Rafael Borràs Ensenyat
22/12/2013

El 14 de diciembre se cumplieron 25 años de la mítica huelga general del año 1988. Creo no equivocarme si afirmo que aquel miércoles se desarrolló la huelga general con más impacto de las que se han hecho en la actual etapa democrática. Al menos eso es lo que sucedió en la Mallorca cuyas virtudes turísticas se solían vender definiendo este lugar del Mediterráneo occidental como la Isla de la calma. Su convocatoria y preparación fue el inicio de la unidad de acción entre los dos grandes sindicatos confederales, el fin de las antiguas correas de transmisión sindicales y la normalización de la plena autonomía sindical en relación a los partidos políticos hermanos. El éxito de convocatoria que logró, la convirtió en la primera huelga general realmente seguida de forma masiva.
Pasado un cuarto de siglo, se me amontonan los recuerdos. Recuerdos de unos días previos de intenso trabajo sindical, de asambleas, donde se palpaba una mezcla de miedo y de voluntad de movilización. El paro y la contratación temporal sin causa justificada habían empezado a hacer estragos en el mercado laboral en general, y en el isleño en particular, debido a su componente extraordinariamente estacional, consecuencia de una súper especialización económica en turismo de sol y playa. Pero, a la vez, se percibía que las políticas de los Gobiernos de Felipe González (reconversiones industriales, injusta distribución de los sacrificios para converger con la actual UE, crecimiento del paro, especialmente entre los jóvenes, etc.) provocaban una ruptura en la base social progresista y configuraban un modelo social con una cohesión social una igualdad- que iba a menos. En aquella época se hizo famosa una frase del ministro Carlos Solchaga que decía: España es el país donde uno se puede hacer rico más rápidamente. El miedo y la indignación estaban muy justificados. Un miedo incentivado con mensajes apocalípticos contra el derecho de huelga, que era vencido por el incuestionable liderazgo sindical.
Los recuerdos de las horas previas son todavía más nítidos. En la asamblea de piquetes informativos de esa noche (la huelga empezaba a las cero horas del día catorce) alguien explicó que vivíamos unos momentos históricos, que aquel día mandaba el pueblo, que el futuro estaba en nuestras manos, que una sociedad organizada y movilizada es clave para profundizar en la democracia política, social y económica. Hoy este compañero es un activista de la Plataforma Crida por una educación pública y de calidad, que ha resultado clave en la reciente lucha de la comunidad educativa de las Islas Balares. Recuerdo que apenas terminada aquella asamblea nos enteramos que la huelga empezaba en todo el Reino de España sin emisión de TVE, puesto que los trabajadores de el pirulí se sumaban al 14-D y cortaban la emisión de la única televisión de aquellos entonces. Del día de la huelga anotaré dos imágenes que recuerdo nítidamente. Una, playa de Palma (una de las principales zonas turísticas de Mallorca), donde dirigí los piquetes informativos durante la jornada de huelga, con menos estacionalidad, con mucha más actividad que ahora, y donde se produjo un impresionante movimiento huelguista muy apoyado por los propios clientes hospedados en los hoteles. La segunda imagen es la de una desbordada manifestación por la tarde que llenaba las Avenidas de Palma como nunca se había visto en la ciudad hasta aquel día.
Obviamente, la situación socioeconómica actual es diferente que la de hace un cuarto de siglo: Por un lado, la tasa de paro era entonces del 18,3% en el conjunto del Reino de España y del 10,0% en Baleares; mientras las tasas actuales son del 26,02% y del 24,30% (el paro juvenil rondaba entonces el 35% y ahora está por encima del 50%); y, por otro lado, se vivía una generalizada pérdida de capacidad adquisitiva de las rentas salariales y de las pensiones, pero que, en ningún caso, se aproximaba a la actual devaluación interior consecuencia de la austeridad sin piedad para los no ricos. Pero aun así, lo que más me interesa es plantear algunas enseñanzas para el futuro de aquella huelga general, que fue ciertamente algo más que una gran movilización laboral, y que representó una profunda sacudida democrática.
