¡Herejes, bienvenidos! La economía necesita una nueva Reforma

Larry Elliott

27/12/2017

En octubre de 1517, un desconocido monje agustino, de nombre Martín Lutero, cambió el mundo cuando agarró un martillo y clavó sus 95 tesis en la Iglesia del Castillo de Wittenberg. Ahí empezó la Reforma.

La historia de cómo se publicaron estas 95 tesis es casi con seguridad falsa. Lutero nunca mencionó el incidente y el primer relato del mismo no salió a la luz hasta después de su muerte. Pero queda mejor como historia que si Lutero hubiera escrito una carta (que es probablemente lo que sucedió) y esa es la razón por la que la semana pasada pudo verse al economista Steve Keen, vestido con hábito de monje y blandiendo un martillo hinchable, delante de la London School of Economics.   

Keen y los que les apoyan (para que todo se sepa: yo era uno de ellos) tratábamos de dejar sentada una cosa sencilla mientras él usaba masilla adhesiva para pegar sus 33 tesis en una de las universidades más destacadas del mundo: la economía necesita su propia Reforma, igual que la Iglesia Católica hace quinientos años. Como la Iglesia medieval, la economía ortodoxa cree tener todas las respuestas. La matemática compleja se utiliza para mistificar la economía, igual que en tiempo de Lutero la congregación se quedaba in albis con la misa en latín. La economía neoclásica se ha convertido en un sistema de creencias incuestionado y trata de hereje peligroso a todo aquel que ponga en tela de juicio el credo de mercados autocorrectores y consumidores racionales. 

Keen ha sido uno de esos herejes. Ha sido uno de los economistas que sabían que se estaban cociendo grandes problemas en los años que desembocaron en la crisis financiera de hace un decenio, pero cuyos avisos se ignoraron. La razón por la que se demostró que Keen estaba en lo cierto es que no hizo caso de los modelos de equilibrio favorecidos por la corriente principal de la economía. Observó lo que estaba pasando en realidad, en lugar de tener una visión preconcebida de lo que debería estar sucediendo. 

De manera un tanto deprimente, no ha ocurrido mucho más, aunque fuera una crisis que los economistas neoclásicos afirmaban que no podía suceder. Hubo un breve devaneo con remedios heterodoxos cuando las cosas se pusieron de veras feas en el invierno de 2008-09, pero para finales de 2009 y principios de 2010, hubo una vuelta a la forma normal de actuar.

El monopolio intelectual tiene algo de ironía, dado lo central que resulta la idea de competencia para el pensamiento ortodoxo, pero el triste hecho es que – como hace notar el preámbulo a las 33 tesis – “que la perspectiva neoclásica domina abrumadoramente la enseñanza, la investigación, la asesoría política y el debate público”.

“Muchas otras perspectivas que podrían proporcionar valiosas intuiciones se marginan y excluyen. Esto no tiene que ver con que una teoría sea mejor que la otra, sino con la noción de que el avance científico sólo progresa a través del debate. En el seno de la economía, este debate ha fenecido”.

Y hay que reavivar ese debate. Un enfoque más pluralista tomaría en cuenta la complejidad de los mercados, las constricciones que impone la naturaleza y la creciente desigualdad. Así pues, ¿qué es lo que hay que hacer? 

En primer lugar, hay que escuchar a los consumidores, porque resulta bastante evidente que no les impresiona lo que están consiguiendo. El fracaso del establishment de la disciplina de la economía a la hora de predecir la crisis y su insistencia en que la austeridad es la respuesta correcta a los acontecimientos de hace una década ha significado que rara vez se ha desconfiado más de la profesión.

Por supuesto, hubo economistas que entendieron las cosas correctamente y algunos de ellos – Paul Krugman, por ejemplo – han ejercido de verdad influencia. Pero debería haber sorprendido bien poco que cuando llegó el referéndum del Brexit, los votantes se tomaron los avisos del Tesoro del Reino Unido, de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco de Inglaterra con enormes reservas. A fin de cuentas, ninguno de estos augustos organismos – armadas como estaban de modelos de equilibrio general – vio venir la recesión más profunda desde la II Guerra Mundial, ni siquiera cuando ya estaba en marcha.

