setentas.

Es claro para mí que sintió que sólo a esa edad podía hacer verdadera justicia a este incidente, que fue tanto una elección como un accidente. Y por "hacer justicia" quiero decir contar la historia sin abusar de la simplificación, de manera que resulte estimulante para la genuina reflexión de los lectores futuros. Eligió el momento de contar la historia con el coraje de un narrador que investiga.

Por mor de la claridad, me figuro un triángulo. Uno de sus vértices es un amplio (y muy penoso) conocimiento de la experiencia humana. Los escritos de Grass representan ese punto. El segundo vértice es la ignorancia, directamente opuesto al primero. La osadía de la decisión de Grass de apuntarse a las Waffen SS está representada aquí. El tercer vértice del triángulo no es conocimiento ni ignorancia, sino el rechazo de plano de la experiencia. Y ése es el punto de los moralistas. Tales rechazos tienen una larga historia. Acordaos de los fariseos.

Pero, ¿qué hay del punto de la ignorancia?, podríais preguntar. ¿Dónde se halla? A veces está ahí, justo al final de una narración.

Los rectos moralistas sostienen que Grass debería renunciar a todos los honores alcanzados en su vida de trabajo. Eso no hace sino revelar que, rechazando sistemáticamente su experiencia, han olvidado en qué consiste el honor. Él, no.

John Berger es ensayista, narrador y crítico de arte. Su libro más reciente es Here is where we meet, Pantheon Books, con motivo del cual se le hizo un homenaje en Gran Bretaña en 2005.

Traducción para www.sinpermiso.info: Amaranta Süss

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Fuente:
The Guardian, 21 agosto 2006