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Otros EEUU son posibles
Gar Alperovitz · · · · ·
 
05/03/06
 

 

¿Hacia dónde están llevando a los Estados Unidos? Bueno, no es difícil encontrase con opiniones pesimistas. Por ejemplo, el antiguo asesor de Nixon, Kevin Phillips, cree que el país está hoy dominado por una nueva “plutocracia” en la que los ricos “han franqueado la frontera de su reino” para controlar todos los niveles del sector público. El escritor Robert Kaplan predice que nuestras sociedades pronto “se parecerán a las de los periodos oligárquicos de la Atenas y Esparta clásicas”. El sociólogo Bertram Gross ha pronosticado un “fascismo de rostro humano”. Imaginen qué podría provocar otro 11-S.

Tampoco es difícil encontrarse con opiniones optimistas. Bush está en horas bajas, el Partido Republicano tiene serias dificultades para conseguir reclutar candidatos para dar batalla en todos los frentes y los liberales de izquierda han empezado a oler la sangre. Después de todo, con que en Ohio sólo 70.000 votos hubieran tenido una orientación distinta –y no se hubiera obligado a los votantes a hacer largas colas en las últimas horas de votación– hoy podríamos tener a un Demócrata en la Casa Blanca. La campaña de Dean, la America Coming Together, la MoveOn, la Wellston Action, y muchas otras iniciativas muestran bien a las claras que hay sabia nueva en acción. La guerra de Irak es cada día más impopular. El péndulo oscilará más pronto que tarde.

En mi opinión, estos juicios son parcialmente incorrectos. Ambos tipos de opiniones presuponen que estamos ante una crisis exclusivamente política, ni más ni menos. Pero, ¿y si fuera otra cosa? Hay muchas razones para pensar que estamos entrando en un periodo que sólo puede calificarse de crisis sistémica. Y las oportunidades emergentes no son fácilmente descriptibles por el análisis que habitualmente hacen tanto la izquierda como la derecha.

El diseño institucional del poder político que ha delimitado el campo de juego del sistema político y económico estadounidense de los últimos 50 años se está disolviendo como un azucarillo delante de nuestras narices, muy particularmente en lo que atañe a aquellas disposiciones institucionales que en su momento restringieron seriamente el poder económico empresarial y el poder político. En primer lugar, la capacidad de los sindicatos para controlar a corporaciones de dimensiones gigantescas –tanto dentro de las respectivas empresas como en el ámbito de la política nacional– en la práctica se ha desvanecido, sobre todo desde que la afiliación sindical se ha hundido, pasando (en el sector privado) de representar un 35% de la fuerza trabajadora a mediados de la década de 1950 a constituir a día de hoy un pírrico 7’9%. En otros países, en el corazón de un movimiento político progresista siempre hay un movimiento sindical poderoso. Los sistemas con Estado de bienestar no habrían sido posibles sin la capacidad de financiación y movilización de los sindicatos. El declive del sindicalismo es una de las principales razones del fracaso actual de la estrategia tradicional de la izquierda.

En segundo lugar, la globalización ha reforzado aún más el poder de las empresas. Su amenaza de trasladarse a otro lugar erosiona la capacidad de negociación sindical, al tiempo que consiguen reducciones en la carga fiscal y desregulaciones sectoriales. Piénsese que la parte de impuestos federales que corresponde a impuestos sobre las empresas ha disminuido de forma espeluznante –a la par que la afiliación sindical–, pasando del 35% en 1945 al 10’1% en 2004. Esto a su vez ha agravado la crisis fiscal del país, con los consiguientes recortes en los recursos públicos destinados a resolver problemas sociales como la pobreza, el hambre y el suministro de energía, o simplemente a disminuir los fondos destinados a trabajos de mantenimiento como la reparación de calzadas, puentes y sistemas de canalización de aguas en todo el país.

En tercer lugar –y aún más importante– la “estrategia sureña” de los Republicanos ha conseguido transformar por completo un Sur otrora (nominalmente) Demócrata –que al menos votaba a presidentes Demócratas– en un bastión reaccionario del poder empresarial basado en un racismo implícito y un fervor religioso explícito de divide y vencerás. El paréntesis de los mandatos de Bill Clinton ocurrió justo antes de la consolidación definitiva de esta estrategia de control sureño. Sólo algunos han alcanzado a comprender las verdaderas implicaciones de este cambio: Estados Unidos es la única economía política avanzada en la que la clase trabajadora está fundamentalmente –no marginalmente– dividida por la condición racial. También es la única en la que un enorme cuadrante geográfico está prácticamente fuera del alcance de la política progresista tradicional. George Bush, tan extremista él, no es un accidente; y tampoco las relaciones políticas básicas que hoy definen al Sur pueden ser subestimadas. Sí, claro, puede que salga elegido un presidente Demócrata, pero esto no va a propiciar una nueva era de reformas progresistas. El sistema de poder que alguna vez permitió esto ya no existe.

