Gavino Ledda
Paolo Berdini
24/11/2013 
Ahora no le echéis la culpa al cielo: mi tierra está maldita porque no la hemos defendido
No es el agua la que mata sino el hombre que no defiende la tierra.
Desde que escribí "Padre padrone", en los años 70, he cantado como pastor la alegría de la tierra, aunque fuese con una lengua como la italiana que no estaba del todo en disposición de expresar este regocijo; hasta tal punto es cierto esto que estoy ahora reelaborando ese poema con un espíritu y un lenguaje diversos, más libres. Pues bien, con un planteamiento semejante deberían moverse políticos, ingenieros, geólogos, arquitectos. Por el contrario, hoy, igual que ha sucedido demasiado a menudo en un pasado reciente en Cerdeña y en otros lugares, ese canto se ha transformado en llanto de muerte. Y vuelve a plantearse la misma pregunta cada vez que el cielo tiene que descargar: porque naturalmente el cielo tiene todo el derecho a descargar.
El hombre, en cambio, no se decide nunca a tomar las medidas justas para salvaguardar la propia tierra, el ambiente natural. Con frecuencia construye casas junto a los ríos o, como en Olbia, bajo el nivel del mar. No es la primera vez que sucede. Hace cinco años se produjo la tragedia de Capoterra, cerca de Cagliari, con cuatro muertos. Antes incluso, en 2004, sucedió el desastre de Villagrande Strisaili, en Ogliastra. Pero no es la única en sufrirlo. Por doquier, con preocupante carácter cíclico, se repiten los desastres, de Liguria al Piamonte y Toscana. Hace falta que seamos menos egoístas. Todo esto equivale a una forma de falta de respeto para con la tierra, una madre viviente que debe poder cantar sin limitaciones.
En el pasado, también en mi pasado, mientras anduve con las ovejas hasta los 20 años, tuve la suerte de no ser testigo de la cementificación salvaje. Hablo del periodo entre finales de los años 40 y los primeros 60. Y para comprenderlo basta pensar que en aquella época el camino entre la zona a la que llevaba a pacer a las ovejas, Baddhevrùstana, y mi pueblo, Siligo, ni siquiera estaba asfaltado. Sí, yo he visto saneamientos bien hechos: intervenciones del hombre para ayudar a la tierra, canalizaciones y obras de drenaje que la respetaban. Y entonces los bosques estaban salvaguardados, protegidos. Hoy, en cambio, los árboles ya no hacen de freno, ya no permiten prevenir desprendimientos, no contribuyen a salvaguardar los suelos. Y todo esto porque no se comprende en qué medido seguimos forzando la naturaleza.
¿Cómo se puede pensar que el agua tiene que remontar la montaña y no acabar en el valle sino en el mar? ¿Por qué razón no se tiene en cuenta la exigencia de favorecer a la naturaleza cuando se hacen obras de agricultura, de arquitectura, de urbanizaciones? ¿Por qué tiene la gente que hacer como los monos y trepar a los árboles para salvarse del agua? ¿Cómo se hace para vivir en sótanos y pensar luego que no se van a anegar? Sigo convencido de que el hombre debe dormir en su propia casa, no en el lecho de los ríos o en lugares sometidos a la fuerza del mar. Y si hoy digo estas cosas es sólo para evitar que se repitan tragedias de este género, que se vuelva al punto acostumbrado: porque, no me canso de reafirmarlo, no tiene culpa el cielo. La responsabilidad de estas tragedias que tenemos ante nuestros ojos y que se epresentan de forma tan recurrente es de los hombres. Y más concretamente de los políticos, que no adoptan las disposiciones justas que sigan a la naturaleza, y de los empresarios, que no se preocupan del canto de la tierra porque piensan solamente en el enriquecimiento fácil. Pero así al final estamos todos obligados al luto, al dolor, al llanto.
(Texto recogido por Pier Giorgio Pinna)
Gavino Ledda (1938) nació en una familia de pastores de Cerdeña y desempeñó el oficio hasta la edad adulta. Su experiencia quedó recogida en un célebre libro adaptado cinematográficamente por los hermanos Taviani, Padre Padrone (1977). Lingüista y estudioso de las lenguas italiana y sarda, ha publicado novelas, relatos y libros de poemas. También ha dirigido una película, Ybris (1984).
La Repubblica, 20 de noviembre de 2013
La culpa siempre es de los demás
Más allá de la tragedia por las muchas vidas perdidas, la catástrofe natural que ha golpeado Cerdeña ha puesto en evidencia la absoluta pérdida de dignidad de quienes tienen el deber de representar a la Nación.