Son buenas noticias que esté bullendo el descontento de abajo arriba en los campus universitarios. Cierto es que las revistas académicas de prestigio siguen en manos del viejo orden y en las facultades de Economía existe una fuerte resistencia al cambio, pero los estudiantes están poniendo cada vez más de manifiesto su frustración. De las 33 tesis que clavamos en la LSE, cinco se centraban en la enseñanza de la economía, con demandas de que se enseñe Historia y pensamiento económico, y de que se quiebre el monopolio del status quo.

Una de esas demandas de que “la economía ha de hacer más por alentar el pensamiento crítico y no premiar simplemente la memorización de teorías y la aplicación práctica de modelos. Hay que animar a los estudiantes a comparar, contrastar y combinar teorías y a aplicarlas críticamente a estudios en profundidad del mundo real.” El hecho de que los estudiantes sientan la necesidad de decir esto es una terrible incriminación de la forma en que se enseña la economía y su descontento desmiente la idea de que esto no es más que un lloriqueo de keynesianos agraviados.

En segundo lugar, deberíamos dejar de considerar la economía como una ciencia porque no es nada de este género. Una ciencia formal implica probar una hipótesis con la evidencia disponible. Si la evidencia no apoya la teoría, un físico o un biólogo desechará la teoría y tratará de agenciarse una que funcione empíricamente.

La economía no funciona así. Sólo se puede demostrar que la teoría funciona enunciando una serie de supuestos enormemente cuestionables, como que los seres humanos siempre se comportan de modo previsible. Cuando hay pruebas rigurosas que ponen en entredicho la validez de la teoría, no se discute que hay que deshacerse de la teoría.

En tercer lugar, la economía tiene que estar preparada para aprender de otras disciplinas, porque cuando actúa así, los resultados valen la pena. Un ejemplo de ello es la forma en que la autoinscripción ha aumentado la cobertura de las pensiones. Si los seres humanos fueran verdaderamente racionales en lo económico, no supondría diferencia que sus patronos les inscribieran o no automáticamente en planes de pensiones: decidirían ellos si afiliarse a esos programas sobre la base de si estiman que vale la pena diferir el consumo hasta que se jubilen. Pero la psicología básica afirma que esta no es realmente la forma en que actúa la gente. Hay bastantes menos probabilidades de que la gente opte por dejar algo que las de que opte por sumarse a algo. 

En cuarto lugar, hay que desmitificar la economía. Una de las grandes batallas entre católicos y protestantes en la Inglaterra de mediados del siglo XVI se libró en torno a si la Biblia debería estar en latín o en inglés, un reconocimiento de que el idioma importa. La parte fácil de una Reforma de la economía estriba en atacar al establishment actual; la parte difícil consiste en presentar una historia convincente sin recurrir a la jerga. El control del relato –  como se dio cuenta George Osborne cuando criticó al laborismo por no arreglar el tejado mientras brillaba el sol – resulta crucial.

En el lanzamiento de las 33 tesis la semana pasada, Victoria Chick, profesora emérita de Economía en el University College de Londres, lo formuló de esta manera: “La corriente dominante en economía tiene el sello distintivo de ciertas religiones. Creen que poseen la verdad. Pero lee por ti mismo y piensa por tu cuenta. Ha habido antes cambios y puede volver a haberlos” Y tiene razón, puede haberlos.

dirige la sección de economía del diario británico The Guardian y es coautor, junto a Dan Atkinson, de The Gods That Failed: How the Financial Elite Have Gambled Away Our Futures (Vintage) [Divinidades fallidas: Cómo la élite financiera se ha jugado nuestro futuro].
Fuente:
The Guardian, 17 de diciembre de 2017
Traducción:
Lucas Antón