Algunos de los que han entendido el alcance real de estos cambios sistémicos están muy desencantados. Puede que el ocaso de cierto tipo de relaciones estructurales –muchas de las cuales hemos considerado inmutables durante gran parte de nuestras vidas– marque también el final de las opciones positivas que ofrecía el sistema. Quizá.

Pero yo soy economista político e historiador, de modo que para mí la mejor forma de entender los acontecimientos actuales es pensándolos en perspectiva histórica, como una película, no como una fotografía instantánea. El interés no radica sólo en visionar el rollo de película actual, sino también en analizar los anteriores, y tratar de entender qué hay en ellos. Incluso en el supuesto de que pensara que lo más probable es que todo vaya a peor, déjenme que les cuente por qué me considero un optimista prudente sobre el largo plazo, siempre teniendo en cuenta que pueden ocurrir cambios muy profundos no previstos.

Ha habido momentos en los que parecía imposible que algo pudiera cambiar. En la era McCarthy de mediados de la década de 1950 todo constituía un blanco políticamente atacable, especialmente en mi Estado (y también de Joseph McCarthy), Wisconsin. El miedo socavó cualquier atisbo de idea progresista, y quien se atreviera a ir un poco más allá era tildado de loco. Lo que vino después, claro está, fueron las explosiones políticas múltiples e impredecibles de la década de 1960. Por eso los que miraron los años cincuenta sólo como una instantánea deprimente se perdieron algo básico del análisis de la situación.

En el mismo sentido, tendemos a recordar la etapa de Martin Luther King Jr. y el auge del movimiento en pro de los derechos civiles de los años sesenta como si hubieran surgido de la forma más natural. Olvidamos que en muchos momentos se ha subestimado la posibilidad de que ocurrieran cambios profundos. Las personas que pensaban de otro modo, por ejemplo aquellas que se organizaron políticamente en el Sur, pusieron en serio peligro sus vidas. El reto de combatir hoy a George Bush se ve de otro modo si se compara con el reto hercúleo que entrañaba el Mississipi de las décadas de 1940 y 1950.

La idea de que la preocupación medioambiental iba a ser tan recurrente parecía una pura ensoñación unas décadas atrás. Cuando participé en la tarea legislativa del senador Gaylord Nelson, fundador del Día de la Tierra, todo el mundo sabía que se trataba de un movimiento sin demasiada fuerza política, pero ese movimiento que parecía surgido de la nada consiguió forzar que Richard Nixon creara la EPA y firmara las leyes en pro de un aire y un agua limpios. A menudo olvidamos también que el movimiento feminista originó la mayor revolución cultural de la historia moderna después de décadas de aparente quietud, una vez se consiguió extender el derecho de sufragio universal en la década de 1920.

Más en general: la Unión Soviética se desplomó, el apartheid fue anulado, la Revolución francesa acabó con la monarquía, un puñado de colonias americanas derrotó al gran Imperio británico –todo ello a pesar de los pronósticos, y en general de forma no prevista por los expertos.

Recordar estos hechos que nos ayudan a entender que la historia es un proceso abierto no conlleva tener que pensar que debajo de la actual calma aparente se esté construyendo un futuro progresista. Sólo indica que los pesimistas puede que tengan –o puede que no tengan– razón, y que aquellos que solo tienen pegada la nariz a la ventana para vez pasar los acontecimientos actuales puede que no estén captando los cambios en los patrones atmosféricos que están ocurriendo lejos de allí.

Está en la naturaleza de las crisis sistémicas causar sufrimiento –desde la pérdida de empleos a la falta de seguro médico, pasando por las dificultades para pagar el colegio de los hijos o para reforzar la estructura de las viviendas (como ha mostrado el Katrina), tanto en el nivel estatal como local. Lo cual significa también que para buscar una esperanza de cambio a largo plazo es en estos asuntos donde hay que mirar (y no en la política nacional, en la que los progresistas tan a menudo se muestran impotentes). En casi todas las etapas de la historia de los Estados Unidos las ideas, experimentos, programas y acciones movilizadotas que en última instancia han alimentado las reformas sociales globales tuvieron su primer desarrollo en los niveles estatal y local.