Pasadas apenas 24 horas, cuanto todavía no se conocía la importancia exacta de los daños a personas y bienes, se ha iniciado de hecho un desconcertante juego de «la culpa de los demás». El responsable de Protección Civil apunta su índice contra los ayuntamientos. Admitiendo que sea cierto, olvida que los pequeños ayuntamientos y hay tantos en Cerdeña se encuentran en una crisis económica sin retorno gracias a las políticas de ciegos recortes del gasto practicadas desde hace más de veinte años por los gobiernos centrales de los que también él forma parte.
El gobernador de Cerdeña, Ugo Cappellacci, acusa a Renato Soru de haber redactado el plan paisajístico (por desgracia, la frase es suya), «hoy y en el momento de las inundaciones había un solo plan en vigor y es justamente el que ha querido el expresidente Soru». Así pues, un importante exponente del Estado acusa a su predecesor de haber intentado defender el territorio. Pero olvida que el pasado 25 de octubre su junta aprobó una revisión del plan paisajístico que se basa en atenuar las restricciones. Vía libre a más cemento, sobre todo en las costas.
Por último, algunos alcaldes han acusado de saqueo del territorio, lechos fluviales incluidos, y llevado a cabo por el exceso de construcciones. Esta constatación es innegable porque en Cerdeña (como en muchas partes del sur) se ha llegado a construir bajo el nivel del mar y en el lecho de los torrentes. También los alcaldes son autoridad del Estado y sobre la base de los poderes de la ley podían demoler el exceso de construcciones, al menos las que representan más peligro para la integridad pública. Por el contrario, nada de nada: un infinito pasarse la pelota de las responsabilidades porque tras la defensa del exceso de construcciones y de las condonaciones estaba el consenso electoral.
Las inundaciones sardas han puesto, por tanto, en evidencia la crisis de credibilidad de los poderes del Estado. Por lo demás, veinte años de leyes inciviles, de la abolición de la falsedad presupuestaria a la criminalización del sistema de defensas paisajísticas e hidrogeológicas, aprobadas en el Parlamento sin oposición, no podían llevar a ningún otro resultado. Recojamos hoy la cancelación del sentido moral con el que se debería gobernar un país. La política ya no está sometida a juicio, hace todo lo que quiere al amparo de una legislación a medida, empezando por los poderes sin control confiados a los alcaldes. Ya no existen los contrapesos institucionales en los que se basa el correcto funcionamiento del Estado de Derecho.
Pero las inundaciones muestran también otra patología. El gobierna, sea del color que sea, está convencido de que sólo se sale de la crisis con una ulterior dosis de cemento desregulado. Es un pensamiento único al que se opone la cultura difundida por movimientos que dirigen sus críticas a un dato incuestionable: las casas de las periferias urbanas y zonas interiores han sufrido una disminución [de su valor] entre el 20 y el 40%. Seguir construyendo nuevas viviendas, como predican la Ance [Asociación Nacional de Constructores italiana] y los neoliberales, producirá inevitablemente una posterior devaluación de las viviendas existentes: la fábula del ladrillo como bien refugio ha declinado para siempre, como nos enseña el caso español.
Pero el pensamiento único es duro de pelar. Y hete aquí al gobierno Letta - Lupi que en el decreto [así llamado] del Hacer aprueba un artículo que instituye las zonas de «burocracia cero». En un día se debe abrir un hotel o una fábrica también en zona restringida: es la burocracia la que ha asediado el país. Por el contrario, Italia está asediada por la especulación y por el hecho de que carece de valor para poner en marcha la única gran obra que es de utilidad: la de dar seguridad frente a los riesgos hidrogeológicos y sísmicos de un país frágil. Para afrontar los efectos del cambio climático hay que defender las costas sardas, reconstruir el paisaje italiano y terminar con la historia del dominio de las rentas inmobiliarias.
Paolo Berdini, urbanista y consultor de planificación de diversas administraciones, ha publicado diversos libros sobre estas cuestiones como L´Italia fai da te, Storia dell´abusivismo edilizio (Donzelli, 2010), La città in vendita (Donzelli, 2008) o No sprawl (Alinea, 2006), obra colectiva que, junto al movimiento Stop al consumo di territorio, ha contribuido al debate sobre la expansión incontrolada de las ciudades. Mantiene también abierta una bitácora en el diario Il Fatto Quotidiano.
Il Manifesto, 21 de noviembre de 2013
Selección y traducción para www.sinpermiso.info: Lucas Antón
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