Isaac Asimov: El deber de ser optimistas

Daniel Harvey

19/01/2014

Se dice que hace cincuenta años Isaac Asimov predijo cómo funcionaría el mundo actual. ¿Acertó?

Cuando era joven, llegó a mis manos Yo Robot de Isaac Asimov. Poco tiempo después había leído ya casi todos sus libros sin descartar ninguno a mitad de lectura (lo que podría resultar extraño en un joven, pues su estilo era arcaico en muchos aspectos, en comparación con otros nuevos escritores que pasaron por mi lado sin pena ni gloria mientras me iba haciendo mayor).

Se puede decir justa e indiscutiblemente que Isaac Asimov se encuentra entre los más grandes de la segunda generación de autores de ciencia-ficción que escribieron durante la época más optimista del boom de la posguerra, junto con Arthur C Clark y Philip K Dick. Asimov, no obstante, no tenía la pose de profesor del primero, que dedicaba páginas y páginas a explicar cada detalle técnico, y tampoco tenía el talento para la acción y el pathos del segundo.

Con todo, fue su estilo narrativo, profusamente tecno-utópico y asexuado, características sintomáticas de los tiempos en que vivía, lo que hizo que fueran principalmente los adolescentes como yo quienes se decantaran por su lectura. Como consecuencia, sus libros nunca se trasladaron con éxito a la gran pantalla. Clark pudo alardear de su renombrada 2001: una odisea del espacio, unánimente considerada una obra maestra del cine, mientras que Dick nos obsequió con Blade runner, el prestigioso largometraje basado en su menos sucinto título ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? En cambio,  El hombre bicentenario de Asimov, con Robin Williams como actor principal, jamás conoció la fama y menos aún cabe mencionar la actuación de Will Smith en Yo Robot.

De cualquier modo, los demás escritores de su generación mostraron inquietudes similares a las de Asimov. Todos estaban obsesionados con la tecnología, los viajes a través del tiempo y el perpetuo crecimiento económico y demográfico. De hecho, el principal tema de sus libros fue siempre el ilimitado potencial expansivo de la humanidad. Incluso en obras cinematográficas como Star Trek de Gene Rodenberry o La guerra de las galaxias de George Lucas, en las que los humanos debían competir con otras especies alienígenas, eran siempre los más numerosos y los que subyugaban al resto de especies.

A diferencia de la ciencia ficción actual, que manifiesta cierta fijación con las nuevas tendencias en torno a la conciencia humana y los cambios y redefinición de nuestra humanidad (“la singularidad”, la inmortalidad, los “pos-humanos” súper- hábiles  e inteligentes y demás quimeras), en aquel entonces los seres humanos se presentaban como inmutables, en tanto que lo que se transformaba era fundamentalmente la galaxia que los rodeaba. En la saga de la Fundación de Asimov, situada 35.000 años en el futuro, los hombres pueblan todos los rincones de la galaxia, pero siguen siendo los mismos seres bípedos, tontos y aburridos que somos hoy.

Predicciones

La semana pasada se publicaron diversos artículos rememorando las predicciones de Asimov de hace medio siglo. En un breve artículo publicado por el New York Times, escrito en agosto de 1964, y en conexión con la Exposición Universal de ese mismo año, Asimov imaginó cómo funcionaría el mundo 50 años después. ¿Qué tipo de predicciones hizo entonces?

La verdad es que muchas de ellas resultan impresionantes. Asimov reivindicaba en aquel artículo que “el ser humano seguirá renunciando a la naturaleza para crear un entorno que se adapte mejor a sus apetencias” y describía este retiro de las personas en el espacio privado de sus hogares colmado con “paneles electroluminiscentes”, tejados “levemente fluorescentes” y ventanas que varían de tono según la hora del día. La televisión ya era omnipresente en los Estados Unidos de 1964, así que resulta un poco extraño que Asimov no concluyera que ésta seguiría absorbiendo a la gente de la misma manera en el futuro.