Además, en cada uno de los casos, el eje de este proceso fue la gente corriente, no santos, ni tampoco líderes nacionales. Los granjeros pobres de Mississipi dormían con sus rifles al lado de la cama durante el periodo de los derechos civiles. Las mujeres del siglo XIX se movilizaron para exigir el derecho de voto cuando la mera idea parecía risible, pero lentamente, Estado tras Estado, fueron creando las condiciones para llegar a provocar cambios constitucionales. Los trabajadores y granjeros que hicieron el trabajo duro que llevó a los periodos populista y progresista tuvieron que hacer frente a situaciones de violencia organizada y a la brutalidad de las tropas enviadas a combatir a los trabajadores, pero al final se lograron, de nuevo, reformas profundas del sistema. Durante la histeria del maccarthysmo, la gente corriente de Wisconsin –maestros, estudiantes de instituto, obreros de las fábricas– fue creando silenciosamente las condiciones para un estruendoso “Joe debe irse” final. Recuerdo vívidamente haber visto a mis profesores de inglés del instituto meter de noche octavillas en los buzones. Si les hubiesen descubierto habrían perdido su empleo (no por participar en política, algo a lo que en teoría tenían derecho, sino por haber desafiado a un senador que no permitía que nadie le chistara).

En la investigación histórica seria es común aceptar que las acciones no siempre visibles que la gente realiza allí donde vive y trabaja son fundamentales para un cambio de gran calado. Las comisiones reguladoras del ferrocarril y de otros sectores industriales, las leyes de salario mínimo, la leyes de seguridad alimentaria y de seguridad de los medicamentos, los  impuestos estatales, la jornada laboral de ocho horas, la Seguridad Social y las reformas del seguro público, la conservación de los parques nacionales y otras medidas medioambientales y muchas, muchas otras políticas nacionales están en el corazón de la realidad moderna de Estados Unidos, construida sobre precedentes originados, desarrollados y refinados por el trabajo de los ciudadanos locales.

¿Existe a día de hoy algún aspecto importante y que potencialmente pueda afectar a todo el sistema? Sí, pero para percibirlo hay que mirar más allá de los medios de comunicación convencionales y también más allá de los paradigmas políticos del New Deal y de las políticas progresistas tradicionales. Una de las tendencias más importantes tiene que ver con una gran variedad de nuevas instituciones económicas que transforman la propiedad de la riqueza que beneficia a “pequeños colectivos”, grupos de ciudadanos que contribuyen al bienestar de la comunidad entendida como un todo. Veamos unos pocos hechos constatados: cada vez más personas participan en algunas de las 11.500 empresas cuya titularidad está total o mayoritariamente en manos de trabajadores sindicados en el sector privado. Existen más de 4.000 empresas comunitarias sin ánimo de lucro dedicadas a la construcción de viviendas y a la creación de empleos en muchas ciudades a lo largo de todo el país. Alcaldes tanto Demócratas como Republicanos han empezado a crear compañías de titularidad pública para generar fondos para el municipio (y a menudo resolver muchos problemas medioambientales). Numerosos trusts inmobiliarios semi-públicos contribuyen a estabilizar los precios de la vivienda. Estados y ciudades invierten regularmente en la creación de empleos, a menudo haciendo buen uso de los fondos de pensiones públicos. En Alaska, el Permament Fund estatal invierte las ganancias procedentes del petróleo y reparte los dividendos a todos los ciudadanos. En Alabama, el sistema de pensiones de los empleados públicos financia muchas empresas dedicadas a fomentar la estabilidad del empleo y de empresas, incluidos negocios propiedad de trabajadores. Y hay un montón de actividades organizadas en los ámbitos local y estatal destinadas a cambiar la forma en que se está acumulando el capital, y hay muchas nuevas campañas en marcha, desde las que defienden una “renta básica” hasta las que combaten fenómenos como el de Wal Mart.

Para nada sorprende que en un caso tras otro los ciudadanos corrientes hayan tomado la iniciativa en el desarrollo de estas nuevas estrategias; a menudo representan el único camino para resolver los problemas del mundo real. Dicho de otro modo: la crisis sistémica está sistemáticamente alimentada por los problemas no resueltos en el nivel local, y fuerza sistemáticamente el desarrollo de (y abre la vía para) nuevos enfoques.

Las estrategias emergentes fomentan un desarrollo silencioso de una economía con más sentido comunitario. Al mismo tiempo, en un ámbito algo distinto, existe algo que podríamos llamar un “vector popular” de cambio, un impulso para crear más igualdad económica, pero no aumentando los impuestos a las clases medias de los suburbios urbanos (como normalmente se ha hecho en la política liberal de izquierda tradicional), sino a las rentas de entre el 1% y el 3% más rico de la población, que poseen más de la mitad del capital invertido de Estados Unidos. (¡El 1% más rico tiene más del doble de ingresos que los 100 millones de estadounidenses juntos del estrato inferior!) Estas nuevas estrategias modifican la línea política divisora, dejando entre el 97% y el 99% de la población en el lado en el tendrían todas las de ganar si se aplicara una política progresista.