Conviene recordar que las reivindicaciones del 14-D fueron: la retirada del Plan de Ocupación Juvenil, que no era otra cosa que una chapuza de MiniJobs juveniles; el aumento de las pensiones (más del 80% estaban por debajo del Salario Mínimo Interprofesional) y de los salarios de los empleados públicos; y el aumento de la capacidad adquisitiva de la población laboral. Pero, más allá de las reivindicaciones concretas, el 14-D tenía la pretensión de provocar un giro en las políticas económicas que se aplicaban en contra del programa electoral que el PSOE había comprometido con la ciudadanía. En el caso de Baleares, también tenía el objetivo de acabar con la indiferencia del incipiente poder autonómico hacia la cuestión social y de instaurar el diálogo social autonómico, negados por los primeros gobiernos autonómicos. En definitiva, se trataba de que aquellas generaciones de clases medianas y bajas, que habían hecho muchos sacrificios desde los Pactos de la Moncloa, se cobraran lo que, en una expresión de la época, se denominó la deuda social. Y, efectivamente se consiguió: empezó a generalizarse la Renta Mínima de Inserción, las pensiones ganaron capacidad adquisitiva y equidad, nació la negociación colectiva por los funcionarios, e, incluso, el Diálogo Social Autonómico acabó en el texto del Estatuto de Autonomía de las Islas Baleares.
Hay un hecho que a mí me parece históricamente incuestionable: El establishment que, aprovechando la actual crisis-estafa, no se cansa nunca de pedir más y más flexiprecariedad en las relaciones laborales y recortes salvajes al llamado estado del bienestar, son los mismos que, desde el día siguiente al 14 de diciembre de 1988 no han dejado de quejarse por la aproximación del gasto público social a las medias europeas previas a la imposición de la política de austeridad neoliberal.
Hay, no obstante, una gran diferencia: a finales del año 1988 se había generalizado la percepción social de unos sacrificios mal repartidos. Una percepción que se convirtió en hegemónica en el momento en que fueron visibles los primeros síntomas reales de mejora económica. A finales de 2013 esta percepción todavía es minoritaria, tal vez porque los síntomas de mejora económica sólo son perceptibles en las fantasías de los gobernantes y de algunos banqueros. En cualquier caso, conviene recordar que las grandes movilizaciones sociales y democráticas suelen coincidir con los repuntes económicos reales. Si mejora la economía y no mejora el reparto de la riqueza, se pone en cuestión la democracia y el conflicto social pude ser -debe ser- de gran radicalidad. Al final de esta crisis, más pronto que tarde, se tendrá que pagar con creces la nueva deuda social contraída. Conviene ir preparando el programa y definiendo en qué consiste esta nueva deuda social. Por mucho que el turbo-capitalismo lo intente, a la democracia no le puede faltar la pasión por la igualdad ¡No lo consentiremos!
(Este artículo, en una versión un poco mas breve y en catalán, se publicó en el diario ARA Balears.)
Rafael Borràs Ensenyat fue secretario general de la Federación de Comercio, Hostelería y Turismo de CCOO de Balears y miembro de la Comisión Ejecutiva de la CS de CCOO de les Illes Balears. Actualmente trabaja como coordinador de programas de la Fundación Gadeso y es miembro del Ateneu Pere Mascaró.
sinpermiso electrónico se ofrece semanalmente de forma gratuita. Estamos realizando una campaña de microfinanciación que finalizará el 22 de diciembre para poder renovar la web. Si le ha interesado este artículo, considere la posibilidad de contribuir al desarrollo de este proyecto político-cultural realizando una donación a: http://www.verkami.com/projects/7097-sinpermiso-br-una-nueva-web-br-para-seguir-luchando