Sin embargo, en su artículo insinuó la transición de medios monodireccionales a formas más sofisticadas de comunicación. Vaticinó lo que llegaría a ser el smart phone o el iPad:

“Las comunicaciones serán visuales y sonoras: se podrá ver y oír al mismo tiempo a la persona que se llama. La pantalla podrá utilizarse no sólo para ver a la gente con que hablamos, sino también para estudiar documentos y fotografías y leer pasajes de libros. Los satélites sincronizados, orbitando en el espacio, posibilitarán una sintonización directa con cualquier lugar del mundo...” [1]

Lo más excepcional serán las pilas radioactivas: “Los aparatos del 2014 no ostentarán cables eléctricos, puesto que se alimentarán de pilas radiactivas que funcionarán con isótopos. Los isótopos no resultarán caros, ya que serán los subproductos de las plantas de fisión nuclear que, en el 2014, abastecerán energéticamente a más de la mitad de población mundial”.

Además, respecto a los aparatos de cocina auguró: “Los electrodomésticos seguirán evitando a los humanos trabajos tediosos. Las unidades de cocina se dispondrán de manera que preparen auto-comidas: calienten agua y la transformen en café, tuesten pan, frían, cuezan o salteen huevos, asen panceta y muchas otras cosas”. Lo mismo ocurrirá, profetizó, con las comidas preparadas: “...comidas completas y cenas, con alimentos semi-preparados, que se almacenarán en el frigorífico hasta que se necesite procesarlos”. Inevitablemente todos tendremos que guardar “un hueco en la unidad de cocina, donde se puedan preparar de forma manual las comidas más personales”: ¡es posible que vengan invitados!

En otros aspectos no fue tan conciso. Predijo que todos los coches funcionarían mediante “reactores de aire comprimido” para “elevar a los vehículos por encima de las autopistas, lo cual, entre otras cosas, minimizará los problemas de pavimentación. La tierra o el césped artificial servirán como pavimento. Los puentes perderán importancia, ya que los coches serán capaces de atravesar el agua con sus reactores, aunque las ordenanzas locales tratarán de disuadir de tales prácticas”.

Entonces Asimov puso de relieve lo que uno consideraría como una pesadilla de construcción de infraestructuras: “para los viajes de corta distancia, existirán las aceras móviles (con bancos a cada lado y una plataforma estática en el centro) en algunos sectores del centro de las ciudades”. Muchos lo han interpretado generosamente como el pronóstico de las escaleras mecánicas y de las cintas transportadoras de los aeropuertos, pero, desde luego, su función no puede equipararse a la de sentarse en un banco del parque y que éste te lleve al trabajo de buena mañana...

Por otra parte, sí que dio en el clavo en la predicción de los proyectos de automatización de vehículos, otorgándoles “cerebros robot”, lo que, por el momento, Google y otras empresas y departamentos de universidad están explorando de forma activa como líneas de investigación, y ya experimentan con algunos prototipos convincentes.

En cuestiones más capitales Asimov se mostró razonablemente conservador, en comparación con sus contemporáneos, quienes de una forma u otra asumieron que los humanos estarían mucho más avanzados de lo que en la práctica hemos acabado estando: “Los robots ni serán algo común ni estarán muy desarrollados en el 2014, pero existirán”. Serán “grandes, torpes y lentos, pero capaces en general de transportar cosas, de asear, limpiar y manipular diversos aparatos.”

Y sobre los viajes espaciales: “...en el 2014, sólo habrán aterrizado en Marte naves no tripuladas”. A pesar de ello predijo que tendríamos bases en la luna, y que los habitantes de la tierra podrían, con alguna dificultad (debido al retraso de 2,5 segundos), mantener conversaciones con los habitantes de la luna mediante sus teléfonos móviles.