En noviembre de 2004, por ejemplo, los votantes de California aprobaron por abrumadora mayoría el incremento de impuestos a quienes ganaran más de 1 millón de dólares y aprobaron destinar los ingresos de la recaudación adicional a programas de salud mental. New Jersey ha aprobado legislación que grava específicamente a quienes ingresan más de 500.000 dólares, y el dinero recaudado se destina a  compensar los impuestos sobre la propiedad inmobiliaria de las clases medias y pobres. En Connecticut, una votación reciente dio como resultado que el 77 %de los votantes, entre los que había un 63% de Republicanos, estaban a favor de imponer un impuesto adicional a quienes ganen más de 1 millón de dólares. En 2006 está en marcha una iniciativa legislativa que impondría un impuesto al 1% más rico (personas que ganan más de 400.000 dólares y parejas que ganan más de 800.000) para financiar la mejora de la educación preescolar de todos los niños de 4 años. Puesto que la crisis fiscal aumenta de forma alarmante, muchos otros Estados están empezando a mirar en esta dirección.

Si la política nacional sigue en punto muerto y el sufrimiento continúa aumentando, es razonable pensar que tanto la necesidad de reconducir el proceso de acumulación de riqueza como las tendencias políticas populares se acelerarán (e incluso puede que lleguen a explotar como un castillo de fuegos artificiales, al estilo de lo que ocurrió con el New Deal, den lugar a una batería de políticas nacionales basadas en la acumulación de experiencias y redes políticas locales y estatales).

Algo que hace interesantes estas trayectorias de los procesos de acumulación de riqueza y de los sistemas impositivos es que tienen que ver con el cambio institucional, lo cual nos lleva al significado de fondo de la crisis sistémica. De hecho, no se trata sólo de que las fuerzas tradicionales que pugnaban por equilibrios de poder en el sistema empresarial se hayan desplomado. En realidad hoy están en cuestión las propias reglas de funcionamiento del sistema (las reglas sobre posesión y gestión de la riqueza).

La característica verdaderamente definitoria de un sistema político y económico es la propiedad. En el feudalismo, para tener poder era fundamental la posesión de grandes extensiones de tierra. En el capitalismo decimonónico era fundamental la propiedad divida en unidades empresariales (de granjas y negocios) de tamaño modesto. En el capitalismo moderno es clave la propiedad corporativa y de las elites. Lo distintivo de cierto socialismo es la propiedad estatal. Hoy, las distintas opciones emergentes ofrecen a grandes rasgos la diversidad de respuestas posibles a la pregunta de quién debe poseer la riqueza.

Una visión amplia del problema nos lleva a apoyar sistemas económicos descentralizados que estén orientados al beneficio comunitario global. Las diferencia que hay entre las decisiones políticas tomadas en Alaska y en Alabama (y en los programas de inversión de muchos otros Estados) ayudan a entender la importancia de una alternativa basada en la propiedad federal a gran escala, algo así como una república popular, que no sería ni un sistema capitalista ni un sistema socialista estatalista. Visto así, aquellas realidades que tomamos como dadas, como inevitables e inamovibles, ya no son tales. Lo cual nos revela que la larga ristra de cambios sistémicos que se producido a lo largo de la historia no tiene por qué haberse detenido a comienzos del siglo XXI.

Soy un historiador, no un utópico. Puede que las cosas no cambien nunca, o que vayan a peor. Si embargo, también me parece obvio que la única forma que tenemos de que las cosas algún día cambien es arremangándonos y empezando a trabajar en esa dirección (al fin y al cabo tenemos muy poco que perder; tan importante como el resultado es haber hecho bien lo debido).

Para escépticos en general y progresistas en particular, será útil recordar algún caso histórico concreto sobre cómo a veces es posible conseguir un cambio de largo alcance –no sólo una victoria electoral–, aún en contra de los peores pronósticos: en las décadas de 1940 y 1950, a ojos de la prensa, de los más respetados académicos y de los políticos con cargos importantes, los intelectuales y activistas conservadores eran vistos como reliquias del pasado que defendían posiciones ridículas. Esa gente ocupaba una posición en el sistema político mucho más marginal que la que ocupan los liberales de izquierda de hoy. La mera idea de que se podía cambiar el sistema en la dirección que ellos apuntaban parecía poco menos que absurda. Sin embargo, mucho antes de Goldwater en 1964 y de Reagan en 1980, algunos conservadores competentes se pusieron manos a la obra para conformar un movimiento que tuviera la capacidad de acabar controlando la práctica totalidad de las instituciones de gobierno del país. Hasta hoy, esto es lo que hay (al menos hasta que visionemos el siguiente rollo de la película).

Gar Alperovitz es un respetado intelectual de izquierdas de Estados Unidos, autor del libro recientemente publicado America Beyond Capitalism: Reclaiming Our Wealth, Our Liberty, and Our Democracy.

Traducción para www.sinpermiso.info: Jordi Mundó

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Mother Jones, febrero 2006