No había por qué caer en el fatalismo, de no ser por el temor pertinaz de los años 60 (e incluso más aún en los 70): la “explosión demográfica” (The population bomb). Asimov vaticinó: “existe una probabilidad elevada de que en el 2014 la población mundial ascienda a 6.500.000.000 y la de los Estados Unidos a 350.000.000”. Como consecuencia, “la región que abarca desde Boston hasta Washington, el área con mayor densidad de población del planeta, [se convertirá] en una única ciudad con una población de más de 40.000.000 de habitantes”. Asimov fue aún más allá, planteando la posibilidad de un “Manhattan mundial” en menos de 500 años. Esto, inevitablemente, abocaría a la construcción de enormes ciudades subterráneas y submarinas para dejar espacio terrestre a la agricultura.

No obstante, el optimismo triunfa:

“Sólo existen dos formas generales de prevenir dicho proceso: (1) incrementar la tasa de mortalidad; (2) disminuir la tasa de natalidad. Sin duda, el mundo del 2014 estará más de acuerdo con el segundo método. De hecho, el uso creciente de dispositivos mecánicos que remplacen corazones y riñones defectuosos y reparen arterias anquilosadas y nervios desgastados habrá disminuido aún más la tasa de mortalidad y elevado la esperanza de vida a 85 años en algunas partes del mundo.

Habrá, por tanto, en el 2014, un impulso propagandístico en todo el planeta a favor del control de la natalidad mediante métodos racionales y humanos, lo cual tendrá sin duda efectos importantes”.

En la práctica, las tasas de natalidad han disminuido por sí mismas en los países más avanzados e industrializados gracias a la difusión de los anticonceptivos, la planificación familiar y la universalización de la autodeterminación de la mujer. La fertilidad está, de hecho, disminuyendo a escala global y la mayor parte de los análisis actuales predicen un pico demográfico de 10 billones a mediados de siglo.

El artículo de Asimov no ofrece una crítica real sobre los efectos de la tecnología en la sociedad y la cultura, pese a que subraya que uno de los grandes problemas de la automatización es que nos convertirá en una “raza de esclavos de las máquinas”. ¿Cuál será entonces el problema fundamental del futuro? “El aburrimiento”, que describe como “la enfermedad extendida cada año con mayor rapidez e intensidad”, de forma que “los pocos afortunados que puedan llevar a cabo un trabajo creativo de cualquier clase se convertirán en la élite de la humanidad”. Para el resto, sin embargo, “la palabra más maravillosa del vocabulario será ¡trabajo!”

Visiones

En estos fragmentos de la perspectiva del futuro de Asimov, se puede observar un alto grado de cándido optimismo. La seguridad de la clase dirigente producida por la bonanza de la pos-guerra era aún completa. Quizá existían ya indicios de que no todo funcionaba tan bien en el engranaje: la crisis de la Bahía de los Cochinos y el asesinato de John F. Kennedy un año después. Sin embargo, Vietnam aún no había provocado el lodazal de desmoralización que estaba por llegar, y la jadeante economía de los 70 en los países capitalistas avanzados todavía era una vía de desarrollo plausible.

Asimov realizó predicciones más políticas en sus otros trabajos. Hay una que despunta en una pequeña historia al final de Yo Robot sobre un mundo cada vez más dividido en bloques regionales supranacionales. Eso sí, no a través de ningún tipo de revolución política, sino mediante una automatización gradual de la sociedad por medio de máquinas que conferirían poder a los directores del mundo. Uno no puede evitar pensar en la remota burocracia de la Unión Europea.

Asimov era, al fin y al cabo, liberal y sus trabajos siempre traslucen la idea de una mano benigna de alguna élite invisible que guía con delicadeza a la humanidad. En la saga de la Fundación esto se trasladó a su concepto de “psicohistoria”, descubierto por el héroe matemático Hari Seldon (¿quizá inspirado en sí mismo?). El concepto lo pone en práctica un movimiento del tipo de los Illuminati con poderes psíquicos, poseedores del conocimiento sobre el manejo de la sociedad y de la capacidad de predecir el futuro con precisión infalible. Al parecer, Paul Krugman se inspiró en esta idea cuando era estudiante de economía. [2]

Los robots de Asimov, guiados por las “tres leyes de la robótica”, son siempre benevolentes y se convierten casi en padres de los humanos gracias a su perennidad y su inteligencia, tanto como en sus sirvientes. Un robot antiguo, con toda la historia de la humanidad contenida en un chip de memoria y que vive en la luna resulta ser el héroe secreto de las novelas de la Fundación.

También se destilan rasgos de estalinismo en su visión de una élite benigna de devotos de la dialéctica que lideran una sociedad cada vez más burocratizada y mecanizada. Sin embargo, no se menciona en ningún lugar al capitalismo ni al socialismo, tan sólo a la tecnología. En la misma historia de Yo Robot, la Unión Soviética y los Estados Unidos se agrupan en una única “Región Nórdica”, cuya hegemonía se extiende sobre las demás (pero excluye a Europa, extrañamente). Esto podría, por supuesto, atribuirse a su herencia mixta ruso-estadounidense.

Lo más parecido a un conflicto social en Asimov ocurre en El sol desnudo, donde se produce una notable desconfianza entre las ingentes multitudes pobres del planeta y los opulentos “espaciales” que viven al margen, en enormes estados servidos por cientos de robots. No resulta difícil observar en este argumento trazas del colonialismo del siglo XIX, sazonado con un ludismo “reaccionario”.

La ciencia ficción de Asimov, dotada de un brillante futurismo, ha sido descrita como consternada y pesimista, y como la mera proyección en el futuro de una continuación del presente y el pasado. La exploración del pretérito, en este sentido, apenas difiere de las historias sobre vaqueros: William Shatner, quien hace de capitán James T Kirt en Star trek, resulta no ser más que otro John Wayne.

¿Cómo sería en realidad nuestro programa político si hubiéramos seguido el camino trazado por Isaac Asimov? ¿Sería similar al tecnocrático Proyecto Venus que imaginó Jacque Fresco? [3] Al crecer en la era de la Gran Depresión y del New Deal, Asimov imaginó eco-ciudades prístinas, algunas flotando sobre el mar, pero todas perfectamente ordenadas, sin tachas ni protestas a la vista. Su visión asemeja más bien una especie de escaparate del futuro. Algo que uno esperaría ver en una Exposición Universal, quizá, y no obstante popular: cinco millones de personas han visto en YouTube la película conspiratoria Zeitgeist, en la que se muestra el mentado proyecto, desde sus ordenadores y recluidos en el mundo de sus dormitorios. [4]

Si la ciencia ficción pretende reivindicar el deber de ser optimistas y ofrecer a la gente la herramienta para soñar con un futuro mejor, tiene que evitar caer en este tipo de trampa. Pero también tiene que salirse de la rutina sofocante de la cínica obsesión moderna en torno a la idea de que la tecnología va a convertir a los seres humanos en algo “nuevo, más elevado y mejor”. Tiene que mostrar una tecnología construida socialmente y que sirva a fines sociales y políticos.

Un optimismo real no significa fantasear con unidades de cocina, chachas robot u ojos biónicos. Significa más bien imaginar nuevas formas de organización social, de debate público y de control de nuestro propio destino. En otras palabras, una visión real, social y humana del gobierno del proletariado.

Notas

1. Todas las citas de Asimov provienen de www.nytimes.com/ books/97/03/23/lifetimes/asi-v-fair.html.

2. http://krugman.blogs.nytimes.com/2010/08/30/ who-are-you-calling-dense/?_r=0

3. www.thevenusproject.com.

4. www.youtube.com/watch?v=EewGMBOB4Gg.

Daniel Harvey es colaborador del semanario digital británico Weekly Worker

Traducción para www.sinpermiso.info: Vicente Abella

 

Fuente:
http://www.cpgb.org.uk/home/weekly-worker/992/isaac-asimov-mantle-of-optimism
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